Para desenvolver el concepto de una voluntad
digna de ser estimada por sí misma, de una voluntad buena
sin ningún propósito ulterior, tal como ya se encuentra en
el sano entendimiento natural, sin que necesite ser
enseñado, sino, más bien explicado, para desenvolver ese
concepto que se halla siempre en la cúspide de toda la
estimación que hacemos de nuestras acciones y que es la
condición de todo lo demás, vamos a considerar el concepto
del deber, que contiene el de una voluntad buena, si
bien bajo ciertas restricciones y obstáculos subjetivos, los
cuales, sin embargo, lejos de ocultarlo y hacerlo
incognoscible, más bien por contraste lo hacen resaltar y
aparecer con mayor claridad.
Prescindo aquí de todas aquellas acciones
conocidas ya como contrarias al deber, aunque en este o
aquel sentido puedan ser útiles; en efecto, en ellas ni
siquiera se plantea la cuestión de si pueden suceder por
deber, puesto que ocurren en contra de éste. También
dejaré a un lado las acciones que, siendo realmente
conformes al deber, no son de aquellas hacia las cuales el
hombre siente inclinación inmediatamente; pero, sin
embargo, las lleva a cabo porque otra inclinación la empuja
a ello. En efecto; en estos casos puede distinguirse muy
fácilmente si la acción confirme al deber ha sucedido por
deber o por una intención egoísta. Mucho más difícil de
notar es esa diferencia cuando la acción es conforme al
deber y el sujeto, además, tiene una inclinación
inmediata hacia ella. Por ejemplo: es desde luego
conforme al deber que el mercader no cobre más caro a un
comprador inexperto; y en los sitios donde hay mucho
comercio, el comerciante avisado y prudente no lo hace, en
efecto, sino que mantiene un precio fijo para todos en
general, de suerte que un niño puede comprar en su casa tan
bien como otro cualquiera. Así, pues, uno es servido
honradamente. Mas esto no es ni mucho menos suficiente
para creer que el mercader haya obrado así por deber, por
principios de honradez: su provecho lo exigía; mas no es
posible admitir además que el comerciante tenga una
inclinación inmediata hacia los compradores, de suerte que
por amor a ellos, por decirlo así, no haga diferencias a
ninguno en el precio. Así, pues, la acción no ha sucedido ni
por deber ni por inclinación inmediata, sino simplemente con
una intención egoísta.
En cambio, conservar cada cual su vida es
un deber, y además todos tenemos una inmediata inclinación a
hacerlo así. Mas, por eso mismo, el cuidado angustioso que
la mayor parte de los hombres pone en ello no tiene un valor
interior, y la máxima que rige ese cuidado carece de un
contenido moral. Conservan su vida conforme al deber,
sí, pero no por deber. En cambio, cuando las
adversidades y una pena sin consuelo han arrebatado a un
hombre todo el gusto por la vida, si este infeliz, con ánimo
entero y sintiendo más indignación que apocamiento o
desaliento, y aun deseando la muerte, conserva su vida, sin
amarla, sólo por deber y no por inclinación o miedo,
entonces su máxima sí tiene un contenido moral.
Ser benéfico en cuanto se puede es un
deber, pero, además, hay muchas almas tan llenas de
conmiseración, que encuentran un placer íntimo en distribuir
la alegría en torno suyo, sin que a ello les impulse ningún
movimiento (le vanidad o de provecho propio, y que pueden
regocijarse del contento de los demás, en cuanto que es su
obra. Pero yo sostengo que, en tal caso, semejantes actos,
por muy conformes que sean al deber, por muy dignos de amor
que sean, no tienen, sin embargo, un valor moral verdadero y
corren parejas con otras inclinaciones; por ejemplo, con el
afán de honras, el cual, cuando, por fortuna, se refiere a
cosas que son en realidad de general provecho, conformes al
deber y, por tanto, honrosas, merece alabanzas y estímulos,
pero no estimación; pues le falta a la máxima contenido
moral, esto es, que las tales acciones sean hechas, no por
inclinación, sino por deber.
Pero supongamos que el ánimo de ese
filántropo está envuelto en las nubes de un propio dolor,
que apaga en él toda conmiseración por la suerte del
prójimo; supongamos, además, que le queda todavía con qué
hacer el bien a otros miserables, aunque la miseria ajena no
le conmueve, porque le basta la suya para ocuparle; si
entonces, cuando ninguna inclinación le empuja a ello, sabe
desasirse de esa mortal insensibilidad y realiza la acción
benéfica sin inclinación alguna, sólo por deber, entonces y
sólo entonces posee esta acción su verdadero valor moral.
Pero hay más aún: un hombre a quien la naturaleza haya
puesto en el corazón poca simpatía; un hombre que, siendo,
por lo demás, honrado, fuese de temperamento frío e
indiferente a los dolores ajenos, acaso porque él mismo
acepta los suyos con el don peculiar de la paciencia y
fuerza de resistencia, y supone estas mismas cualidades, o
hasta las exige, igualmente en los demás; un hombre como
éste
―que
no sería de seguro el peor producto de la naturaleza―,
desprovisto de cuanto es necesario para ser un filántropo,
¿no encontraría, sin embargo, en sí mismo cierto germen
capaz de darle un valor mucho más alto que el que pueda
derivarse de un temperamento bueno? ¡Es claro que sí!
Precisamente en ello estriba el valor del carácter moral,
del carácter que, sin comparación, es el supremo: en hacer
el bien, no por inclinación, sino por deber.
Imanuel
Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres,
Capítulo Primero
(Mare Nostrum Comunicación. Traducción: Manuel García
Morente)