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Fatalismo
Concepción para la cual todos los acontecimientos del mundo ocurren por
necesidad como consecuencia de una ley inexorable. En el helenismo fue
defendido por el estoicismo.
Hubo algunas excepciones como Panecio, pero todos los estoicos tuvieron un
pensamiento fatalista: todo lo que ocurre y en todos sus detalles está
determinado de antemano por el Logos o divinidad. Pero en contra de lo que
podría parecer este fatalismo no les llevó al pesimismo: básicamente
porque consideraron que la ley inexorable del Universo es providente y
busca el mejor bien del conjunto; los males particulares son necesarios
para la perfección del Universo, por lo que lo mejor es aceptar con buen
ánimo los designios y avatares de nuestras circunstancias personales. La
tesis de Panecio: “debe perecer el individuo para que exista el Todo”
expresa perfectamente esta idea de lo inevitable del mal particular para
el bien del todo. Por sus creencias fatalistas no pudieron defender la
libertad externa, la libertad entendida como capacidad para actuar y
cambiar radicalmente el mundo para acomodarlo a un fin. Sin embargo
creyeron en la libertad interior, la libertad de la conciencia personal y
de la voluntad para mantener de forma férrea la vida virtuosa. El ámbito
del espíritu es una región de la realidad a la que ningún tirano puede
llegar. El hombre verdaderamente libre es aquel que no es esclavo de sus
pasiones, aquel que reacciona de acuerdo con su racionalidad.
Una consecuencia de esta idea de destino fue su creencia en la adivinación
y la astrología.
Ver “logos espermatikós” y “Pneuma”.
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