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Escuela de Atenas
(detalle: Aristóteles)
Rafael - 1509-1510 |
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Virtud Intelectual
O virtud dianoética. Perfección de las facultades intelectuales del alma.
Las virtudes que le interesan a Aristóteles son las virtudes o
perfecciones del alma, y de éstas las que se refieren a la parte del alma
más típicamente humana como es la parte racional o intelectiva.
Aristóteles divide la parte racional o intelectiva en dos partes, el
intelecto y la voluntad, por lo que podremos dividir también las virtudes
en dos grandes especies: aquellas que suponen una perfección del intelecto
y aquellas que suponen una perfección de la voluntad. Llama virtudes
intelectuales o dianoéticas a la perfección de la parte intelectual de
nuestra alma. Cuando el intelecto está bien dispuesto para aquello a lo
que su naturaleza apunta, es decir para el conocimiento o posesión de la
verdad, decimos que dicho intelecto es virtuoso y bueno. Las virtudes
intelectuales perfeccionan al hombre en relación al conocimiento y la
verdad y se adquieren mediante la instrucción.
Distingue Aristóteles los siguientes tipos de conocimiento ―y por lo tanto
de virtudes intelectuales―:
Respecto del
conocimiento teórico o especulativo:
-
Epistéme o ciencia: aptitud para la demostración de las relaciones
necesarias existentes entre las cosas;
-
Noûs, intelecto o inteligencia: consiste en la habilidad para captar
intuitivamente la verdad de los primeros principios de las ciencias;
-
Sophia, sapiencia o sabiduría: capacidad para avanzar hasta los últimos
y supremos fundamentos de la verdad;
Respecto del
conocimiento práctico:
-
Tékhne o arte: habilidad para la creación y modificación de las cosas;
-
Phronesis o prudencia: consiste en saber dirigir correctamente la vida;
nos permite distinguir lo que es bueno de lo que es malo y encontrar los
medios adecuados para nuestros fines verdaderos.
Ver “saber
(tipos)” y “virtud”.
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TEXTOS DE ARISTÓTELES
Presenta Aristóteles en el siguiente texto la importancia de la
prudencia pero más aún de llevar a la práctica las
recomendaciones que la misma nos ofrece.
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Podría preguntarse asimismo para qué son útiles estas
cualidades. La sabiduría no considera nunca los medios de
hacer al hombre dichoso; porque no intenta producir nada. En
cuanto a la prudencia, posee, es cierto, estos medios, ¿pero
con qué objeto? La prudencia sin duda se aplica a lo que es
justo, a lo que es bello, y más aún a lo que es bueno para
el hombre; y esto es precisamente lo que el hombre virtuoso
debe hacer. Mas porque sepamos todas estas reglas, no somos
por eso en modo alguno más hábiles para practicarlas, si es
cierto, como hemos dicho, que las virtudes son simples
aptitudes morales. Sucede lo que con los ejercicios y
remedios que procuran al cuerpo la salud y el vigor, que no
son nada mientras no se ponen en práctica realmente, y
mientras sólo se hable de ellos como consecuencias posibles
de cierta aptitud; porque en realidad no gozamos más salud
ni somos más fuertes simplemente porque poseamos la ciencia
de la medicina y de la gimnástica. Si no basta para llamar a
un hombre prudente, que tenga conocimiento de las cosas que
constituyen la prudencia, sino que para merecer este título
debe ser prácticamente prudente, se sigue de aquí que la
prudencia de ninguna utilidad sería a los hombres que son
virtuosos, como no lo sería a los que no la poseen. En
efecto, no importa que tengan personalmente prudencia, o que
se dejen guiar por el dictamen de los que la tienen; esta
obediencia bajo la dirección de otro puede bastarnos, como,
por ejemplo, respecto de la salud; pero porque queramos
mantenernos sanos, no por eso nos ponemos a aprender la
medicina. Añádase a esto que sería muy extraño, que la
prudencia, estando por bajo de la sabiduría, fuese sin
embargo la directora y la dueña; porque la facultad activa y
productora es la que debe mandar y ordenar en cada caso
particular.
Aristóteles,
Moral a Nicómaco, Libro Sexto, X (Biblioteca Filosófica. Obras filosóficas de Aristóteles. Volumen
1. Traducción: Patricio de Azcárate)
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Edición en papel:
Historia de la Filosofía. Volumen 1: Filosofía
Griega.
Javier Echegoyen Olleta. Editorial Edinumen. |
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