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Epicureísmo (El JARDÍN)
Escuela filosófica preocupada principalmente por cuestiones éticas y
fundada por Epicuro. Propone la realización de la vida buena y feliz
mediante la administración inteligente de placeres y dolores, la ataraxia
y vínculos de amistad entre sus correligionarios.
En el año 306 a. C. Epicuro adquirió la finca llamada “El Jardín” en las
afueras de Atenas y fundó su escuela de filosofía. Formada tanto por
varones como por mujeres (gran novedad en las escuelas griegas), en ella
vivió aislado de la vida política y de la sociedad, practicando la amistad
y la vida estética y de conocimiento.
El objetivo de esta filosofía es (como el del resto de escuelas morales
helenísticas) el arte de la vida, la realización de una vida buena y
feliz. Para el cumplimiento de este objetivo Epicuro consideró que la
filosofía tiene una doble tarea: combatir las ideas falsas que fomentan el
miedo y el sufrimiento y crear en el sabio un estado de ánimo o talante
favorable en toda circunstancia y lugar. Entre aquellas ideas hay que
incluir fundamentalmente el miedo al dolor, el temor a la muerte, a los
dioses y al destino; la parte de la filosofía que permite resolver estas
cuestiones será la Física. La segunda tarea está en manos de la Ética.
La filosofía es para Epicuro el arte de la vida feliz. Por eso la física y
la lógica son solo medios para conseguir este fin. Divide la filosofía en
Ética (que incluye también consideraciones psicológicas o relativas al
alma), Física y Canónica (fundamentalmente lógica y teoría del
conocimiento).
Canónica: por considerarla poco útil para la vida, descuidaron esta parte
de la filosofía; la teoría del conocimiento que aceptaron fue sensualista.
Física: practicaron esta disciplina sólo en la medida en que algunas de
sus conclusiones pueden ser útiles en el mundo práctico. Defendieron el
atomismo de Demócrito, con la única novedad de su teoría del clinamen o
desviación espontánea en la trayectoria de los átomos, creencia que les
permitió defender la existencia de la libertad y rechazar el determinismo
atomista de Demócrito, a la vez que el punto de vista fatalista y
determinista de los estoicos. Rechazaron también la astrología y otras
formas de adivinación al negar el carácter divino o espiritual de los
astros. La materia es eterna. El nacer y el perecer de las cosas es debido
a la unión y separación de los átomos. Creyeron en la existencia de los
dioses y los concibieron formados por una sustancia corporal, más fina y
perfecta que la del hombre. Sin embargo, criticaron la religión popular
por su claro antropomorfismo y las creencias en las predicciones. Los
dioses, felices, inmortales, ajenos a las pasiones, incluso al amor y al
odio, viven en paz completa e indiferente al curso del mundo y de la vida
humana, y nada hay que temer de ellos.
Ética: el alma humana es mortal dado que, como todas las cosas, está
compuesta de átomos, aunque formada por los más perfectos, los redondeados
y lisos. Desaparece con la destrucción del cuerpo. No hay que temer a la
muerte pues, en primer lugar, nada se sigue tras la desaparición del
cuerpo, y, en segundo lugar, la propia experiencia de la muerte no es tal:
“el más terrible de los males, la muerte, no es nada para nosotros, pues
cuando nosotros existimos, la muerte no existe, y cuando la muerte existe,
nosotros no existimos” (Epicuro, “Carta a Meneceo”).
La Naturaleza ha puesto como objetivo de todas las acciones de los seres
vivos (incluidos los hombres) la búsqueda del placer, como lo muestra el
hecho de que de forma instintiva los niños y los animales tienden al
placer y rehuyen el dolor. El placer y el dolor son pues los motivos
fundamentales de todas las acciones de los seres vivos. El placer puro es
el bien supremo, el dolor el mal supremo.
Los placeres y sufrimientos son consecuencia de la realización o
impedimento de los apetitos. Distingue Epicuro tres clases de apetitos:
-
los
naturales y necesarios: comer, beber, alimentarse; son fáciles
de satisfacer;
-
los
naturales pero no necesarios: como los eróticos; no son
difíciles de dominar y no se necesitan para la felicidad;
-
los
que no son naturales ni necesarios; hay que rechazarlos
completamente.
Tipos de placeres: dado que el hombre está formado por cuerpo y alma habrá
dos tipos generales de placeres:
-
placeres del cuerpo: aunque considera que son los más
importantes, en el fondo su propuesta es la de renunciar a estos placeres
y buscar la carencia de dolor corporal. Existen dolores del alma y dolores
del cuerpo, pero el mal es el del dolor corporal pues el del alma es
consecuencia directa o indirecta de los dolores del cuerpo presentes o
venideros. No hay que temer el dolor corporal pues cuando es intenso e
insoportable generalmente dura poco y cuando dura más tiempo es menos
fuerte y más soportable. Cabe aliviar el dolor físico con el recuerdo de
alegrías pasadas y en casos extremos con el suicidio.
-
placeres del alma: el placer del alma es superior al placer del
cuerpo: el corporal tiene vigencia en el momento presente mientras que los
del alma son más duraderos; además, los placeres del alma pueden eliminar
o atenuar los dolores del cuerpo.
Aunque el placer es un bien y el dolor un mal, no es inteligente elegir
siempre el placer y rechazar siempre el dolor: debemos rechazar los
placeres a los que les siguen sufrimientos mayores y aceptar dolores
cuando se siguen de ello placeres mayores. Antes de obrar hay que pesar
cuidadosamente el placer o el dolor que se seguirá de ello y establecer un
balance placer-dolor. No hay que renunciar a los placeres corporales sino
ordenarlos y administrarlos de cara al bienestar físico y espiritual. La
razón representa un papel decisivo en lo que respecta a nuestra felicidad:
nos permite alcanzar el estado de total sosiego (ataraxia), de absoluta
imperturbabilidad ante todo (Epicuro lo compara con el total reposo del
mar cuando ningún viento mueve su superficie) y nos da libertad ante las
pasiones, los afectos y los apetitos. El sabio alcanza la vida buena y
feliz gracias a esta autonomía frente al dolor y los bienes exteriores, a
los amigos con los que convive y a su aislamiento respecto de lo social.
Finalmente, aunque la teoría de la virtud no tiene en esta escuela la
importancia que le da el estoicismo, también encontramos en Epicuro una
concepción y clasificación de las virtudes, aunque siempre subordinadas al
fin último que es el placer. La virtud es necesaria para la felicidad,
pero, según su filosofía, no hay que buscarla por ella misma sino porque
en su realización se halla presente el placer.
La filosofía epicúrea no tuvo etapas en las que destacados autores
aportasen planteamientos o soluciones innovadoras. A pesar de todo fue
bien acogida en el mundo romano, destacando la figura de Lucrecio (s. I a.
C.). En el Renacimiento, con el resurgir del pensamiento griego, tiene
clara influencia en algunos autores, particularmente en Lorenzo Valla (s. XV).
Ver “ataraxia”, “hedonismo” e “ideal del
sabio”.
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