Crítica de la razón pura
– Prólogo de la segunda edición, en el año de 1787
Si la elaboración de los
conocimientos que pertenecen a la obra de la razón,
lleva o no la marcha segura de una ciencia, es cosa que
puede pronto juzgarse por el éxito. Cuando tras de
numerosos preparativos y arreglos, la razón tropieza, en
el momento mismo de llegar a su fin; o cuando para
alcanzar éste, tiene que volver atrás una y otra vez y
emprender un nuevo camino; así mismo, cuando no es
posible poner de acuerdo a los diferentes colaboradores
sobre la manera cómo se ha de perseguir el propósito
común; entonces puede tenerse siempre la convicción de
que un estudio semejante está muy lejos de haber
emprendido la marcha segura de una ciencia y de que, por
el contrario, es más bien un mero tanteo. Y es ya un
mérito de la razón el descubrir, en lo posible, ese
camino, aunque haya que renunciar, por vano, a mucho de
lo que estaba contenido en el fin que se había tomado
antes sin reflexión.
Que la lógica ha
llevado ya esa marcha segura desde los tiempos más
remotos, puede colegirse, por el hecho de que, desde
Aristóteles, no ha tenido que dar un paso atrás, a no
ser que se cuenten como correcciones la supresión de
algunas sutilezas inútiles o la determinación más clara
de lo expuesto, cosa empero que pertenece más a la
elegancia que a la certeza de la ciencia. Notable es
también en ella el que tampoco hasta ahora hoy ha podido
dar un paso adelante. Así pues, según toda apariencia,
hállase conclusa y perfecta. Pues si algunos modernos
han pensado ampliarla introduciendo capítulos, ya
psicológicos sobre las distintas facultades de
conocimiento (la imaginación, el ingenio), ya
metafísicos sobre el origen del conocimiento o la
especie diversa de certeza según la diversidad de los
objetos (el idealismo, escepticismo, etc...), ya
antropológicos sobre los prejuicios (sus causas y sus
remedios), ello proviene de que desconocen la naturaleza
peculiar de esa ciencia. No es aumentar sino
desconcertar las ciencias, el confundir los límites de
unas y otras. El límite de la lógica empero queda
determinado con entera exactitud, cuando se dice que es
una ciencia que no expone al detalle y demuestra
estrictamente más que las reglas formales de todo pensar
(sea este a priori o empírico, tenga el origen o el
objeto que quiera, encuentre en nuestro ánimo obstáculos
contingentes o naturales).
Si la lógica ha tenido tan
buen éxito, debe esta ventaja sólo a su carácter
limitado, que la autoriza y hasta la obliga a hacer
abstracción de todos los objetos del conocimiento y su
diferencia. En ella, por tanto, el entendimiento no
tiene que habérselas más que consigo mismo y su forma.
Mucho más difícil tenía que ser, naturalmente, para la
razón, el emprender el camino seguro de la ciencia,
habiendo de ocuparse no sólo de sí misma sino de
objetos. Por eso la lógica, como propedéutica,
constituye solo por decirlo así el vestíbulo de las
ciencias y cuando se habla de conocimientos, se supone
ciertamente una lógica para el juicio de los mismos,
pero su adquisición ha de buscarse en las propias y
objetivamente llamadas ciencias.
Ahora bien, por cuanto en
estas ha de haber razón, es preciso que en ellas algo
sea conocido a priori, y su conocimiento puede referirse
al objeto de dos maneras: o bien para determinar
simplemente el objeto y su concepto (que tiene que ser
dado por otra parte) o también para hacerlo real. El
primero es conocimiento teórico, el segundo conocimiento
práctico de la razón. La parte pura de ambos, contenga
mucho o contenga poco, es decir, la parte en donde la
razón determina su objeto completamente a priori, tiene
que ser primero expuesta sola, sin mezclarle lo que
procede de otras fuentes; pues administra mal quien
gasta ciegamente los ingresos, sin poder distinguir
luego, en los apuros, qué parte de los ingresos puede
soportar el gasto y qué otra parte hay que librar de él.
La matemática y la
física son los dos conocimientos teóricos de la
razón que deben determinar sus objetos a priori; la
primera con entera pureza, la segunda con pureza al
menos parcial, pero entonces según la medida de otras
fuentes cognoscitivas que las de la razón.
La matemática ha marchado
por el camino seguro de una ciencia, desde los tiempos
más remotos que alcanza la historia de la razón humana,
en el admirable pueblo griego. Mas no hay que pensar que
le haya sido tan fácil como a la lógica, en donde la
razón no tiene que habérselas más que consigo misma,
encontrar o mejor dicho abrirse ese camino real; más
bien creo que ha permanecido durante largo tiempo en
meros tanteos (sobre todo entre los egipcios) y que ese
cambio es de atribuir a una revolución, que la feliz
ocurrencia de un sólo hombre llevó a cabo, en un ensayo,
a partir del cual, el carril que había de tornarse ya no
podía fallar y la marcha segura de una ciencia quedaba
para todo tiempo y en infinita lejanía, emprendida y
señalada. La historia de esa revolución del pensamiento,
mucho más importante que el descubrimiento del camino
para doblar el célebre cabo, y la del afortunado que la
llevó a bien, no nos ha sido conservada. Sin embargo, la
leyenda que nos trasmite Diógenes Laercio, quien
nombra al supuesto descubridor de los elementos mínimos
de las demostraciones geométricas, elementos que, según
el juicio común, no necesitan siquiera de prueba,
demuestra que el recuerdo del cambio efectuado por el
primer descubrimiento de este nuevo camino, debió
parecer extraordinariamente importante a los matemáticos
y por eso se hizo inolvidable. El primero que demostró
el triángulo isósceles (háyase llamado Thales o
como se quiera), percibió una luz nueva; pues encontró
que no tenía que inquirir lo que veía en la figura o aún
en el mero concepto de ella y por decirlo así aprender
de ella sus propiedades, sino que tenía que producirla,
por medio de lo que, según conceptos, él mismo había
pensado y expuesto en ella a priori (por construcción),
y que para saber seguramente algo a priori, no debía
atribuir nada a la cosa, a no ser lo que se sigue
necesariamente de aquello que él mismo, conformemente a
su concepto, hubiese puesto en ella.
La física tardó
mucho más tiempo en encontrar el camino de la ciencia;
pues no hace más que siglo y medio que la propuesta del
judicioso Bacon de Verulam ocasionó en parte -o
quizá más bien dio vida, pues ya se andaba tras él- el
descubrimiento, que puede igualmente explicarse por una
rápida revolución antecedente en el pensamiento. Voy a
ocuparme aquí de la física sólo en cuanto se funda sobre
principios empíricos.
Cuando Galileo hizo
rodar por el plano inclinado las bolas cuyo peso había
él mismo determinado; cuando Torricelli hizo
soportar al aire un peso que de antemano había pensado
igual al de una determinada columna de agua; cuando más
tarde Stahl transformó metales en cal y ésta a su
vez en metal, sustrayéndoles y devolviéndoles algo, (1)
entonces percibieron todos los físicos una luz nueva.
Comprendieron que la razón no conoce más que lo que ella
misma produce según su bosquejo; que debe adelantarse
con principios de sus juicios, según leyes constantes, y
obligar a la naturaleza a contestar a sus preguntas, no
empero dejarse conducir como con andadores; pues de otro
modo, las observaciones contingentes, los hechos sin
ningún plan bosquejado de antemano, no pueden venir a
conexión en una ley necesaria, que es sin embargo lo que
la razón busca y necesita. La razón debe acudir a la
naturaleza llevando en una mano sus principios, según
los cuales tan sólo los fenómenos concordantes pueden
tener el valor de leyes, y en la otra el experimento,
pensado según aquellos principios; así conseguirá ser
instruida por la naturaleza, mas no en calidad de
discípulo que escucha todo lo que el maestro quiere,
sino en la de juez autorizado, que obliga a los testigos
a contestar a las preguntas que les hace. Y así la misma
física debe tan provechosa revolución de su pensamiento,
a la ocurrencia de buscar (no imaginar) en la
naturaleza, conformemente a lo que la razón misma ha
puesto en ella, lo que ha de aprender de ella y de lo
cual por si misma no sabría nada. Solo así ha logrado la
física entrar en el camino seguro de una ciencia, cuando
durante tantos siglos no había sido más que un mero
tanteo.
(1) No sigo aquí
exactamente los hilos de la historia del método
experimental, cuyos primeros comienzos no son bien
conocidos.
La metafísica,
conocimiento especulativo de la razón, enteramente
aislado, que se alza por encima de las enseñanzas de la
experiencia, mediante meros conceptos (no como la
matemática mediante aplicación de los mismos a la
intuición), y en donde por tanto la razón debe ser su
propio discípulo, no ha tenido hasta ahora la fortuna de
emprender la marcha segura de una ciencia; a pesar de
ser más vieja que todas las demás y a pesar de que
subsistiría aunque todas las demás tuvieran que
desaparecer enteramente, sumidas en el abismo de una
barbarie destructora. Pues en ella tropieza la razón
continuamente, incluso cuando quiere conocer a priori
(según pretende) aquellas leyes que la experiencia más
ordinaria confirma. En ella hay que deshacer mil veces
el camino, porque se encuentra que no conduce a donde se
quiere; y en lo que se refiere a la unanimidad de sus
partidarios, tan lejos está aún de ella, que más bien es
un terreno que parece propiamente destinado a que ellos
ejerciten sus fuerzas en un torneo, en donde ningún
campeón ha podido nunca hacer la más mínima conquista y
fundar sobre su victoria una duradera posesión. No hay
pues duda alguna de que su método, hasta aquí, ha sido
un mero tanteo y, lo que es peor, un tanteo entre meros
conceptos.
Ahora bien ¿a qué obedece
que no se haya podido aún encontrar aquí un camino
seguro de la ciencia? ¿Es acaso imposible? Mas ¿por qué
la naturaleza ha introducido en nuestra razón la
incansable tendencia a buscarlo como uno de sus más
importantes asuntos? Y aún más ¡cuán poco motivo tenemos
para confiar en nuestra razón, si, en una de las partes
más importantes de nuestro anhelo de saber, no sólo nos
abandona, sino que nos entretiene con ilusiones, para
acabar engañándonos! O bien, si solo es que hasta ahora
se ha fallado la buena vía, ¿qué señales nos permiten
esperar que en una nueva investigación seremos más
felices que lo han sido otros antes?
Yo debiera creer que los
ejemplos de la matemática y de la física, ciencias que,
por una revolución llevada a cabo de una vez, han
llegado a ser lo que ahora son, serían bastante notables
para hacernos reflexionar sobre la parte esencial de la
transformación del pensamiento que ha sido para ellas
tan provechosa y se imitase aquí esos ejemplos, al menos
como ensayo, en cuanto lo permite su analogía, como
conocimientos de razón, con la Metafísica. Hasta ahora
se admitía que todo nuestro conocimiento tenía que
regirse por los objetos; pero todos los ensayos, para
decidir a priori algo sobre estos, mediante conceptos,
por donde sería extendido nuestro conocimiento,
aniquilábanse en esa suposición. Ensáyese pues una vez
si no adelantaremos más en los problemas de la
metafísica, admitiendo que los objetos tienen que
regirse por nuestro conocimiento, lo cual concuerda ya
mejor con la deseada posibilidad de un conocimiento a
priori de dichos objetos, que establezca algo sobre
ellos antes de que nos sean dados. Ocurre con esto como
con el primer pensamiento de Copérnico quien, no
consiguiendo explicar bien los movimientos celestes si
admitía que la masa toda de las estrellas daba vueltas
alrededor del espectador, ensayó si no tendría mayor
éxito haciendo al espectador dar vueltas y dejando en
cambio las estrellas inmóviles. En la metafísica se
puede hacer un ensayo semejante, por lo que se refiere a
la intuición de los objetos. Si la intuición tuviera que
regirse por la constitución de los objetos, no comprendo
como se pueda a priori saber algo de ella. ¿Rígese
empero el objeto (como objeto de los sentidos) por la
constitución de nuestra facultad de intuición?, entonces
puedo muy bien representarme esa posibilidad. Pero como
no puedo permanecer atenido a esas intuiciones, si han
de llegar a ser conocimientos, sino que tengo que
referirlas, como representaciones, a algo como objeto, y
determinar este mediante aquéllas, puedo por tanto: o
bien admitir que los conceptos, mediante los cuales
llevo a cabo esa determinación, se rigen también por el
objeto y entonces caigo de nuevo en la misma perplejidad
sobre el modo como pueda saber a priori algo de él; o
bien admitir que los objetos o, lo que es lo mismo, la
experiencia, en donde tan sólo son ellos (como objetos
dados) conocidos, se rige por esos conceptos y entonces
veo en seguida una explicación fácil; porque la
experiencia misma es un modo de conocimiento que exige
entendimiento, cuya regla debo suponer en mí, aún antes
de que me sean dados objetos, por lo tanto a priori,
regla que se expresa en conceptos a priori, por los que
tienen pues que regirse necesariamente todos los objetos
de la experiencia y con los que tienen que concordar. En
lo que concierne a los objetos, en cuanto son pensados
sólo por la razón y necesariamente, pero sin poder (al
menos tales como la razón los piensa) ser dados en la
experiencia, proporcionarán, según esto, los ensayos de
pensarlos (pues desde luego han de poderse pensar) una
magnífica comprobación de lo que admitimos como método
transformado del pensamiento, a saber: que no conocemos
a priori de las cosas más que lo que nosotros mismos
ponemos en ellas (2).
(2) Ese método, imitado
del de los físicos, consiste pues en buscar los
elementos de la razón pura en aquello que se deja
confirmar o refutar por un experimento. Ahora
bien, para el examen de las proposiciones de la
razón pura, sobre todo las que se han aventurado más
allá de todos los límites de experiencia posible, no
se puede hacer experimento alguno con sus objetos
(como en la física): será pues factible solo con conceptos
y principios, que admitimos a priori,
arreglándolos de tal manera que los mismos objetos
puedan ser considerados por dos lados muy
diferentes: por una parte como objetos de los
sentidos y del entendimiento para la experiencia,
por otra parte empero como objetos que solamente
pensamos, en todo caso, para la razón aislada que
aspira a salir de los límites de la experiencia.
Ahora bien, ¿encuéntrase que, cuando se consideran
las cosas desde este doble punto de vista, hay
concordancia con el principio de la razón pura y que
en cambio cuando se las considera desde un solo
punto de vista, surge una inevitable contradicción
de la razón consigo misma? Entonces el experimento
decide por la exactitud de aquella distinción.
Este ensayo tiene un éxito
conforme al deseo y promete a la
metafísica, en su primera parte
(es decir en la que se ocupa de
conceptos a priori, cuyos
objetos correspondientes pueden
ser dados en la experiencia en
conformidad con ellos), la
marcha segura de una ciencia.
Pues según este cambio del modo
de pensar, puede explicarse muy
bien la posibilidad de un
conocimiento a priori y,
más aún, proveer de pruebas
satisfactorias las leyes que
están a priori a la base
de la naturaleza, como conjunto
de los objetos de la
experiencia; ambas cosas eran
imposibles según el modo de
proceder hasta ahora seguido.
Pero de esta deducción de
nuestra facultad de conocer a
priori, en la primera parte
de la metafísica, despréndese un
resultado extraño y al parecer
muy desventajoso para el fin
total de la misma, que ocupa la
segunda parte, y es a saber: que
con esa facultad no podemos
salir jamás de los límites de
una experiencia posible, cosa
empero que es precisamente el
afán más importante de esa
ciencia. Pero en esto justamente
consiste el experimento para
comprobar la verdad del
resultado de aquella primera
apreciación de nuestro
conocimiento a priori de razón,
a saber: que éste se aplica sólo
a los fenómenos y, en cambio
considera la cosa en sí misma,
si bien real por sí, como
desconocida para nosotros. Pues
lo que nos impulsa a ir
necesariamente más allá de los
límites de la experiencia y de
todos los fenómenos, es lo
incondicionado, que
necesariamente y con pleno
derecho pide la razón, en las
cosas en sí mismas, para todo
condicionado, exigiendo así la
serie completa de las
condiciones. Ahora bien, ¿encuéntrase
que, si admitimos que nuestro
conocimiento de experiencia se
rige por los objetos como cosas
en sí mismas, lo incondicionado
no pude ser pensado sin
contradicción; y que en cambio,
desaparece la contradicción, si
admitimos que nuestra
representación de las cosas,
como ellas nos son dadas, no se
rige por ellas como cosas en sí
mismas, sino que más bien estos
efectos, como fenómenos, se
rigen por nuestro modo de
representación? ¿Encuéntrase por
consiguiente que lo
incondicionado ha de hallarse no
en las cosas en cuanto las
conocemos (nos son dadas), pero
sí en ellas en cuanto no las
conocemos, o sea como cosas en
sí mismas? Pues entonces se
muestra que lo que al comienzo
admitíamos solo por vía de
ensayo, está fundado (3). Ahora
bien, después de haber negado a
la razón especulativa todo
progreso en ese campo de lo
suprasensible, quédanos por
ensayar si ella no encuentra, en
su conocimiento práctico, datos
para determinar aquel concepto
transcendente de razón, aquel
concepto de lo incondicionado y,
de esa manera, conformándose al
deseo de la metafísica, llegar
más allá de los límites de toda
experiencia posible con nuestro
conocimiento a priori,
aunque sólo en un sentido
práctico. Con su proceder, la
razón especulativa nos ha
proporcionado por lo menos sitio
para semejante ampliación,
aunque haya tenido que dejarlo
vacío, autorizándonos por tanto,
más aún, exigiéndonos ella misma
que lo llenemos, si podemos, con
sus datos prácticos (4).
(3) Este experimento de la
razón pura tiene mucha
semejanza con el que los
químicos llaman a veces de
la reducción, pero en
general método sintético.
El análisis del
metafísico divide el
conocimiento puro a
priori en dos elementos
muy heterogéneos, a saber:
el conocimiento de las cosas
como fenómenos y el de las
cosas en sí mismas. La
dialéctica los enlaza ambos
de nuevo en unanimidad con
la necesaria idea racional
de lo incondicionado,
y encuentra que esa
unanimidad no surge nunca
más que mediante aquella
diferenciación, que por
tanto es la verdadera.
(4) Así las leyes centrales
de los movimientos de los
cuerpos celestes
proporcionaron a lo que
Copérnico al principio
admitió solo como hipótesis,
una certeza decisiva, y
probaron al mismo tiempo la
invisible fuerza que
mantiene la estructura del
mundo (la atracción de
Newton). Ésta hubiera
permanecido para siempre sin
descubrir, si el primero no
se hubiera atrevido a
buscar, de una manera
contraria a los sentidos
pero sin embargo verdadera,
los movimientos observados,
no en los objetos del cielo,
sino en el espectador. En
este prólogo establezco yo
una variación del
pensamiento, análoga a esa
hipótesis y la expongo en la
crítica, también solo como
hipótesis, aun cuando en el
tratado mismo queda probada
no hipotética, sino
apodícticamente, por la
constitución de nuestras
representaciones de espacio
y tiempo y por los conceptos
elementales del
entendimiento, para hacer
notar tan sólo los primeros
ensayos de tal variación,
que son siempre hipotéticos.
En
ese ensayo de variar el proceder
que ha seguido hasta ahora la
metafísica, emprendiendo con
ella una completa revolución,
según los ejemplos de los
geómetras y físicos, consiste el
asunto de esta crítica de la
razón pura especulativa. Es un
tratado del método, no un
sistema de la ciencia misma;
pero sin embargo, bosqueja el
contorno todo de la ciencia,
tanto en lo que se refiere a sus
límites, como también a su
completa articulación interior.
Pues la razón pura especulativa
tiene en sí esto de peculiar,
que puede y debe medir su propia
facultad, según la diferencia
del modo como elige objetos para
el pensar; que puede y debe
enumerar completamente los
diversos modos de proponerse
problemas y así trazar el
croquis entero de un sistema de
metafísica. Porque, en lo que a
lo primero atañe, nada puede ser
atribuido a los objetos en el
conocimiento a priori, sino lo
que el sujeto pensante toma de
sí mismo; y, en lo que toca a lo
segundo, es la razón pura
especulativa, con respecto a los
principios del conocimiento, una
unidad totalmente separada,
subsistente por sí, en la cual
cada uno de los miembros está,
como en un cuerpo organizado,
para todos los demás, y todos
para uno, y ningún principio
puede ser tomado con seguridad,
en una relación, sin haberlo al
mismo tiempo investigado en la
relación general con todo el uso
puro de la razón. Por eso tiene
la metafísica una rara fortuna,
de la que no participa ninguna
otra ciencia de razón que trate
de objetos (pues la lógica
ocúpase sólo de la forma del
pensamiento en general); y es
que si por medio de esta crítica
queda encarrilada en la marcha
segura de una ciencia, puede
comprender enteramente el campo
de los conocimientos a ella
pertenecientes y terminar por
tanto su obra, dejándola para el
uso de la posteridad, como una
construcción completa; porque no
trata más que de principios de
las limitaciones de su uso, que
son determinadas por aquellos
mismos. A esa integridad está
pues obligada como ciencia
fundamental, de ella debe poder
decirse: nil actum reputans,
si quid superesset agendum.
Pero se preguntará: ¿cuál es ese
tesoro que pensamos dejar a la
posteridad con semejante
metafísica, depurada por la
crítica, y por ella también
reducida a un estado inmutable?
En una pasajera inspección de
esta obra, se creerá percibir
que su utilidad no es más que
negativa, la de no atrevernos
nunca, con la razón
especulativa, a salir de los
límites de la experiencia; y en
realidad tal es su primera
utilidad. Ésta empero se torna
pronto en positiva, por cuanto
se advierte que esos principios,
con que la razón especulativa se
atreve a salir de sus límites,
tienen por indeclinable
consecuencia, en realidad, no
una ampliación, sino,
considerándolos más de cerca,
una reducción de nuestro uso de
la razón; ya que ellos realmente
amenazan ampliar
descomedidamente los límites de
la sensibilidad, a que
pertenecen propiamente, y
suprimir así del todo el uso
puro (práctico) de la razón. Por
eso una crítica que limita la
sensibilidad, si bien en este
sentido es negativa, sin
embargo, en realidad, como
elimina de ese modo al mismo
tiempo un obstáculo que limita y
hasta amenaza aniquilar el uso
puro práctico, resulta de una
utilidad positiva, y muy
importante, tan pronto como se
adquiere la convicción de que
hay un uso práctico
absolutamente necesario de la
razón pura (el moral), en el
cual ésta se amplía
inevitablemente más allá de los
límites de la sensibilidad; para
ello no necesita, es cierto,
ayuda alguna de la especulativa,
pero sin embargo, tiene que
estar asegurada contra su
reacción, para no caer en
contradicción consigo misma.
Disputar a este servicio de la
crítica su utilidad positiva,
sería tanto como decir que la
policía no tiene utilidad
positiva alguna, pues que su
ocupación principal no es más
que poner un freno a las
violencias que los ciudadanos
pueden temer unos de otros, para
que cada uno vaque a sus asuntos
en paz y seguridad. Que espacio
y tiempo son solo formas de la
intuición sensible, y por tanto
sólo condiciones de la
existencia de las cosas como
fenómenos; que nosotros además
no tenemos conceptos del
entendimiento y por tanto
tampoco elementos para el
conocimiento de las cosas, sino
en cuanto a esos conceptos puede
serles dada una intuición
correspondiente; que
consiguientemente nosotros no
podemos tener conocimiento de un
objeto como cosa en sí misma,
sino sólo en cuanto la cosa es
objeto de la intuición sensible,
es decir como fenómeno; todo
esto queda demostrado en la
parte analítica de la Crítica.
De donde se sigue desde luego la
limitación de todo posible
conocimiento especulativo de la
razón a los meros objetos de la
experiencia. Sin embargo,
y esto debe notarse bien, queda
siempre la reserva de que esos
mismos objetos, como cosas en
sí, aunque no podemos
conocerlos, podemos al menos
pensarlos (5). Pues si no,
seguiríase la proposición
absurda de que habría fenómeno
sin algo que aparece. Ahora bien
vamos a admitir que no se
hubiere hecho la distinción, que
nuestra Crítica ha considerado
necesaria, entre las cosas como
objetos de la experiencia y esas
mismas cosas como cosas en sí.
Entonces el principio de la
casualidad y por tanto el
mecanismo de la naturaleza en la
determinación de la misma,
tendría que valer para todas las
cosas en general como causas
eficientes. Por lo tanto, de uno
y el mismo ser, v. g. del alma
humana, no podría yo decir que
su voluntad es libre y que al
mismo tiempo, sin embargo, está
sometida a la necesidad natural,
es decir, que no es libre, sin
caer en una contradicción
manifiesta; porque habría tomado
el alma, en ambas proposiciones,
en una y la misma significación,
a saber, como cosa en general
(como cosa en sí misma). Y, sin
previa crítica, no podría
tampoco hacer de otro modo. Pero
si la Crítica no ha errado,
enseñando a tomar el objeto en dos
significaciones, a saber
como fenómeno y como cosa en sí
misma; si la deducción de sus
conceptos del entendimiento es
exacta y por tanto el principio
de la casualidad se refiere sólo
a las cosas tomadas en el primer
sentido, es decir a objetos de
la experiencia, sin que estas
cosas en su segunda
significación le estén
sometidas; entonces una y la
misma voluntad es pensada, en el
fenómeno (las acciones
visibles), como necesariamente
conforme a la ley de la
naturaleza y en este sentido
como no libre, y sin
embargo, por otra parte, en
cuanto pertenece a una cosa en
sí misma, como no sometida a esa
ley y por tanto como libre,
sin que aquí se cometa
contradicción. Ahora bien,
aunque mi alma, considerada en
este último aspecto, no la puedo
conocer por razón especulativa
(y menos aún por la observación
empírica), ni por tanto puedo
tampoco conocer la libertad,
como propiedad de un ser a quien
atribuyo efectos en el mundo
sensible, porque tendría que
conocer ese ser como determinado
según su existencia, y, sin
embargo, no en el tiempo (cosa
imposible, pues no puedo poner
intuición alguna bajo mi
concepto), sin embargo, puedo
pensar la libertad, es decir que
la representación de ésta no
encierra contradicción alguna,
si son ciertas nuestra
distinción crítica de ambos
modos de representación (el
sensible y el intelectual) y la
limitación consiguiente de los
conceptos puros del
entendimiento y por tanto de los
principios que de ellos dimanan.
Ahora bien, supongamos que la
moral presupone necesariamente
la libertad (en el sentido más
estricto) como propiedad de
nuestra voluntad, porque alega a
priori principios que residen
originariamente en nuestra
razón, como datos de ésta, y que
serían absolutamente imposibles
sin la suposición de la
libertad; supongamos que la
razón especulativa haya
demostrado, sin embargo, que la
libertad no se puede pensar en
modo alguno, entonces
necesariamente aquella
presuposición, es decir la
moral, debería ceder ante ésta,
cuyo contrario encierra una
contradicción manifiesta, y por
consiguiente la libertad
y con ella la moralidad
(pues su contrario no encierra
contradicción alguna, a no ser
que se haya ya presupuesto la
libertad) deberían dejar el
sitio al mecanismo natural.
Mas para la moral no necesito
más sino que la libertad no se
contradiga a sí misma y que, por
tanto, al menos sea pensable,
sin necesidad de penetrarla más,
y que no ponga pues obstáculo
alguno al mecanismo natural de
una y la misma acción (tomada en
otra relación); resulta pues,
que la teoría de la moralidad
mantiene su puesto y la teoría
de la naturaleza el suyo, cosa
que no hubiera podido ocurrir si
la crítica no nos hubiera
previamente enseñado nuestra
inevitable ignorancia respecto
de las cosas en sí mismas y no
hubiera limitado a meros
fenómenos lo que podemos conocer
teóricamente. Esta misma
explicación de la utilidad
positiva de los principios
críticos de la razón pura, puede
hacerse con respecto al concepto
de Dios y de la naturaleza
simple de nuestra alma. La omito
sin embargo, en consideración a
la brevedad. Así pues, no puedo
siquiera admitir Dios, la
libertad y la
inmortalidad para el uso
práctico necesario de mi razón,
como no cercene al mismo tiempo
a la razón especulativa su
pretensión de conocimientos
transcendentes.
(5) Conocer un objeto exige
que yo pueda demostrar su
posibilidad (ora, según el
testimonio de la
experiencia, por su
realidad, ora a priori por
la razón). Pero pensar,
puedo pensar lo que quiera,
con tal de que no me
contradiga a mí mismo, es
decir, basta que mi concepto
sea un pensamiento posible,
aunque no pueda ciertamente
afirmar si en el conjunto de
todas las posibilidades le
corresponde o no un objeto.
Pero para atribuir validez
objetiva a un concepto
semejante (posibilidad real,
pues la primera era solo
lógica), se exige algo más.
Ahora bien, este algo más no
necesita precisamente
buscarse en las fuentes
teóricas de conocimiento;
puede estar también en las
prácticas.
Porque ésta, para llegar a tales
conocimientos, tiene que
servirse de principios que no
alcanzan en realidad más que a
objetos de la experiencia
posible, y por tanto, cuando son
aplicados, sin embargo, a lo que
no puede ser objeto de la
experiencia, lo transforman
realmente siempre en fenómeno y
declaran así imposible toda
ampliación práctica de la razón
pura. Tuve pues que anular el
saber, para reservar un
sitio a la fe; y el
dogmatismo de la metafísica, es
decir el prejuicio de que puede
avanzarse en metafísica, sin
crítica de la razón pura, es la
verdadera fuente de todo
descreimiento opuesto a la
moralidad, que siempre es muy
dogmático. Así pues, no siendo
difícil, con una metafísica
sistemática, compuesta según la
pauta señalada por la crítica de
la razón pura, dejar un legado a
la posteridad, no es éste un
presente poco estimable. Basta
comparar lo que es la cultura de
la razón mediante la marcha
segura de una ciencia, con el
tanteo sin fundamento y el
vagabundeo superficial de la
misma sin crítica; o advertir
también cuanto mejor empleará
aquí su tiempo una juventud
deseosa de saber, que en el
dogmatismo corriente, que
inspira tan tempranos y
poderosos alientos, ya para
sutilizar cómodamente sobre
cosas de que no entiende nada y
en las que no puede, como no
puede nadie en el mundo, conocer
nada, ya para acabar inventando
nuevos pensamientos y opiniones,
sin cuidarse de aprender las
ciencias exactas. Pero sobre
todo se reconocerá el valor de
la crítica, si se tiene en
cuenta la inapreciable ventaja
de poner un término, para todo
el porvenir, a los ataques
contra la moralidad y la
religión, de un modo socrático,
es decir por medio de la prueba
clara de la ignorancia de los
adversarios. Pues alguna
metafísica ha habido siempre en
el mundo y habrá de haber en
adelante; pero con ella también
surgirá una dialéctica de la
razón pura, pues es natural a
ésta. Es pues el primer y más
importante asunto de la
filosofía, quitarle todo influjo
desventajoso, de una vez para
siempre, cegando la fuente de
los errores.
Tras esta variación importante en el campo de las ciencias y la pérdida que de sus posesiones, hasta aquí imaginadas, tiene que soportar la razón especulativa, todo lo que toca al interés universal humano y a la utilidad que el mundo ha sacado hasta hoy de las enseñanzas de la razón pura, sigue en el mismo provechoso estado en que estuvo siempre. La pérdida alcanza sólo al monopolio de las escuelas, pero de ningún modo al interés de los hombres. Yo pregunto al dogmático más inflexible si la prueba de la duración de nuestra alma después de la muerte, por la simplicidad de la substancia; si la de la libertad de la voluntad contra el mecanismo universal, por las sutiles, bien que impotentes distinciones entre necesidad práctica subjetiva y objetiva; si la de la existencia de Dios por el concepto de un ente realísimo (de la contingencia de lo variable y de la necesidad de un primer motor) han llegado jamás al público, después de salir de las escuelas y han tenido la menor influencia en la convicción de las gentes. Y si esto no ha ocurrido, ni puede tampoco esperarse nunca, por lo inadecuado que es el entendimiento ordinario del hombre para tan sutil especulación; sí, en cambio, en lo que se refiere al alma, la disposición que todo hombre nota en su naturaleza, de no poder nunca satisfacerse con lo temporal (como insuficiente para las disposiciones de todo su destino) ha tenido por sí sola que dar nacimiento a la esperanza de una vida futura; si en lo que se refiere a la libertad, la mera presentación clara de los deberes, en oposición a las pretensiones todas de las inclinaciones, ha tenido por sí sola que producir la conciencia de la libertad; si, finalmente en lo que a Dios se refiere, la magnífica ordenación, la belleza y providencia que brillan por toda la naturaleza ha tenido, por sí sola, que producir la fe en un sabio y grande creador del mundo, convicción que se extiende en el público en cuanto descansa en fundamentos racionales; entonces estas posesiones no sólo siguen sin ser estorbadas, sino que ganan más bien autoridad, porque las escuelas aprenden, desde ahora, a no preciarse de tener, en un punto que toca al interés universal humano, un conocimiento más elevado y amplio que el que la gran masa (para nosotros dignísima de respeto) puede alcanzar tan fácilmente, y a limitarse por tanto a cultivar tan sólo esas pruebas universalmente comprensibles y suficientes en el sentido moral. La variación se refiere pues solamente a las arrogantes pretensiones de las escuelas, que desean en esto (como hacen con razón en otras muchas cosas) se las tenga por únicas conocedoras y guardadoras de semejantes verdades, de las cuales sólo comunican al público el uso, y guardan para sí la clave (quodmecum nescit, solus vult scire videri). Sin embargo se ha tenido en cuenta aquí una equitativa pretensión del filósofo especulativo. Éste sigue siempre siendo el exclusivo depositario de una ciencia, útil al público que la ignora, a saber, la crítica de la razón, que no puede nunca hacerse popular. Pero tampoco necesita serlo; porque, así como el pueblo no puede dar entrada en su cabeza como verdades útiles, a los bien tejidos argumentos, de igual modo nunca llegan a su sentido las objeciones contra ellos, no menos sutiles. En cambio, como la escuela y asimismo todo hombre que se eleve a la especulación, cae inevitablemente en argumentos y réplicas, está aquella crítica obligada a prevenir de una vez para siempre, por medio de una investigación fundamentada de los derechos de la razón especulativa, el escándalo que tarde o temprano ha de sentir el pueblo, por las discusiones en que los metafísicos (y, como tales, también al fin los sacerdotes) sin crítica se complican irremediablemente y que falsean después sus mismas doctrinas. Sólo por medio de esta crítica pueden cortarse de raíz el materialismo, el fatalismo, el ateísmo, el descreimiento de los librepensadores, el misticismo y la superstición, que pueden ser universalmente dañinos, finalmente también el idealismo y el escepticismo, que son peligros más para las escuelas y que no pueden fácilmente llegar al público. Si los gobiernos encuentran oportuno el ocuparse de los negocios de los sabios, lo más conforme a su solícita presidencia sería, para las ciencias como para los hombres, favorecer la libertad de una crítica semejante, única que puede dar a las construcciones de la razón un suelo firme, que sostener el ridículo despotismo de las escuelas, que levantan una gran gritería sobre los peligros públicos, cuando se rasga su tejido, que el público sin embargo, jamás ha conocido y cuya pérdida por lo tanto no puede nunca sentir.
La crítica no se opone al proceder dogmático de la razón en su conocimiento puro como ciencia (pues ésta ha de ser siempre dogmática, es decir, estrictamente demostrativa por principios a priori, seguros), sino al dogmatismo, es decir, a la pretensión de salir adelante sólo con un conocimiento puro por conceptos (el filosófico), según principios tales como la razón tiene en uso desde hace tiempo, sin informarse del modo y del derecho con que llega a ellos. Dogmatismo es, pues, el proceder dogmático de la razón pura, sin previa crítica de su propia facultad. Esta oposición, por lo tanto, no ha de favorecer la superficialidad charlatana que se otorga el pretencioso nombre de ciencia popular, ni al escepticismo, que despacha la metafísica toda en breves instantes. La crítica es más bien el arreglo previo necesario para el momento de una bien fundada metafísica, como ciencia, que ha de ser desarrollada por fuerza dogmáticamente, y según la exigencia estricta, sistemáticamente, y, por lo tanto, conforme a escuela (no popularmente). Exigir esto a la crítica es imprescindible, ya que se obliga a llevar su asunto completamente a priori, por tanto a entera satisfacción de la razón especulativa. En el desarrollo de ese plan, que la crítica prescribe, es decir, en el futuro sistema de la metafísica, debemos, pues, seguir el severo método del famoso Wolf, el más grande de todos los filósofos dogmáticos, que dio el primero el ejemplo (y así creó el espíritu de solidez científica, aún vivo en Alemania) de cómo, estableciendo regularmente los principios, determinando claramente los conceptos, administrando severamente las demostraciones y evitando audaces saltos en las consecuencias, puede emprenderse la marcha segura de una ciencia. Y por eso mismo fuera él superiormente hábil para poner en esa situación una ciencia como la metafísica, si se le hubiera ocurrido prepararse el campo previamente por medio de una crítica del órgano, es decir, de la razón pura misma: defecto que no hay que atribuir tanto a él como al modo de pensar dogmático de su tiempo y sobre el cual los filósofos de este, como de los anteriores tiempos, nada tienen que echarse en cara. Los que rechacen su modo de enseñar y al mismo tiempo también el proceder de la crítica de la razón pura, no pueden proponerse otra cosa que rechazar las trabas de la Ciencia, transformar el trabajo en juego, la certeza en opinión y la filosofía en filodoxia.
Por lo que se refiere a esta segunda edición, no he querido, como es justo, dejar pasar la ocasión, sin corregir en lo posible las dificultades u obscuridades de donde puede haber surgido más de una mala interpretación que hombres penetrantes, quizá no sin culpa mía, han encontrado al juzgar este libro. En las proposiciones mismas y sus pruebas, así como en la forma e integridad del plan, nada he encontrado que cambiar; cosa que atribuyo en parte al largo examen a que los he sometido antes de presentar este libro al público, y en parte también a la constitución de la cosa misma, es decir a la naturaleza de una razón pura especulativa, que tiene una verdadera estructura, donde todo es órgano, es decir donde todos están para uno y cada uno para todos y donde, por tanto, toda debilidad por pequeña que sea, falta (error) o defecto, tiene que advertirse imprescindiblemente en el uso. Con esta inmutabilidad se afirmará también según espero, este sistema en adelante. Esta confianza la justifica no la presunción, sino la evidencia que produce el experimento, por la igualdad del resultado cuando partimos de los elementos mínimos hasta llegar al todo de la razón pura y cuando retrocedemos del todo (pues éste también es dado por sí mediante el propósito final en lo práctico) a cada parte, ya que el ensayo de variar aún sólo la parte más pequeña, introduce enseguida contradicciones no sólo en el sistema, sino en la razón universal humana.
Pero en la exposición hay aún mucho que hacer y he intentado en esta edición correcciones que han de poner remedio a la mala inteligencia de la estética (sobre todo en el concepto del tiempo) a la obscuridad de la deducción de los conceptos del entendimiento, al supuesto defecto de suficiente evidencia en las pruebas de los principios del entendimiento puro, y finalmente a la mala interpretación de los paralogismos que preceden a la psicología racional.
Hasta aquí (es decir hasta el final del capítulo primero de la dialéctica transcendental) y no más, extiéndense los cambios introducidos en el modo de exposición (6), porque el tiempo me venía corto y, en lo que quedaba por revisar, no han incurrido en ninguna mala inteligencia quienes han examinado la obra con conocimiento del asunto y con imparcialidad. Éstos, aun que no puedo nombrarlos aquí con las alabanzas a que son acreedores, notarán por sí mismos en los respectivos lugares, la consideración con que he escuchado sus observaciones. Esa corrección ha sido causa empero de una pequeña pérdida para el lector, y no había medio de evitarla, sin hacer el libro demasiado voluminoso. Consiste en que varias cosas que, si bien no pertenecen esencialmente a la integridad del todo, pudiera, sin embargo, más de un lector echarlas de menos con disgusto, porque pueden ser útiles en otro sentido, han tenido que ser suprimidas o compendiadas, para dar lugar a esta exposición, más comprensible ahora, según yo espero. En el fondo, con respecto a las proposiciones e incluso a sus pruebas, esta exposición no varía absolutamente nada. Pero en el método de presentarlas, apártase de vez en cuando de la anterior de tal modo, que no se podía llevar a cabo por medio de nuevas adiciones. Esta pequeña pérdida que puede además subsanarse, cuando se quiera, con solo cotejar esta edición con la primera queda compensada con creces, según yo espero, por la mayor comprensibilidad de ésta.
(6) Adición, propiamente, aunque sólo en el modo de demostración, no podría yo llamar más que a la que he hecho a la página 275 con una nueva refutación del idealismo psicológico y una prueba estricta (y, según creo, única posible) de la realidad objetiva de la intuición externa. Por muy inocente que pueda ser considerado el idealismo, respecto de los fines esenciales de la metafísica (y en realidad no lo es), siempre es un escándalo para la filosofía y para la razón universal humana, el no admitir la existencia de las cosas fuera de nosotros (de donde sin embargo nos proviene la materia toda de los conocimientos, incluso para nuestro sentido interno) sino por fe y si a alguien se le ocurre ponerla en duda, no poder presentarle ninguna prueba satisfactoria. Como en las expresiones de la prueba se encuentra alguna obscuridad, en lo que va de la línea tercera a la sexta, ruego que se transforme ese período como sigue: Ese permanente empero no puede ser una intuición en mí. Pues todos los fundamentos de determinación de mi existencia, que pueden ser hallados en mí, son representaciones y, como tales, necesitan ellas mismas un substrato permanente distinto de ellas, en relación con el cual pueda ser determinado su cambio y por consiguiente mi existencia en el tiempo en que ellas cambian. Se dirá probablemente contra esta prueba, que yo no me doy inmediatamente cuenta más que de lo que está en mí, es decir, de mi representación de cosas exteriores; y consiguientemente que queda siempre aún sin decidir si hay o no fuera de mí algo correspondiente. Pero de mi existencia en el tiempo (y por consiguiente también de la determinabilidad de la misma en él) doyme cuenta mediante experiencia interna, y esto es más que darme solo cuenta de mi representación; es idéntico empero a la consciencia empírica de mi existencia, la cual no es determinable más que por referencia a algo que enlazado con mi existencia, está fuera de mí. Esa consciencia de mi existencia en el tiempo está pues enlazada idénticamente con la consciencia de una relación con algo fuera de mí, y es pues una experiencia y no una invención, el sentido y no la imaginación quien ata inseparablemente lo externo con mi sentido interno; pues el sentido externo es ya en sí referencia de la intuición a algo real fuera de mí, y su realidad, a diferencia de la imaginación, sólo descansa en que él está inseparable mente enlazado con la experiencia interna misma, como condición de la posibilidad de ésta, lo cual ocurre aquí. Si yo pudiera enlazar, con la consciencia intelectual de mi existencia en la representación: yo soy (que acompaña a todos mis juicios y acciones del entendimiento), al mismo tiempo una determinación de mi existencia por medio de una intuición intelectual, entonces no pertenecería necesariamente a ésta la consciencia de una relación con algo fuera de mí. Ahora bien, cierto es que aquella consciencia intelectual precede, pero sin embargo la intuición interna, en que mi existencia puede tan sólo ser determinada, es sensible y ligada a la condición del tiempo; esa determinación en cambio y por tanto la experiencia interna misma depende de algo permanente que no está en mí, y por consiguiente que está en algo fuera de mí, con lo cual yo me tengo que considerar en relación; así pues, la realidad del sentido externo está necesariamente enlazada con la del interno, para la posibilidad de una experiencia en general; es decir, yo me doy tan seguramente cuenta de que hay cosas fuera de mí, que se refieren a mi sentido, como me doy cuenta de que existo yo mismo determinadamente en el tiempo. Ahora bien, ¿a qué intuiciones dadas corresponden realmente objetos fuera de mí, que pertenecen por tanto al sentido externo, al cual y no a la imaginación son de atribuir? Ésta es cosa que tiene que ser decidida en cada caso particular, según las reglas por las cuales se distingue la experiencia en general (incluso interna) de la imaginación, y para ello siempre sirve de base la proposición de que realmente hay experiencia externa. Puede añadirse aquí aún esta nota: la representación de algo permanente en la existencia no es idéntica a la representación permanente, pues aquella puede ser muy mudable y variable, como todas nuestras representaciones, incluso las de la materia, y se refiere sin embargo a algo permanente, que tiene por tanto que ser una cosa distinta de todas mis representaciones y exterior, cuya existencia es necesariamente incluida en la determinación de mi propia existencia y constituye con ésta sólo una única experiencia, que no tendría lugar ni siquiera internamente, si no fuera al mismo tiempo (en parte) externa. El cómo no se puede explicar aquí, como tampoco puede explicarse cómo nosotros en general pensamos lo que está detenido en el tiempo y cuya simultaneidad con lo cambiante produce el concepto de la variación.
He notado, con alegría,
en varios escritos públicos (ora con ocasión de dar
cuenta de algunos libros, ora en tratados
particulares), que el espíritu de exactitud no ha
muerto en Alemania. La gritería de la nueva moda,
que practica una genial libertad en el pensar, lo ha
pagado tan sólo por poco tiempo, y los espinosos
senderos de la crítica, que conducen a una ciencia
de la razón pura, ciencia de escuela, pero sólo así
duradera y por ende altamente necesaria, no han
impedido a valerosos clarividentes ingenios,
adueñarse de ella. A estos hombres de mérito, que
unen felizmente a la profundidad del conocimiento el
talento de una exposición luminosa (talento de que
yo precisamente carezco), abandono la tarea de
acabar mi trabajo, que en ese respecto puede todavía
dejar aquí o allá algo que desear; pues el peligro,
en este caso, no es el de ser refutado, sino el de
no ser comprendido. Por mi parte no puedo de aquí en
adelante entrar en discusiones, aunque atenderé con
sumo cuidado a todas las indicaciones de amigos y de
enemigos, para utilizarlas en el futuro desarrollo
del sistema, conforme a esta propedéutica. Cógenme
estos trabajos en edad bastante avanzada (en este
mes cumplo sesenta y cuatro años); y si quiero
realizar mi propósito, que es publicar la metafísica
de la naturaleza y la de la moralidad, como
confirmación de la exactitud de la crítica de la
razón especulativa y la de la práctica, he de
emplear mi tiempo con economía, y confiarme, tanto
para la aclaración de las obscuridades, inevitables
al principio en esta obra, como para la defensa del
todo, a los distinguidos ingenios, que se han
compenetrado con mi labor. Todo discurso filosófico
puede ser herido en algún sitio aislado (pues no
puede presentarse tan acorazado como el discurso
matemático); pero la estructura del sistema,
considerada en unidad, no corre con ello el menor
peligro, y abarcarla con la mirada, cuando el
sistema es nuevo, es cosa para la cual hay pocos que
tengan la aptitud del espíritu y, menos aún, que
posean el gusto de usarla, porque toda innovación
les incomoda. También, cuando se arrancan trozos
aislados y se separan del conjunto, para compararlos
después unos con otros, pueden descubrirse en todo
escrito, y más aún si se desarrolla en libre
discurso, contradicciones aparentes, que a los ojos
de quien se confía al juicio de otros, lanzan una
luz muy desfavorable sobre el libro. Pero quien se
haya adueñado de la idea del todo, podrá resolverlas
muy fácilmente. Cuando una teoría tiene
consistencia, las acciones y reacciones que al
principio la amenazaban con grandes peligros,
sirven, con el tiempo, solo para aplanar sus
asperezas y si hombres de imparcialidad,
conocimiento y verdadera popularidad se ocupan de
ella, proporciónanle también en poco tiempo la
necesaria elegancia.
Königsberg, Abril de 1787.
I. Kant, Prólogo a la segunda edición
de la Crítica a la razón pura
Traducción de Manuel García Morente. Librería General de
Victoriano Suárez, Madrid, 1928 |