Enseguida
los Doctores de la Edad Media, llamados escolásticos,
acometieron una obra magna, a saber: reunir diligentemente
las fecundas y abundantes mieses de doctrina, refundidas en
las voluminosas obras de los Santos Padres, y reunidas,
colocarlas en un solo lugar para uso y comodidad de los
venideros. Cuál sea el origen la índole y excelencia de la
ciencia escolástica, es útil aquí, Venerables hermanos,
mostrarlo más difusamente con las palabras de sapientísimo
varón, nuestro predecesor, Sixto V: «Por don divino de
Aquél, único que da el espíritu de la ciencia, de la
sabiduría y del entendimiento, y que enriquece con nuevos
beneficios a su Iglesia en las cadenas de los siglos, según
lo reclama la necesidad, y la provee de nuevos auxilios fue
hallada por nuestros santísimos mayores la teología
escolástica, la cual cultivaron y adornaron
principalísimamente dos gloriosos Doctores, el angélico
Santo Tomás y el seráfico San Buenaventura, clarísimos
Profesores de esta facultad... con ingenio excelente, asiduo
estudio, grandes trabajos y vigilias, y la legaron a la
posteridad, dispuesta óptimamente y explicada con brillantez
de muchas maneras. Y, en verdad, el conocimiento y ejercicio
de esta saludable ciencia, que fluye de las abundantísimas
fuentes de las diversas letras, Sumos Pontífices, Santos
Padres y Concilios, pudo siempre proporcionar grande auxilio
a la Iglesia, ya para entender e interpretar verdadera y
sanamente las mismas Escrituras, ya para leer y explicar más
segura y útilmente los Padres, ya para descubrir y rebatir
los varios errores y herejías; pero en estos últimos días,
en que llegaron ya los tiempos peligrosos descritos por el
Apóstol, y hombres blasfemos, soberbios, seductores, crecen
en maldad, errando e induciendo a otros a error, es en
verdad sumamente necesaria para confirmar las dogmas de la
fe católica y para refutar las herejías.»
*
Palabras son éstas que, aunque parezcan abrazar
solamente la teología escolástica, está claro que deben
entenderse también de la filosofía y sus alabanzas. Pues las
preclaras dotes que hacen tan temible a los enemigos de la
verdad la teología escolástica, como dice el mismo Pontífice
«aquella oportuna y enlazada coherencia de causas y de cosas
entre sí, aquel orden y aquella disposición como la
formación de los soldados en batalla, aquellas claras
definiciones y distinciones, aquella firmeza de los
argumentos y de las agudísimas disputas en que se distinguen
la luz de las tinieblas, lo verdadero de lo falso, las
mentiras de los herejes envueltas en muchas apariencias y
falacias, que como si se les quitase el vestido aparecen
manifiestas y desnudas»
**;
estas excelsas y admirables dotes, decimos, se derivan
únicamente del recto uso de aquella filosofía que los
maestros escolásticos, de propósito y con sabio consejo,
acostumbraron a usar frecuentemente aun en las disputas
filosóficas. Además, siendo propio y singular de los
teólogos escolásticos el haber unido la ciencia humana y
divina entre sí con estrechísimo lazo, la teología, en la
que sobresalieron, no habría obtenido tantos honores y
alabanzas de parte de los hombres si hubiesen empleado una
filosofía manca e imperfecta o ligera.
* Bulla Triumphantis, an. 1588
** Bulla Triumphantis, an. 1588
León Papa
XIII, Epístola Encíclica Aeterni Patris, Sobre la
restauración de la filosofía cristiana conforme a la
doctrina de Santo Tomás de Aquino (4 de agosto de 1879)