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Ideas
En la filosofía platónica, las
esencias de las cosas, aunque separadas de ellas y localizadas en el Mundo
de las Ideas.
Toda la filosofía platónica gira alrededor de las términos griegos
"idéa"
(Idea), "êidos" (Idea o Forma),
"morphé" (Forma). Según Platón, todas las
cosas del mundo material han sido creadas a partir de unas formas, moldes,
arquetipos o paradigmas que denomina Ideas. No hay que confundir las ideas
en nuestro sentido ordinario ―algo así como los pensamientos o conceptos
que tenemos sobre las cosas― con las Ideas en el sentido platónico. Las
Ideas son entidades independientes de la mente humana ―aunque el hombre no
exista, ellas existen― y constituyen la auténtica realidad. Son aespaciales,
atemporales y eternas. Las cosas temporales y mutables son un
pálido reflejo de ellas. En un sentido amplio, podemos definir las Ideas
como las esencias independientes: la Idea de Belleza es la esencia de la
belleza, la Idea de Virtud la esencia de todas las acciones virtuosas, la
Idea de Cuadrado la esencia de las figuras cuadradas... pero las Ideas o
esencias no están en las cosas como una de sus partes físicas ―no están en
el mundo físico― sino fuera de ellas (eso es lo que quiere decir
"independientes"), en el Mundo Inteligible.
Idea del Bien
La Idea del Bien es la entidad más
importante de todas las entidades que pueblan el Mundo Inteligible.
El rango y funciones que Platón le otorga en su filosofía es tal que
muchos autores la han identificado con Dios. Este filósofo creyó que la
Idea del Bien tiene dos papeles fundamentales:
La consecuencia de ello es que todas las cosas ―y mucho más el hombre―
aspiran de un modo u otro al Bien. La filosofía es precisamente expresión
del afán por la comprensión definitiva de dicha idea ("la ascensión al
ser", dice Platón).
En el mito de la caverna la Idea del Bien se representa con la metáfora
del Sol.
Ver “Teoría de las Ideas” y “Universales”.
En el
siguiente texto, Platón nos presenta la Idea de Bien
como el objeto más adecuado para el alma y causa de la realidad,
perfección y verdad de las cosas. A la vez, nos ofrece la
metáfora del sol como la imagen más adecuada para ilustrar el
alto rango de esta Idea.
"Pues bien, he aquí -continué- lo que puedes decir que yo
designaba como hijo del bien, engendrado por éste a su semejanza
como algo que, en la región visible, se comporta, con respecto a
la visión y a lo visto, del mismo modo que aquél en la región
inteligible con respecto a la inteligencia y a lo aprehendido
por ella.
-¿Cómo? -dijo-. Explícamelo algo más.
-¿No sabes -dije-, con respecto a los ojos, que, cuando no se
les dirige a aquello sobre cuyos colores se extienda la luz del
sol, sino a lo que alcanzan las sombras nocturnas, ven con
dificultad y parecen casi ciegos como si no hubiera en ellos
visión clara?
-Efectivamente -dijo.
-En cambio, cuando ven perfectamente lo que el sol ilumina, se
muestra, creo yo, que esa visión existe en aquellos mismos ojos.
-¿Cómo no?
-Pues bien, considera del mismo modo lo siguiente con respecto
al alma. Cuando ésta fija su atención sobre un objeto iluminado
por la verdad y el ser, entonces lo comprende y conoce y
demuestra tener inteligencia; pero, cuando la fija en algo que
está envuelto en penumbras, que nace o perece, entonces, como no
ve bien, el alma no hace más que concebir opiniones siempre
cambiantes y parece hallarse privada de toda inteligencia.
-Tal parece, en efecto.
-Puedes, por tanto, decir que lo que proporciona la verdad a los
objetos del conocimiento y la facultad de conocer al que conoce
es la idea del bien, a la cual debes concebir como objeto del
conocimiento, pero también como causa de la ciencia y de la
verdad; y así, por muy hermosas que sean ambas cosas, el
conocimiento y la verdad, juzgarás rectamente si consideras esa
idea como otra cosa distinta y más hermosa todavía que ellas. Y,
en cuanto al conocimiento y la verdad, del mismo modo que en
aquel otro mundo se puede creer que la luz y la visión se
parecen al sol, pero no que sean el mismo sol, del mismo modo en
éste es acertado el considerar que uno y otra son semejantes al
bien, pero no lo es el tener a uno cualquiera de los dos por el
bien mismo, pues es mucho mayor todavía la consideración que se
debe a la naturaleza del bien.
-¡Qué inefable belleza -dijo- le atribuyes! Pues, siendo fuente
del conocimiento y la verdad, supera a ambos, según tú, en
hermosura. No creo, pues, que lo vayas a identificar con el
placer.
-Ten tu lengua -dije-. Pero continúa considerando su imagen de
la manera siguiente.
-¿Cómo?
-Del sol dirás, creo yo, que no sólo proporciona a las cosas que
son vistas la facultad de serlo, sino también la generación, el
crecimiento y la alimentación; sin embargo, él no es generación
.
-¿Cómo había de serlo?
-Del mismo modo puedes afirmar que a las cosas inteligibles no
sólo les adviene por otra del bien su cualidad de inteligibles,
sino también se les añaden, por obra también de aquél, el ser y
la esencia; sin embargo, el bien no es esencia, sino algo que
está todavía por encima de aquélla en cuanto a dignidad y
poder."
Platón,
República,
libro VI
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