La razón es el
primer principio de todas las obras humanas. Los demás
principios que concurren a su realización obedecen de algún modo
a la razón, aunque de diversa manera. Efectivamente, unos
obedecen a la razón en total disponibilidad, sin resistencia
alguna, como ocurre con los miembros del cuerpo siempre que
estén en su vigor natural, pues al imperio de la razón, la mano
o el pie se ponen inmediatamente en movimiento, y así dice el
Filósofo, en el libro I Polit., que el alma rige al
cuerpo con imperio despótico, es decir, como el señor al
esclavo, que no tiene derecho a desobedecer. Así, pues, algunos
defendieron que todos los principios activos que existen en el
hombre obedecen de este modo a la razón. Si ello fuese verdad,
para obrar bien bastaría que la razón fuese perfecta. Y como la
virtud es el hábito que nos perfecciona para obrar bien, se
seguiría que no existiría más que en la razón y, por lo tanto,
que no existiría más virtud que la intelectual. Tal fue la
opinión de Sócrates, que dijo que todas las virtudes son
prudencias, según se dice en el libro VI Ethic.
Sostenía, en consecuencia, que el hombre de ciencia no podía
pecar, sino que todo hombre que pecaba, pecaba por ignorancia.
Pero esto procede de un falso supuesto, porque la
parte apetitiva no obedece a la razón en total disponibilidad,
sino con cierta resistencia, por lo cual dice el Filósofo que
la razón impera al apetito con dominio político, es decir,
al modo como el hombre gobierna a súbditos libres que tienen
derecho a contradecir en algunas cosas. Por eso dice San
Agustín, Super Psal., que a veces el entendimiento
señala el camino y se retarda o no sigue el afecto, hasta
tal punto, que a veces las pasiones o los hábitos de la parte
apetitiva impiden el uso de la razón en particular. Y en este
sentido es en parte verdad lo que dijo Sócrates, que existiendo
ciencia no se peca, suponiendo que esto se extienda hasta el uso
de la razón en lo elegible particular.
Así, pues, para que el hombre obre bien se
requiere no sólo que esté bien dispuesta la razón por el
hábito de la virtud intelectual, sino que también esté bien
dispuesta la facultad apetitiva por el hábito de la virtud
moral. Por consiguiente, así como se distingue el apetito de
la razón, así se distingue también la virtud moral de la
virtud intelectual. Por lo que, así como el apetito es
principio del acto humano en cuanto que participa de algún
modo de la razón, así el hábito moral es virtud humana en
cuanto que se conforma con la razón.
Santo Tomás,
Suma Teológica I-II, cuestión 58, artículo 2