Los imperativos de la sagacidad coincidirían
enteramente con los de la habilidad y serían, como éstos,
analíticos, si fuera igualmente fácil dar un concepto
determinado de la felicidad. Pues aquí como allí, diríase:
el que quiere el fin, quiere también (de conformidad con la
razón, necesariamente) los únicos medios que están para ello
en su poder. Pero es una desdicha que el concepto de la
felicidad sea un concepto tan indeterminado que, aun cuando
todo hombre desea alcanzarla, nunca puede decir por modo
fijo y acorde consigo mismo lo que propiamente quiere y
desea. Y la causa de ello es que todos los elementos que
pertenecen al concepto de la felicidad son empíricos; es
decir, tienen que derivarse de la experiencia, y que, sin
embargo, para la idea de la felicidad se exige un todo
absoluto, un máximun de bienestar en mi estado actual y en
todo estado futuro. Ahora bien; es imposible que un ente, el
más perspicaz posible y al mismo tiempo el más poderoso, si
es finito, se haga un concepto determinado de lo que
propiamente quiere en este punto. ¿Quiere riqueza'? ¡Cuántos
cuidados, cuánta envidia, cuántas asechanzas no podrá
atraerse con ella! ¿,Quiere conocimiento y saber? Pero quizá
esto no llaga sino darle una visión más aguda que le
mostrará más terribles aún los males que están ahora ocultos
para él y que no puede evitar, o impondrá a sus deseos, que
ya bastante le dan que hacer, nuevas y más ardientes
necesidades. ¿Quiere una larga vida'? ¿Quién le asegura que
no ha de ser una larga miseria? ¿Quiere al menos tener
salud? Pero ¿no ha sucedido muchas veces que la flaqueza del
cuerpo le ha evitado caer en excesos que hubiera cometido de
tener una salud perfecta? Etc., etc. En suma: nadie es capaz
de determinar, por un principio, con plena certeza, qué sea
lo que le haría verdaderamente feliz, porque para tal
determinación fuera indispensable tener omnisciencia. Así,
pues, para ser feliz, no cabe obrar por principios
determinados, sino sólo por consejos empíricos: por ejemplo,
de dieta, de ahorro, de cortesía, de comedimiento, etc; la
experiencia enseña que estos consejos son los que mejor
fomentan, por término medio, el bienestar. De donde resulta
que los imperativos de la sagacidad, hablando exactamente,
no pueden mandar, esto es, exponer objetivamente ciertas
acciones como necesarias prácticamente; hay que
considerarlos más bien como consejos (consilia) que
como mandatos (praecepta) de la razón. Así, el
problema: “determinar con seguridad y universalidad qué
acción fomente la felicidad de un ser racional” es
totalmente insoluble. Por eso no es posible con respecto a
ella un imperativo que mande en sentido estricto realizar lo
que nos haga felices...”
Imanuel
Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres,
Capítulo Segundo
(Mare Nostrum Comunicación. Traducción: Manuel García
Morente)