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I. La idea de la
filosofía
I.1. Rasgos de la
filosofía
En su obra
titulada "¿Qué es filosofía?" define esta disciplina como “el estudio
radical de la totalidad del Universo”, y presenta algunos rasgos
principales que, a su vez, permiten aclarar la definición citada.
a) Principio
de autonomía:
siguiendo a Descartes, Ortega mantiene que el filósofo no puede tomar
prestadas las verdades conquistadas por otros saberes; al menos en lo
relativo a las fundamentos de la investigación filosófica, debe admitir
como verdadero sólo aquello que se le muestre a él mismo con evidencia. Y
es precisamente este afán por la autonomía de la filosofía lo que llevará
a nuestro filósofo a la búsqueda de un dato que presente evidencia
absoluta, de una realidad primera y radical (el vivir) y le conducirá a
cuestionar las creencias más elementales desde el punto de vista de la
actitud natural, de la actitud espontánea que fluye en la vida.
b) Principio
de pantonomía o universalismo:
las ciencias (biología, física, química...) se interesan cada una de
ellas por una parte de la realidad; la filosofía, sin embargo, lo hace por
el todo, por el Universo en general, siendo éste la suma de “todo cuanto
hay”, el conjunto de todas las cosas, tanto las existentes como las
meramente pensadas, imaginadas o deseadas. Podría objetarse que al
filósofo también le interesa la ética, la estética, la teoría del
conocimiento, la antropología, y que para su estudio estas disciplinas
acotan una parte de la realidad. Sin embargo, en cada uno de estas
investigaciones “particulares”, el filósofo hace una valoración de la
región del ser que le interesa (lo moral, lo bello, la verdad, el ser
humano) y las estudia en relación con el conjunto de la realidad, con la
totalidad; en este enmarcar una realidad particular en el conjunto en el
que se inscribe, la filosofía descubre el sentido de las cosas, el
ser presente en todas ellas. Esto quiere decir que para Ortega y
Gasset la filosofía es lo que tradicionalmente se identifica con la
ontología: el estudio del ser, en qué consiste el ser y las categorías
principales del ser.
c) La
filosofía es un conocimiento teórico:
por ser conocimiento es un sistema de conceptos precisos, basados en el
ejercicio de la razón y disciplinado mediante la fidelidad a la lógica y a
las reglas de la argumentación (Ortega está en contra del misticismo), y
por ser teórico es un saber ajeno a la preocupación por el domino técnico
del mundo pues la filosofía no da reglas concretas para la transformación
de la realidad y la construcción de objetos. Sin embargo, no hay que creer
que esta “inutilidad” de la filosofía la haga poco importante; antes al
contrario; Ortega presenta dos razones que convierten a la filosofía en un
saber imprescindible: por un lado, intenta satisfacer una de las
dimensiones más importantes e irrenunciables de la vida humana, como es el
afán por el conocimiento, la búsqueda de la verdad sobre el mundo; además,
la filosofía tiene lo que podríamos llamar “utilidad existencial”:
como indica con frecuencia, el hombre es un náufrago perdido en la
existencia y en este naufragio las teorías, particularmente las
filosóficas, le permiten orientarse en la realidad.
I.2. El método
de la filosofía: la intuición filosófica
En cuanto al método que
se debe utilizar en las investigaciones filosóficas, de nuevo encontramos
la influencia de Descartes, pero más
aún de Edmund Husserl, el fundador de la fenomenología. Ortega
considera que el conocimiento humano descansa en principios muy
básicos que se alcanzan mediante actos simples de conocimiento a los que
llama intuiciones; los ejemplos más sencillos de intuición se
sitúan en el nivel de la intuición sensible o percepción; pero la
intuición no se limita a la esfera de la percepción ni es por tanto sólo
intuición sensible; también hay otros tipos de realidades u objetividades
que pueden darse en persona, que pueden estar presentes ante la mirada del
sujeto cognoscente. En este punto Ortega señala los límites del
positivismo, heredero del empirismo: su comprensión de lo positivo, de
aquello que realmente se da, es demasiado estrecha, al admitir como datos
sólo los que se ofrecen a la percepción. Frente a este positivismo
reivindica el “positivismo radical”. De este modo, dice Ortega, es
posible la intuición o conocimiento inmediato de la verdad también en
otros ámbitos, como el de las objetividades matemáticas, o del mundo de
los valores y, por supuesto, respecto de los grandes temas de la
filosofía. Existe por tanto lo que podríamos llamar “intuición
filosófica”: intuición porque es un acto de conocimiento
privilegiado, la presencia inmediata de
la verdad, y filosófica porque la objetividad que en este acto se muestra
es un sentido filosófico.
II. el tema de nuestro
tiempo: la superación de la modernidad
Una de las
preocupaciones que recorren todo el pensamiento de nuestro autor es la de
la autenticidad. La autenticidad es la fidelidad absoluta a lo que
un sujeto realmente es: el verdadero imperativo moral es el de la
necesidad de ser fiel a la tarea propia. Su propuesta de autenticidad no
involucra sólo la esfera de la vida individual, también abarca la vida
colectiva: del mismo modo que cada individuo se enfrenta al reto de ser
fiel a su propio ser, también la sociedad en su conjunto puede traicionar
su destino o ser coherente con él. En función de sus peculiaridades
históricas y culturales, cada época tiene una tarea fundamental que
realizar y un destino. Ortega considera que la nuestra no es otra que
superar los principios básicos de la modernidad, superación que en el
caso de España servirá además para la renovación de la vida política y
social.
La época moderna y el espíritu filosófico que la
sustenta está en crisis y debe
superarse con nuevas creencias y nuevas formas culturales y
vitales. Cada época está inspirada y organizada en ciertos principios. En
el caso de la Edad Moderna, de sus formas culturales y
espirituales, el principio básico
que Ortega encuentra es el de la subjetividad, y la
filosofía que lo gesta el racionalismo
y el idealismo. El racionalismo considera que la
razón es la dimensión fundamental del hombre y trae consigo la idea de la
racionalidad como una capacidad ahistórica, transpersonal, capaz de
vincularnos con verdades abstractas,
atemporales, ajenas a cualquier elemento histórico y subjetivo. En sus
versiones más extremas, el racionalismo es contrario a la vida. Por
su parte, el idealismo presenta al mundo como una construcción del
sujeto cognoscente, como un contenido de la conciencia que se lo
representa. Frente a estos puntos de vista
encontramos doctrinas opuestas: el idealismo tiene
como contraria la tesis realista
típica del pensamiento antiguo y
medieval, y al racionalismo se opone el relativismo y el
vitalismo irracionalista (el de Nietzsche, por ejemplo). Ortega
considera que ninguna de estas dos oposiciones es correcta, que es preciso
encontrar una solución a la disputa
entre el racionalismo y el relativismo, entre el idealismo y el realismo. Y ello sólo es
posible profundizando en el gran descubrimiento de la modernidad (la
subjetividad).
Ortega rechaza la visión de una razón ahistórica
y transpersonal, pero sin proponer una actitud vitalista radical, al modo
de Nietzsche, que subraye la irracionalidad de la existencia; como más
adelante se explicará su "racio-vitalismo" reivindica una noción de la
razón que no sea contraria a la vida, la razón vital.
Su actitud respecto del idealismo es
más compleja. Comienza señalando que en la historia del pensamiento se han
dado dos interpretaciones opuestas de la realidad, el realismo y el
idealismo. El realismo ha sido la interpretación dominante hasta la
filosofía moderna y es la que goza de más predicamento entre los profanos,
entre el común de la gente. Su tesis principal se puede desdoblar en las
dos afirmaciones siguientes: la realidad es independiente de la conciencia
o mente que se la representa o conoce; el sujeto cognoscente no construye
la realidad que conoce. Para el realismo, los árboles, los animales, los
montes y los valles, las personas, el Universo en su conjunto, está más
allá de nuestra mente, y tiene una existencia propia, autónoma; existía
antes de que nadie lo percibiera, lo conociera o se lo representara y
seguirá existiendo así aunque todo ser capaz de conocer desaparezca. Para
el realismo, en el auténtico conocimiento nuestra mente es pasiva, es como
un espejo fiel de la realidad. Todo elemento subjetivo enmascara la
realidad, deforma la imagen que ésta puede exhibir en nuestra mente. No es
extraño que la metáfora que mejor muestra esta descripción de la realidad
y el conocimiento sea la metáfora del sello y la cera: en la
antigüedad cuando alguien quería certificar la autenticidad de un escrito
marcaba sobre cera el sello de su anillo, dejando en ella su imagen; del
mismo modo, cuando conocemos la realidad, esta impresiona sobre nuestra
mente, deja su huella, siendo ésta la representación que concentra el
conocimiento alcanzado. El realismo parece ser la concepción de la gente
corriente y la consecuencia de una disposición espontánea de nuestra
mente. La actitud natural consiste en subrayar la primacía de la cosas y
el mundo sobre la subjetividad. Por esta razón de las dos propuestas
filosóficas tradicionales la primera y más común, y la más propia de la
actitud natural ante el mundo, es el realismo. Es también la que ocupó el
pensamiento de la Antigüedad y la Edad Media.
Por su parte,
el idealismo defiende todo lo contrario: la realidad es una
construcción de la subjetividad que se la representa, es inseparable de la
conciencia que conoce. Esta concepción aparece con el descubrimiento de la
subjetividad por Descartes (aunque este autor se sitúa aún en el
realismo). Descartes en su afán por dar con una verdad indudable y al
exigir la vuelta hacia la mente para la fundamentación absoluta del
conocimiento, descubre el ámbito de la conciencia, el mundo de la
subjetividad. Pero plegarse hacia uno mismo tiene sus consecuencias; una
de ellas, y no de las menos importantes, es la del carácter problemático
que presenta el mundo como realidad independiente, y tal vez su pérdida.
¿Cómo entender aquello que se ofrece a la percepción y el pensamiento?; si
resulta que la mente es muy distinta de lo que tradicionalmente llamamos
realidad física, y ésta sin embargo se percibe y piensa, entonces la
realidad física no será otra cosa que contenido de mi mente, una
construcción de mi conciencia. De aquí una nueva metáfora, la del
continente y el contenido. La conciencia o subjetividad es como un
receptáculo en el que existen o están presentes las cosas del mundo. El
idealismo subraya el papel del sujeto y concibe la realidad como un mero
contenido de conciencia.
Esta posición
es incómoda, parecería que en ella el filosofo se siente como encerrado.
El propio Ortega estudió en Marburgo con los neokantianos Cohen y Natorp,
pero pronto dejó de lado esta corriente en la que declaró haber vivido
como en una cárcel, y lo hizo precisamente para volver a recuperar la
realidad perdida; aunque esta recuperación no va a conducir a la
ingenuidad de la tradición pues ya no será posible la vuelta al realismo.
Pero tampoco es aceptable el idealismo; se trata más bien de mantener una
posición de equilibrio entre el sujeto y el objeto, entre la mente y el
mundo, entre el yo y las cosas. Para expresar su propuesta de una nueva
idea del mundo, superadora de la modernidad, Ortega nos presenta la
metáfora de los “dioses conjuntos”: en la Antigüedad se rendía culto a
dioses que nacían, vivían y morían juntos, que eran inseparables y
participaban de un destino común. Pues bien lo mismo ocurre con la
realidad; la realidad tiene dos caras, el mundo y el yo, la subjetividad y
las cosas y ambos extremos se necesitan mutuamente. Ni la realidad es una
mera construcción del sujeto (este sería el exceso del idealismo) ni la
realidad es algo independiente y anterior al sujeto (el exceso del
realismo). Son dos extremos que se necesitan y no pueden darse uno sin el
otro ni separados el uno del otro. Los términos yo y mundo, sujeto y
objeto pueden expresarse también con palabras más conocidas: yo y
circunstancias. Esta es una de las dimensiones más profundas de la célebre
frase orteguiana “yo soy yo y mi circunstancia”: mis circunstancias están
ahí porque yo las atiendo, el mundo no es algo independiente, existe más
bien en su relación conmigo, con mis intereses, preferencias y
pensamientos, con mi subjetividad entera (residuo del idealismo); pero el
yo no puede darse sin las circunstancias, no puede ser lo que es sino es
en el ámbito de lo concreto y depende de las cosas para su realización
(residuo del realismo). La realidad consta de mundo y subjetividad y ambas
se necesitan mutuamente, están radicalmente unidas. Pero esta nueva
metáfora, consecuencia del afán orteguiano por la conquista de una nueva
forma de concebir el mundo y superadora de la modernidad, nos lleva
también a otra tesis característica del pensamiento de nuestro filósofo:
el principio de autonomía exige la búsqueda de un fundamento propio para
la filosofía; la superación de la modernidad conduce a aceptar el mundo y
el yo como realidades que no se pueden escamotear. Pero ¿cuál es el ámbito
en donde aparecen subjetividad y mundo, yo y circunstancias? Este ámbito
es el ámbito de la vida.
Ortega y Gasset - Resumen de su pensamiento
(segunda parte)
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