He
aquí, pues, el límite supremo de toda investigación moral.
Pero determinarlo es de gran importancia para que la razón,
por una parte, no vaya a buscar en el mundo sensible, y por
modo perjudicial para las costumbres, el motor supremo y un
interés concebible, pero empírico, y, por otra parte, para
que no despliegue infructuosamente sus alas en el espacio,
para ella vacío, de los conceptos trascendentes, bajo el
nombre de mundo inteligible, sin avanzar un paso y
perdiéndose entre fantasmas. Por lo demás, la idea de un
mundo inteligible puro, como un conjunto de todas las
inteligencias, al que nosotros mismos pertenecernos como
seres racionales (aunque, por otra parte, al mismo tiempo
somos miembros del mundo sensible), sigue siendo una idea
utilizable y permitida para el fin de una fe racional, aun
cuando todo saber halla su término en los límites de ella; y
el magnífico ideal de un reino universal de los fines en sí (seres
racionales), al cual sólo podemos pertenecer como miembros
cuando nos conducimos cuidadosamente según máximas de la
libertad, cual si ellas fueran leyes de la naturaleza,
produce en nosotros un vivo interés por la ley moral.
Imanuel
Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres,
Capítulo Tercero
(Mare Nostrum Comunicación. Traducción: Manuel García
Morente)