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Dioses Conjuntos
Metáfora utilizada por Ortega para
expresar lo que consideró el mayor mérito de su filosofía: el
descubrimiento de la vida como ámbito en el que se da la correlación o
coexistencia del mundo y el yo, de la realidad y la subjetividad.
Ortega nos recuerda dos metáforas
que se han utilizado a lo largo de
la historia para representar las relaciones entre el mundo y la
subjetividad o yo, y que corresponden, respectivamente, a la tesis
realista y a la tesis idealista:
-
metáfora del sello
y la tabla de cera:
es la que mejor expresa el punto de vista del realismo,
y, por lo tanto, el del pensamiento antiguo y medieval. Según esta
metáfora el sujeto y el objeto existen independientemente el uno del
otro: aunque el sujeto o la mente no se represente el objeto, no lo
piense o vea, el objeto existe; a su vez, la mente existe aunque no
piense ni vea nada. La mente o subjetividad es
como una tabla de cera (o un papel en blanco, en la versión empirista):
en el acto de
conocimiento la realidad impresiona o deja su huella en nuestra mente,
del mismo modo que el sello deja su huella en la tabla de cera;
-
metáfora del continente y del contenido:
es la metáfora preferida por la filosofía moderna, particularmente por
el idealismo.
Para esta metáfora el mundo no existe como una realidad independiente
de la mente, el mundo es un dato que la mente encuentra dentro de sí
misma. Las cosas no vienen de fuera a la conciencia sino que son
contenidos de ella, son su ideas, pensamientos o representaciones.
Frente a estas
dos metáforas, Ortega propone una tercera en la que concentra la
superación del realismo y del idealismo y que corresponde a “la
altura de nuestro tiempo”: las relaciones entre el sujeto y el
objeto, entre el mundo y la subjetividad, entre las circunstancias y el
yo, se pueden expresar gráficamente con la metáfora de los dioses gemelos,
los “dei consentes” que nacen y mueren juntos. En la mitología
mediterránea los “dei consentes”, los
dioses conjuntos o acordes nacían, vivían y morían juntos, sus
destinos estaban entrelazados, como en el caso de Cástor y Pólux, hijos
del dios Zeus y de Leda. Como estos dioses, el mundo y la subjetividad
son inseparables, son dos caras de la misma moneda. La tradición
supeditaba el sujeto al objeto, la
modernidad el objeto al sujeto; pero ni el yo ni el mundo son seres
substanciales, ambos se encuentran en correlación: “yo
soy el que ve el mundo y el mundo es lo visto por mí”. La verdad
radical es la coexistencia, la interdependencia de mí con el mundo, por lo
tanto, la vida. Nuestros conceptos tradicionales tienden a desvirtuar
este dato radical, pues podemos estar
tentados a considerar que la coexistencia quiere decir el estar
presente una cosa, una substancia, una al lado de otra. Ortega nos exige
asumir hasta el final la idea de la
correlación: la realidad no es estática, no existe el mundo como
una substancia y la subjetividad como otra substancia. El mundo no existe
por sí mismo, con independencia de mi yo, ni mi yo como algo
independiente del mundo y vinculado con él sólo de forma accidental. El
mundo es
mundo sólo en su esencial relación con mi subjetividad, y mi subjetividad
solo es tal en su esencial relación con el mundo,
el dinamismo del mundo determina mi ser, mi mirarlo, amarlo, detestarlo;
pero a la vez, el dinamismo de mi subjetividad, su mundo sentimental, sus
creencias, su pasado, su perspectiva, determina el ser del mundo. Como
dice Ortega, esta metáfora se comprenderá cabalmente sólo cuando
sustituyamos la visión estática y substancial del ser por una visión
dinámica, actuante y relacional del ser, por una visión
perspectivística.
Ver “mundo o
circunstancia” y “superación
del idealismo”.
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