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Ser-Para-Otro
Disposición
del ser-para-sí que le relaciona con los otros seres humanos.
En su conferencia
“El existencialismo es un humanismo”, Sartre rechaza varios malentendidos
a los que dio lugar su filosofía. Uno de los más importantes se refería al
hecho de que el existencialismo parecía ser una filosofía de la
subjetividad y por lo tanto, concluyeron sus críticos, de la
individualidad (del individualismo burgués, para los críticos de
izquierdas). Pero Sartre rechaza esta interpretación, y lo hace
precisamente rechazando el individualismo más radical, el solipsismo.
El solipsismo es la doctrina filosófica según la cual es indudable la
existencia de uno mismo y radicalmente dudosa e injustificable la
existencia de los otros seres, incluidas las otras personas. Si uno sigue
el camino cartesiano para el descubrimiento de una verdad indudable,
puede concluir que es indudable la existencia de la mente propia, pero a
costa de resultarle al menos problemática la existencia de los otros
seres. Sabemos que Descartes consigue superar el solipsismo con el
recurso de la existencia y bondad de Dios, que le sirve de garantía de la
creencia en la existencia de los otros objetos. Sartre acepta esta
línea de búsqueda de una verdad indudable, aunque cree innecesario
recurrir a Dios para justificar la creencia en la existencia de las otras
subjetividades: la filosofía, nos dice, debe partir de una verdad no
problemática, de una verdad indudable y ésta es el famoso “pienso luego
existo” y la subjetividad; pero considera que la idea de una
subjetividad humana encerrada en sí misma, la idea del solipsismo, carece
de sentido. El hombre posee una dimensión social, no es un ser
aislado. En la conferencia antes citada la importancia de lo social, del
“otro”, se presenta desde distintas perspectivas:
-
en primer
lugar porque toda elección debe contar con el otro; cuando elijo un
valor, este valor se presenta con carácter universal, no puedo decir que
valga solo para mí, aspira a la universalidad, de ahí que siempre nos
podamos preguntar ¿y si todo el mundo hiciese lo mismo que lo que yo
quiero hacer con mi elección?; al elegir un valor nos hacemos
legisladores universales. Toda elección compromete a la humanidad
entera, somos responsables de nosotros y de todos los hombres;
-
en la
conferencia se dice también que el cogito individual sólo tiene una
noticia de sí mismo en la medida en que el otro le capta, le valora, le
estima o detesta. Siempre contamos con el otro: necesitamos de los demás,
de sus juicios, complicidades y rechazos para ser conscientes de la
totalidad de nuestras dimensiones, para ser de un modo u otro.
Pero esta idea de
que necesitamos al otro para conformar nuestra propia identidad la
desarrolla de un modo más exhaustivo en su obra “El ser y la nada”. Sus
conclusiones son muy pesimistas: las relaciones con el otro son siempre
de conflicto o bien yo intentaré apropiarme de la libertad del otro
o bien el otro querrá hacer lo propio con mi libertad.
La existencia del
otro no es un dato cuestionable: considera que hay una experiencia en la
que el otro se nos hace presente de un modo indudable, y se nos hace
presente no como un objeto sino como un sujeto, como una subjetividad, con
su libertad, sus valoraciones, sus proyectos. La más importante
experiencia del otro es lo que Sartre llama la mirada: cuando el
otro nos mira captamos en él no a un objeto, no a un objeto del que nada
podamos temer o que pueda ser utilizado por nosotros sin consecuencias,
captamos que tras su mirada se encuentra una subjetividad. Hay un
protagonista del mirar, un ser del que se pueden esperar cosas
(complicidad, solidaridad, placer, comprensión, enfrentamiento,
obstáculos para nuestros fines...). La mirada del otro nos hace
conscientes de nosotros mismos pues el otro nos objetiva, por esto trae
consigo los sentimientos de miedo, vergüenza y orgullo: miedo ante
la posibilidad de ser instrumentalizados por el otro, vergüenza de
hacer manifiesto nuestro ser, orgullo al captarnos a nosotros
mismos como sujetos. La vergüenza es una vivencia, y como toda vivencia es
intencional, se refiere a algo, y, en este caso, a uno mismo, sentimos
vergüenza de lo que somos. En la vergüenza se da una cierta duplicidad de
protagonistas: es vergüenza de uno mismo, pero de uno mismo al ser
visto por otro, es por lo tanto una de las más importantes
expresiones de la experiencia intersubjetiva, de la experiencia o
presencia del otro.
La mirada tiene
dos dimensiones: el otro me puede mirar, pero yo le puedo mirar. Surge así
la dialéctica de las libertades, la lucha y el conflicto. Ante la
presencia del otro caben dos actitudes: o bien nos afirmamos como
sujetos y en esa afirmación nos apropiamos de la libertad del otro y
cosificamos su ser, o bien intentamos captar al otro en su libertad, en su
ser sujeto, pero a costa de perder nuestra libertad y convertirnos en
meros objetos. Sartre pone como ejemplos de conductas del segundo tipo el
amor, el lenguaje y el masoquismo y como ejemplos del
primer tipo la indiferencia, el deseo, el sadismo y
el odio De cualquiera de las dos maneras la relación entre las
subjetividades será siempre conflictiva, será una lucha entre
libertades. De aquí su pesimista conclusión “el infierno son los
otros”.
Ver “dialéctica
de la cosificación”.
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