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Ser-Para-Sí
El
hombre en lo que tiene de ser humano y no de realidad cosificada: el ser
sujeto o subjetividad.
En el
hombre podemos distinguir dos niveles de ser distintos, el propiamente
humano y libre, y la parte común con los seres no humanos, la dimensión
de cosa u objeto, la existencia ya hecha; a esta última la llama Sartre “la
facticidad del para-sí” y tiene cuatro aspectos principales:
1.
el hombre es cosa, en primer
lugar, por su cuerpo; es un cuerpo entre los demás cuerpos;
2. el hombre es facticidad
por
su pasado: el pasado es la parte de nosotros que ya está hecha,
terminada, y, como tal, que no podemos modificar; en tanto que busco
realizar una meta hago mi propio ser, soy sujeto, pero en la medida en que
tengo una historia, una biografía, ya soy, tengo rasgos con los que debo
contar, que me pueden definir, soy un objeto;
3.
el hombre es cosa también
por su situación
la circunstancia concreta que nos toca vivir puede
limitar nuestras posibilidades de escoger; precisamente la libertad
aparece como un enfrentamiento con la situación, como el afán de dejarla
de lado, de superarla;
4. finalmente, y en el límite,
la muerte nos convierte definitivamente en una cosa, en algo ya fijo,
establecido; y la muerte es algo gratuito pero inevitable, está fuera de
mis posibilidades, está más allá de mi subjetividad. Con ella culmina el
absurdo de la existencia: “Es absurdo que hayamos nacido, es absurdo que
muramos”.
La
parte de nosotros que va más allá de las cosas es la subjetividad, la
conciencia. Que seamos cogito implica en la filosofía de Sartre al
menos lo siguiente:
-
que
nos relacionamos intencionalmente con las cosas: las queremos,
detestamos, conocemos, recordamos, deseamos, imaginamos...
-
que
somos conscientes de nosotros mismos: este ser conscientes al que se
refiere Sartre no es el conocimiento que de modo temático, explícito,
podemos alcanzar de nosotros mismos; en realidad, piensa Sartre, en esta
forma de captarnos a nosotros mismos nos captamos como objetos, no como
sujetos; sin embargo existe un conocimiento más básico de nuestra
subjetividad: antes de cualquier acto de reflexión o de conciencia
temática de sí mismo, la conciencia tiene cierta noticia de sí mismo (a
esta consciencia la denomina “cogito prerreflexivo” o “conciencia
no-tética de sí”): miramos un paisaje, pasa un tiempo y recordamos
haberlo mirado; cuando vivimos en este recuerdo somos conscientes de
nosotros mismos de forma temática, nuestro tema, el objeto de nuestro
conocimiento, es nuestro haber contemplado el paisaje, como en la
vivencia primera nuestro tema era el paisaje mismo; pero cuando en esta
vivencia primera nuestra atención estaba dirigida al paisaje, también,
aunque de un modo indirecto, éramos conscientes de estar mirando el
paisaje; éste ser conscientes de nosotros mismos cuando mirábamos el
paisaje es una forma de autoconciencia y es una dimensión fundamental del
“cogito prerreflexivo”. Ya desde sus primeros escritos, desde la época de
“La trascendencia del ego”, Sartre considera que esta presencia de la
conciencia a sí misma es un rasgo básico del para-sí: “el modo de
existencia de la conciencia es ser consciente de sí misma”.
El
hecho del estar presente la conciencia ante sí misma es un signo de la
existencia de una cierta dualidad o separación en el interior de la
conciencia, pues no parece posible el conocimiento de uno mismo sin una
cierta distancia. Sartre se pregunta por lo que en el interior de la
conciencia separa a ésta de sí misma y permite su presencia ante sí misma,
su ser consciente de sí. Eso que separa no puede ser ninguna cosa, es más
bien un no-ser, es la nada. Mientras que el ser-en-sí es lo lleno,
lo macizo, el ser pleno, el ser-para-sí, la conciencia, está hueca, en
ella hay un vacío, una escisión, una cierta nada. El hombre se convierte
así en el ente por el que la nada adviene al mundo. Esta nada presente
en el interior del hombre es lo que le hace ser libre, le permite
estar abierto siempre al futuro y nunca identificarse completamente con su
ser actual: “El para sí no es lo que es, y es lo que no es”.
A
partir de las reflexiones anteriores, Sartre concluye que otra dimensión
fundamental del para sí es la libertad: dado que el para-sí no es
tiene que hacerse; así, por su libertad, el hombre es su propio
fundamento. De aquí se deriva el principio característico del
existencialismo: “la existencia precede a la esencia”, “no hay una
naturaleza humana”: el hombre no tiene ser, por lo que sólo le cabe
hacerse y ser aquello que ha querido ser. La libertad absoluta del hombre
da lugar a los sentimientos de angustia, desamparo y desesperación,
sentimientos que abren la puerta a la conducta de mala fe, u ocultación de
la propia responsabilidad y muestra de la tentación de ser una mera cosa.
Como
para todos los filósofos existencialistas, la temporalidad es
también para Sartre una categoría fundamental en la comprensión de la
realidad humana; la vida humana se desenvuelve en las tres dimensiones de
la temporalidad, pasado, presente y futuro. Como doctrina de la acción,
el existencialismo señala la importancia del presente, pues sólo en el
acto encontramos realidad, pero como doctrina de la libertad acaba
otorgando al futuro la primacía en el mundo humano: es el futuro lo
que nos mueve, e incluso lo que hace inteligible mi presente, pues éste
sólo es real y tiene un sentido para mí en tanto que es un medio para
alcanzar mis fines, en tanto que es una fase para la realización de mi
proyecto.
Finalmente, en el interior del para-sí se encuentra la tensión o
disposición hacia el otro, se encuentra el para-otro. O, en términos más
sencillos: la sociabilidad humana, el necesitar de los otros hombres,
es también uno de los rasgos fundamentales del para-sí.
Ver “angustia”, “cogito”, “dialéctica de la cosificación”,
“mirada” y “ser-para-otro”.
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