Voluntad es una especie de causalidad de los seres
vivos, en cuanto que son racionales, y libertad sería la
propiedad de esta causalidad, por la cual puede ser eficiente,
independientemente de extrañas causas que la determinen;
así como necesidad natural es la propiedad de la
causalidad de todos los seres irracionales de ser determinados a
la actividad por el influjo de causas extrañas.
La citada definición de la libertad es
negativa y, por lo tanto, infructuosa para conocer su
esencia. Pero de ella se deriva un concepto positivo de
la misma que es tanto más rico y fructífero. El concepto de una
causalidad lleva consigo el concepto de leyes según las
cuales, por medio de algo que llamamos causa, ha de ser puesto
algo, a saber: la consecuencia. De donde resulta que la
libertad, aunque no es una propiedad de la voluntad, según leyes
naturales, no por eso carece de ley, sino que ha de ser más bien
una causalidad, según leyes inmutables, si bien de particular
especie; de otro modo, una voluntad libre sería un absurdo. La
necesidad natural era una heteronomía de las causas eficientes;
pues todo efecto no era posible sino según la ley de que alguna
otra cosa determine a la causalidad la causa eficiente. ¿Qué
puede ser, pues, la libertad de la voluntad sino autonomía, esto
es, propiedad de la voluntad de ser una ley para sí misma? Pero
la proposición: «la voluntad es, en todas las acciones, una ley
de sí misma», caracteriza tan sólo el principio de no obrar
según ninguna otra máxima que la que pueda ser objeto de sí
misma, como ley universal. Esta es justamente la fórmula del
imperativo categórico y el principio de la moralidad; así, pues,
voluntad libre y voluntad sometida a leyes morales son una y la
misma cosa.
(...)
No basta que atribuyamos libertad a
nuestra voluntad, sea por el fundamento que fuere, si no tenemos
razón suficiente para atribuirla asimismo a todos los seres
racionales. Pues como la moralidad nos sirve de ley, en cuanto
que somos seres racionales, tiene que valer también para
todos los seres racionales, y como no puede derivarse sino de la
propiedad de la libertad, tiene que ser demostrada la libertad
como propiedad de la voluntad de todos los seres racionales; no
basta, pues, exponerla en la naturaleza humana por ciertas
supuestas experiencias (aún cuando esto es en absoluto
imposible y sólo puede ser expuesta a priori), sino que
hay que demostrarla como perteneciente a la actividad de seres
racionales en general y dotados de voluntad. Digo, pues: todo
ser que no puede obrar de otra suerte que bajo la idea de la
libertad, es por eso mismo verdaderamente libre en sentido
práctico, es decir, valen para tal ser todas las leyes que están
inseparablemente unidas con la libertad, lo mismo que si su
voluntad fuese definida como libre en sí misma y por modo válido
en la filosofía teórica.(*) Ahora bien; yo sostengo que a todo
ser racional que tiene una voluntad debemos atribuirle
necesariamente también la idea de la libertad, bajo la cual
obra. Pues en tal ser pensamos una razón que es práctica, es
decir, que tiene causalidad respecto de sus objetos. Mas es
imposible pensar una razón que con su propia conciencia reciba
respecto de sus juicios una dirección cuyo impulso proceda de
alguna otra parte, pues entonces el sujeto atribuiría, no a su
razón, sino a un impulso, la determinación del Juicio. Tiene que
considerarse a sí misma como autora de sus principios,
independientemente de ajenos influjos; por consiguiente, como
razón práctica o como voluntad de un ser racional, debe
considerarse a si misma como libre; esto es, su voluntad no
puede ser voluntad propia sino bajo la idea de la libertad y,
por lo tanto, ha de atribuirse, en sentido práctico, a todos los
seres racionales.
(*) Este camino, que consiste en admitir la libertad sólo como
afirmada por los seres racionales, al realizar sus acciones,
como fundamento de ellas meramente en la idea, es
bastante para nuestro propósito y es preferible, además, porque
no obliga a demostrar la libertad también en el sentido teórico.
Pues aún cuanto este punto último quede indeciso, sin embargo,
las mismas leyes que obligarían a un ser que fuera realmente
libre valen también para un ser que no puede obrar más que
bajo la idea de su propia libertad. Podemos, pues, aquí
librarnos del peso que oprime la teoría.
Imanuel
Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres,
Capítulo Tercero
(Mare Nostrum Comunicación. Traducción: Manuel García
Morente)
Todos los hombres se piensan libres en cuanto a
la voluntad. Por eso los juicios todos recaen sobre las
acciones consideradas como hubieran debido ocurrir
aun cuando no hayan ocurrido. Sin embargo, esta
libertad no es un concepto de experiencia, y no puede serlo,
porque permanece siempre, aun cuando la experiencia muestre
lo contrario de aquellas exigencias que, bajo la suposición
de la libertad, son representadas como necesarias. Por otra
parte, es igualmente necesario que todo cuanto ocurre esté
determinado indefectiblemente por leyes naturales, y esta
necesidad natural no es tampoco un concepto de experiencia,
justamente porque en ella reside el concepto de necesidad y,
por tanto, de un conocimiento a priori. Pero este
concepto de naturaleza es confirmado por la experiencia y
debe ser inevitablemente supuesto, si ha de ser posible la
experiencia, esto es, el conocimiento de los objetos de los
sentidos, compuesto según leyes universales. Por eso la
libertad es sólo una idea de la razón, cuya realidad
objetiva es en sí misma dudosa; la naturaleza, empero, es un
concepto del entendimiento que demuestra, y
necesariamente debe demostrar, su realidad en ejemplos de la
experiencia.
De aquí nace, pues, una dialéctica de la razón,
porque, con respecto de la voluntad, la libertad que se le
atribuye parece estar en contradicción con la necesidad
natural; y en tal encrucijada, la razón, desde el punto
de vista especulativo, halla el camino de la necesidad
natural mucho más llano y practicable que el de la libertad;
pero desde el punto de vista práctico es el sendero
de la libertad el único por el cual es posible hacer uso de
la razón en nuestras acciones y omisiones; por lo cual ni la
filosofía más sutil ni la razón común del hombre pueden
nunca excluir la libertad. Hay, pues, que suponer que entre
la libertad y necesidad natural de unas y las mismas
acciones humanas no existe verdadera contradicción; porque
no cabe suprimir ni el concepto de naturaleza ni el concepto
de libertad.
Imanuel
Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres,
Capítulo Tercero
(Mare Nostrum Comunicación. Traducción: Manuel García
Morente)