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Argumento Ontológico
Prueba para demostrar la existencia de Dios que parte de la idea
de Dios como la de un ser absolutamente perfecto.
En lo esencial, este argumento mantiene que concebir a Dios es
casi la misma cosa que concebir que existe. Los pasos básicos de esta
prueba, tal y como la encontramos en las “Meditaciones Metafísicas”, son
los siguientes:
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todo lo que conozco clara y
distintamente como perteneciente a ese objeto, le pertenece realmente;
sé, por ejemplo, que todas las propiedades que percibo clara y
distintamente que pertenecen a un triángulo, le pertenecen realmente;
-
en la idea de Dios está comprendido
el ser absolutamente perfecto; si
revisamos la idea o noción que tenemos del Creador encontramos que lo
concebimos como un ser omnisciente, omnipotente y extremadamente perfecto
(o dicho en otros términos: si investigamos con exactitud su naturaleza,
encontramos que a ésta le pertenece la infinitud);
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Descartes considera la existencia como
una propiedad puesto que puede ser atribuida a una cosa (tesis con la que
no estará de acuerdo Kant); así, la existencia posible es una perfección
en la idea de un triángulo porque la hace más perfecta
que las ideas de todas las quimeras que no pueden ser producidas. Pero la
existencia necesaria es una
perfección aún mayor. El existir realmente hace de algo más perfecto
que el existir meramente en el pensamiento o que la mera posibilidad de
existir;
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la existencia necesaria y eterna
está comprendida en la idea de un ser absolutamente perfecto;
-
luego Dios existe.
En la idea de Dios está comprendida su
existencia del mismo modo que en la idea del triángulo está el que la suma
de los tres ángulos internos sea igual a dos rectos. Señala también que
esto no ocurre con ninguna entidad distinta a Dios: en las ideas de las
otras entidades encontramos contenida sólo la posibilidad de existencia,
no su realidad. En Dios –y sólo en Él– se encuentra en su naturaleza o
esencia la existencia necesaria.
Descartes considera que la evidencia de esta prueba es la misma que
la que tenemos de que dos es un número par, tres es un número impar y
cosas semejantes. Considera, sin embargo, que los prejuicios nos impiden
reconocer la verdad de este argumento: en todos los seres distintos a Dios
distinguimos la esencia de su existencia, y si no elevamos nuestro
espíritu de las cosas finitas y sensibles a la contemplación de Dios,
entonces podremos dudar si la idea que tenemos de Él no es como la que
tenemos de las cosas finitas. Si
atendemos sólo a las cosas sensibles nos acostumbramos a pensar en
las cosas únicamente imaginándolas, por lo que acabamos considerando que
si algo no es imaginable no es inteligible ni real, pero Dios y alma no se
ofrecen a los sentidos ni de ellos cabe, propiamente, imaginación, aunque
sí pensamiento.
Ver “pruebas para la demostración de la
existencia de Dios”.
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