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Mirada
Título con el que Sartre designa la presencia de la otra subjetividad ante
mi conciencia.
Sartre
considera que es un dato de experiencia la presencia del otro como
sujeto: el otro nos es presente de un modo manifiesto en la
experiencia de la mirada, que es la experiencia fundamental en la
comunicación. Cuando sentimos que alguien nos mira, sentimos que estamos
ante otra subjetividad, ante otra conciencia, no ante un mero objeto; del
otro que se nos hace presente de este modo podemos temer que se enfrente a
nuestros proyectos, a nuestra libertad; sentimos que estamos delante de un
ser con el que podemos contar, o al que nos hemos de oponer, delante de un
ser que nos valora y pone en cuestión lo que somos, lo que queremos,
nuestro ser. Es el ámbito primero que abre la puerta a la comunicación.
Fijémonos en el ejemplo que el propio Sartre presenta en “El ser y la
nada”: estamos en un hotel, vamos por el pasillo, oímos unos ruidos
extraños en una de las habitaciones, nos acercamos despacio, sin hacer
ruido, nos detenemos ante la puerta para oír mejor, miramos por el ojo de
la cerradura, espiamos; nuestra conciencia atiende a lo que ocurre en el
habitación, está dirigida a las cosas, no atendemos a nosotros mismos;
pero, de repente, sentimos que alguien nos mira, que un camarero u otro
huésped se acerca, se para a nuestra espalda y nos ve espiando. Al darnos
cuenta de que nos ven, de que nos miran, sentimos vergüenza
sentimiento que tiene dos direcciones: por un lado la
conciencia del otro, de su presencia, y no del otro como una mera cosa
más sino como un sujeto, como alguien del que se puede esperar una
conducta que nos puede comprometer; pero, a la vez, somos conscientes
de nosotros mismos, de nosotros en la situación concreta en la que vivimos.
Con este ejemplo Sartre quiere mostrar dos cosas: que nuestro conocimiento
del otro (y del otro como sujeto), no es mera conjetura, no es algo
probable, sino un dato que vivimos con evidencia; y en segundo lugar que
la presencia del otro es necesaria para nuestro propia autoconciencia,
somos conscientes de nosotros mismos en la medida en que el otro nos
valora, cuenta con nosotros, nos estima, odia, quiere, detesta... La
presencia del otro como sujeto, su mirada, tiene un valor tan importante
que sólo mediante ella se puede decir que somos conscientes de nosotros
mismos.
“Transformo para mí la frase imbécil y criminal del profeta de ustedes,
ese “pienso, luego existo” que tanto me hizo sufrir, pues “mientras más
pensaba menos me parecía ser”, y digo: “me ven, luego soy”. Ya no
tengo que soportar la responsabilidad de mi transcurrir pastoso: “el que
me ve me hace ser, soy como él me ve. Vuelvo hacia la noche mi faz nocturna
y eterna, me erijo como un desafío y digo a Dios: aquí estoy. Aquí estoy
tal y como tú me ves, tal como soy. ¿Qué puedo hacer yo? “Tú me conoces y
yo no me conozco.” ¿Qué puedo hacer sino soportarme? Y tú, “cuya mirada me
crea eternamente”, sopórtame. ¡Mateo, qué dicha y qué suplicio! Por fin me
he transformado en mí mismo. Me odian, me desprecian, me soportan, “una
presencia me sostiene en el ser para siempre”. Soy infinito e
infinitamente culpable. Pero “yo soy”. Mateo “soy”. Ante Dios y ante los
hombres, soy.” (“Los caminos de la libertad”, II)
Sartre
tiene una visión pesimista de la comunicación, para él la presencia de
otra subjetividad en mi vida es, en realidad, una intromisión; más aún,
trae consigo mi cosificación, mi dejar de ser sujeto para pasar a ser un
objeto, un instrumento del otro que me mira. Ni que decir tiene que lo
mismo ocurre en el caso inverso: mi aproximación al otro, mi mirar al
otro, nunca puede acabar en otra cosa que en el fracaso, bien por ceder
ante su subjetividad y perder la mía, bien por tratarla como cosa,
esclavizarla. Como señala Sartre “la esencia de la relación entre las
conciencias es el conflicto”.
Ver “dialéctica de la cosificación”.
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