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RESUMEN DEL PENSAMIENTO DE LOS FILÓSOFOS Y ESCUELAS FILOSÓFICAS MÁS IMPORTANTES

 

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SANTO TOMÁS

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SANTO TOMÁS (c. 1225-1274)

Resumen de su pensamiento
 
(segunda parte)

(si quieres lo esencial de su filosofía: mini-resumen Santo Tolmás)

 

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Santo Tomás - Resumen de su pensamiento (primera parte)


INTRODUCCI
ÓN

I. EL PROBLEMA DE LA RELACIÓN FE Y RAZÓN

II. LA EXISTENCIA DE DIOS

I.1. El problema de su demostración

I.2. Las cinco vías  

III. La esencia de dios 

IV. LA CONCEPCIÓN DEL HOMBRE

IV.1. La estructura de la realidad creada

IV.2. El hombre, imagen de Dios

IV.3. El hombre hacia Dios

a) Dios como objeto último del conocimiento 

b) Dios como objeto último de la voluntad

c) El hombre hacia Dios por la conducta social. La ley

IV. LA CONCEPCION DEL HOMBRE

IV.1. La estructura de la realidad creada

      El Aquinate parte de la contingencia de todo ser finito. Las cosas no se han dado a sí mismas su propio ser, ni su existencia ni su esencia, y éste es precisamente el fundamento metafísico que explica la necesidad de afirmar la existencia de Dios: la indigencia radical de todo ser finito exige un ser que sea fundamento de sí mismo y de todo lo real, Dios. Todas las criaturas tienen una composición metafísica de esencia y existencia (son contingentes, limitadas) frente al único ser necesario e infinito, Dios, que es la causa de su existencia. Y es causa del mundo en un sentido absoluto (Dios crea de la nada) y no, como era al caso de las explicaciones griegas, a base de alguna realidad preexistente (al estilo del Demiurgo de Platón). Partiendo de Dios, Sto Tomás nos ofrece una visión de la realidad creada en forma jerárquica y piramidal. Los seres creados son seres compuestos, estructurados. Para referirse a dichos seres se sirve de conceptos aristotélicos: acto y potencia, sustancia y accidentes, materia y forma, añadiendo la original distinción esencia/existencia (composición metafísica responsable de su contingencia). La jerarquización de los seres vendrá dada por su mayor o menor simplicidad, por su mayor cercanía al puro existir de Dios. En la cúspide de la creación están los ángeles (compuestos de esencia y existencia), después los hombres (con un alma que es su forma sustancial, unida a una materia). Las sustancias del mundo corpóreo están compuestas de materia y forma. El hombre es el punto de intersección entre lo meramente corporal y lo espiritual. La "forma" que es el alma humana, puede existir con independencia del cuerpo; en cambio, los seres sensitivos ─como los animales─ o los puramente vegetativos ─como las plantas─ tienen formas corruptibles que no pueden existir con independencia de la materia. Las formas de los seres inertes y las formas de los elementos primeros son las más imperfectas. Aún en un grado inferior están las formas accidentales, ya que su ser no es un existir en sí ─como sucede con las sustancias─ sino un ser en otro. Y, todavía por debajo de cualquier realidad, se encuentra la absoluta potencialidad de la materia prima, que es pura capacidad de ser.

 

IV.2. El hombre, imagen de Dios

     El hombre ─mucho más que el resto de los seres naturales, y menos que los ángeles─ refleja en su ser cierta proporción con lo divino, y se sitúa entre dos mundos: se compone de cuerpo material y alma espiritual; por el cuerpo se vincula con el mundo sensible y por el alma con el mundo espiritual. Es lo más perfecto en el orden sensible y lo menos perfecto en el orden de las sustancias intelectuales. La concepción del hombre tomista se sitúa en la óptica aristotélica pero adquiere un estilo propio por la combinación con el pensamiento cristiano: a los vivientes les corresponde un conjunto de operaciones características distintas de los no vivientes, como son: nacer, nutrirse, crecer, reproducirse, moverse localmente y morir, y en los grados superiores sentir, pensar y querer. Santo Tomás define el alma como el principio de la vida y como la forma de un cuerpo físico que tiene vida en potencia. Es lo que distingue a los vivientes de los no vivientes.

     Sto. Tomás hará mención también a las facultades:  son las potencias activas del alma, aquellos principios gracias a los cuales el alma puede realizar las distintas operaciones vitales. Hay que distinguir entre potencias ─o facultades─ corpóreas y otras incorpóreas: las primeras requieren un órgano corporal; mientras que las segundas ─como el entendimiento y la voluntad─ no necesitan órganos corpóreos, y radican en la esencia misma del alma. Además del intelecto, dividido en teórico (dirigido al conocimiento de la verdad) y práctico (dirigido a la acción), el alma humana contiene otras tres especies de facultades mentales: la voluntad o apetito racional, las facultades de la sensación (vista, oído, etc.) y la sensualidad o apetito sensible. Pero aunque Santo Tomás defiende el dualismo antropológico, su posición es más moderada que la platónica al entender que la palabra "hombre" designa la unidad  de cuerpo y alma, y no únicamente alma, como era el caso de Platón; hasta arguye que, puesto que el cuerpo no ha sido creado por un principio del mal, sino por Dios, debemos amar al cuerpo como consecuencia del amor que debemos a Dios.

 

IV.3. El hombre hacia Dios

     Hay continuidad entre el hombre como perteneciente al orden natural y como perteneciente al orden sobrenatural. Cierto que se encuentra en el orden sobrenatural por la gracia divina, merced a la cual el hombre alcanza un estado de perfección al que no puede llegar por sí mismo, pero no es menos verdad que todas las esferas de la actividad humana se pueden comprender únicamente por la referencia de lo humano hacia Dios; esta tensión hacia lo transcendente se muestra claramente en tres ámbitos particulares del ser del hombre: el conocimiento, la conducta moral y la conducta social.

a) Dios como objeto último del conocimiento:  la vocación intelectual del hombre hacia Dios se cifra no sólo en el hecho de que la teología sea la ciencia suprema y constituya la máxima perfección de nuestra inteligencia, sino además y fundamentalmente, porque el conocimiento se ordena a la verdad y Dios es la suprema verdad. Todo conocimiento humano es, en última instancia, un conocimiento de Dios. Toda verdad está conectada con Dios, tanto en el sentido de que Dios es el creador, sostenedor y lo que da inteligibilidad a todo lo que es real (sin lo cual no podría haber verdad alguna) como en el sentido de que conocemos a Dios en todo lo que conocemos, pues el mundo es la "revelación física" de Dios. Por lo demás, el objetivo supremo del hombre es la visión de Dios en la otra vida, es decir, un conocimiento puramente intelectual y directo de Él.

b) Dios como objeto último de la voluntad: el ser y la bondad son intercambiables o equivalentes; así, Dios, por ser el ser superior, es también la bondad perfecta e infinita. La vida moral también está dirigida, en última instancia, hacia el logro de la beatitud. Santo Tomás defiende un punto de vista teleológico: toda acción y suceso del universo sucede porque hay un fin hacia el cual el suceso está dirigido o hacia el cual el agente tiende. Lo que da al hombre su status excepcional es el hecho de que de todos los agentes (aparte de Dios y los ángeles), él es el único que tiene conciencia de los fines y de los medios. El hombre es el único ser que puede ser impulsado a la acción por ideas de lo bueno y de lo correcto. La voluntad tiene o es una tendencia natural a buscar el bien. Pero esta búsqueda de la voluntad sería totalmente caótica sin la intervención de la razón pues es la que identifica los objetos como buenos o malos. En relación con Dios, que es el bien perfecto, la voluntad del hombre está sujeta a leyes de la necesidad: Dios mueve a la voluntad necesariamente. Pero en relación con los bienes menos perfectos que aparecen en nuestra existencia terrena, la voluntad no está obligada necesariamente a ir hacia ellos (por tanto es libre). Por ello, el principal interés de la ética se concentra en los bienes terrenales particulares cuya realización le permitirá al hombre alcanzar su bien último o Dios. En su teoría de las virtudes, el Aquinate sigue a Aristóteles, añadiendo algunos elementos de su perspectiva cristiana. Las virtudes son los hábitos gracias a los cuales el alma puede realizar bien cada uno de los fines a los que tiende. Puesto en el alma encontramos distintas partes, habrá también distintos tipos de virtudes: así, tendremos las virtudes intelectuales o perfecciones del intelecto (arte, prudencia, inteligencia, ciencia y sabiduría) y perfecciones de las facultades apetitivas o virtudes morales (entre las que destacan la justicia, o perfección de la voluntad, y la fortaleza y templanza, perfecciones del apetito inferior, irascible y concupiscible), que siempre consistirán en el justo medio entre dos vicios, uno por defecto y otro por exceso. A esas virtudes, conocidas ya por la tradición griega, añade las virtudes sobrenaturales o teologales (fe, esperanza y caridad), que tienen como objetivo Dios mismo, perfeccionan la disposición humana dirigida al orden sobrenatural y son infundidas en nosotros por Dios.

c) El hombre hacia Dios por la conducta social. La ley: la doctrina política de Sto. Tomás es una síntesis de la política aristotélica y de sus creencias cristianas. El hombre tiene un fin sobrenatural, pero debe conseguirlo mediante su actividad y su vida en el Estado, aunque de forma completa, sólo lo alcanza en la otra vida. El Estado es una institución natural fundamentada en la naturaleza del hombre. El hombre es un ser político que vive en comunidad lo cual exige un gobierno que mire por el bien común. Tanto la sociedad como el gobierno, por ser connaturales al hombre, tienen en último término justificada su existencia en Dios, creador de la naturaleza humana. Como el fin sobrenatural del hombre consiste en conseguir la beatitud eterna, que es competencia de la Iglesia, el Estado, aún siendo autónomo, queda supeditado indirectamente a aquella. Así, el Estado debe guiar y legislar para que los ciudadanos vivan virtuosamente y alcancen el fin que les es propio: la salvación eterna. Las leyes (mandatos que descansan en la razón y según los cuales algo es inducido a obrar), deben, pues, orientarse hacia la consecución del bien común.

        Santo Tomás distingue tres clases de leyes: la natural, la positiva y la eterna. La ley natural dirige y ordena los actos de los seres naturales para la adecuada realización de los bienes que les son propios. El Aquinate toma del pensamiento griego la noción de naturaleza como principio dinámico intrínseco que determina el comportamiento ordenado y legal de los seres naturales, a la vez que la idea de que puede utilizarse el criterio de la “naturalidad” para distinguir la conducta buena de la mala: lo bueno es lo natural y lo malo lo contrario a ella. La principal diferencia del planteamiento tomista respecto del griego está en que para Tomás de Aquino las inclinaciones naturales descansan en último término en Dios, quien por su providencia gobierna todas las cosas y les da las disposiciones convenientes para su propia perfección. En los seres irracionales la ley eterna inscrita en su naturaleza determina su comportamiento de manera pasiva y necesaria, en los hombres descansa en su razón y se realiza a partir de su voluntad y libertad. En sentido estricto, Santo Tomás interpreta la ley natural como la ley moral, y la identifica con la razón humana que ordena hacer el bien y prohíbe hacer el mal. La ley moral es natural y racional: racional porque es enunciada y dictada por la razón; natural porque la propia razón es un rasgo de la naturaleza humana y porque describe las acciones convenientes para los fines inscritos en nuestra naturaleza. La ley natural contiene los preceptos fundamentales que rigen la vida moral, el primero de los cuales es “debe hacerse el bien y evitarse el mal” y en el que se fundan todos los demás preceptos de la ley moral. Dado que la ley natural se fundamenta en la naturaleza humana, y ésta en Dios, la ley natural no es convencional, es inmutable y la misma para todos (universal).

         La ley positiva (ley que promulgan los Estados) debe ser expresión de la ley natural, por tanto no será convencional. Así, aquellas leyes positivas que sean contrarias a las leyes naturales no son buenas y es justo que el ciudadano se niegue a cumplirlas, mientras que aquellas que son conforme a la ley natural son justas y buenas y el ciudadano está obligado a cumplirlas. La legalidad no siempre coincide con la moralidad: si el legislador promulga una ley contraria a la ley natural, y, en último término a la ley divina, es legítimo, moralmente correcto –aunque no sea legal– que el súbdito se rebele y no la cumpla. La ley natural tiene su origen en un orden más amplio: el orden del Universo, orden que es expresión de la ley eterna, ley que descansa en la propia razón de Dios y de la cual derivan todas las demás leyes. Santo Tomás dice que es eterna e inmutable porque a Dios le corresponde la eternidad. Dios ordena todas las acciones, tanto humanas como no humanas, hacia su fin. A diferencia de Aristóteles, Santo Tomás hace descansar el bien en un fundamento más trascendental que la propia naturaleza: Dios.  
   

Santo Tomás - Resumen de su pensamiento (primera parte)

© Javier Echegoyen Olleta