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Crítica A La Idea De Substancia
Crítica de
Hume a la concepción tradicional de substancia. Consiste básicamente en mostrar que no se puede conocer
el carácter de substancia de los objetos sino sólo sus aspectos
fenoménicos.
Toda la
filosofía posterior a Aristóteles es heredera de lo que podríamos llamar
“lenguaje substancialista”, y muestra
una clara predisposición por el
típico modo
aristotélico de considerar el
mundo, modo al que tal vez induce, como más adelante señalará
Nietzsche, la estructura de nuestro propio lenguaje. La estructura
lingüística básica es la estructura sujeto-predicado, que se corresponde
con la distinción ontológica entre substancia y atributos. La
substancia es la realidad de la cual se predican los atributos. Junto
con esta característica, la concepción tradicional de la substancia
concebía a ésta como lo permanente en el conjunto de modificaciones
posibles que le podían sobrevenir a los objetos.
El racionalismo
no renuncia a esta forma de entender la realidad, ni tampoco los
empiristas Locke y Berkeley, el primero al afirmar que existen tanto
substancias físicas como substancias espirituales o mentes, y el segundo
negando las substancias físicas pero aceptando las espirituales.
Hume, llevando hasta el final lo que podríamos denominar
“criterio empirista del
conocimiento”, concluirá que la noción de substancia carece de
fundamento y negará la existencia de substancias físicas y de
substancias espirituales. Considera
que sólo es aceptable la idea que
tenga a su base una impresión y aplica este criterio al examen de
las substancias: las substancias
no son perceptibles –mejor dicho, el carácter de substancia
de las cosas no es perceptible–: tomemos el ejemplo de la supuesta
substancia "rosa"; toda la experiencia que puedo tener de una rosa se
agota en sus propiedades perceptuales o
fenoménicas: veo su color, su tamaño, su forma, los elementos
que la componen, siento la suavidad de los pétalos, la textura del
tallo, huelo su aroma, ...; pero todas estas propiedades que me ofrece
la percepción se sitúan en el nivel de los atributos y no de la
substancia. No puedo percibir nada más que propiedades del tipo de la
descritas, por lo tanto, no hay nada más que las
propiedades descritas. Si con la palabra “rosa” nos queremos referir a
una realidad distinta de la suma de las propiedades perceptuales,
entonces nuestro uso de esta palabra es ilegítimo. Con todo, podemos
utilizar dicha palabra si con ella nos referimos no a una supuesta
realidad oculta, substrato de la propiedades perceptuales, sino a la
suma de dichas propiedades, al conjunto de ideas simples reunidas por la
imaginación. Podemos utilizar términos como “rosa”, “libro”, “perro”,
“mente” si prescindimos de la interpretación substancialista y aceptamos
que son términos cómodos que utilizamos en nuestro lenguaje como
compendio de propiedades meramente perceptuales.
Resulta difícil
explicar el punto de vista de Hume, dado que nuestro lenguaje está
íntimamente vinculado con la concepción substancialista: llevado al
extremo parece defender que propiamente no hay objetos sino sucesos, no
hay cosas tales como “ceniceros”, “mesas”, “perros”, “mentes” sino
sucesos de colores, formas, movimientos, sentimientos, pensamientos,
etc. Aunque Hume no lo llega a afirmar, su punto de vista parece exigir
la reforma del lenguaje para que todas nuestras construcciones
lingüísticas sean como los impersonales “llueve”, “nieva”...
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