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París - 1938 |
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Razón Histórica
Parte de la razón vital con la que
superamos el fracaso de la razón fisico-matemática de la modernidad. Nos
permite entender al hombre mediante la comprensión de las creencias,
categorías y esquemas mentales que cada individuo, generación y cultura ha
utilizado para dar un sentido a su vida y enfrentarse al reto de la
existencia.
Ortega
repite con frecuencia que uno de los más importantes defectos de la
filosofía tradicional es su concepción substancialista de la realidad,
la idea de que lo real tiene que ser estático, que lo cambiante, en lo que
tiene de cambiante, no es del todo real. Esta forma de entender el ser ha
tenido muchas consecuencias en la historia de la filosofía y de la
cultura, una de ellas es el desarrollo en la Edad Moderna de la razón
pura y la razón matematizante. Los filósofos modernos pusieron las
mayores esperanzas en este tipo de racionalidad, creyeron que con ella
podríamos comprender y dominar el mundo pero también que con ella
podríamos entender al hombre, e incluso establecer los fundamentos morales
y políticos de una nueva época, superadora de las limitaciones que
encontraron en la Edad Media. Estos ideales típicos de la modernidad en
parte se han cumplido: se ha cumplido el ideal ilustrado del conocimiento
del mundo físico pues este tipo de racionalidad nos permite comprender –y
dominar– el mundo natural en un grado impensable en otras épocas. Pero
ha fracaso en aquello que, tal vez, era aún más importante para la
Ilustración y la Modernidad en su conjunto: el conocimiento de la
realidad humana y el descubrimiento de principios de conducta racional
que permitiesen al hombre una vida de responsabilidad, justicia y
libertad. Dicho de otro modo, Ortega, al igual Husserl, considera evidente
la existencia de una crisis en la idea de racionalidad. La
racionalidad del Racionalismo y de toda
la modernidad ha fracasado. La superación de la modernidad, tema constante
en la filosofía orteguiana, sólo es posible si superamos este concepto de
racionalidad. A Ortega le parece evidente la causa de este fracaso: las
ciencias fisico-matemáticas pueden explicar el mundo físico porque el
esquema filosófico que utiliza para entenderlo (el substancialista y
matematizante) no desvirtúa realmente el objeto por el que se pregunta: el
mundo físico es el mundo de los hechos, de las sucesiones entre hechos, en
el mundo físico encontramos substancias, naturalezas. Sin embargo el
mundo humano no es como el mundo físico, el hombre no tiene naturaleza, no
tiene un ser fijo, estático, el hombre tiene historia.
Si queremos
comprender el mundo humano tenemos que apostar por una razón
distinta a la tradicional. Ortega nos
recuerda que no propone el irracionalismo: la razón es un
instrumento legítimo pues con ella podemos alcanzar la verdad, pero
debemos entender de otro modo esta facultad. Es preciso utilizar una “razón
histórica”. Distingue Ortega dos formas de comprender una realidad: el
explicar y el entender:
-
Explicamos
una realidad cuando conseguimos
alcanzar el conocimiento de las leyes a las que se somete el
comportamiento de esa realidad. Para explicar un hecho podemos remitirnos
a las causas (a otros hechos) que lo han traído al ser, que lo han
producido, y podemos intentar captar cómo la modificación cuantitativa de
la causa provoca la modificación cuantitativa del efecto. Podemos utilizar
la descripción matemática para explicar los hechos. Esto es lo que
hace la ciencia empírica, la razón fisico-matemática.
- Entender es captar un
sentido,y
es el tipo de comprensión adecuada para el mundo humano:
el mundo humano no es un mundo de puros hechos, de hechos sin sentido. El mundo humano es el mundo del sentido. Las cosas que los hombres
hacen, sus valores, su arte, su política, sus costumbres, sus ideas
mágicas, religiosas, filosóficas, científicas, son entidades con sentido.
Incluso el mundo físico –una tormenta, por ejemplo–, puede adquirir un
sentido en su relación con el hombre: en esta relación la
tormenta es ya una manifestación de la ira de un dios, o un fenómeno
estético, o un acontecimiento necesario, expresión de un Universo racional y
ordenado, de un cosmos. ¿Qué quiere decir que un fenómeno humano, una
forma cultural, un uso social, tenga sentido? La respuesta no es fácil,
pero en su aspecto más superficial no parece que haya duda en cuanto a la
respuesta de Ortega: un fenómeno humano tiene sentido porque se incluye
en la vida humana, porque es un elemento que se hace trasparente en su
relación con las creencias, valoraciones, sentimientos, y, fundamentalmente, proyectos de un sujeto o una comunidad.
Ortega nos
dice que necesitamos una razón que sea capaz de describir los sentidos
del mundo humano, que nos permita entender la realidad humana. A la
razón pura le es imposible captar al hombre en su singularidad, en sus
realizaciones históricas, la razón pura no nos sirve; la razón
matematizante, instrumental, de las ciencias empíricas sólo puede alcanzar
el mundo de los hechos, y cuando se la aplica al mundo humano hace del
hombre y de su vida un hecho más del mundo empírico; por tanto, la
razón científico-técnica tampoco nos
sirve. Ortega propone la razón histórica: dado que
el hombre no tiene naturaleza sino que es lo que se va haciendo a lo largo de la
historia, debemos apostar por el conocimiento histórico, tanto de los
individuos concretos (estudiando su biografía), como de los
individuos de una época (estudiando
el conflicto entre
generaciones), como de toda una época; y ello tratando de
descubrir el “programa vital”, la vocación, el “destino” del individuo, la generación y la época.
Esta preocupación por el descubrimiento de otras perspectivas
vitales no es mero interés histórico, debe enriquecer
nuestra propia perspectivas mediante la asimilación
de aquellos aspectos de la vida que
otras culturas consiguieron captar y desarrollar mejor que
nosotros.
Comprender
el pasado es entenderlo, no explicarlo, por ello no puede hacerse, nos
dice Ortega, con categorías ajenas al mundo de la vida, con categorías
reduccionistas al estilo, por ejemplo, de las explicaciones del
materialismo histórico que hace de los cambios en la economía el motor de
la historia; se ha de hacer con categorías que hablen de los sentimientos,
creencias, proyectos del individuo o colectividad que queremos estudiar.
La diferencia entre individuos de distintas épocas no se refiere sólo a
diferencias entre sus creencias, son distintas también sus sensibilidades,
sus categorías mentales básicas, su “aparato mental”. El objetivo de la
razón histórica es hacernos presente al “otro” a partir de su diferencia
con nosotros. Aquí se encuentra la razón histórica con lo que Ortega
llama la antinomia de la historia, la paradoja de la historia: no
comprendemos una época si no entendemos el sentido en el que vive
instalada una colectividad, si
no nos ponemos en la perspectiva del mundo en la que ellos
vivieron; pero, a su vez, nosotros tenemos nuestra propia perspectiva,
nuestras propias verdades, ¿cómo entender la ajena?
Ver “perspectivismo”
y “razón vital”.
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TEXTOS DE
ORTEGA Y GASSET
Ortega y
Gasset creyó que respecto del mundo humano el método de
investigación que tantos éxitos ha procurado a las ciencias físicas
es inadecuado. Para dar cuenta de la vida humana es preciso captar
los sentidos en los que se desenvuelve, algo que, sin embargo, puede
procurar la "razón histórica".
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En
muchos pueblos africanos
existe el asesinato ritual del rey. Tal uso nos parece absurdo. Mas el
historiador no habrá concluido su faena mientras no nos haga entrever que
no hay tal absurdo; que, dada una cierta estructura psicológica, dada una
cierta idea del cosmos, el asesinato ritual de los reyes
es cosa tan "lógica", tan llena de buen sentido, como el sistema
parlamentario. Ésta es la antinomia de la óptica histórica. Tenemos que
distanciarnos del prójimo para hacernos cargo de que no es
como nosotros; pero a la vez necesitamos acercarnos a él para
descubrir que, no obstante, es un hombre como nosotros, que su vida emana
sentido.
José Ortega y Gasset,
Las Atlántidas (Obras Completas, vol. III, Alianza Editorial)
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© Javier Echegoyen Olleta
Edición en papel:
Historia de la Filosofía. Volumen 3: Filosofía Contemporánea. Editorial Edinumen. |
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