|
III. la vida, realidad
radical
III.1. Concepto de vida
Pensar en la
realidad radical es pensar en la realidad en la que descansan todas las
demás. Y ello desde dos vertientes principales: desde la epistemología,
la primera realidad será la primera verdad, aquella desde la que se pueda
deducir el resto de nuestros conocimientos; desde la ontología la
realidad primordial será aquél ámbito en el que se hacen presentes, en el
que se incardinan todos los demás. Para el realismo la realidad radical
era algo exterior a la subjetividad, aunque no hubiera acuerdo completo en
cuanto a cuál exactamente (Naturaleza, Dios, ...); para el idealismo, sin
embargo, será la subjetividad. Ortega, superador de ambas doctrinas,
exigirá, por su parte, una nueva realidad radical: la correlación entre
subjetividad y mundo, entre yo y circunstancias, es decir la vida.
La vida es la realidad indubitable (la primera verdad),
pero también la primera realidad, el
ámbito en el que se hacen presentes y cobran sentido el resto de los
seres.
¿Qué debemos
entender por vida? Ortega se niega a identificarla con entidades
claramente definidas por la tradición: la vida no es el cuerpo, pero
tampoco el alma ni la mente; todas estas realidades son posteriores al
vivir, son construcciones más o menos fundadas que desde la propia vida
nos hacemos para entender la realidad, entidades consecuencia de la
interpretación de ciertos datos que se hacen presentes en el seno de
aquella realidad más primaria y básica. Y la vida tampoco es una categoría
abstracta, antes bien, es el término más concreto de todos pues se refiere
a la vida de cada cual, al vivir concreto; es la palabra que utilizamos
para referirnos a nuestro experimentar la realidad, nuestro amar, odiar,
pensar, recordar, desear, sentir, imaginar...: la vida es el conjunto
de vivencias y el ámbito en el que se hace presente todo, incluidos
los dos grandes géneros de realidad que han enfrentado a realistas e
idealistas: el mundo o circunstancia y el yo o subjetividad; estos dos
extremos se necesitan mutuamente y son elementos de la vida.
III.2. Categorías de la vida
Ortega se
niega también a utilizar una de las categorías filosóficas más venerables,
la de substancia. Enfrentándose a toda la tradición, nos pide que
construyamos una nueva idea del ser (que es la vida); la vida no es una
cosa, no tiene naturaleza ni es una substancia (en contra de Descartes y
su visión substancialista del cogito, Ortega nos dice que “el hombre no
tiene naturaleza, sino que tiene historia”); su ser es hacerse, es
devenir y proyecto, es construirse en el tiempo. Sin embargo, esta
negativa a aceptar los planteamientos esencialistas en el mundo humano no
nos debe llevar a pensar que nada común se pueda decir de todos los
hombres, y ello porque aunque no exista una esencia humana inmutable sí
existe algo así como el marco que predetermina todo lo que el hombre puede
llegar a ser, sí existen ciertos rasgos presentes en toda vida, y por lo
tanto en todo hombre; a este marco, a estas características de todo vivir,
Ortega les da el nombre de categorías de la vida. Veamos las
más importantes.
a) Vivir es
un saberse y comprenderse. Los objetos meramente físicos no tienen una
noticia de sí mismos, no se sienten ni se saben a sí mismos, nosotros sí.
Aunque este saber puede tornarse explícito, sistemático e intelectual y
puede llegar incluso a constituirse en una ciencia (la psicología por
ejemplo), Ortega no está pensando en él. El saber al que se refiere es más
básico: es anterior a toda conceptualización y pensamiento teórico, es más
bien un conocimiento espontáneo y prerreflexivo, es como una presencia
inmediata de nosotros ante nosotros mismos. Y en este darse cuenta de
nosotros mismos, nos damos cuenta también del no-yo, de las personas y
cosas que nos rodean, del mundo circundante. Nos damos cuenta de nuestro
mundo y de nuestra intervención en el mundo, y en este darnos cuenta de
nuestro mundo nos damos cuenta de nosotros mismos. Esta categoría tiene
muchas consecuencias en el mundo personal y cultural pero una de las
principales es la de motivar en nosotros el afán por el conocimiento
explícito de la realidad, nuestro apetito general de verdad. La vida y el
conocimiento se necesitan, nos dice Ortega, y con ello nuestro filósofo se
separa del vitalismo irracionalista de Nietzsche para el que el
conocimiento y la consciencia es un aspecto superfluo de la vida
b) Vivir es
encontrarse en el mundo; papel de la circunstancia. El mundo es un
elemento fundamental de la vida, no algo exterior a ella, y junto con el
yo forma los dos ingredientes inseparables de la vida. Ortega presenta
varios signos de la imposibilidad de separar mundo o circunstancia y yo o
subjetividad. Ya se ha dicho que el mundo nos es tan básico y fundamental
que incluso nos damos cuenta antes de él que de nosotros mismos;
precisamente por esta razón la teoría metafísica más espontánea o natural
es el realismo y no el idealismo. Además, el vivir es siempre ocuparse con
las cosas del mundo (amarlas, odiarlas, desearlas, pensarlas,
percibirlas, ...), es convivir con una circunstancia; en ese
encuentro con lo otro distinto a uno mismo se va formando nuestro yo. Como
signo de esta afán espontáneo por el mundo sitúa Ortega al deseo,
al que considera como una de las principales vivencias. Desear es como
salir fuera de uno mismo, es como un estar en lo otro, atendiendo a lo
otro, persiguiendo lo otro, perdiéndose en lo otro (recuérdese, por
ejemplo, una de las expresiones más complejas del deseo, el amor) y por
ello un claro indicio de la primacía del mundo en nuestra vida. El
mundo o circunstancia al que se refiere Ortega, el mundo como
ingrediente de la vida, no es sólo el descrito por la ciencia, es también
el mundo de los valores, de los objetos de la
religión y en definitiva “todo aquello
que nos afecta”; es toda realidad en la que se sitúa y con la que se
encuentra el sujeto o yo y que determina sus posibilidades existenciales,
su destino. Como se puede apreciar el concepto orteguiano de circunstancia
es complejo y se compone de innumerables capas: el mundo
físico, el mundo de la cultura, la
realidad histórica y social e incluso (según muchos textos) el cuerpo y la
propia mente. Cuando Ortega insiste en la circunstancia termina hablando
también de la perspectiva, y ello porque el hombre es un ser
circunstanciado, inscrito en la realidad espacio-temporal que le ha tocado
vivir y de la que le es imposible separarse definitivamente. Esto es
precisamente una perspectiva: el ámbito desde el que es posible
experimentar la realidad. Puesto que somos seres circunstanciados,
lo que pensamos y queremos está determinado por el punto de vista que
corresponde a nuestra época y a nuestro entorno vital. Finalmente, y en
contra del realismo, el mundo no se puede separar de nosotros: no se puede
entender el yo sin el mundo o circunstancia, pero tampoco se puede
entender el mundo sin el yo o subjetividad puesto que lo que sea el mundo
depende de las peculiaridades, creencias y sensibilidad de cada uno.
c) La
vida es fatalidad y libertad.
La primacía de la circunstancia en la vida de las personas, el hecho de
que la vida es siempre un darse en una circunstancia y un atender y estar
en el mundo, le condujo a creer que no es posible la defensa absoluta de
la libertad. El mundo que nos ha tocado vivir, nuestra
circunstancia (la época, la sociedad, nuestro cuerpo o los rasgos básicos
de nuestra personalidad) no es algo que podamos elegir; la circunstancia
en la que estamos instalados y en la que se desenvuelve nuestra vida,
determina nuestro yo y no está en nuestra mano su modificación. Pero para
Ortega esta tesis no tiene una connotación negativa puesto que sin esa
concreción que implica la circunstancia nos sería imposible ser y actuar:
la vida es siempre estar en una circunstancia, no se vive en un mundo
abstracto e indeterminado; el mundo vital nuestro es siempre nuestro
mundo, el de nuestro aquí y ahora y es a partir de él como debemos actuar
y modelar nuestro futuro; este hecho permite precisamente la libertad, la
pura indeterminación la haría imposible. La fatalidad de nuestra vida no
es completa, existe la libertad: no sentimos que nuestra vida esté
prefijada totalmente pues la circunstancia nos permite un cierto margen de
posibilidades y, en la misma medida, nos exige decidir. Por esta razón, la
vida se presenta siempre como un problema, problema que nadie
excepto nosotros puede resolver. La idea de la responsabilidad que siempre
está presente en nuestro vivir lleva a Ortega a tesis muy próximas al
existencialismo sartriano: la vida tiene un inevitable carácter dramático;
estamos arrojados a la existencia y nos toca elegir y participar; en
consecuencia tenemos proyectos, y el proyecto, lo que debemos elegir, ha
de ser fiel a lo más profundo de nuestro ser, a nuestro destino; de este
modo, la vida es libertad, y debe ser responsabilidad.
d) La vida es
futurición. Frente a los seres del mundo que viven en el presente y
son lo que son, el ser humano presenta una realidad paradójica pues su ser
consiste no tanto en lo que es sino en lo que va a ser. Hay tres
modos o formas de darse la temporalidad, el pasado, el presente y el
futuro; pues bien, de los tres Ortega considera al futuro como el más
importante para caracterizar al hombre: nuestra vida es siempre atender al
futuro, apostar por un proyecto y actuar para realizarlo; la primacía que
tiene el futuro en la vida humana es tal que incluso nuestro presente está
condicionado por nuestro futuro, pues hacemos lo que hacemos para ser lo
que queremos ser; frente a ello, los modos de temporalidad adecuados para
caracterizar la circunstancia son el pasado y, en sentido estricto, el
presente. Así, Ortega acaba defendiendo dos tipos de tiempo: el cósmico,
que es solamente el presente puesto que el pasado no es y el futuro
todavía no es; y el del viviente: que es de modo primordial el futuro.
Para ilustrar esta temporalidad Ortega pone, de nuevo, el ejemplo del
deseo: la dimensión apetitiva y volitiva (que atiende al futuro antes que
al presente) está por encima de la cognoscitiva, puesto que es el conjunto
de nuestros afanes y deseos lo que determina y dirige nuestra acción y el
modo de entender y de vivir todo cuanto experimentamos.
IV. El conocimiento y
la vida
IV. 1. El perspectivismo
En
Verdad y perspectiva Ortega nos explica que en la tradición filosófica
se han dado dos interpretaciones opuestas del conocimiento: el
objetivismo o dogmatismo y el escepticismo o subjetivismo. El primero
declara que la realidad existe en sí misma y que nos es posible su
conocimiento; a la vez, defiende la idea de que la verdad sólo puede ser
una y la misma, con independencia de las peculiaridades, cultura y época a
la que pertenezca el individuo que la alcance. El conocimiento es posible
si cuando la verdad se hace presente en el mundo humano se hace presente
sin ser deformada por el sujeto que conoce; de ahí que el sujeto
cognoscente deba carecer de peculiaridades, textura o rasgos propios,
tenga que ser extrahistórico y estar más allá de la vida, puesto que la
vida es historia, cambio, peculiaridad. La mayor parte de autores han
defendido este punto de vista, particularmente Platón. Frente a esta
doctrina tenemos el subjetivismo: es imposible el conocimiento
objetivo puesto que los rasgos del sujeto cognoscente, sus peculiaridades,
influyen fatalmente en el conocimiento. El subjetivismo es relativismo,
termina negando la posibilidad de la verdad, del acceso al mundo, y
concluye en la idea de que nuestro conocimiento se refiere a la apariencia
de las cosas. Los partidarios más importantes del subjetivismo fueron los
sofistas y posteriormente Nietzsche. Estas dos doctrinas opuestas tienen,
sin embargo, un mismo fundamento, ambas admiten una tesis errónea: la
creencia en la falsedad del punto de vista del individuo: dado que no
existe más que un punto de vista individual y que las peculiaridades del
individuo deforman la verdad, la verdad no existe, y así tenemos el
subjetivismo, relativismo o escepticismo; en oposición, alegan los
defensores del objetivismo, dogmatismo o racionalismo, la verdad existe y
si existe tiene que existir igualmente un punto de vista sobreindividual.
Ortega insiste en el error de este presupuesto: el punto de vista
individual es legítimo porque es el único posible, es el único desde el
que puede verse el mundo; la realidad, si es tal, siempre se muestra de
ese modo. La perspectiva queda determinada por el lugar que cada uno ocupa
en el Universo, y sólo desde esa posición puede captarse la realidad. La
mirada y el Universo, el yo y la circunstancia son correlativos: la
realidad no es una invención, pero tampoco algo independiente de la mirada
pues no se puede eliminar el punto de vista. Cada vida trae consigo un
acceso peculiar e insustituible del universo pues lo que desde ella se
capta o comprende no se puede captar o comprender desde otra.
Ortega se
enfrenta a las dos interpretaciones tradicionales de la verdad: el
objetivismo es una teoría incorrecta ya que todo conocimiento se alcanza
desde una posición, desde un punto de vista; es imposible el conocimiento
que no sea una consecuencia de la circunstancia en la que se inscribe el
sujeto que conoce. Pero ello no le lleva al subjetivismo puesto que esta
doctrina también es falsa, y lo es porque en el fondo aún sigue creyendo
en la realidad una e inmutable, sólo que inalcanzable. La realidad es sin
embargo múltiple, no existe un mundo en sí mismo, existen tantos
como perspectivas; y cada una de ellas permite una verdad: la verdad es
aquella descripción del mundo que sea fiel a la perspectiva. La única
perspectiva falsa es la que quiere presentarse como única, la que se
declara como no fundándose en punto de vista alguno.
En
"El tema
de nuestro tiempo" Ortega defiende el perspectivismo alegando que el
sujeto no es un medio transparente, ni idéntico e invariable en todos los
casos. Con sus propias palabras, es más bien un “aparato receptor” capaz
de captar cierto tipo de realidad y no otro: de la totalidad de cosas que
componen el mundo (fenómenos, hechos, verdades) muchas son ignoradas por
el sujeto cognoscente por no disponer de órganos o “mallas de su retícula
sensible” adecuados para captarlas, y otras pasan por éstas a su interior.
En la percepción visual y la auditiva se ve con claridad las limitaciones
y el carácter selectivo de nuestros sentidos, pero lo mismo ocurre con las
verdades: en cada individuo su psiquismo, y en cada pueblo y época su
“alma”, actúa como un “órgano receptor” que faculta en cada caso la
comprensión de ciertas verdades e impide la recepción de otras. Por ello
la pretensión de poseer una verdad absoluta y excluir de ésta a otras
épocas y otros pueblos es gratuita. Cada perspectiva capta una parte de la
realidad, de ahí la importancia de todo hombre y toda cultura, todos ellos
son insustituibles pues cada uno tiene como tarea mostrar, hacer patente
el mundo que se le ofrece en virtud de su circunstancia.
El filósofo
madrileño ilustra con frecuencia su tesis refiriéndose a la perspectiva
espacial: el mismo paisaje es distinto visto desde dos puntos de vista; la
posición del espectador hace que el paisaje se organice de distinto modo y
que haya objetos que desde una se aprecien y desde otra no. Carecería de
sentido que uno de los espectadores declarase falso el paisaje visto por
el otro pues tan real es uno como el otro; pero tampoco nos serviría
declarar los dos ilusorios por aparentemente contradictorios puesto que
ello exigiría un tercer paisaje auténtico, verdadero, pero tal paisaje no
visto desde ningún lugar carece de sentido. La propia esencia de la
realidad es perspectivística, multiforme; todo conocimiento está anclado
en un punto de vista, en una situación, puesto que, en función de su
constitución orgánica y psicológica y de su pertenencia a un momento
histórico y cultural, todo sujeto de conocimiento está situado en una
perspectiva, en un lugar vital concreto. Una realidad que vista desde
cualquier punto de vista sea siempre igual es un puro absurdo. El
conocimiento absoluto, objetivo e independiente del sujeto cognoscente no
existe, es ficticio, irreal. Esta dimensión perspectivística no se limita
al mundo físico y espacial, se da también en las dimensiones más
abstractas de la realidad como los valores y las propias verdades. De este
modo, el perspectivismo le permite a Ortega superar tanto el
objetivismo como el subjetivismo.
IV. 2. La nueva idea de
Razón propuesta por Ortega: razón vital y razón histórica
Puesto que
Ortega nos propone una modificación de la idea de ser, no es extraño que
acompañe a esta propuesta la reivindicación de una nueva forma de conocer
la realidad: la realidad primordial, la vida, sólo puede captarse
adecuadamente mediante el recurso de la razón vital y de la
razón histórica.
Ortega
y Gasset llamó racio-vitalismo a su sistema filosófico. Es la
filosofía que tiene como tema explícito la reflexión sobre la vida y el
descubrimiento y explicación de sus categorías fundamentales. Con este
título quiso separarse de los movimientos vitalistas más conocidos,
particularmente del irracionalista propuesto por Nietzsche. Nuestro autor
considera que carece de sentido rechazar la racionalidad humana pues es
una dimensión básica e irrenunciable al estar incardinada en la vida
humana y ser uno de sus instrumentos. El apetito de verdad y de
objetividad forma parte de las inclinaciones más profundas del ser
humano, así como nuestra predisposición
a alcanzar dichos ideales mediante el ejercicio de la razón; además,
con la razón construimos descripciones de la realidad que nos permiten
orientarnos en la existencia: los
sistemas de creencias hacen inteligible la realidad y permiten
enfrentarnos al naufragio que invariablemente es la existencia. Pero ello
no nos lleva de ningún modo al racionalismo pues la razón vital, a
diferencia de la razón pura del racionalismo es capaz de recoger las
peculiaridades y reclamaciones de la vida (la perspectiva, la
individualidad, la historia, la vocación por la acción, la excelencia y la
corporeidad...).
La razón
vital conduce invariablemente a la razón histórica, puesto que la
vida es esencialmente cambio e historia. La razón histórica tiene como
objetivo permitirnos comprender la realidad humana a partir de su
construcción histórica y de las categorías de la vida; con ella podemos
superar las graves limitaciones de la razón fisico-matemática propuesta en
la modernidad. La filosofía tradicional había defendido la existencia de
la naturaleza humana, de un núcleo fijo, estático y esencial, y por lo
tanto había entendido al hombre en términos semejantes a las cosas del
mundo (en términos substancialistas). El concepto de razón pura y
matematizante típico de la modernidad es la culminación de este punto
de vista, pero, señala Ortega, este tipo de racionalidad ha tenido un
éxito relativo pues con ella se han cumplido los ideales técnicos de la
modernidad aunque no los morales y existenciales. La razón básica de este
fracaso se debe a que esta idea de racionalidad típica de la Edad Moderna
es adecuada para aprehender las cosas, pero no propiamente la realidad
humana, pues el hombre no es una cosa más del mundo, ni tiene naturaleza
ni un ser estático, sino temporalidad e
historia. Ortega describe dos formas de dar cuenta de la realidad:
explicamos una cosa cuando descubrimos las leyes
cuantitativas a las que se somete; esta forma de comprensión es legítima
cuando se aplica a los hechos y a las cosas, pero no cuando intentamos dar
cuenta de los asuntos humanos. Entendemos algo cuando captamos el
sentido presente en dicha realidad, y es esta la forma de comprensión
adecuada para dar cuenta del mundo humano: el mundo humano no consta de
hechos sino de sentidos. El
sentido o significación de una acción o asunto humano se hace inteligible
cuando lo relacionamos con las creencias, valoraciones,
sentimientos y proyectos del individuo, grupo o comunidad en el que
aparece dicha acción o asunto; la razón histórica es precisamente el
instrumento que debemos utilizar para comprender los sentidos de la
existencia humana. Para ello, la razón histórica se ha de referir a
dimensiones del vivir como los sentimientos y proyectos del individuo o
colectividad que queramos estudiar, y a las
categorías, creencias y esquemas
mentales que cada individuo, grupo o cultura ha utilizado para dar un
sentido a su vida y enfrentarse
al reto de la existencia. La razón histórica utiliza igualmente los
recursos interpretativos que nos permite el enfoque historicista:
el análisis de la biografía, la teoría de las generaciones y la
comprensión de las distintas épocas que constituyen nuestro pasado y
determinan nuestro presente.
Ortega y Gasset - Resumen de su pensamiento
(primera parte)
|