Es imposible afirmar que la esencia del
alma sea su potencia, aun cuando algunos lo sostuvieron así.
Esto resulta evidente por un doble motivo. 1) Primero,
porque, como la potencia y el acto dividen el ser y
cualquier género de ser, es necesario que tanto la potencia
como el acto estén referidos al mismo género. De este modo,
si el acto no está en el género de la sustancia, la potencia
que está relacionada con dicho acto no puede estar en el
género de la sustancia. Y la operación del alma no está en
el género de la sustancia, sino sólo en Dios, cuya operación
es su sustancia. Por eso, la potencia de Dios, principio de
operación, es la misma esencia de Dios. Esto no puede ser
así ni en el alma ni en ninguna criatura, como dijimos
anteriormente al tratar de los ángeles (q.54 a.3).
2) Segundo, esto resulta imposible también
en el alma. Pues el alma, esencialmente, está en acto. Por
lo tanto, si la misma esencia del alma fuese el principio
inmediato de su operación, todo el que tiene alma estaría
siempre realizando en acto las acciones vitales, así como
quien tiene alma está vivo. Pues, en cuanto forma, un acto
no está ordenado a otro posterior, sino que es el último
término de la generación. Por eso, a lo que está en potencia
con respecto a otro acto, el estarlo no le compete por su
esencia, esto es, en cuanto forma, sino en cuanto potencia.
Así, la misma alma, en cuanto subyace a su potencia, es
llamada acto primero ordenada al acto segundo. Pero
el ser dotado de alma no siempre está llevando a cabo
acciones vitales. Por eso, en la definición de alma se dice
que es acto del cuerpo que tiene vida en potencia, y,
sin embargo, dicha potencia no excluye el alma. Por
lo tanto, hay que concluir que la esencia del alma no es su
potencia, ya que nada está en potencia con respecto a un
acto en cuanto que es acto.
Santo Tomás,
Suma
Teológica I, cuestión 77, artículo 1
Como quiera que el alma es una y las potencias muchas, y de
lo uno a lo múltiple se pasa con un cierto orden, es
necesario que entre las potencias del alma haya orden.
Entre ellas hay un triple orden. Dos, provenientes de
la dependencia de una potencia de la otra. El tercero, del
orden de los objetos. La dependencia de una potencia con
respecto a otra puede ser doble: 1) Una, según el
orden de la naturaleza, ya que las cosas perfectas, por
naturaleza son anteriores a las imperfectas. 2) Otra,
según el orden de generación y de tiempo, puesto que se pasa
de lo imperfecto a lo perfecto.
Así, pues, según el primer orden de potencias, las
potencias intelectivas son anteriores a las sensitivas; por
eso, las rigen y dirigen. Igualmente, y según este mismo
orden, las potencias sensitivas son anteriores a las
potencias del alma nutritiva. Todo lo contrario ocurre según
el segundo orden. Porque en el proceso de la generación las
potencias del alma nutritiva preceden a las del alma
sensitiva, ya que aquéllas preparan al cuerpo para las
acciones de éstas. Lo mismo hay que decir de las potencias
sensitivas con respecto a las intelectivas. Según el tercer
tipo de orden, algunas potencias guardan relación entre sí,
como la vista, el oído y el olfato. Pues por naturaleza el
primero es la vista, por ser común tanto a los cuerpos
superiores como a los inferiores. El sonido es perceptible
en el aire, y por naturaleza es anterior a la combinación de
elementos de la que se deduce el olor.
Santo Tomás,
Suma
Teológica I, cuestión 77, artículo 4
El sujeto de la potencia operativa es aquello que tiene
capacidad para obrar, pues todo accidente da nombre a su
sujeto propio. Uno mismo es el que puede obrar y el que
obra. Por eso, es necesario que la potencia pertenezca como
a sujeto a quien realiza la operación, como también dice el
Filósofo al comienzo del De Somno et Vigilia.
Es evidente, tal como dijimos anteriormente (q.75
a.2.3; q.76 a.1 ad 1), que ciertas operaciones del alma se
ejecutan sin intervención del órgano corporal. Ejemplo:
Entender y querer. De ahí que las potencias que son
principio de estas operaciones estén en el alma como en su
sujeto propio. En cambio, hay otras operaciones del alma que
se llevan a cabo por medio de los órganos corporales.
Ejemplo: Ver, por los ojos; oír, por los oídos. Lo mismo
puede decirse de todas las demás operaciones nutritivas y
sensitivas. Por lo tanto, las potencias que son principio de
tales operaciones, están en el compuesto como en su propio
sujeto, y no sólo en el alma.
Santo Tomás,
Suma
Teológica I, cuestión 77, artículo 5