NATURALEZA Y ÉTICA EN ARISTÓTELES
I. LA CONCEPCIÓN DE LA NATURALEZA EN
ARISTÓTELES
I. 1. Noción de naturaleza (“physis”)
Esta noción es
importante en todos los filósofos griegos pero Aristóteles fue el que
con más detalle la estudió; toda su filosofía gira alrededor de este
concepto, del mismo modo que la platónica lo hace alrededor del tema de
las Ideas. Define la naturaleza como
"la esencia de los seres que poseen en sí mismos y en cuanto tales el
principio de su movimiento" y también como "el principio y causa del
movimiento y de reposo en la cosa en que ella se halla, inmediatamente,
por sí misma y no por accidente". Con estas afirmaciones quiere indicar,
al menos, lo siguiente:
• la naturaleza se identifica
con el ser propio de las cosas, con su esencia;
• pero de las cosas capaces
de cambiar a partir de sí mismas;
• la naturaleza no sólo
determina el tipo posible de movimientos de un objeto sino también el
tipo de reposo que le conviene.
Aristóteles distingue tres tipos de causas
o principios en la existencia, movimiento y posesión de uno u otro
rasgo, propiedad o característica de los seres:
•
por azar: los seres deformes o "monstruos de la naturaleza",
la piedra que cae y que accidentalmente rompe una rama...;
•
por arte o técnica, como ocurre con cualquiera de nuestras
máquinas y las cosas que ellas hacen;
•
por naturaleza, como los cuatro elementos, las plantas, los
animales -el hombre incluido- y sus partes.
I. 2. Lo natural frente a lo
artificial
El movimiento
natural es aquel que le corresponde a una sustancia en virtud
de sus propiedades naturales. El movimiento o cambio natural consiste en
la modificación que sufre una entidad como consecuencia de su “afán” por
la consecución de la forma a la que tiende, del fin al que aspira. El
movimiento natural puede ser en función de la cualidad (el cambio que
sufre una hoja en otoño), de la cantidad (el crecimiento de un árbol),
pero también local. Este último punto es importante pues la
física aristotélica hará difícil la
introducción del principio de inercia al establecer que el estado
natural de las cosas sublunares es el del reposo en el suelo en el caso
de las cosas pesadas, y el estar arriba en el caso de la ligeras como el
humo, siendo cualquier otro movimiento local algo que les ocurre a
partir de un principio externo al propio objeto. El tema del movimiento
natural es también fundamental en la ética aristotélica puesto que para
este filósofo la conducta buena y la virtud no es otra cosa que aquella
conducta y disposición del alma que le permite al sujeto realizar bien
su función o finalidad propia, y la conducta y disposición del alma
malas aparecen en el hombre cuando éste intenta violentar su naturaleza:
la conducta buena es la conducta natural y la mala la antinatural.
Por su parte, movimiento artificial
es aquel movimiento o cambio que le corresponde a un objeto artificial
en virtud de sus propiedades artificiales, o el que corresponde a un
objeto natural sin que sea consecuencia de su propia naturaleza, bien
porque dicho cambio descansa en un agente externo bien porque el sujeto
lo hace a partir de un aprendizaje. Hay que tener en cuenta que todo
objeto artificial está hecho en último término con partes naturales por
lo que todo objeto artificial tendrá dos tipos distintos de movimientos:
aquellos que le corresponden por su dimensión natural (como el peso) y
aquellos que le corresponden por su dimensión artificial (como el poder
desplazarse a gran velocidad si se trata de un coche). Finalmente, no
hay que creer que todo movimiento o cambio producto de la técnica deba
ser necesariamente antinatural: en algunos casos será
contrario a la naturaleza o violento
como cuando alguien utiliza medios violentos para acabar con la vida de
un ser vivo, y en otros casos será conforme a la naturaleza, como cuando
un médico utiliza su saber para curar la fractura del brazo de una
persona. El movimiento violento de un ente ocurre cuando dicho cambio es
contrario a lo que establece su naturaleza.
I. 3. Principios del movimiento: acto
y potencia
Aristóteles establece dos formas de ser
atendiendo al tiempo: si nos fijamos en las características, propiedades
o determinaciones que una cosa u objeto tiene en el presente, estamos
pensando en el ser en acto; ésta es
la más importante forma de ser, y, a veces, la define como la realidad
del ser. Por el contrario, si nos fijamos en el futuro, en aquello que
aún no es pero a lo que apunta un ser en virtud de lo que ya es, estamos
pensando en el ser en potencia. El
ser en potencia no es una pura nada, un futuro meramente imaginado, es
una forma de ser inscrita en el sujeto o cosa del cual decimos que está
en potencia precisamente en función de lo que es en acto; así, una
semilla en acto es semilla y en potencia árbol, un niño en acto es niño
y en potencia hombre; y la semilla en potencia es árbol y no hombre
porque en acto es semilla y no niño. Aristóteles defenderá la primacía
del acto respecto de la potencia pues algo es potencia (p. ej. un
hombre) porque es acto en relación a algún conjunto de propiedades (p.
ej. un niño) y la potencia es potencia respecto de un futuro acto. La
potencia se divide en activa y pasiva: la
potencia activa es la capacidad o poder o facultad para
ejercer una transformación sobre algo, o de producir algo. La tradición
aristotélica también utiliza esta noción en psicología, por ejemplo
definiendo las facultades como las
potencias activas del alma; la potencia pasiva
es la capacidad o aptitud para llegar a ser otra cosa, para adquirir una
determinación o forma. En este segundo sentido la potencia se contrapone
al acto y así, dice Aristóteles, la semilla en potencia es árbol y en
acto semilla, el niño en potencia es hombre y en acto niño.
I. 4. Tipos de movimiento. La
substancia
Aristóteles distingue diversos
tipos de cambio o movimiento:
•
cambio sustancial: cuando desaparece
una sustancia y da lugar a otra (como cuando quemamos un papel y lo
convertimos en cenizas);
•
cambio accidental: cuando una sustancia
se modifica en alguno de sus atributos o características pero permanece
siendo la misma; a su vez se divide en:
-
según la cualidad:
como cuando pasamos de jóvenes a adultos, o cuando una hoja cambia
de color en otoño;
-
según la cantidad:
la tiza que se desgasta con el uso, el niño que crece;
-
y el lugar: como
cuando nos trasladamos en Metro de un lugar a otro.
Según la ontología aristotélica todas las cosas que podemos percibir,
todas las cosas sensibles (tanto las naturales como las artificiales)
están compuestas con la estructura acto y potencia y, dado que
el movimiento es el paso de la potencia al acto,
todas las cosas sensibles tienen el movimiento como uno de sus rasgos
más característicos y definitorios.
La substancia es lo que permanece
en el cambio accidental, el ser el mismo individuo, aunque modifique su
aspecto a lo largo del tiempo; y también el ser
independiente, lo que tiene su ser no en otro sino en sí y es
sujeto de propiedades o atributos.
Debemos separar el nivel de los atributos
(ser blanco o inteligente, por ejemplo, que son seres puesto que tienen
realidad, pero que no pueden darse por sí mismos sino que siempre
descansan en otra cosa de la cual decimos que son sus propiedades) y el
nivel de la substancia (el que tiene una existencia propia e
independiente, como el ser Sócrates o ser una piedra). La tradición
aristotélico-tomista distingue también entre substancias primeras y
substancias segundas. Las sustancias primeras
son los sujetos individuales, sujetos compuestos de materia y forma.
Sócrates, esta mesa, aquella planta, mi perro, Dios..., son sustancias
porque son entidades individuales, entidades dotadas de existencia
independiente; y son sustancias primeras porque en ellas descansan las
otras determinaciones genéricas que les pueden sobrevenir (como ser
hombres, perros, plantas...). Las substancias
segundas son, por su parte, los géneros y las especies.
I. 5. Las causas del movimiento. La
teoría hilemórfica
Para Aristóteles
causa es todo principio del ser, aquello de lo que de
algún modo depende la existencia de un ente; todo factor al que nos
tenemos que referir para explicar un proceso cualquiera. Para entender
cualquier ente debemos fijarnos en cuatro aspectos fundamentales (cuatro
causas):
1. la
causa material o aquello de lo que esta hecho algo;
2. la
causa formal o aquello que un objeto es;
3. la
causa eficiente o aquello que ha producido ese algo;
4. y la
causa final o aquello para lo que existe ese algo, a lo
cual tiende o puede llegar a ser.
Aristóteles pone el ejemplo de una escultura: si se trata de una
escultura del dios Zeus hecha de bronce por un escultor con la finalidad
de embellecer la ciudad, la causa material es el bronce, la causa formal
el ser el dios Zeus, la causa eficiente el escultor, y la causa final el
motivo de su existencia: embellecer la ciudad.
Todos los seres sensibles o perceptibles (los naturales y los
artificiales) se componen de materia y forma (teoría
hilemórfica). La materia
es la realidad de la que está hecha una cosa, y, junto con la forma, es
un elemento constitutivo de las sustancias individuales; desde el punto
de vista dinámico es aquello susceptible de alguna determinación o
forma, por tanto una realidad potencial. La
forma es el conjunto de rasgos característicos de un objeto:
en un primer nivel se identifica con la figura de un objeto físico; en
otro sentido designa la estructura de algo frente a los elementos o
materia que componen ese algo; y, ya en un sentido típicamente
aristotélico, podemos hablar de la forma como los rasgos de un objeto y
distinguir las formas accidentales de la forma substancial: la
forma substancial de una cosa es lo
mismo que su esencia y las
formas accidentales las
determinaciones o propiedades de las que el sujeto puede prescindir sin
sufrir una modificación completa. Así en la esencia de hombre está el
ser racional como uno de sus constitutivos fundamentales pero no el ser
blanco o negro, alto o bajo, que son rasgos accidentales y por tanto
accesorios. Respondemos a la pregunta “¿qué es algo?” con la referencia
a su esencia. En el caso de los seres vivos la forma substancial es el
alma (y el cuerpo la materia).
El fin o causa final es la
finalidad o motivo de una acción, aquello en virtud de lo cual se hace
algo. Esta noción, importante en la física y ontología aristotélica,
también está presente en su antropología y en su ética. Así, p. ej., la
teoría de la virtud se construye a partir de la reflexión relativa a la
finalidad propia del alma humana y de sus partes, al igual que la
concepción de la felicidad como el fin último de la actividad humana.
Los filósofos han presentado dos teorías opuestas para la comprensión
del cambio: la mecanicista y la finalista o teleológica. La
explicación teleológica mantiene que
sólo lo podemos comprender si nos referimos (además de a la causa
eficiente, única causa aceptada por el mecanicismo) a la causa final.
Según la filosofía aristotélica las cosas del mundo y los cambios que
les ocurren pueden ser por naturaleza, por el arte o técnica, o por
azar. Excluyendo los que ocurren por azar, los otros dos tipos de cosas
y de cambios exigen la referencia a una finalidad: los seres
artificiales tienen fines puesto que han sido construidos para algo, y
lo que hacen lo hacen para cumplir su función; en el caso de las cosas
naturales es importante observar que la finalidad no se limita a la
esfera humana, en donde se muestra con claridad pues lo que los hombres
hacemos lo hacemos por algo: Aristóteles defenderá la existencia de
finalidad en todo objeto natural y en los cambios o movimientos
naturales: así, el fin de la semilla es convertirse en árbol, como el
fin del niño es ser hombre; cada ser natural tiene una finalidad que
está determinada por su forma o esencia y a la cual aspira y de la que
se dice que está en potencia. Incluso los seres inorgánicos manifiestan
fines en sus movimientos pues “aspiran” a situarse en su lugar natural
(cuando una piedra cae se mueve con la finalidad de estar en el suelo,
que es su lugar natural, cuando el humo asciende lo hace para situarse
arriba, que es su lugar natural...).
I. 6. Más allá de la naturaleza: Dios
Aristóteles cree que todas las cosas del
mundo temporal y material (todas las cosas que forman parte de la
Naturaleza) están compuestas con la estructura acto-potencia, por lo que
están abocadas necesariamente al cambio y a la muerte; pero aunque la
Naturaleza sea para él una parte fundamental de la realidad, también
creerá que no se puede explicar a partir de ella misma sino de algo que
está por encima, y ese algo es Dios.
Concibe a Dios como un ser sin composición alguna, ni física ni
metafísica, de ahí que lo piense como acto puro
y pura forma, y por tanto
eterno e inmutable. Dios es acto puro porque en Él no se encuentra
ninguna potencialidad sino que es forma plenamente realizada. Pero Dios
es también el Primer Motor: en el
mundo de la Naturaleza todas las cosas cambian pues poseen la estructura
acto/potencia. El cambio sólo puede darse a partir de algo que está en
acto, así, dice Aristóteles, una cosa se mueve porque otra le impulsa a
ello, aquella porque otra a su vez le otorga fuerza motriz... pero no
podemos prolongar la serie de los movimientos indefinidamente, luego
debe existir un primer motor que transmite el movimiento a todas las
cosas naturales y a quien nada mueve y que debe entenderse como eterno,
inmutable y acto puro. Aristóteles lo identifica con Dios. El Primer
motor o Dios no mueve a las cosas con causalidad eficiente, al modo en
que nosotros movemos una mesa empujándola, mueve más bien con causalidad
final: Dios mueve atrayendo hacia sí a las cosas, del mismo modo que el
amado "mueve" al amante, inspirando amor y deseo, atrae como atraen los
fines que despiertan en nosotros un apetito por su posesión.
II. LA ANTROPOLOGÍA ARISTOTÉLICA
Aristóteles defiende un dualismo
antropológico mucho más moderado
que el de su maestro Platón. También para Aristóteles el hombre consta
de cuerpo y alma, y de estos dos principios, el último es el que mejor
nos define y distingue del resto de seres naturales; pero para nuestro
filósofo el alma no es un principio tan opuesto ni hostil al cuerpo como
para su maestro Platón.
En el mundo griego encontramos dos formas de entender la noción de
alma:
• aquello que nos permite
alcanzar el conocimiento y la ciencia, nos acerca a los dioses y nos
diferencia del resto de seres (incluidos animales): alma como
principio de racionalidad;
• aquello que se encuentra en
los seres vivos gracias a lo cual dichos seres son capaces de realizar
actividades vitales y se diferencian de los seres puramente inertes:
alma como principio de vida.
Todos los filósofos griegos aceptaron estas dos dimensiones en el
alma humana, pero unos subrayaron un aspecto y otros otro; por ejemplo,
Platón destaca la primera dimensión, defendiendo su carácter divino e
inmortal; sin embargo Aristóteles prefiere la segunda noción (pero sin
olvidar totalmente la primera, como se verá en relación con el alma
intelectiva) y propone las siguientes definiciones del alma: “principio
de vida”; “forma de los cuerpos organizados”; “acto de aquellos seres
que tienen vida en potencia”. Al entender de este modo la noción de alma
Aristóteles estará obligado a admitir su existencia no sólo en los
hombres sino también en los animales y las plantas. Puesto que el alma
es principio de vida y existen distintos niveles de vitalidad, habrá
también distintas almas, o partes del alma o funciones del alma. Por
ello, Aristóteles distingue la vegetativa, la sensitiva y la
intelectiva. El alma vegetativa,
presente en las plantas, los animales y los hombres, permite las
actividades vitales más básicas como la reproducción, el
crecimiento y la nutrición. El alma
sensitiva se encuentra en los animales y los hombres, permite
el conocimiento inferior o sensible (la percepción), el
apetito inferior (los deseos y apetitos que tienen que ver con el
cuerpo como el deseo sexual o las ganas de comer) y el movimiento
local.
El alma intelectiva es la parte
más elevada del alma humana, no se encuentra ni en los vegetales ni en
los animales y gracias a ella el hombre posee las actividades vitales
propias de la voluntad o apetito
superior y del intelecto o
entendimiento. Una parte del intelecto es lo que llamará Aristóteles “entendimiento
o intelecto agente”, la parte del alma gracias a la cual es
posible alcanzar la ciencia. En la mayor parte de sus escritos,
Aristóteles defiende una interpretación biologista del alma, definiendo
el alma como una función del cuerpo, por lo que desde este punto de
vista hay claros problemas para la defensa del carácter sustantivo del
alma y de su posible inmortalidad. Sin embargo, creerá también
Aristóteles que en el alma humana encontramos una parte que es
radicalmente distinta a las otras pues es incorpórea y por ello
"separable" (es decir inmortal y eterna). Siguiendo a su maestro Platón,
para Aristóteles esta parte divina del alma es aquello gracias a lo cual
pensamos, podemos captar lo universal y alcanzar la ciencia.
III. LA ÉTICA ARISTOTÉLICA
La ética aristotélica intenta establecer los criterios que nos
permitan dar con el “hacer” adecuado para el hombre, busca enseñarnos a
conducirnos y actuar en relación a las principales metas humanas: el
bien y la felicidad. En el planteamiento aristotélico, el bien propio
del ser humano, como el de cualquier otro ser natural, estará
relacionado con su esencia o naturaleza característica, y dado que la
virtud es la excelencia de lo natural, la ética aristotélica será
básicamente una teoría de la virtud.
III. 1. El concepto de virtud
Aristóteles define la virtud como un “hábito
selectivo que consiste en un término medio relativo a nosotros,
determinado por la razón y por aquella por la cual decidiría el hombre
prudente”. La virtud es una "excelencia añadida a algo como perfección".
Cuando una entidad realiza su función propia, pero no de cualquier
manera sino de un modo perfecto, entonces de dicha entidad decimos que
es virtuosa o buena. En la noción aristotélica de virtud son importantes
los conceptos de naturaleza y de finalidad: la virtud de un objeto tiene
que ver con su naturaleza y aparece cuando la finalidad que está
determinada por dicha naturaleza se cumple en el objeto en cuestión. Que
sea un hábito quiere decir que no es
innata sino consecuencia del aprendizaje, y más exactamente de la
práctica o repetición. La práctica o repetición de una acción genera en
nosotros una disposición permanente o hábito que nos permite de
forma casi natural la realización de una tarea. Los hábitos pueden ser
buenos o malos; son hábitos malos aquellos que nos alejan del
cumplimiento de nuestra naturaleza y reciben el nombre de vicios, y son
hábitos buenos aquellos por los que
un sujeto cumple bien su función propia y reciben el nombre de
virtudes. En general llamamos virtud
a toda perfección de algo por lo que podemos distinguir virtudes del
cuerpo y virtudes del alma; las que le interesaron a Aristóteles fueron
son las virtudes del alma, y en
ellas distingue, las virtudes intelectuales o dianoéticas y las éticas o
morales.
III. 2. Tipos de virtudes
Aristóteles divide la parte racional o
intelectiva del alma en intelecto y voluntad, por lo que podremos
dividir también las virtudes en dos grandes especies: aquellas que
suponen una perfección del intelecto y aquellas que suponen una
perfección de la voluntad. Llama virtudes
intelectuales o dianoéticas a la
perfección de la parte intelectual de nuestra alma. Cuando el
intelecto está bien dispuesto para aquello a lo que su naturaleza apunta
(para el conocimiento o posesión de la verdad), decimos que dicho
intelecto es virtuoso y bueno. Las virtudes intelectuales perfeccionan
al hombre en relación al conocimiento y la verdad y se adquieren
mediante la instrucción. Distingue Aristóteles los siguientes tipos de
conocimiento -y por lo tanto de virtudes intelectuales-: Respecto del
conocimiento teórico o especulativo:
ciencia: aptitud para la
demostración de las relaciones necesarias existentes entre las cosas;
intelecto o inteligencia: habilidad para captar
intuitivamente la verdad de los primeros principios de las ciencias,
como los axiomas de la matemática o primeros principios de la filosofía;
sapiencia o sabiduría: capacidad
para avanzar hasta los últimos y supremos fundamentos de la verdad;
Aristóteles la identifica con la filosofía y la considera el saber más
perfecto; la sabiduría es la comprensión de las cosas más nobles y
superiores, y, en último término, de Dios. Respecto del
conocimiento práctico:
arte o técnica: habilidad para la
creación y modificación de las cosas; prudencia:
saber dirigir correctamente la vida; permite distinguir lo bueno de lo
malo, enseña cómo nos debemos comportar y descubre los medios adecuados
para la realización de la felicidad y de la vida virtuosa.
Virtudes morales: son las
perfecciones de la
voluntad y del
carácter. Aristóteles define la virtud moral como una
"disposición voluntaria adquirida (hábito) dirigida por la razón y que
consiste en el término medio entre dos vicios". En esta definición
encontramos las tesis éticas fundamentales de este autor:
• la virtud se puede
aprender, no depende de la naturaleza y no es una disposición innata
sino del ejercicio de la libertad;
• la virtud es un
hábito, es decir una disposición que
se crea en nosotros para la realización de una tarea o actividad y es
consecuencia del ejercicio o repetición: nos hacemos justos practicando
la justicia, generosos practicando la generosidad, valientes practicando
la valentía;
• la virtud moral se realiza
en un sujeto a partir de lo que su razón le enseña como bueno; para la
vida buena es necesaria la perfección de la
razón, de ahí que la virtud intelectual que llamamos
prudencia sea fundamental también en
el mundo moral; sin embargo, Aristóteles no defiende un intelectualismo
moral radical pues no cree (como parece que era el caso de Sócrates) que
para la vida buena sea necesario y suficiente que la razón nos sepa
mostrar la conducta justa: si la voluntad de una persona no es buena,
diría Aristóteles, si no ha sido disciplinada y entrenada para la
realización de lo correcto, aunque la razón le enseñe lo que es preciso
hacer, es improbable que dicha persona lo haga;
• la virtud consiste en saber
dar con el término medio entre dos extremos,
extremos que por ser tales son vicios; Aristóteles distingue entre el
"término medio de la cosa" y el "término medio para nosotros"; el
término medio es siempre de algo que posee magnitud, y es término
medio en relación a la cosa cuando se la examina desde un punto de
vista puramente matemático (así, el 6 es el término medio entre 10 y 2),
dista lo mismo de cualquiera de los extremos, y es una sola e idéntica
cosa para todos; pero para establecer lo que es mucho o poco en asuntos
relativos al bien de las personas es preciso atender a las
circunstancias, al sujeto que realiza la acción, sus necesidades y
posibilidades, y para ello introduce Aristóteles la idea del término
medio respecto a nosotros: en la moralidad el término medio se
predica de las pasiones, los sentimientos y las acciones pues, dice este
filósofo, en el temor, el atrevimiento, la apetencia, la ira, la
compasión, y en general en el placer y el dolor caben el más y el menos,
y ninguno de los dos está bien. El término medio es lo que no sobra ni
falta y no es único ni igual para todos. En palabras de Aristóteles, si
se vive la pasión o el sentimiento o se realiza la acción "cuando es
debido, y por aquellas cosas y respecto a aquellas personas y en vista
de aquello y de la manera que se debe, entonces hay término medio y
excelente, y en esto consiste la virtud".
Sin embargo, Aristóteles también afirmará que no toda acción ni toda
pasión admite el término medio, pues hay cosas
malas en sí mismas: pasiones malas en sí mismas son la
malignidad, la desvergüenza y la envidia, y malas acciones en sí mismas
el adulterio, el robo y el homicidio. Como ejemplos de virtud cabe
señalar el valor (medio entre la
temeridad y la cobardía) y la templanza
(medio entre la intemperancia o libertinaje y la insensibilidad); la
virtud más importante es la justicia.
III. 3. Eudemonismo. La felicidad como
Bien Supremo
Aristóteles defiende el llamado “eudemonismo”
pues identifica la felicidad con el
Sumo Bien; hace consistir la felicidad (eudaimonía) en la
adquisición de la excelencia (virtud) del carácter y de las facultades
intelectivas. Todos los seres naturales y artificiales tienen fines,
fines que están definidos a partir de lo que son en acto, a partir de su
esencia y forma, y a cuya realización aspiran. Aristóteles defenderá la
existencia de un fin final (fin
último o perfecto que se quiere por sí mismo) cuya realización es el
máximo y principal afán humano y que hace que "el deseo no sea vacío y
vano", y llamará felicidad a dicho fin. Puesto que la felicidad (o
placer) es aquello que acompaña a la realización del fin propio de cada
ser vivo, la felicidad que le corresponde al hombre es la que le
sobreviene cuando realiza la actividad que le es más propia y cuando la
realiza de un modo perfecto; es más propio del hombre el alma que el
cuerpo por lo que la felicidad humana tendrá que ver más con la
actividad del alma que con la del cuerpo; y de las actividades del alma
con aquella ligada a la parte más típicamente humana, el alma
intelectiva o racional. Como en el alma intelectiva encontramos el
entendimiento o intelecto y la voluntad, y llamamos virtud a la
perfección de una disposición natural, la
felicidad más humana es la que corresponde a
la vida teorética o de conocimiento (por ello el hombre más
feliz es el filósofo, y lo es cuando su razón se dirige al conocimiento
de la realidad más perfecta, Dios), y a la vida
virtuosa. Finalmente, y desde un punto de vista más realista,
Aristóteles también acepta que para ser feliz es necesaria una cantidad
moderada de bienes exteriores y afectos humanos.
IV. LA POLÍTICA ARISTOTÉLICA
IV.1. El hombre, ser social por
naturaleza
En Aristóteles la
Política (reflexión sobre la buena organización de la vida en
común) es la culminación de la Ética
(reflexión sobre la vida moral), y ello porque para nuestro filósofo los
fines últimos del hombre (el bien y la felicidad) únicamente se alcanzan
de modo adecuado en el marco de la sociedad, en el trato con los demás.
Aristóteles da una extraordinaria importancia a la
dimensión social del ser humano.
El hombre es un ser social por naturaleza, dice Aristóteles.
Con ello quiere indicar que la disposición humana a vivir en sociedad no
es una consecuencia de circunstancias históricas, económicas o
culturales, sino de algo más profundo y fundamental, de su propia
naturaleza o esencia. Otros animales pueden vivir aislados, pero no es
el caso de los hombres que, para realizar las actividades que les son
propias y a las que aspiran y constituyen sus fines y perfección,
necesitan de la sociedad. La ciudad
(polis) o comunidad es un fin natural del ser humano. Por ser el
fin natural, la perfección humana y la felicidad sólo puede sobrevenir
en la vida social.
Aristóteles muestra el carácter natural de la ciudad o polis a partir
de una reflexión sobre el lenguaje: puesto que la naturaleza no hace
nada en vano, hay que pensar que el lenguaje (que es propio de los
hombres y no de los animales) tiene un fin. El
fin del lenguaje es posibilitar la comunicación, facilitarnos
la convivencia al dotarnos de la
capacidad para expresar lo justo y lo injusto, el bien y el mal. Y el
ámbito en el que es posible desarrollar estas cosas es la ciudad.
Además, indica Aristóteles, la ciudad (o
Estado) es anterior por naturaleza al individuo, como el todo
es anterior a la parte. Igual que en el caso del cuerpo y la mano, la
mano (una parte) es propiamente mano cuando puede cumplir su función y,
por lo tanto, cuando está integrada en un cuerpo (el todo), así también
ocurre con el individuo y la sociedad, el Estado o la polis: el
individuo no se basta a sí mismo, el individuo puede desarrollarse sólo
en el ámbito de la polis, como la mano no se basta a sí misma y sólo
puede ser tal como parte de un cuerpo.
IV.2. El ciudadano
Para Aristóteles la
ciudadanía, el derecho a participar en el gobierno de la
ciudad, está ligado a la posibilidad del ejercicio de la razón. Los
seres racionales por naturaleza tienen derecho a gobernarse a sí mismos;
este es el caso de los varones libres.
Aristóteles defiende la inferioridad de la mujer frente al varón; la
mujer no posee de verdad la razón, participa de una cierta racionalidad
pues es capaz de escuchar y entender al varón y de ese modo dejarse
guiar por él, pero en ella no está la razón lo suficientemente
desarrollada como para que pueda ser totalmente dueña de sí misma. Algo
semejante ocurrirá con los esclavos. Aristóteles defiende la
esclavitud: ciertamente, no en todos
los casos pues que un griego como Platón fuera esclavizado es
contranatura, pero que los bárbaros lo sean no. Hay hombres que por
naturaleza son esclavos (otra vez, los que no son totalmente seres
racionales) y otros amos, y en estos casos, esta institución, común en
el mundo antiguo, es justa.
IV.3. El Estado y las formas de
gobierno
Dada su peculiar naturaleza, el hombre no
puede vivir aislado, necesita relacionarse con sus semejantes para
desarrollarse como tal. Es también la
naturaleza la que establece los distintos órdenes y formas de
convivencia humana: así la primera comunidad natural,
la familia, está ligada a la
división natural de los hombres en varones y mujeres y su propósito de
procrear y de procurar los bienes básicos de subsistencia. Pero dado que
la familia no es totalmente autosuficiente necesita de la asociación con
otras, lo que dará lugar al municipio o aldea;
y para la vida más elevada, la sometida a un orden moral, de una forma
social natural superior, el Estado.
El Estado, sus leyes, instituciones y organización permite la vida
humana plena, por lo que tiene primacía ontológica sobre el individuo y
la familia.
El Estado se puede organizar de formas diferentes y tener distintas "constituciones".
Atendiendo a la autoridad que gobierna la ciudad, Aristóteles divide las
constituciones o tipos de Estado en tres tipos legítimos y tres
ilegítimos: el gobierno puede estar en manos de un solo hombre, unos
pocos hombres o la mayor parte de los hombres, por ello, y
respectivamente, las constituciones legítimas son la monarquía,
la aristocracia y la república (politeia), y las
ilegítimas la tiranía, la oligarquía y la democracia.
Lo que les da el carácter legítimo a las tres primeras es que son
naturales e intentan cumplir el fin del Estado, el
bien común: si diéramos con el hombre más excelente y
gobernara, tendríamos la monarquía; si existiera un grupo de personas
sobresalientes en virtud y mandaran, la aristocracia; pero esto es muy
improbable por lo que, dirá Aristóteles, es más realista la defensa de
la politeia. En la politeia
gobierna la multitud (como en su degeneración, la democracia, entendida
como demagogia) pero, una multitud o mayoría dotada de recursos
económicos, la clase media.
Ver
LA FILOSOFÍA DE ARISTÓTELES |