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Criterio Empirista De Conocimiento
Es legítima
sólo aquella idea que tenga a su base una impresión. Hume utiliza este
criterio para examinar las nociones tradicionales de la metafísica.
Aunque esta
expresión no se encuentra en la filosofía empirista clásica –Locke y
Hume– sino en la filosofía empirista del siglo XX –neopositivismo–, la
podemos utilizar para referirnos al criterio que Hume presenta para
decidir la objetividad y validez de las ideas. Cuando queremos
averiguar si una idea tiene validez objetiva (es decir, si puede formar
parte de una descripción del mundo correcta, si podemos obtener
conocimiento de la realidad a la que se refiere, y no es más bien
producto de la imaginación o del prejuicio) podemos seguir la siguiente
regla: examinemos si a la base de dicha idea se encuentra una
impresión: si encontramos una impresión que pueda corresponder a dicha
idea, entonces la idea será legítima; si no la encontramos, entonces
será ilegítima. Dicho en términos más sencillos: una idea es
legítima en el caso de que podamos tener una sensación del objeto al que
se refiere. Como se puede observar fácilmente, este criterio resume la
tesis esencial del punto de vista empirista: solo se puede conocer
aquello que se puede percibir.
Es preciso
tener en cuenta que este criterio se utiliza exclusivamente para valorar
las ideas y supuestos conocimientos que pretenden referirse a objetos
del mundo, pues no hay que olvidar que para Hume también son válidos los
conocimientos referidos a las relaciones entre las propias ideas (como
el matemático). Utilizando el criterio empirista del conocimiento,
Hume criticará gran parte de los conceptos tradicionales de la
filosofía: el concepto o idea de Dios, del alma, del yo como
substancia, de la idea de substancia, de la causalidad entendida como
vínculo necesario entre dos sucesos o dos objetos, del mundo exterior...
El siguiente
texto del final de “Investigación sobre el entendimiento humano” resume
de modo gráfico la crítica de Hume a la metafísica tradicional: “si
tomamos en nuestras manos un libro cualquiera, de teología o de
metafísica por ejemplo, preguntémonos: ¿contiene un razonamiento
abstracto relativo a una cantidad o a un número?; no. ¿Contiene un
razonamiento fundado en la experiencia, relativo a hechos prácticos o la
existencia?; no. Echadlo, pues, a las llamas ya que no puede contener
más que sofismas e ilusiones”.
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