La
virtud moral no puede ser una pasión. Ello es claro por tres
razones. Primera, porque la pasión es un movimiento del
apetito sensitivo, según se ha dicho anteriormente (q.22
a.3), mientras que la virtud moral no es un movimiento, sino
más bien principio del movimiento apetitivo, con existencia
habitual. Segunda, porque las pasiones, por sí mismas, no
son buenas ni malas, pues el bien y el mal del hombre se
toma de la conformidad con la razón, y de ahí que las
pasiones, en sí mismas consideradas, puedan ser buenas o ser
malas, según que se conformen o no con la razón. Pero eso no
puede ser la virtud, pues la virtud dice orden únicamente al
bien, según queda dicho (q.55 a.3). Tercera, porque, dado
que alguna pasión diga, de algún modo, únicamente orden al
bien o únicamente al mal, sin embargo, el movimiento de
pasión, en cuanto pasión, tiene su principio en el apetito
mismo, y su término en la razón, a cuya conformidad tiende
el apetito. Pero con el movimiento de virtud ocurre lo
contrario, pues tiene su principio en la razón y su término
en el apetito, en cuanto que es movido por la razón. De ahí
que en la definición de la virtud moral se diga, en el libro II Ethic., que es un hábito electivo que
consiste en el medio determinado por la razón según el criterio
del sabio.
Santo Tomás,
Suma Teológica I-II, cuestión 59, artículo 1
La virtud moral perfecciona la parte apetitiva del alma
ordenándola al bien de la razón. Pero bien de la razón es todo
aquello que está moderado u ordenado por ella. Por tanto, la
virtud moral puede versar sobre todo aquello que puede ser
moderado y ordenado por la razón. Ahora bien, la razón ordena no
sólo las pasiones del apetito sensitivo, sino también las
operaciones del apetito intelectivo, que es la voluntad, que no
es sujeto de pasión, según se ha dicho anteriormente (q.22 a.3).
Por consiguiente, no toda virtud moral versa sobre las pasiones,
sino que unas versan sobre las pasiones, y otras versan sobre
las operaciones.
Santo Tomás,
Suma Teológica I-II, cuestión 59, artículo 4
La
virtud moral puede existir, ciertamente, sin algunas de las
virtudes intelectuales, como la sabiduría, la ciencia y el arte;
pero no puede existir sin el entendimiento y la prudencia. No
puede darse virtud moral alguna sin la prudencia, porque la
virtud moral es un hábito electivo, es decir, que hace buena la
elección, para lo cual se requieren dos cosas: primera, que
exista la debida intención del fin, y esto se debe a la virtud
moral que inclina la facultad apetitiva al bien conveniente
según razón, y tal es el fin debido; segunda, que el hombre
escoja rectamente los medios conducentes al fin, lo cual no se
verifica sino por la razón en el uso correcto del consejo, del
juicio y del imperio, cual hacen la prudencia y las virtudes
anejas a la misma, según queda dicho (q.57 a.5.6). Luego la
virtud moral no puede existir sin la prudencia.
En consecuencia, tampoco puede
existir la virtud moral sin el entendimiento, pues por el
entendimiento se poseen los principios naturalmente conocidos,
tanto de orden especulativo como de orden práctico. Por tanto,
así como la recta razón en el orden especulativo, en cuanto que
argumenta desde los principios naturalmente conocidos, presupone
el entendimiento de los principios, así tambien lo presupone la
prudencia, que es la recta razón de lo agible.
Santo Tomás,
Suma Teológica I-II, cuestión 58, artículo 4