FILOSOFÍA ESPAÑOLA DEL SIGLO XX: ORTEGA Y
GASSET
I.
LA IDEA DE LA FILOSOFÍA
I.
1. Rasgos de la filosofía
En su obra ¿Qué es filosofía? Ortega define esta disciplina
como “el estudio radical de la totalidad del Universo”, y presenta
algunos de sus rasgos principales: Principio de
autonomía: el filósofo no debe dar por buenas las verdades
conquistadas por otros saberes, debe admitir como verdadero sólo aquello
que se le muestre a él mismo con evidencia. Este afán por la autonomía
le llevará a la búsqueda de un dato que presente evidencia absoluta, de
una realidad primera y radical (el vivir).
Principio de pantonomía o universalismo: las ciencias
(biología, física, química...) se interesan por una parte de la
realidad, la filosofía lo hace por el todo, por el Universo en general;
el filósofo hace una valoración de la región del ser que le interesa y
la relaciona con el conjunto de la realidad, tratando de descubrir el
sentido de las cosas, el ser presente en todas ellas.
La filosofía es un conocimiento teórico:
por ser conocimiento es un sistema de conceptos precisos, basados en la
razón y la lógica, y por ser teórico es un saber ajeno a la preocupación
por el domino técnico. Sin embargo, a pesar de esta aparente
“inutilidad” Ortega presenta dos razones que convierten a la filosofía
en un saber imprescindible: satisface una de las dimensiones más
irrenunciables de la vida humana, el afán por el conocimiento, la
búsqueda de la verdad; además, la filosofía tiene una “utilidad
existencial”: el hombre es un náufrago perdido en la
existencia y en este naufragio las teorías filosófica le permiten
orientarse en la realidad.
I.
2. El método de la filosofía: la intuición filosófica
El conocimiento humano descansa en principios muy básicos que se
alcanzan mediante actos simples de conocimiento a los que llama
intuiciones; la intuición no se
limita a la esfera de la percepción ni es sólo intuición sensible;
también hay otros tipos de realidades que pueden darse en persona y
estar presentes ante el sujeto cognoscente. Frente al positivismo
empirista, que limita lo positivo a lo dado a la percepción, Ortega
reivindica el “positivismo radical”:
es posible la intuición o conocimiento inmediato de la verdad también en
otros ámbitos, como el de las objetividades matemáticas, o del mundo de
los valores y respecto de los grandes temas de la filosofía. Existe la
llamada “intuición filosófica”:
intuición porque es un acto de presencia inmediata de la verdad y
filosófica porque la objetividad que en este acto se muestra es un
sentido filosófico.
II.
EL TEMA DE NUESTRO TIEMPO: LA
SUPERACIÓN DE LA MODERNIDAD
En función de sus peculiaridades históricas y culturales, cada época
tiene una tarea fundamental que realizar y un destino. Ortega considera
que la nuestra no es otra que superar los
principios básicos de la modernidad, superación que en el
caso de España servirá además para la renovación de la vida política y
social. La época moderna y el espíritu filosófico que la sustenta está
en crisis y debe superarse con nuevas creencias y nuevas formas
culturales y vitales. Cada época está inspirada y organizada en ciertos
principios; en el caso de la Edad Moderna, el principio básico
que Ortega encuentra es el de la subjetividad, y la filosofía
que lo gesta el racionalismo y el idealismo. El
racionalismo considera que la razón es la dimensión
principal del hombre y trae consigo la idea de la racionalidad como una
capacidad capaz de vincularnos con verdades abstractas, atemporales,
ajenas a cualquier elemento histórico y subjetivo. En sus versiones más
extremas, el racionalismo es contrario a la vida. Por su parte, el
idealismo presenta al mundo como una
construcción del sujeto cognoscente, como un contenido de la conciencia
que se lo representa. Frente a estos puntos de vista encontramos
doctrinas opuestas: el idealismo tiene como contraria la tesis
realista típica del pensamiento antiguo y medieval, y al
racionalismo se opone el relativismo y el vitalismo
irracionalista (el de Nietzsche, por ejemplo). Ortega considera que
ninguna de estas dos oposiciones es correcta, que es preciso encontrar
una solución a la disputa entre el racionalismo y el relativismo, entre
el idealismo y el realismo. Y ello sólo es posible profundizando en el
gran descubrimiento de la modernidad (la subjetividad).
Ortega rechaza la visión de una razón ahistórica y transpersonal,
pero sin proponer una actitud vitalista radical, irracionalista, al modo
de Nietzsche; su "racio-vitalismo"
reivindica una noción de la razón que no sea contraria a la vida, la
razón vital. En la historia del
pensamiento se han dado dos interpretaciones opuestas de la realidad, el
realismo y el
idealismo. Para la concepción
realista la realidad es independiente de la mente que se la
representa, tiene una existencia propia, pues el sujeto cognoscente no
construye la realidad que conoce. En el auténtico conocimiento nuestra
mente es pasiva, es como un espejo fiel de la realidad; todo elemento
subjetivo deforma la imagen que ésta puede exhibir en nuestra mente. La
metáfora que mejor muestra esta descripción de la realidad y el
conocimiento es la metáfora del sello y la cera:
cuando conocemos la realidad, esta impresiona sobre nuestra mente, deja
su huella (como el sello de un anillo lo hace sobre la cera), huella o
representación que concentra el conocimiento alcanzado. El
idealismo defiende todo lo
contrario: la realidad es una construcción de la subjetividad o mente
que se la representa, es inseparable de la conciencia que conoce; de
aquí una nueva metáfora, la del continente y el
contenido. La conciencia es como un receptáculo en el que
existen o están presentes las cosas del mundo. El idealismo subraya el
papel del sujeto y concibe la realidad como un mero contenido de
conciencia; la filosofía kantiana defenderá este punto de vista. Ortega,
estuvo influido en su juventud por el pensamiento neokantiano, pero
pronto dejó de lado esta corriente para volver a recuperar la realidad
perdida, aunque sin comprometerse por completo con el realismo. Se trata
de mantener una posición de equilibrio entre el sujeto y el objeto,
entre la mente y el mundo, entre el yo y las cosas. Para expresar su
propuesta de una nueva idea del mundo, superadora de la modernidad,
Ortega nos presenta la metáfora de los “dioses
conjuntos”, dioses de la Antigüedad que eran inseparables y
participaban de un destino común; lo mismo ocurre con la realidad; la
realidad tiene dos caras, el mundo y el yo, la subjetividad y las cosas
y ambos extremos se necesitan mutuamente y no pueden darse uno sin el
otro ni. Ni la realidad es una mera construcción del sujeto ni algo
independiente y anterior al sujeto. Los términos yo y mundo, sujeto y
objeto pueden expresarse también con las palabras
yo y circunstancias: mis circunstancias están ahí porque
yo las atiendo, el mundo no es algo independiente, existe más bien en su
relación conmigo, con mi subjetividad (residuo del idealismo); pero el
yo no puede darse sin las circunstancias, no puede ser lo que es sino es
en el ámbito de lo concreto y depende de las cosas para su realización
(residuo del realismo).
III.
LA VIDA, REALIDAD RADICAL
La realidad radical es la realidad en la que descansan todas las
demás; desde la epistemología, la primera realidad será la
primera verdad, aquella que permita deducir el resto de nuestros
conocimientos; desde la ontología, la realidad primordial será
aquél ámbito en el que se incardinan todos los demás. Para el realismo
la realidad radical era algo exterior a la subjetividad (Naturaleza,
Dios...); para el idealismo la subjetividad. Ortega, superador de ambas
doctrinas, exigirá, una nueva realidad radical:
la correlación entre subjetividad y mundo, entre yo y circunstancias, es
decir la vida. La vida es la
realidad indubitable o primera verdad, pero también la primera realidad,
el ámbito en el que se hacen presentes y cobran sentido el resto de los
seres.
Ortega se niega a identificar la vida con el cuerpo, el alma o la
mente; todas estas realidades son posteriores al vivir, son
construcciones que desde la propia vida nos hacemos para entender la
realidad. Y la vida tampoco es una categoría abstracta, es el término
más concreto de todos pues se refiere a la vida de cada cual, al vivir
concreto, a nuestro experimentar la realidad, nuestro amar, pensar,
recordar, desear, imaginar...: la vida es el
conjunto de vivencias y el ámbito en el que se hace presente todo,
incluidos los dos géneros de realidad que enfrentaban a realistas e
idealistas: el mundo o circunstancia y el yo o subjetividad; estos dos
extremos se necesitan mutuamente y son elementos de la vida. Ortega
rechaza también la categoría filosófica de substancia: nos pide que
construyamos una nueva idea del ser (que es la vida); la vida no es una
cosa, no tiene naturaleza ni es una substancia; su ser es hacerse,
es devenir y proyecto, es
construirse en el tiempo. Sin embargo, aunque no exista una esencia
humana inmutable sí existe algo así como el marco que predetermina todo
lo que el hombre puede llegar a ser, sí existen ciertos rasgos presentes
en toda vida, y por lo tanto en todo hombre; a este marco, a estas
características de todo vivir, Ortega les da el nombre de
categorías de la vida.
Vivir es un saberse y comprenderse.
Los objetos meramente físicos no tienen una noticia de sí mismos, no se
sienten ni se saben a sí mismos, nosotros sí. Aunque este saber puede
tornarse explícito, sistemático e intelectual y puede llegar incluso a
constituirse en una ciencia, el saber al que se refiere Ortega es más
básico: es anterior a toda conceptualización y pensamiento teórico, es
más bien un conocimiento espontáneo y prerreflexivo, es como una
presencia inmediata de nosotros ante nosotros mismos. Y en este darse
cuenta de nosotros mismos, nos damos cuenta también del no-yo, de las
personas y cosas que nos rodean, del mundo circundante. Nos damos cuenta
de nuestro mundo y de nuestra intervención en el mundo, y en este darnos
cuenta de nuestro mundo nos damos cuenta de nosotros mismos. Una de las
principales consecuencias de esta categoría es la de motivar en nosotros
el afán por el conocimiento explícito de la realidad, nuestro apetito
general de verdad. La vida y el conocimiento se necesitan, nos dice
Ortega.
Vivir es encontrarse en el mundo.
El mundo es un elemento fundamental de la vida, no algo
exterior a ella, y junto con el yo forma los dos ingredientes
inseparables de la vida (mundo o circunstancia y yo o subjetividad). El
mundo nos es tan básico y fundamental que incluso nos damos cuenta antes
de él que de nosotros mismos; además, el vivir es siempre ocuparse con
las cosas del mundo (desearlas, pensarlas, percibirlas...), es convivir
con una circunstancia; en ese encuentro con lo otro distinto a uno mismo
se va formando nuestro yo. El mundo o
circunstancia, como ingrediente de la vida, no es sólo el
descrito por la ciencia, es también el mundo de los valores, de la
religión, es toda realidad en la que se sitúa y con la que se encuentra
el sujeto o yo y que determina sus posibilidades existenciales, su
destino. La circunstancia se compone de innumerables capas: el mundo
físico, el mundo de la cultura, la realidad histórica y social e incluso
el cuerpo y la propia mente. Cuando Ortega insiste en la circunstancia
termina hablando también de la perspectiva,
puesto que el hombre es un ser circunstanciado, inscrito en la realidad
espacio-temporal que le ha tocado vivir; la perspectiva es el ámbito
desde el que es posible experimentar la realidad. Finalmente, y en
contra del realismo, el mundo no se puede separar de nosotros: no se
puede entender el yo sin el mundo o circunstancia, pero tampoco se puede
entender el mundo sin el yo o subjetividad puesto que lo que sea el
mundo depende de las peculiaridades, creencias y sensibilidad de cada
uno.
La vida es fatalidad y libertad.
El hecho de que la vida es siempre un darse en una circunstancia y un
atender y estar en el mundo, le condujo a creer que no es posible la
defensa absoluta de la libertad. El mundo que nos ha tocado vivir,
nuestra circunstancia no es algo que podamos elegir; la circunstancia en
la que estamos instalados y en la que se desenvuelve nuestra vida,
determina nuestro yo. Pero esta tesis no tiene una connotación negativa
puesto que sin la concreción que implica la circunstancia nos sería
imposible ser y actuar: la vida es siempre estar en una circunstancia,
no se vive en un mundo abstracto e indeterminado; el mundo vital nuestro
es siempre nuestro mundo, el de nuestro aquí y ahora y es a partir de él
como debemos actuar y modelar nuestro futuro; este hecho permite
precisamente la libertad, la pura indeterminación la haría imposible. La
fatalidad de nuestra vida no es completa, existe la
libertad: no sentimos que nuestra
vida esté prefijada totalmente pues la circunstancia nos permite un
cierto margen de posibilidades y nos exige decidir. Por esta razón, la
vida se presenta siempre como un problema,
problema que nadie excepto nosotros puede resolver. La vida tiene un
inevitable carácter dramático; estamos arrojados a la existencia y nos
toca elegir y participar; en consecuencia tenemos proyectos, y el
proyecto, lo que debemos elegir, ha de ser fiel a lo más profundo de
nuestro ser, a nuestro destino; de este modo, la vida es libertad, y
debe ser responsabilidad.
La vida es futurición. Frente a
los seres del mundo que viven en el presente y son lo que son, el ser
humano tiene una realidad paradójica pues su ser consiste no tanto en lo
que es sino en lo que va a ser. Ortega considera al
futuro como la dimensión temporal más
importante para caracterizar al hombre: nuestra vida es siempre atender
al futuro, apostar por un proyecto y actuar para realizarlo; incluso
nuestro presente está condicionado por nuestro futuro, pues hacemos lo
que hacemos para ser lo que queremos ser; frente a ello, los modos de
temporalidad adecuados para caracterizar la circunstancia son el pasado
y, en sentido estricto, el presente. Así, Ortega acaba defendiendo dos
tipos de tiempo: el cósmico, que es solamente el presente puesto que el
pasado no es y el futuro todavía no es; y el del viviente: que es de
modo primordial el futuro.
IV.
EL CONOCIMIENTO Y LA VIDA
IV.
1. El perspectivismo
En la tradición filosófica se han dado dos interpretaciones opuestas
del conocimiento: el objetivismo o dogmatismo y el escepticismo o
subjetivismo. El objetivismo declara
que la realidad existe en sí misma y que nos es posible su conocimiento;
a la vez, defiende la idea de que la verdad sólo puede ser una y la
misma, con independencia de las peculiaridades, cultura y época a la que
pertenezca el individuo que la alcance; de ahí que el sujeto cognoscente
deba carecer de rasgos propios, tenga que ser extrahistórico y estar más
allá de la vida, puesto que la vida es historia, cambio, peculiaridad.
La mayor parte de autores han defendido este punto de vista. Frente a
esta doctrina tenemos el subjetivismo
(los sofistas y Nietzsche): es imposible el conocimiento objetivo puesto
que los rasgos del sujeto cognoscente influyen fatalmente en el
conocimiento. El subjetivismo es relativismo, termina negando la
posibilidad de la verdad, y concluye en la idea de que nuestro
conocimiento se refiere a la apariencia de las cosas. Estas dos
doctrinas tienen un mismo fundamento, la creencia en la falsedad del
punto de vista del individuo; Ortega destaca el error de este
presupuesto: el punto de vista individual es legítimo porque es el único
posible, es el único desde el que puede verse el mundo; la realidad
siempre se muestra de ese modo. La perspectiva queda determinada por el
lugar que cada uno ocupa en el Universo, y sólo desde esa posición puede
captarse la realidad. La mirada y el Universo, el yo y la circunstancia
son correlativos: la realidad no es una invención, pero tampoco algo
independiente de la circunstancia, pues no se puede eliminar el punto de
vista. La realidad es múltiple, perspectivística, multiforme no existe
un mundo en sí mismo, existen tantos como perspectivas; y cada una de
ellas permite una verdad: la verdad es aquella descripción del mundo que
sea fiel a la perspectiva. Cada perspectiva capta una parte de la
realidad, de ahí la importancia de todo hombre y toda cultura, todos
ellos son insustituibles pues cada uno tiene como tarea mostrar, hacer
patente el mundo que se le ofrece en virtud de su circunstancia. Una
realidad que vista desde cualquier punto de vista sea siempre igual es
un puro absurdo. El conocimiento absoluto, objetivo e independiente del
sujeto cognoscente no existe, es ficticio, irreal. Ortega defiende el
perspectivismo alegando que el
sujeto no es un medio transparente, ni idéntico e invariable en todos
los casos; es más bien un “aparato receptor” capaz de captar cierto tipo
de realidad y no otro: de la totalidad de cosas que componen el mundo
muchas son ignoradas por el sujeto cognoscente por no disponer de
órganos adecuados para captarlas, y otras pasan por éstos a su interior;
en cada individuo su psiquismo, y en cada pueblo y época su “alma”,
actúa como un “órgano receptor” que faculta en cada caso la comprensión
de ciertas verdades e impide la recepción de otras. Esta dimensión
perspectivística no se limita al mundo físico y espacial, se da también
en las dimensiones más abstractas de la realidad como los valores y las
propias verdades. De este modo, el
perspectivismo le permite a Ortega superar tanto el objetivismo como el
subjetivismo.
IV.
2. La nueva idea de Razón propuesta por Ortega: razón vital y razón
histórica
Ortega reivindica una nueva forma de conocer la realidad: la realidad
primordial, la vida, sólo puede captarse adecuadamente mediante el
recurso de la razón vital y de la
razón histórica. Ortega y Gasset
llamó racio-vitalismo a su sistema
filosófico. Es la filosofía que tiene como tema explícito la reflexión
sobre la vida y el descubrimiento y explicación de sus categorías
fundamentales. Ortega se aleja del vitalismo irracionalista de Nietzsche
y no niega la racionalidad humana pues el apetito de verdad y de
objetividad forma parte de las inclinaciones más profundas del ser
humano, así como nuestra predisposición a alcanzar dichos ideales
mediante el ejercicio de la razón; además, con la razón construimos
descripciones de la realidad que nos permiten orientarnos en la
existencia: los sistemas de creencias
hacen inteligible la realidad y permiten enfrentarnos al naufragio que
invariablemente es la existencia. Pero ello no nos lleva de ningún modo
al racionalismo pues la razón vital, a diferencia de la razón pura del
racionalismo es capaz de recoger las peculiaridades y reclamaciones de
la vida (la perspectiva, la individualidad, la historia, la excelencia y
la corporeidad...). La razón vital conduce a la
razón histórica, puesto que la vida es esencialmente cambio e
historia. La razón histórica tiene como objetivo permitirnos comprender
la realidad humana a partir de su construcción histórica y de las
categorías de la vida y con ella podemos superar las graves limitaciones
de la razón fisico-matemática propuesta en la modernidad. La filosofía
tradicional había defendido la existencia de la naturaleza humana, de un
núcleo estático y esencial, y por lo tanto había entendido al hombre en
términos semejantes a las cosas del mundo (en términos
substancialistas). El concepto de razón pura y matematizante
típico de la modernidad es la culminación de este punto de vista, pero
con este tipo de racionalidad se han cumplido los ideales técnicos de la
modernidad aunque no los morales y existenciales. Este fracaso se debe a
que es adecuada para aprehender las cosas, pero no propiamente la
realidad humana, pues el hombre no es una cosa más del mundo, ni tiene
naturaleza ni un ser estático, sino temporalidad e historia. Ortega
describe dos formas de dar cuenta de la realidad: explicamos una
hecho cuando descubrimos las leyes cuantitativas a las que se somete;
esta forma de comprensión es legítima cuando se aplica a las cosas.
Entendemos algo cuando captamos el sentido presente en dicha
realidad, y es esta la forma de comprensión adecuada para dar cuenta del
mundo humano, que no consta de hechos sino de sentidos; la razón
histórica es precisamente el instrumento que debemos utilizar para
comprender los sentidos de la
existencia humana, y para ello se ha de referir a dimensiones del vivir
como los sentimientos, valoraciones y proyectos del individuo o
colectividad que queramos estudiar, y a las categorías, creencias y
esquemas mentales con los que damos un sentido a nuestra vida y nos
enfrentamos al reto de la existencia. La razón histórica utiliza
igualmente los recursos interpretativos que nos permite el enfoque
historicista: el análisis de la biografía, la teoría de las generaciones
y la comprensión de las distintas épocas que constituyen nuestro pasado
y determinan nuestro presente.
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