La virtud, como indica su mismo
nombre, importa una perfección de la potencia, según se ha dicho
anteriormente (a.1). De ahí que, siendo doble la potencia, a
saber, potencia para ser y potencia para obrar, tanto la
perfección de la una como la de la otra se llamen virtud. Pero
la potencia para ser responde a la materia, que es ser en
potencia, mientras que la potencia para obrar responde a la
forma, que es el principio de la operación, ya que cada cosa
obra en cuanto que es en acto.
Ahora bien, en la constitución del hombre,
el cuerpo es como la materia, mientras que el alma es como la
forma. Por parte del cuerpo, el hombre conviene con los demás
animales; y lo mismo hay que decir respecto de aquellas
facultades que son comunes al cuerpo y al alma, pues tan sólo
aquellas facultades que son propias del alma, esto es, las
racionales, son exclusivas del hombre. Por consiguiente, la
virtud humana, de la que estamos hablando, no puede pertenecer
al cuerpo, sino a lo que es exclusivamente propio del alma. En
conclusión, la virtud humana no importa orden al ser, sino más
bien a la operación y, por tanto, la virtud humana es
esencialmente un hábito operativo.
Santo Tomás,
Suma Teológica I-II, cuestión 55, artículo 3
(...) El fin de la virtud, por tratarse de un hábito operativo,
es la misma operación. Pero hay que notar que unos hábitos
operativos disponen siempre para el mal, como son los hábitos
viciosos; otros disponen unas veces para el bien y otras veces
para el mal, como la opinión, que puede ser verdadera o falsa;
la virtud, en cambio, es un hábito que dispone siempre para el
bien. Por eso, para distinguir la virtud de los hábitos que
disponen siempre para el mal, se dice por la que se vive
rectamente; y para distinguirla de aquellos otros que unas
veces inclinan al bien y otras veces al mal, se dice de la
cual nadie usa mal. (...)
Santo Tomás,
Suma Teológica I-II, cuestión 55, artículo 4
La virtud humana es un hábito que perfecciona al hombre para
obrar bien. Ahora bien, en el hombre hay un doble principio de
actos humanos, a saber, el entendimiento o razón, y el apetito,
pues éstos son los dos motores que hay en el hombre, según se
dice en el libro III De anima. Por consiguiente, es necesario
que toda virtud humana perfeccione a uno de estos principios. Si
perfecciona, pues, al entendimiento, especulativo o práctico,
para el bien obrar del hombre, será una virtud intelectual; y,
si perfecciona la parte apetitiva, será una virtud moral.
Resulta, por tanto, que toda virtud humana o es intelectual o es
moral.
Santo Tomás,
Suma Teológica I-II, cuestión 58, artículo 3