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INTRODUCCION
Los textos sagrados, el enfrentamiento entre distintas
interpretaciones de dichos textos, la influencia del neoplatonismo y el
estoicismo y el diálogo polémico con la filosofía clásica han sido los
elementos que han dado lugar al cristianismo como explicación del mundo.
El cristianismo es antes que nada una doctrina de salvación, es
decir, un conjunto de ideas acerca de la realidad y un conjunto de
preceptos cuyo cumplimiento permite al fiel la vida y felicidad tras su
estancia en este mundo. Pero hay elementos comunes en la filosofía y en la
religión: la filosofía intenta dar una solución racional a los grandes
problemas del hombre; la religión, por su parte, quiere presentar su
propia solución a estos problemas pero usa privilegiadamente la fe. Es
verdad que la religión ─en este caso, el cristianismo─ no es filosofía,
pero algunos de los elementos más importantes que usa en su propuesta de
salvación han sido objeto tradicional de la filosofía, por lo que no es
extraño que los creyentes hayan usado esta disciplina como fundamento de
algunas de sus creencias.
Una de las preocupaciones más importantes del pensamiento medieval
fue la relación entre la teología y la filosofía, entre la fe y la
razón. El problema es discernir cuál es la relación entre el
conocimiento sobrenatural del hombre, alcanzado por revelación, y el
conocimiento natural, logrado a través del intelecto y los sentidos. Así,
la razón y la fe pueden representar dos fuentes distintas de conocimiento
que pueden ser compatibles o incompatibles entre sí.
I. EL
PROBLEMA DE LA RELACION FE Y RAZON
Dicho problema llega en Sto Tomás a su punto culminante y, para muchos, a
su solución. La distinción filosofía/teología descansa en la separación
entre orden natural y sobrenatural. Son dos órdenes distintos, pero no
opuestos ni contradictorios sino complementarios: el orden de
conocimiento natural procede de la razón humana, da lugar la filosofía
y posee leyes y métodos propios, con valor demostrativo. Por su parte el
orden sobrenatural procede de la revelación y de la fe y es un
conocimiento oscuro por naturaleza (“creer es un acto del entendimiento
que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios
mediante la gracia”); algunas de sus verdades están al alcance de la
razón, y otras la exceden. Ambos conocimientos provienen, en último
término, de Dios, por lo que entre ellos no puede haber
contradicción. De esta forma, Sto Tomás rechazará la teoría averroísta
de la doble verdad.
Entre las dos esferas de conocimiento cabe incluso la colaboración:
la revelación puede servir a la razón como orientadora (para preservarla
de errores y para indicarle el término a que debe llegar). Por su parte,
la razón puede servir a la fe para aclarar, explicar y defender los
misterios de la revelación. Esta colaboración da por resultado la
teología. Algunas creencias nunca podrán ser demostradas por la razón
(la trinidad y la eucaristía, p. ej.) y otras sí, como los preámbulos
de la fe (la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, p. ej.).
Pero a pesar de ese solapamiento que se produce en algunos puntos entre la
teología y la filosofía (existencia de Dios, por ejemplo), creerá Sto.
Tomás en la necesidad de la fe pues no todo hombre puede llegar a la
verdad por la razón, bien por falta de tiempo, bien por falta de
capacidad; además, la fe debe guiar a la razón para evitar el error. Habrá
que distinguir pues dos tipos de teologías: la teología racional o
natural: su objeto es Dios y llega a él desde una perspectiva
puramente racional; se llama natural por tener su fundamento en las
capacidades que dependen de la naturaleza humana: las facultades
intelectuales; y la teología cristiana o sobrenatural: su
fundamento es la doctrina revelada y la fe, pero usa también de la razón
para conseguir un orden científico y como arma dialéctica.
II.
LA EXISTENCIA DE DIOS
II.1. El problema de su
demostración.
Podríamos pensar que si bien Dios no es perceptible por los sentidos puede
ser perceptible directamente, sin embargo, por la razón. Ejemplos de
conocimiento de este tipo son "los hombres son animales racionales" o "los
triángulos tienen tres lados"; a estas proposiciones las denomina Sto
Tomás evidentes en sí mismas; ello quiere decir que en la esencia
de los objetos en cuestión se encuentra la propiedad referida en la
proposición (que el predicado se incluye en el sujeto). Los ejemplos
anteriores son, además, evidentes para nosotros pues los vemos como
verdaderos con solo comprender el concepto sujeto. Si la existencia de
Dios fuese una característica esencial, si se incluyese en su esencia,
entonces podríamos suponer que la proposición "Dios existe" puede ser
mostrada como verdadera con la mera comprensión del término "Dios";
algunos filósofos (S. Anselmo y Descartes) creerán que se puede mostrar la
existencia de Dios basándose en ese supuesto (ese es el "argumento
ontológico"). Sto Tomás mantendrá, por el contrario, que no cabe una
argumentación de ese género porque la esencia de Dios no nos es dada con
la misma claridad que por ejemplo, la esencia del triángulo. Ello quiere
decir que la proposición "Dios existe" no es evidente para nosotros,
aunque sea evidente en sí misma (pues es verdad que la existencia se
incluye en la esencia de Dios).
II.2. Las cinco vías.
A pesar de ello, Sto. Tomás afirmará que es posible la demostración de la
existencia de Dios. La argumentación meramente racional no es la adecuada
pues no es acorde a las facultades humanas; debemos llegar a Dios a partir
de lo más conocido para nosotros, es decir, la experiencia sensible. Las
pruebas de Tomás de Aquino (las cinco vías) son demostraciones a
posteriori: parten de los efectos de la actuación de Dios en el mundo
para remontarse a El como causa última. Es verdad que no nos permitirán un
exhaustivo conocimiento de su esencia ─imposible dada la limitación de
nuestra naturaleza─ pero sí suficiente como para mantener racionalmente su
existencia. Tienen antecedentes en otros filósofos, especialmente
Aristóteles y Platón, y todas presentan un esquema argumentativo similar:
el punto de partida es un dato real de experiencia, fijándose en
distintos aspectos de la realidad del mundo físico; en un segundo momento,
introducen un principio metafísico (nada puede ser causa de sí
mismo, lo perfecto no puede tener su origen en algo menos perfecto...); en
el tercer momento coinciden en la afirmación de que en una serie causal
concatenada no se puede proceder indefinidamente sino que es necesario
detenerse en un término; y concluyen en la necesidad de la existencia
de un ser supremo trascendente.
La primera vía parte de la observación de la existencia de movimiento y
termina afirmando la existencia de Dios como Motor Inmóvil; la segunda
parte de la existencia de causas en el mundo y concluye en la existencia
de una Causa Incausada; la cuarta de la existencia de diferencias en la
perfección de los seres del mundo y termina proponiendo la existencia de
un ser perfectísimo. Pero las más interesantes son la tercera y la quinta.
La Tercera Vía comienza destacando uno de los rasgos más
importantes de todos los objetos finitos, la radical insuficiencia de su
ser, la contingencia: todos los seres existen pero podrían no
existir, tienen los rasgos que tienen pero podrían no tenerlos. Si existen
y podrían no existir es pensable un tiempo en el que no existían; y si
nada más que ellos existiera en la realidad, ahora nada tendría que
existir. Como, obviamente, este no es el caso, es preciso suponer que
junto con los seres contingentes exista un ser necesario, un ser
que tenga la razón de su existencia en sí mismo y no en otro, y ese ser es
Dios. La Quinta Vía parte de la existencia de orden en el mundo
natural y de la necesidad de que exista siempre una inteligencia que
dirija el comportamiento de aquellos seres que tienen conducta final,
conducta ordenada a un propósito. Es el caso de que los seres naturales no
disponen de inteligencia, luego han tenido que ser creados por otro ser
que les haya dado su disposición al comportamiento más adecuado para
alcanzar los fines que les son propios. En conclusión, debe existir una
Inteligencia Ordenadora a la que cabe llamar Dios.
III. La esencia de dios
Uno de los principales retos a los que se enfrenta Santo Tomás en
este tema es el de defender la posibilidad del conocimiento de Dios sin
que se rebaje la calidad de su ser. Es preciso mantener una posición
equilibrada que nos aleje de dos extremos: afirmar la posibilidad del
conocimiento de Dios pero a costa de aproximar demasiado su ser a las
cosas del mundo (con el peligro de su antropomorfización); en el
otro extremo tendríamos la preocupación radical de separar a Dios del
mundo y con ello la tentación de negar la posibilidad de su conocimiento,
defendiendo únicamente un conocimiento negativo de su ser o la posibilidad
de acceso arracional (por la mística, por ejemplo). Santo Tomás empleará
varios recursos para mantener una cierta equidistancia entre estas
posiciones extremas: la afirmación: afirmaremos de Dios únicamente
aquellas propiedades puras que no traen consigo imperfección alguna; la
negación: obtenemos un concepto negativo de Dios negando de Dios las
propiedades de las criaturas que implican imperfección: Dios es inmóvil,
acto puro, inmutable, simple; la eminencia diremos que Dios posee
de forma infinita las perfecciones que encontramos en las criaturas:
bondad, inteligencia, voluntad. Por su parte, la analogía nos
recuerda que las palabras empleadas para pensar a Dios no tienen
exactamente el mismo significado que poseen cuando las empleamos para
referirnos a las cosas finitas (no tienen un significado unívoco), pero
tampoco equívoco, sino analógico, en parte igual y en parte distinto.
Las cinco vías nos suministran otros tantos predicados de Dios: Motor
inmóvil, Causa incausada, Ser necesario y perfectísimo, Inteligencia
suprema. El constitutivo formal es el atributo fundamental que,
según nuestro modo de conocer, es el primero ontológicamente y del que se
derivan todos los demás. El constitutivo formal de Dios es el mismo ser
subsistente: en Él la esencia se identifica con la existencia.
Esta propiedad es la raíz de todas las demás perfecciones y aquello por lo
cual su esencia se distingue de los seres creados, en todos los cuales la
esencia es distinta de la existencia. Los atributos divinos o perfecciones
de Dios dimanan del constitutivo formal y pueden ser entitativos u
operativos. Los atributos entitativos de Dios se refieren a su ser;
unos se derivan inmediatamente del constitutivo formal de Dios
(simplicidad, perfección, infinidad, inmutabilidad y unidad) y otros
mediatamente (bondad, inmensidad, omnipresencia y eternidad); todos ellos
hacen de Dios un ser trascendente al mundo, completamente distinto
a todos los seres creados, y superior a todos ellos. Los atributos
operativos de Dios se refieren a su obrar y pueden ser de dos
clases: operaciones inmanentes (internas): entender y querer, y
operaciones transitivas (externas): poder. Como el entender y el
querer son operaciones vitales, también la vida divina es uno de
los atributos operativos. Por otra parte, Dios está dotado de voluntad y
es libre. Los efectos de la voluntad divina son el amor y el gozo, y sus
virtudes la justicia, la misericordia y la liberalidad. La potencia
activa de Dios se manifiesta de tres maneras fundamentales: la creación,
la conservación y la gobernación (providencia).
Santo Tomás - Resumen de su pensamiento
(segunda parte)
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