Por todo lo cual, un ser racional debe considerarse a
sí mismo como inteligencia (esto es, no por la parte
de sus potencias inferiores) y como perteneciente, no al
mundo sensible, sino al inteligible; por lo tanto, tiene dos
puntos de vista desde los cuales puede considerarse a sí
mismo y conocer leyes del uso de sus fuerzas y, por
consiguiente, de todas sus acciones: el primero, en
cuanto que pertenece al mundo sensible, bajo leyes naturales
(heteronomía), y el segundo, como perteneciente al
mundo inteligible, bajo leyes que, independientes de la
naturaleza, no son empíricas, sino que se fundan solamente
en la razón.
Como ser racional y, por tanto,
perteneciente al mundo inteligible, no puede el hombre
pensar nunca la causalidad de su propia voluntad sino bajo
la idea de la libertad, pues la independencia de las causas
determinantes del mundo sensible (independencia que la razón
tiene siempre que atribuirse) es libertad. Con la idea de la
libertad hállase, empero, inseparablemente unido el concepto
de autonomía, y con éste el principio universal de la
moralidad, que sirve de fundamento a la idea de todas las
acciones de seres racionales, del mismo modo que la
ley natural sirve de fundamento a todos los fenómenos.
Imanuel
Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres,
Capítulo Tercero
(Mare Nostrum Comunicación. Traducción: Manuel García
Morente)
Pero es imposible evitar esa contradicción si el
sujeto que se figura libre se piensa en el mismo sentido
o en la misma relación cuando se llama libre que cuando
se sabe sometido a la ley natural, con respecto a una y la
misma acción. Por eso es un problema imprescindible de la
filosofía especulativa el mostrar, al menos, que su engaño
respecto de la contradicción reposa en que pensamos al
hombre en muy diferente sentido y relación cuando le
llamamos libre que cuando le consideramos como pedazo de la
naturaleza, sometido a las leyes de ésta, y que ambos, no
sólo pueden muy bien compadecerse, sino que deben
pensarse también como necesariamente unidos en el
mismo sujeto; porque, si no, no podría indicarse fundamento
alguno de por qué íbamos a cargar la razón con una idea que,
si bien se une sin contradicción a otra
suficientemente establecida, sin embargo nos enreda en un
asunto por el cual la razón se ve reducida a grande
estrechez en su uso teórico. Pero es ello un deber que se
impone a la filosofía especulativa, para dejar campo libre a
la práctica. Así, pues, no es potestativo para el filósofo
levantar la aparente contradicción o dejarla intacta; pues
en este último caso queda la teoría sobre este punto, como
un bonum vacans ["bien sin dueño"],
en cuya posesión podría con razón instalarse el fatalista y
expulsar toda moral de esa propiedad poseída sin título
alguno.
(...)
El hombre que de esta suerte se considera
como inteligencia sitúase así en muy otro orden de cosas y
en una relación con fundamentos determinantes de muy otra
especie, cuando se piensa como inteligencia, dotado de una
voluntad y, por consiguiente, de causalidad, que cuando se
percibe como un fenómeno en el mundo sensible (cosa que
realmente es) y somete su causalidad a determinación externa
según leyes naturales. Pero pronto se convence de que ambas
cosas pueden ser a la vez, y aun deben serlo. Pues no hay la
menor contradicción en que una cosa en el fenómeno
(perteneciente al mundo sensible) esté sometida a ciertas
leyes, y que esa misma cosa, como cosa o ser en sí
mismo, sea independiente de las tales leyes. Mas si él
mismo debe representarse y pensarse de esa doble manera,
ello obedece, en lo que a lo primero se refiere, a la
conciencia que tiene de sí mismo cono objeto afectado por
sentidos, y en lo que a lo segundo toca, a la conciencia que
tiene de sí mismo como inteligencia, esto es, como
independiente de las impresiones sensibles en el uso de la
razón (es decir, como perteneciente al mundo inteligible).
Imanuel
Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres,
Capítulo Tercero
(Mare Nostrum Comunicación. Traducción: Manuel García
Morente)