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Lo Místico
Sentimiento
que aparece como consecuencia de mostrarse el mundo como un todo
limitado. Sentimiento de la finitud que nos vincula con el mundo de la
religión, los valores absolutos y Dios.
Con este
término nos referimos en castellano a ciertas experiencias en las que,
supuestamente, Dios se nos hace presente, y presente de forma directa e
inmediata. En la filosofía de Wittgenstein el concepto de lo místico no
tiene este sentido de acontecimiento extraordinario; lo común al sentido
Wittgensteiniano y al corriente es, en primer lugar, referirse a una
experiencia que no se puede transmitir adecuadamente con palabras, y, en
segundo lugar, referirse al mundo religioso; lo que le separa sería, en
primer lugar, que no es la experiencia de Dios como tal, no es una
experiencia en la que se nos muestre Dios en su aspecto propio (no es un
ver a Dios), y, en segundo lugar, que es una experiencia frecuente, es
una experiencia que muchas personas tienen. En su “Conferencia sobre
ética” describe varias vivencias que nos relacionan con lo místico:
-
“creo
que la mejor forma de describirla es decir que cuando la tengo me
asombro ante la existencia del mundo. Me siento entonces inclinado a
usar frases tales como “Qué extraordinario que las cosas existan” o “Qué
extraordinario que el mundo exista”;
-
“se
trata de lo que podríamos llamar la vivencia de sentirse
absolutamente seguro. Me refiero a aquel estado anímico en el que
nos sentimos inclinados a decir: Estoy seguro, pase lo que pase, nada
puede dañarme”.
“Cuando
hablamos de Dios y de que lo ve todo, y cuando nos arrodillamos y le
oramos, todos nuestros términos y acciones se asemejan a partes de una
gran y compleja alegoría que le representa como un ser humano de enorme
poder cuya gracia tratamos de ganarnos, etc., etc. Pero esta alegoría
describe también la experiencia a la que acabo de aludir. Porque la
primera de ellas es, según creo, exactamente aquello a lo que la gente
se refiere cuando dice que Dios ha creado el mundo; y la experiencia de
la absoluta seguridad ha sido descrita diciendo que nos sentimos seguros
en las manos de Dios. Una tercera vivencia de este tipo es la sentirse
culpable y queda también descrita por la frase: Dios condena nuestra
conducta.”
Su posición
empirista le llevó a negar la posibilidad de un acceso intelectual,
racional a dichas realidades; consideró que en el mundo están presentes
sólo los hechos, por lo que concluyó que Dios no se revela en el mundo
(“Tractatus”, 6.432) y que ningún conocimiento relativo al mundo puede
darle un sentido a éste y a la vida. Wittgenstein dedica pocas y breves
sentencias a este concepto, por lo que no es nada fácil aclarar su
sentido; de cualquier modo, los escasos textos permiten las siguientes
consideraciones:
-
lo
místico se relaciona con la religión y con el sentido último del mundo:
el objeto de lo místico es Dios y los valores éticos y estéticos
absolutos;
-
la
posición de Wittgenstein sobre esta cuestión no es la misma que la del
positivismo lógico, movimiento en el que
se suele incluir al primer Wittgenstein: el neopositivismo fue contrario
a la religión y a la metafísica, y por esta razón, cuando los filósofos
incluidos en esta corriente leyeron el “Tractatus”, desatendieron las
sentencias de esta obra en las que Wittgenstein presenta el concepto de
lo místico y destacaron sus críticas a la filosofía. Pero cada vez está
más claro que esta interpretación fue un malentendido –cuando no una
lectura interesada–, pues no parece que Wittgenstein tuviese la
intención de negar la religión o los objetos tradicionales de la
metafísica (aunque sí, y nunca hay que olvidarlo, la posibilidad de
construir un discurso con sentido de estos temas). En conversaciones
particulares se declaró creyente (incluso pensó ingresar en la vida
monástica), aunque no un creyente ordinario pues el concepto corriente
de Dios y del alma no le convencían;
-
la
experiencia mística no es una experiencia cognoscitiva sino un
sentimiento: el objeto del sentimiento
místico no se ofrece en el mundo, no es un hecho y sólo de los hechos
cabe el conocimiento; sin embargo, hay otras formas de relacionarse con
lo que hay, con lo existente, distinta a la relación cognoscitiva, y,
aunque Wittgenstein en absoluto explica en qué consiste, sugiere que
está del lado de los sentimientos: “Sentir el mundo como un todo
limitado es lo místico” (“Tractatus”, 6.45); esta experiencia es
inefable, no se puede decir, pues está más allá de los límites del
lenguaje: “¿No es ésta la razón de que los hombres que han llegado a ver
claro el sentido de la vida, después de mucho dudar, no sepan decir en
qué consiste este sentido?” (“Tractatus”, 6.521); de ahí la
recomendación última del Tractatus (7) “De lo que no se puede hablar,
mejor es callarse”;
-
aunque lo místico no se puede demostrar ni describir con el lenguaje,
existe y se muestra por sí mismo: “Hay,
ciertamente, lo inexpresable, lo que se muestra a sí mismo; esto es lo
místico” (“Tractatus”, 6.522)
-
la
experiencia de lo místico no aparece por algún dato concreto del mundo
que suscite nuestra extrañeza; en el mundo no hay otra cosa que hechos,
y los problemas a los que éstos pueden dar lugar atañen sólo a
cuestiones empíricas, por lo tanto a las ciencias; lo místico aparece
ante la contemplación del mundo como un todo; aunque Wittgenstein,
insistimos, no desarrolla esta idea, parece que se refiere a lo que
otros autores han señalado: la gratuidad completa del mundo exige la
existencia de un ser necesario, Dios: “No es lo místico cómo sea
el mundo, sino que sea el mundo.” (“Tractatus”, 6.44). “Sentir el
mundo como un todo limitado es lo místico.” ("Tractatus", 6.45).
Como muestra de
su actitud ante lo “místico” cabe recordar también las siguientes
afirmaciones de su “Diario filosófico”: “¿Qué sé sobre Dios y la
finalidad de la vida? Sé que este mundo existe. Que estoy situado en él
como mi ojo en su campo visual. Que hay en él algo problemático que
llamamos su sentido. Que ese sentido no radica en él, sino fuera de él.
Que la vida es el mundo. Que mi voluntad penetra el mundo. Que mi
voluntad es buena o mala. Que bueno y malo dependen, por tanto, de algún
modo del sentido de la vida. Que podemos llamar Dios al sentido de la
vida, esto es, al sentido del mundo. Y conectar con ello la comparación
de Dios con un padre. Pensar en el sentido de la vida es orar”. (“Diario
filosófico”, 11.6. 16). “Creer en un Dios quiere decir comprender el
sentido de la vida. Creer en un Dios quiere decir ver que con los hechos
del mundo no basta. Creer en Dios quiere decir ver que la vida tiene un
sentido.” (“Diario filosófico”, 8.7.16).
Ver “lo
trascendental”.
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