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París - 1938 |
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Ser
El ser entendido como la realidad
primordial es la vida. Ortega mantiene que, frente a ella, el ser de las
cosas es algo construido por el hombre como consecuencia de su afán por
encontrar orden en el caos.
Podemos
distinguir en la filosofía orteguiana dos conjuntos de tesis relativas al
ser y que en absoluto hay que confundir:
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las relativas al ser como realidad metafísica primordial:
si aceptamos que la metafísica tiene como objetivo el estudio de en qué
consiste ser y cuál o cuáles son los seres más importantes, la respuesta
de Ortega parece inequívoca: a la primera pregunta (¿en qué consiste
“ser”?) responde que la realidad fundamental, la realidad radical en
cuyo seno todas las demás adquieren un sentido y se hacen presentes es la
vida. No la vida en abstracto, ni la vida biológica, sino la vida como
conjunto de experiencias o vivencias que cada uno experimenta realmente. A
la segunda pregunta de la metafísica (¿cuál o cuáles son los seres
fundamentales?) responde Ortega: la vida mía y la tuya, la vida de cada
cual;
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las relativas al ser de los entes:
si cuando hablamos del ser nos referimos al ser del mundo, al ser
entendido como lo propio de las cosas, como el rasgo o los rasgos que
éstas tienen, la tesis orteguiana es compleja, pero de cualquier modo muy
distinta a la dada por la filosofía antigua y medieval y a la que
espontánea, naturalmente, cualquier persona da. La filosofía antigua y
medieval, así como la opinión espontánea o natural, es realista, considera
que las cosas son independientes del sujeto, que están allí, fuera de
nuestra mente, de nuestro hacer. Sin embargo, Ortega se acerca al
idealismo en su caracterización del ser de las cosas pues creerá que el
ser de las cosas, su sentido, es algo que depende de nosotros, de nuestro
yo. Para entender sus ideas sobre esta importantísima cuestión vamos a
seguir el Apéndice de “¿Qué
es filosofía?”: “Fuera del hombre no hay
ser. Por eso, no está ahí, antes bien para que lo haya tiene el hombre que
buscarlo. En esta busca nace, precisamente, el ser”. El ser de una
cosa no es una realidad que se encuentre tras ella, haciéndola inteligible
a pesar de sus variaciones y sus distintas manifestaciones; no es algo
existente en sí y por sí, anterior a su presencia en nuestra vida. El
ser de una cosa es un esquema intelectual. Esquema que nos orienta, y
siempre tiene que ver con lo que representa en la vida, con su “significación
intravital”.
Conviene
detenerse más en este segundo conjunto de tesis. Al igual que Nietzsche,
Ortega considera que en su aspecto originario o primordial el mundo que se
ofrece en la vida es irracional, no una totalidad de entes permanentes,
ordenados: el ámbito inmediato en el que se desenvuelve la vida, el ámbito
anterior a toda interpretación y a toda donación de sentido, es huidizo,
cambiante, inesperado, hostil, irracional; por ello emplea la metáfora del
náufrago: “Vivir es encontrarse náufrago entre las
cosas. No hay más remedio que agarrarse a ellas. Pero ellas son fluidas,
indecisas, fortuitas. De aquí que nuestra relación con las cosas sea
constitutivamente inseguridad”. Si nuestro trato con las cosas
fuese el de meros espectadores no habría problema, pero esto no es así:
nuestra vida no nos viene hecha de una vez por todas, es consustancial a
la existencia el tener que construirse a sí misma. En cada instante
tenemos que decidir cómo actuar, qué vamos a hacer; y en este decidir qué
hacer nos es fundamental conocer cómo funcionan las cosas, anticipar cómo
se van a comportar. A partir de nuestra experiencia pasada nos formamos un
concepto (un esquema, una imagen, dice Ortega en el texto citado) de la
cosa, esquema que nos pueda garantizar su comportamiento futuro. De este
modo construimos, tras el aspecto que en cada instante nos ofrecen las
cosas, la “cosa permanente, inmutable”, en suma, el ser de las cosas, su
sentido. “Cuando cree haberlo hallado sabe ya a qué
atenerse respecto a ellas, dejan de ser inseguras, indecisas, fluidas. El
mundo no es ya un océano y la vida no es ya un naufragio. Bajo sus plantas
siente la tierra firme y el universo se convierte en una arquitectura con
sus puntos cardinales, con su orden cósmico. Entonces puede el hombre
decidir con seguridad. Entonces sus decisiones tienen para él sentido y su
vida es un caminar ordenado en vez de hundirse en el caos.” El
ser de las cosas aparece cuando intentamos orientarnos en el caos
originario de la vida, y aparece porque nosotros lo construimos. De
ahí que el entendimiento sea útil, que funcione: “funciona
como en el náufrago los brazos para mantenerse a flote: pensar es un
movimiento natatorio para salvarse de la perdición en el caos. Si se
quiere insistir en la comparación dígase que el ser es la balsa que el
náufrago se construye con lo que le rodea”. El entendimiento es
útil porque con él nos orientamos en el caos originario de la existencia y
construimos un esquema del mundo gracias al cual hacemos de ese caos algo
ordenado, un cosmos. Ortega identifica estos esquemas del mundo
construidos por nuestro entendimiento con nuestras convicciones. Vivimos
gracias a nuestras convicciones. No hay vida sin interpretación del mundo
y de sí misma. El ser de las cosas es precisamente la interpretación
que hacemos de la realidad, no una supuesta entidad que se encuentre
tras los fenómenos, el ser de las cosas es una invención humana en
respuesta a una determinada situación vital.
Sin embargo, Ortega no cree caer en el idealismo:
recordamos que una constante en la filosofía
orteguiana es su afán por superar el idealismo; y en este texto se intenta
evitar la identificación con el idealismo alegando que no se trata de que
la mente construya las cosas. Al contrario, las cosas presionan sobre
nosotros y es esto precisamente lo que nos lleva a intentar construirles
un ser. “Lo
construido no son, pues, las cosas sino su ser. Esta luz que me alumbra no
es una “representación” mía sino, al revés: porque no es una
representación o idea mía sino una absoluta realidad, me esfuerzo en
construir su ser, su “idea” o “noción” en la óptica”.
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TEXTOS DE
ORTEGA Y GASSET
Ortega y Gasset reivindica la idea del
ser como lo
construido por el hombre a partir de su trato desamparado
con las cosas o mundo.
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Si
resultase que, como siempre se ha creído, tienen las cosas por sí un
ser, me parece muy difícil poder justificar que el hombre tenga
interés ninguno en ocuparse de él. Más favorable sería el caso
contrario. Pues puede acaecer que la verdad sea todo lo contrario de
lo que hasta ahora se ha supuesto: que las cosas no tienen ellas por
sí un ser, y precisamente porque no lo tienen el hombre se siente
perdido en ellas, náufrago en ellas, y no tiene más remedio que
hacerles él un ser, que inventárselo. Si así fuese, tendríamos el
más formidable vuelco de la tradición filosófica que cabe imaginar.
¡Cómo! ¿El ser -que parece significar lo que ya está ahí, lo que ya es-, consistiría en algo que hay que hacer y que por tener
irremediablemente que hacerlo es la vida del hombre tan fatigosa,
tan laboriosa, tan hacendosa? ¡Ah!, entonces ya se comprendería que
al hombre le interese el ser de las cosas, que el hombre se ocupe en
pensar sobre ellas para averiguarlo. Porque entonces el ser de las
cosas no lo tendrían ellas por sí solas, sino que surgiría
únicamente cuando un hombre se encuentra ante las cosas teniendo que
habérselas con ellas, y a este fin necesita formarse un programa de
su conducta frente a cada cosa, esto es, qué puede hacer con ella,
qué no puede hacer, qué puede esperar de ella. En efecto, yo
necesito saber a qué atenerme con respecto a las cosas de mi
circunstancia. Este es el sentido verdadero, originario del saber:
saber yo a qué atenerme. El ser de las cosas consistiría, según
esto, en la fórmula de mí atenimiento con respecto a ellas.
José Ortega y Gasset,
En torno a Galileo, Lección
VII
(Obras Completas, vol. V, Alianza Editorial) |
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© Javier Echegoyen Olleta
Edición en papel:
Historia de la Filosofía. Volumen 3: Filosofía Contemporánea. Editorial Edinumen. |
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