“Así, fundándome en que los sentidos nos
engañan algunas veces, quise suponer que no había cosa alguna que
fuese tal y como ellos nos la hacen imaginar; y, en vista de que hay
hombres que se engañan al razonar y comente paralogismos, aun en las
más simples materias de geometría, y juzgando que yo estaba tan
sujeto a equivocarme como cualquier otro, rechacé como falsas todas
las razones que antes había aceptado mediante demostración; y
finalmente, considerando que los mismos pensamientos que tenemos
estando despiertos pueden también ocurrírsenos cuando dormimos, sin
que en este caso ninguno de ellos sea verdadero, me resolví a fingir
que nada de lo que hasta entonces había entrado en mi mente era más
verdadero que las ilusiones de mis sueños. Pero inmediatamente
después caí en la cuenta de que, mientras de esta manera intentaba
pensar que todo era falso, era absolutamente necesario que yo, que
lo pensaba, fuese algo; y advirtiendo que esta verdad: pienso, luego
existo, era tan firme y segura que las más extravagantes
suposiciones de los escépticos eran incapaces de conmoverla, pensé
que podía aceptarla sin escrúpulo como el primer principio de la
filosofía que andaba buscando.”
Descartes, Discurso del Método, Cuarta Parte