Como queda dicho (a.1),
la virtud intelectual especulativa es aquella que perfecciona al
entendimiento especulativo para el conocimiento de la verdad, ya
que ésta es su operación buena. Ahora bien, la verdad es
cognoscible de dos modos: uno, por sí misma; otro, por medio de
otra verdad. Pero la verdad que es cognoscible por sí misma
tiene condición de principio y es percibida inmediatamente por
el entendimiento; y de ahí que el hábito que perfecciona al
entendimiento para el conocimiento de estas verdades, se llame
entendimiento, que es el hábito de los principios.
En cambio, la verdad que es conocida mediante otra verdad, no la
percibe el entendimiento inmediatamente, sino mediante la
inquisición de la razón, y así está en condición de término. Lo
cual puede suceder de dos modos: uno, siendo término último en
un género determinado; otro, siendo término último respecto de
todo el conocimiento humano. Y como las cosas que, por lo que
a nosotros toca, son conocidas posteriormente, son anteriores y
más conocidas según su naturaleza, según se dice en el libro
I Physic., de ahí que lo que es último respecto de todo
el conocimiento humano sea lo primero y máximamente cognoscible
según su naturaleza. Y sobre ello versa la sabiduría, que
considera las causas altísimas, según se dice en el libro I Metaphys.
Por eso le compete juzgar y ordenar todas las cosas, puesto
que el juicio perfecto y universal no puede darse sino por
la resolución en las causas primeras. Pero respecto de lo
que es último en este o en aquel género de seres
cognoscibles, es la ciencia la que perfecciona al
entendimiento. De ahí que, según los diversos géneros de
seres científicamente cognoscibles, se den diversos hábitos
de ciencia, mientras que la sabiduría es solamente una.
Santo Tomás,
Suma Teológica I-II, cuestión 57, artículo 2
Las virtudes se han de distinguir donde aparecen distintas
razones de virtud. Pues bien, se ha dicho anteriormente (a.1;
q.56 a.3) que un hábito tiene razón de virtud porque solamente
causa la facultad de producir una obra buena, mientras que otro
la tiene, no sólo por causar esa facultad, sino también el uso.
Ahora bien, el arte causa sólo la facultad de producir obras
buenas, porque no dice orden al apetito; la prudencia, en
cambio, no sólo causa esa facultad, sino también el uso, pues
dice orden al apetito, en cuanto que presupone la rectitud del
mismo.
La razón de esta diferencia es que el arte es la recta
razón de lo factible, mientras que la prudencia es la
recta razón de lo agible. Ahora bien, difieren el hacer y el
obrar, porque, según se dice en el libro IX Metaphys., la
hechura es un acto que pasa a la materia exterior, como
edificar, cortar, y cosas parecidas, mientras que el obrar es un
acto que permanece en el mismo agente, como ver, querer, y cosas
parecidas. Así, pues, la prudencia está respecto de estos actos
humanos, que son el uso de las potencias y de los hábitos, en la
relación en que está el arte respecto de las obras exteriores,
porque una y otra son la razón perfecta respecto de aquello a
que se aplican. Pero, así como la perfección y la rectitud de la
razón en el orden especulativo depende de los principios, a
partir de los cuales la razón silogiza, conforme se ha dicho
(a.2 ad 2) que la ciencia depende del entendimiento, que es el
hábito de los principios, y lo presupone; en los actos humanos
los fines ejercen la función que los principios en el orden
especulativo, según se dice en el libro VII Ethic. Por
consiguiente, para la prudencia, que es la recta razón de lo
agible, se requiere que el hombre esté bien dispuesto respecto
de los fines, lo cual se logra por el apetito recto. De ahí que
para la prudencia se requiera la virtud moral que hace que el
apetito sea recto. En cambio, el bien de las obras de arte no es
el bien del apetito humano, sino el bien de las obras mismas;
por eso el arte no presupone el apetito recto. Esa es la razón
de que se alabe más al artista que realiza mal la obra queriendo
que al que le ocurre lo mismo sin querer; en cambio, es más
imprudente el que peca queriendo que el que peca sin querer,
puesto que la rectitud de la voluntad es esencial a la
prudencia, y no lo es al arte. Por todo lo cual resulta claro
que la prudencia es una virtud distinta del arte.
Santo Tomás,
Suma Teológica I-II, cuestión 57, artículo 4
La prudencia es la virtud más necesaria para la vida humana.
Efectivamente, vivir bien consiste en obrar bien. Pero, para que
uno obre bien no sólo se requiere la obra que se hace, sino
también el modo de hacerla, esto es, que obre conforme a recta
elección, y no por impulso o pasión. Mas como la elección es
respecto de los medios para conseguir un fin, la rectitud de la
elección requiere dos cosas, a saber: el fin debido y el medio
convenientemente ordenado al fin debido. Ahora bien, respecto
del fin debido, el hombre se dispone convenientemente mediante
la virtud que perfecciona la parte apetitiva del alma, cuyo
objeto es el bien y el fin; y respecto del medio adecuado al fin
debido, necesita el hombre disponerse directamente mediante el
hábito de la razón, ya que el deliberar y elegir, que versan
sobre los medios, son actos de la razón. Por consiguiente, es
necesario que en la razón exista alguna virtud intelectual que
la perfeccione convenientemente respecto de los medios a elegir
para la consecución del fin, y tal virtud es la prudencia. La
prudencia, pues, es una virtud necesaria para vivir bien.
Santo Tomás,
Suma Teológica I-II, cuestión 57, artículo 5