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Contingencia
Rasgo común a
todas las cosas (incluido el hombre). Es “el estar de más”, el existir de
modo gratuito, sin que exista justificación o necesidad alguna para ello.
La noción de
contingencia no es exclusiva del pensamiento existencialista. La
encontramos, por ejemplo, en Santo Tomás. La filosofía tomista da mucha importancia a esta
noción, indicando que todas las cosas finitas son contingentes pues
constan de la composición metafísica esencia/existencia. Con esta
afirmación, Tomás de Aquino quiere señalar el radical carácter indigente
de las cosas finitas, el necesitar inevitablemente de otras cosas para
existir y para ser lo que son. Santo Tomás cree que es precisamente esta
falta de fundamento en su ser lo que exige que exista un ser necesario, al
que llama Dios. También el empirismo había señalado la contingencia, la
pura facticidad, como uno de los rasgos básicos de la realidad. Sartre
continúa la línea empirista pero destacando las consecuencias
existenciales de este hecho, la fragilidad de la existencia, la
existencia como algo gratuito, tesis que resume de un modo literario
señalando que las cosas “están de más” ( y nosotros también). La gran
diferencia entre el pensamiento tomista y el de Sartre está en que Tomás
de Aquino considera que hay algo exterior al propio mundo que le sirve a
éste de fundamento y que hace inteligible la totalidad de las cosas, les
da un sentido. Sartre, sin embargo, rechaza la noción de Dios (a la que
incluso llega a considerar absurda), se declara ateo, con lo que
radicaliza al máximo la comprensión del carácter gratuito de la
existencia. El mundo no lo ha creado ningún ser trascendente, existe
pero podría perfectamente dejar de existir, y esto se traslada a las
cosas concretas: éstas no existen como consecuencia de un supuesto plan o
proyecto de la naturaleza o de Dios, tienen existencia bruta, son así
pero perfectamente podrían ser de otro modo o no existir. Lo mismo ocurre
con el hombre: estamos “arrojados a la existencia”, nuestra presencia
en el mundo no responde a intención ni necesidad alguna, carece de
sentido, la vida es absurda, el nacimiento es absurdo, la muerte es
absurda.
Los siguientes
textos de “La náusea” resumen perfectamente la conciencia sartriana de la
contingencia, de la gratuidad de la existencia: “Éramos un montón de
existencias incómodas, embarazadas por nosotros mismos; no teníamos la
menor razón de estar allí, ni unos ni otros; cada uno de los existentes,
confuso, vagamente inquieto, se sentía de más con respecto a los otros.
De más: fue la única relación que pude establecer entre los árboles,
las verjas, los guijarros....Y yo –flojo, lánguido, obsceno,
dirigiendo, removiendo melancólicos pensamientos–, también yo estaba de
más. Afortunadamente no lo sentía, más bien lo comprendía, pero estaba
incómodo porque me daba miedo sentirlo (todavía tengo miedo, miedo de que
me atrape por la nuca y me levante como una ola). Soñaba vagamente en
suprimirme, para destruir por lo menos una de esas existencias superfluas.
Pero mi misma muerte habría estado de más. De más mi cadáver, mi sangre en
esos guijarros, entre esas plantas, en el fondo de ese jardín sonriente. Y
la carne carcomida hubiera estado de más en la tierra que la recibiese; y
mis huesos, al fin limpios, descortezados, aseados y netos como dientes,
todavía hubieran estado de más; yo estaba de más para toda la eternidad.”
“Lo esencial es la contingencia. Quiero decir que, por definición, la
existencia no es la necesidad. Existir es estar ahí, simplemente;
los existentes aparecen, se dejan encontrar, pero nunca es posible
deducirlos. Creo que hay quienes han comprendido esto. Solo que han
intentado superar esta contingencia inventando un ser necesario y causa de
sí. Pero ningún ser necesario puede explicar la existencia; la
contingencia no es una máscara, una apariencia que puede disiparse; es lo
absoluto, en consecuencia, la gratuidad perfecta. Todo es gratuito: ese
jardín, esta ciudad, yo mismo.”
Posiblemente esta
concepción de la gratuidad absoluta de la realidad, de la ausencia de
sentido, proyecto o necesidad en el mundo, es el elemento más
característico del existencialismo sartreano. De ahí que la experiencia
filosófica más importante sea la de la comprensión, no sólo intelectual
sino también vital, del absurdo de la existencia. Sartre llama “náusea”
a esta experiencia originaria del ser, y la desarrolla en diversos
escritos, pero particularmente en su novela homónima.
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