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IV.
LA CONCEPCION DEL HOMBRE
IV.1.
La estructura de la realidad creada
El Aquinate parte de la contingencia de todo ser finito. Las cosas
no se han dado a sí mismas su propio ser, ni su existencia ni su esencia,
y éste es precisamente el fundamento metafísico que explica la necesidad
de afirmar la existencia de Dios: la indigencia radical de todo ser finito
exige un ser que sea fundamento de sí mismo y de todo lo real, Dios.
Todas las criaturas tienen una composición metafísica de esencia y
existencia (son contingentes, limitadas) frente al único ser necesario
e infinito, Dios, que es la causa de su existencia. Y es causa del mundo
en un sentido absoluto (Dios crea de la nada) y no, como era al
caso de las explicaciones griegas, a base de alguna realidad preexistente
(al estilo del Demiurgo de Platón). Partiendo de Dios, Sto Tomás nos
ofrece una visión de la realidad creada en forma jerárquica y piramidal.
Los seres creados son seres compuestos, estructurados. Para referirse a
dichos seres se sirve de conceptos aristotélicos: acto y potencia,
sustancia y accidentes, materia y forma, añadiendo la original
distinción esencia/existencia (composición metafísica responsable de
su contingencia). La jerarquización de los seres vendrá dada por su mayor
o menor simplicidad, por su mayor cercanía al puro existir de Dios. En la
cúspide de la creación están los ángeles (compuestos de esencia y
existencia), después los hombres (con un alma que es su forma
sustancial, unida a una materia). Las sustancias del mundo corpóreo
están compuestas de materia y forma. El hombre es el punto de intersección
entre lo meramente corporal y lo espiritual. La "forma" que es el alma
humana, puede existir con independencia del cuerpo; en cambio, los
seres sensitivos ─como los animales─ o los puramente vegetativos
─como las plantas─ tienen formas corruptibles que no pueden existir con
independencia de la materia. Las formas de los seres inertes y las
formas de los elementos primeros son las más imperfectas. Aún en un
grado inferior están las formas accidentales, ya que su ser no es
un existir en sí ─como sucede con las sustancias─ sino un ser en otro. Y,
todavía por debajo de cualquier realidad, se encuentra la absoluta
potencialidad de la materia prima, que es pura capacidad de ser.
IV.2.
El hombre, imagen de Dios
El hombre ─mucho más que el resto de los seres naturales, y menos que
los ángeles─ refleja en su ser cierta proporción con lo divino, y se sitúa
entre dos mundos: se compone de cuerpo material y alma
espiritual; por el cuerpo se vincula con el mundo sensible y por el
alma con el mundo espiritual. Es lo más perfecto en el orden sensible y lo
menos perfecto en el orden de las sustancias intelectuales. La concepción
del hombre tomista se sitúa en la óptica aristotélica pero adquiere
un estilo propio por la combinación con el pensamiento cristiano: a
los vivientes les corresponde un conjunto de operaciones características
distintas de los no vivientes, como son: nacer, nutrirse, crecer,
reproducirse, moverse localmente y morir, y en los grados superiores
sentir, pensar y querer. Santo Tomás define el alma como el principio
de la vida y como la forma de un cuerpo físico que tiene vida en
potencia. Es lo que distingue a los vivientes de los no vivientes.
Sto. Tomás hará mención también a las facultades: son las
potencias activas del alma, aquellos principios gracias a los cuales el
alma puede realizar las distintas operaciones vitales. Hay que distinguir
entre potencias ─o facultades─ corpóreas y otras incorpóreas:
las primeras requieren un órgano corporal; mientras que las segundas ─como
el entendimiento y la voluntad─ no necesitan órganos corpóreos, y radican
en la esencia misma del alma. Además del intelecto, dividido en
teórico (dirigido al conocimiento de la verdad) y práctico (dirigido a la
acción), el alma humana contiene otras tres especies de facultades
mentales: la voluntad o apetito racional, las facultades de la
sensación (vista, oído, etc.) y la sensualidad o apetito sensible.
Pero aunque Santo Tomás defiende el dualismo antropológico, su
posición es más moderada que la platónica al entender que la palabra
"hombre" designa la unidad de cuerpo y alma, y no únicamente alma, como
era el caso de Platón;
hasta arguye que, puesto que el cuerpo no ha sido
creado por un principio del mal, sino por Dios, debemos amar al cuerpo
como consecuencia del amor que debemos a Dios.
IV.3.
El hombre hacia Dios
Hay continuidad entre el hombre como perteneciente al orden natural y
como perteneciente al orden sobrenatural. Cierto que se encuentra en el
orden sobrenatural por la gracia divina, merced a la cual el hombre
alcanza un estado de perfección al que no puede llegar por sí mismo, pero
no es menos verdad que todas las esferas de la actividad humana se pueden
comprender únicamente por la referencia de lo humano hacia Dios; esta
tensión hacia lo transcendente se muestra claramente en tres ámbitos
particulares del ser del hombre: el conocimiento, la conducta moral y la
conducta social.
a) Dios como objeto último del conocimiento:
la vocación intelectual del hombre hacia Dios se cifra no sólo en el hecho
de que la teología sea la ciencia suprema y constituya la
máxima perfección de nuestra inteligencia, sino además y fundamentalmente,
porque el conocimiento se ordena a la verdad y Dios es la suprema
verdad. Todo conocimiento humano es, en última instancia, un
conocimiento de Dios. Toda verdad está conectada con Dios, tanto en el
sentido de que Dios es el creador, sostenedor y lo que da inteligibilidad
a todo lo que es real (sin lo cual no podría haber verdad alguna) como en
el sentido de que conocemos a Dios en todo lo que conocemos, pues el mundo
es la "revelación física" de Dios. Por lo demás, el objetivo
supremo del hombre es la visión de Dios en la otra vida, es decir, un
conocimiento puramente intelectual y directo de Él.
b) Dios como objeto último de la voluntad:
el ser y la bondad son intercambiables o equivalentes; así, Dios, por ser
el ser superior, es también la bondad perfecta e infinita. La vida moral
también está dirigida, en última instancia, hacia el logro de la
beatitud. Santo Tomás defiende un punto de vista teleológico:
toda acción y suceso del universo sucede porque hay un fin hacia el cual
el suceso está dirigido o hacia el cual el agente tiende. Lo que da al
hombre su status excepcional es el hecho de que de todos los agentes
(aparte de Dios y los ángeles), él es el único que tiene conciencia de los
fines y de los medios. El hombre es el único ser que puede ser impulsado a
la acción por ideas de lo bueno y de lo correcto. La voluntad tiene o es
una tendencia natural a buscar el bien. Pero esta búsqueda de la voluntad
sería totalmente caótica sin la intervención de la razón pues es la que
identifica los objetos como buenos o malos. En relación con Dios, que es
el bien perfecto, la voluntad del hombre está sujeta a leyes de la
necesidad: Dios mueve a la voluntad necesariamente. Pero en relación con
los bienes menos perfectos que aparecen en nuestra existencia terrena, la
voluntad no está obligada necesariamente a ir hacia ellos (por tanto es
libre). Por ello, el principal interés de la ética se concentra en los
bienes terrenales particulares cuya realización le permitirá al hombre
alcanzar su bien último o Dios. En su teoría de las virtudes, el Aquinate
sigue a Aristóteles, añadiendo algunos elementos de su
perspectiva cristiana. Las virtudes son los hábitos gracias a
los cuales el alma puede realizar bien cada uno de los fines a los que
tiende. Puesto en el alma encontramos distintas partes, habrá también
distintos tipos de virtudes: así, tendremos las virtudes intelectuales
o perfecciones del intelecto (arte, prudencia, inteligencia, ciencia y
sabiduría) y perfecciones de las facultades apetitivas o virtudes
morales (entre las que destacan la justicia, o perfección de la
voluntad, y la fortaleza y templanza, perfecciones del apetito inferior,
irascible y concupiscible), que siempre consistirán en el justo medio
entre dos vicios, uno por defecto y otro por exceso. A esas virtudes,
conocidas ya por la tradición griega, añade las virtudes sobrenaturales
o teologales (fe, esperanza y caridad), que tienen como objetivo
Dios mismo, perfeccionan la disposición humana dirigida al orden
sobrenatural y son infundidas en nosotros por Dios.
c) El hombre hacia Dios por la conducta social.
La ley:
la doctrina política de Sto. Tomás es una síntesis de la política
aristotélica y de sus creencias cristianas. El hombre tiene un fin
sobrenatural, pero debe conseguirlo mediante su actividad y su vida en el
Estado, aunque de forma completa, sólo lo alcanza en la otra vida. El
Estado es una institución natural fundamentada en la naturaleza del
hombre. El hombre es un ser político que vive en comunidad lo cual
exige un gobierno que mire por el bien común. Tanto la sociedad como el
gobierno, por ser connaturales al hombre, tienen en último término
justificada su existencia en Dios, creador de la naturaleza humana. Como
el fin sobrenatural del hombre consiste en conseguir la beatitud eterna,
que es competencia de la Iglesia, el Estado, aún siendo autónomo, queda
supeditado indirectamente a aquella. Así, el Estado debe guiar y legislar
para que los ciudadanos vivan virtuosamente y alcancen el fin que les es
propio: la salvación eterna. Las leyes (mandatos que descansan en
la razón y según los cuales algo es inducido a obrar), deben, pues,
orientarse hacia la consecución del bien común.
Santo Tomás distingue tres clases de leyes: la natural, la positiva y la
eterna. La ley natural dirige y ordena los actos de los seres
naturales para la adecuada realización de los bienes que les son propios.
El Aquinate toma del pensamiento griego la noción de naturaleza
como principio dinámico intrínseco que determina el comportamiento
ordenado y legal de los seres naturales, a la vez que la idea de que puede
utilizarse el criterio de la “naturalidad” para distinguir la conducta
buena de la mala: lo bueno es lo natural y lo malo lo contrario a ella. La
principal diferencia del planteamiento tomista respecto del griego está en
que para Tomás de Aquino las inclinaciones naturales descansan en
último término en Dios, quien por su providencia gobierna todas las
cosas y les da las disposiciones convenientes para su propia perfección.
En los seres irracionales la ley eterna inscrita en su naturaleza
determina su comportamiento de manera pasiva y necesaria, en los hombres
descansa en su razón y se realiza a partir de su voluntad y libertad. En
sentido estricto, Santo Tomás interpreta la ley natural como la ley
moral, y la identifica con la razón humana que ordena hacer el bien y
prohíbe hacer el mal. La ley moral es natural y racional: racional
porque es enunciada y dictada por la razón; natural porque la propia razón
es un rasgo de la naturaleza humana y porque describe las acciones
convenientes para los fines inscritos en nuestra naturaleza. La ley
natural contiene los preceptos fundamentales que rigen la vida moral, el
primero de los cuales es “debe hacerse el bien y evitarse el mal” y en el
que se fundan todos los demás preceptos de la ley moral. Dado que la ley
natural se fundamenta en la naturaleza humana, y ésta en Dios, la ley
natural no es convencional, es inmutable y la misma para todos
(universal).
La ley positiva (ley que promulgan los Estados) debe ser expresión
de la ley natural, por tanto no será convencional. Así, aquellas leyes
positivas que sean contrarias a las leyes naturales no son buenas y es
justo que el ciudadano se niegue a cumplirlas, mientras que aquellas que
son conforme a la ley natural son justas y buenas y el ciudadano está
obligado a cumplirlas. La legalidad no siempre coincide con la moralidad:
si el legislador promulga una ley contraria a la ley natural, y, en último
término a la ley divina, es legítimo, moralmente correcto –aunque
no sea legal– que el súbdito se rebele y no la cumpla. La ley natural
tiene su origen en un orden más amplio: el orden del Universo, orden que
es expresión de la ley eterna, ley que descansa en la propia razón
de Dios y de la cual derivan todas las demás leyes. Santo Tomás dice que
es eterna e inmutable porque a Dios le corresponde la eternidad. Dios
ordena todas las acciones, tanto humanas como no humanas, hacia su fin. A
diferencia de Aristóteles, Santo Tomás hace descansar el bien en un
fundamento más trascendental que la propia naturaleza: Dios.
Santo Tomás - Resumen de su pensamiento
(primera parte)
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