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   París - 1938

 
 

 

Intuición

Estado mental en el cual el objeto al que se refiere nuestro pensamiento está presente, en persona, ante nosotros. La filosofía debe descansar en intuiciones, por lo tanto en evidencias. 

     
      En “¿Qué es filosofía?” nos dice Ortega que no debemos entender por intuición nada misterioso. Con esta palabra designamos, simplemente, un cierto tipo de vivencias: aquellas en las que nos es presente el objeto al que con nuestro pensamiento nos referimos. Podemos pensar en el color naranja, y cuando vivimos en este pensamiento puede ocurrir que, además, veamos también un objeto naranja. Si lo vemos podemos decir que tenemos una intuición de dicho color. Ortega, como Descartes y Husserl, se separa de la tradición empirista, para la que sólo era posible la intuición sensible, la percepción, y considera que a nuestra mente también se le pueden ofrecer realidades de otro tipo que las sensibles, que a nuestra mente le es posible también otro tipo de intuición que la sensible. Cada modo de realidad da lugar a un modo distinto de intuición: las realidades sensibles o corporales a intuiciones sensibles, y las realidades no sensibles a intuiciones no sensibles.

      Ortega considera que la filosofía es un conocimiento que aspira a dar una teoría del mundo, y, como toda teoría debe constar de conceptos, de proposiciones trabadas unas a partir de otras. Pero los conceptos que debemos formarnos de las cosas, nuestras proposiciones a las que dan lugar nuestros conceptos, tienen que descansar en evidencias, y como la intuición es la vivencia en la que está presente la evidencia, en intuiciones. Ortega, siguiendo a Husserl, reconoce el mérito del positivismo: el positivismo estaba en lo cierto al exigir que sólo es aceptable aquello que se presente en nuestra experiencia, al rechazar toda especulación que descanse en meros conceptos y esté construida como en el aire. Es preciso plegarse a lo positivo, a lo dado. El problema es que el positivismo tenía una concepción estrecha de lo dado: como consecuencia de su dependencia del empirismo acabó identificando y limitando lo dado con lo que se ofrece a los sentidos. Hay que conservar este imperativo positivista de fidelidad a la presencia inmediata de las cosas, dice Ortega, pero sin limitar lo dado a lo que se ofrece a los sentidos pues a cada tipo de objeto le corresponde un tipo de presencia distinto:  “...la justicia y el triángulo de la pura geometría, aunque se nos presentasen en persona no podrían nunca ser sentidos, sensibles, porque justamente no son colores ni olores ni ruidos.” (“¿Qué es filosofía?”, VI). Por esta razón su lema fue “frente a positivismo parcial y limitado, positivismo absoluto”.

      La filosofía no se puede construir a partir de meros conceptos, no es, no debe ser un conocimiento basado en la deducción a partir de la comprensión de los significados de los conceptos. La filosofía tiene que plegarse a los datos que se ofrecen en nuestra experiencia, debe descansar en intuiciones, y como en la intuición se ofrece la evidencia, en evidencias. El radicalismo de la filosofía no le permite aceptar para sus frases otro modo de verdad que el de total evidencia, fundado en intuiciones adecuadas. Esta preocupación orteguiana por plegarse a las cosas mismas, por no aceptar las construcciones teóricas, las realidades que descansan en especulaciones, sino atender a lo dado y describirlo con precisión, permite incluir a Ortega en el movimiento más general que llamamos fenomenología.
 

         Ver “filosofía”.     

 

 

 

TEXTOS DE ORTEGA Y GASSET

José Ortega y Gasset tuvo una estrecha relación con la fenomenología de Edmund Husserl, al que admiró y del que en sus escritos tardíos quiso apartarse para reivindicar una noción de la subjetividad no intelectualista.


 

 

 
   
La gigantesca innovación entre ese tiempo y el nuestro ha sido la "fenomenología" de Husserl. De pronto, el mundo se cuajó y empezó a rezumar sentido por todos los poros. Los poros son las cosas, todas las cosas, la lejanas y solemnes ―Dios, los astros, los números―, lo mismo que las humildes y más próximas ―las caras de los prójimos, los trajes, los sentimientos triviales, el tintero que eleva su cotidiana monumentalidad delante del escritor. Cada una de estas cosas comenzó tranquila y resueltamente a ser lo que era, a tener un modo determinado e inalterable de ser y comportarse, a poseer una "esencia", a consistir en algo fijo o, como digo, a tener una "consistencia".
 

José Ortega y Gasset, Max Scheler. Un embriagado de esencias
(Obras Completas, vol. IV, Alianza Editorial)
     

 

 

© Javier Echegoyen Olleta
Edición en papel:
Historia de la Filosofía. Volumen 3: Filosofía Contemporánea. Editorial Edinumen.