Dr. Álvaro Cuadra R. Los silencios de Caín.
El ocaso de la intelligentsia
Resumen
En este artículo se quiere dar cuenta del ocaso de la centenaria
figura del intelectual. Al igual que la figura del poeta a fines del
siglo XIX, hoy el expulsado del Paraíso es aquella figura nacida con
Zolà y que protagonizó la cultura occidental durante gran parte del
siglo XX.
Palabras Clave: poeta, intelectual,
hiperindustria cultural.
Race de Caïn, ton supplice
Aura-t-il une fin?
Abel et Caïn. Charles Baudelaire
1.-La
sociedad de los poetas
2.- Hiperreproducibilidad: Hiperindustria Cultural
3.- Los
silencios de Caín
4.- El
ocaso de la crítica
5.-
Espectáculo y Barbarie
6.- La
intelligentsia telegénica
A fines del siglo XIX, la cultura en el ámbito
latinoamericano sufrió una gran conmoción que tuvo consecuencias
estéticas y políticas. Ángel Rama ha dado buena cuenta de ello a
propósito de Rubén Darío(1). En efecto, la irrupción del mercado transformó
el régimen de significación prevaleciente hasta 1900. Como escribe
Rama:”La repetida condena del burgués materialista en que unánimemente
coinciden los escritores del modernismo, desde los esteticistas que
acaudilla Darío —como se puede ver en su cuento “El rey burgués”—,
hasta sus objetores, poseídos de la preocupación moral o social, tanto
en la línea apostólica de Martí como en la didáctica de Rodó, responde a
la más flagrante evidencia de la nueva economía de la época finisecular:
la instauración del mercado”(2).
Es interesante destacar que la crisis finisecular que conmueve al
modernismo se traduce en el ocaso de los “poetas” como figuras
protagónicas del quehacer cultural de la época: “Producida la división
del trabajo y la instauración del mercado, el poeta hispanoamericano se
vio condenado a desaparecer. La alarma fue general. Se acumularon
centenares de testimonios denunciando esta situación y señalando el
peligro que para la vida espiritual profunda de las sociedades
hispanoamericanas comportaba la que se veía como inminente desaparición
del arte y la literatura. A los ojos de los poetas, el mundo circundante
había sido dominado por un materialismo hostil al espíritu, en lo que no
se equivocaban mucho, y si algunos confundieron la fatal quiebra de los
valores retóricos del pasado con la extinción misma de la cultura, los
más comprendieron agudamente lo que estaba ocurriendo”(3). Hagamos notar
que paralelo a este ocaso del poeta, emergía en Francia una figura
inédita, el “intelectual”. Recordemos que en 1898, Èmile Zola escribe su
famosa carta “J’Accuse” en el diario “L’Aurore”, dirigida nada menos que
al Presidente de la República, lo que le valió un proceso por difamación
y un breve exilio en Londres.
Mientras la figura histórica del poeta era degradada a la condición de
excrecencia que ya no encuentra sitio en una sociedad burguesa
mercantilizada(4), el intelectual ligado a los medios de comunicación
comienza su camino para convertirse en la “conciencia moral” de su
sociedad. El nuevo régimen de significación ya no podía otorgarle al
poeta dignidad alguna, quizás fue Baudelaire uno de los primeros en
advertir este fenómeno cuarenta años antes en París(5). Ante el
advenimiento de una nueva configuración económico–cultural que se
convertirá en pocas décadas en la naciente “industria cultural”, es
decir ante un nuevo modo de producir, distribuir y consumir los bienes
simbólicos, la única posibilidad para los poetas fue la de convertirse
en intelectuales.
Mientras la analogía del poeta y el anarquista lo volvía un personaje
peligroso e indeseable, muy difícil de vindicar; el intelectual ligado a
los libros de ideas como dispositivos de una gran industria editorial de
gran tiraje, emergía como un “líder de opinión” y, en el límite, como
“ideólogo” en una sociedad de masas convulsionada por revoluciones de
distinto sello. El lugar del intelectual era discutido entre fascistas,
marxistas y liberales, pero pocos se atrevían a negarle su espacio y
dignidad.
En la actualidad, hay muchos que anuncian el fin de los intelectuales(6). De
hecho, podemos constatar a diario que el nuevo “sentido común” ya no
viene de ilustrados “líderes de opinión” sino de los medios de
comunicación y sus “estrellas”. Este nuevo estado de cosas remite, por
cierto, a una reconfiguración cultural que en toda su radicalidad
implica un nuevo régimen de significación: la hiperindustrialización de
la cultura.
Antes de caracterizar la encrucijada en que se
encuentra la figura del intelectual, se hace indispensable introducir
algunas distinciones teóricas a la escena comunicacional contemporánea.
Entre las muchas acepciones que puede tener la noción de “cultura”, está
ciertamente, aquella de índole comunicacional. En efecto, la cultura
puede ser entendida en cuanto una cierta configuración o régimen de
significación que estatuye límites y posibilidades en dos sentidos: en
primer lugar, toda cultura genera un modo de producir, distribuir y
consumir bienes simbólicos, es decir, toda cultura posee una dimensión
“económico – cultural”. En segundo lugar, y no menos importante, los
límites y posibilidades de un cierto régimen de significación trazan el
horizonte de “lo concebible”, esto es, las posibilidades del imaginario
social, tanto desde una dimensión perceptual como cognitiva. Así,
entonces, la cultura en tanto régimen de significación no sólo atañe a
la dimensión objetiva del fenómeno sino también a la dimensión
subjetiva.
Entre los primeros en advertir las mutaciones que traía consigo la
industrialización de las comunicaciones se destaca la figura de Adorno,
quien acuñó el concepto de “industria cultural”, para hacer evidente la
producción seriada de bienes simbólicos. Por su parte Walter Benjamin
mostró con nitidez las implicancias del nuevo modo de significación, en
cuanto una abolición del modo de existencia aureático de las obras y la
subsecuente transformación del “sensorium” bajo la experiencia del “shock”.
El diagnóstico de los frankfurtianos bien merece ser revisado a más de
cinco décadas, pues hoy resulta claro que a la reproducción mecánica
advertida por Benjamin se suma la hiperreproducción digital, devenida
una practica social de bajo coste y sin pérdida de señal. Este panorama
crea en los hechos las condiciones de posibilidad para una
hiperindustrialización de la cultura, esto es, la expansión de una red
capilar, abierta y horizontal, que permite una comunicación no
centralizada al modo “broadcast” sino el acceso de todos a todos(7).
La hiperindustria cultural, dirigida a públicos hipermasivos, es capaz
de crear una sincronización plena entre los flujos temporales de
conciencia y los flujos massmediáticos audiovisuales, transformando con
ello la cardinalidad y temporalidad del imaginario social contemporáneo.
El plañidero reclamo ilustrado ante la actual cultura de masas inmersa
en las coordenadas de las sociedades de consumo, pretende instituir el
momento de la reflexión y la convicción frente a un mundo de flujos
orientado hacia la seducción, convirtiéndose en mera nostalgia ante un
capitalismo libidinal cuyo epicentro no es sino el deseo.
La figura del intelectual nacido en una época en que el “sensorium”
estuvo marcado por un régimen cuya configuración básica fue la
“grafósfera” como matriz mental, se encuentra ahora en una encrucijada
compleja ante el nuevo mundo de la videósfera, nuevo modo de percibir,
conocer y pensar.
No olvidemos que el intelectual es la exaltación del individuo
privilegiado, aquel sujeto de las sociedades burguesas que por sus
virtudes y conocimientos era capaz de iluminar a las masas. El
intelectual es el autor, la “auctoritas”, el propietario y origen de un
discurso. Tal figura es impensable en un mundo plebeyo mas igualitario.
El “homo aequalis” instituido como “usuario” o “consumidor” no es
compatible con la noción de intelectual. Así, tanto la nueva división
del trabajo, como una cultura igualitaria y consumista ligada
genéticamente al espectáculo, no admite ni necesita intelectuales(8).
Si hace un siglo, la figura de Caín se encarnó en el
poeta que no encontró su lugar en las sociedades burguesas
finiseculares, hoy en día el “expulsado del Paraíso” es el intelectual.
Nuestra hipótesis apunta a un doble movimiento, por una parte, una
transformación del régimen de significación en los albores del siglo XXI,
esto es, una mutación simultanea de la dimensión económica cultural como
de los modos de significación que excluye la figura histórica del
intelectual. Pero, al mismo tiempo, el fenómeno posee un alcance
político no menor: la extinción del pensamiento crítico. Así, entonces,
el mentado “silencio de los intelectuales” remite tanto a una
“revolución cultural” derivada de la convergencia tecnocientífica
logística, y de telecomunicaciones que ha transformado los “códigos de
equivalencia” de una cultura planetarizada, como a una hegemonía
política de los flujos de capital devenido significantes digitalizados.
Asistimos a la paradoja en la cual pareciera que los intelectuales han
enmudecido, precisamente, en el momento histórico en que se multiplican
las “buenas causas” que bien merecen una reflexión seria: degradación de
la biosfera, empobrecimiento de los medios de comunicación social,
extensión global de la violencia y pauperización acelerada de gran parte
de la humanidad. Como afirma Subirats: “Definir este cambio histórico es
una tarea compleja… Pero podemos formularlo provisionalmente a partir de
tres constituyentes que definen la crisis civilizatoria de nuestro
tiempo: primero, la destrucción de la biosfera; segundo, la eliminación
de las memorias culturales; por último, el nihilismo, el principio ético
y epistemológico autodestructivo que alimenta nuestro presente
histórico” (9).
Si el presente representa ya un descalabro planetario nunca antes visto,
las previsiones para el futuro inmediato resultan apocalípticas: “La
perspectiva sobre el futuro que arrojan estos cuadros sociales es
simplemente aterradora. Presupone que una fracción creciente de la
humanidad tiene que ser excluida del derecho a la supervivencia, ya sea
en términos monetarios, sometiéndoles a políticas corruptas y economías
de expolio, o bien bajo las restricciones, cada día más extremadas, al
acceso social de los recursos naturales más elementales, como agua,
tierra y aire no contaminados. El principio de esta exclusión ya ha sido
formulado por las políticas y las élites de las grandes corporaciones y
organizaciones militares mundiales a lo largo del 2003. Y se ha hecho
precisamente en los foros y las cumbres de las Naciones Unidas”(10).
Frente a esta verdadera distopía convertida por la hiperindustria
cultural en imágenes cotidianas, la figura del intelectual se encuentra
sintomáticamente ausente. Tal parece que su ausencia es condición de
posibilidad para que la pesadilla siga adelante, esto es lo que piensa
nuestro autor cuando señala: “Este proceso de regresión cultural no
podría tener lugar sin una condición preliminar: el silencio de los
intelectuales bajo cualquiera de sus manifestaciones, ya sean artísticas
o académicas, periodísticas o literarias”(11).
Este silencio de los intelectuales no obedece, desde luego, a la
“voluntad” del estamento académico o artístico. Se trata más bien de una
mutación del régimen de significación que acompaña un proceso todavía
mayor cual es la nueva configuración del capital a escala global. Como
denuncia Subirats:” Lo que quiero denunciar es más bien que este artista
o intelectual ha sido aislado y trasformado, y en última instancia
eliminado a través de las normas de la industria cultural y de la
reconfiguración de la vida académica bajo las categoría corporativas de
departamentalización y profesionalidad” (12).
La conclusión de Subirats es apasionada y rotunda: “Bajo la primacía
absoluta de la ficcionalización de lo real y de la reducción de la
cultura a entertainment se han eliminado las voces y las tradiciones
intelectuales más lúcidas del siglo XX como si no fueran otra cosa que
un deliro superfluo”(13).
Se advierte en nuestro pensador un cierto talante “ilustrado” que al
igual que Adorno, desconfía de los medios masivos y del entertainment,
reponiendo en cierto modo un debate de los años sesenta(14). Nos interesa
destacar, sin embargo, la primera afirmación en torno a una
“ficcionalización de lo real”. Efectivamente, la hiperindustrialización
de la cultura logra una sincronización plena entre los flujos temporales
de conciencia y los flujos massmediáticos, produciendo una
“ficcionalización de lo real”, modo oblicuo de afirmar que los medios de
comunicación han alcanzado la capacidad para fabricar el presente
histórico. Esta capacidad ya no se afinca en la escritura como sistema
retencional sino en la digitalización audiovisual.
Cualquiera sea la envergadura de la pesadilla en que
estemos inmersos, es innegable que ésta se nos ofrecerá como una
virtualidad HD (High Definition). Nada de este virtuosismo tecnológico,
empero, le resta urgencia y legitimidad al reclamo del filósofo: “La
alegre banalización y la subsiguiente abdicación de las tradiciones
críticas en las culturas de cuatro continentes, la insolidaridad con las
resistencias y protestas sociales en nombre de la superación de los
sujetos históricos, y la celebración de la cultura como espectáculo han
enmudecido a esa intelligentsia tachada frente a lo que hoy se exhibe
obscenamente como sus últimas consecuencias: la trivialidad de la guerra
como videojuego, la deconstrucción estadística de la democracia como
performance, y una devastación de ecosistemas, comunidades humanas y
culturas de magnitudes incontrolables bajo el espectáculo global de
paraísos comodificados y una arcaica impasibilidad social(15).
El ocaso de la figura del intelectual es un proceso histórico y cultural
en curso, derivado de una acelerada hiperindustrialización de la
cultura. No obstante, el reclamo de Eduardo Subirats encuentra su
asidero en algo todavía más profundo: no se trata del fin del
“pensamiento” sino más bien del ocaso de un cierto “pensamiento
crítico”. Así, un proceso histórico y cultural es, al mismo tiempo, un
proceso político.
La situación es inquietante, pues a fines del siglo XIX, la figura del
poeta se desplazó hacia la del intelectual, lo que le garantizó cierta
dignidad en las nuevas coordenadas económico culturales. Recordemos que,
finalmente, los poetas de fines del siglo XIX lograron instalarse en las
nuevas coordenadas culturales, transformándose en intelectuales. Como
escribe Rama: ”Pero había un modo oblicuo por el cual los poetas habrían
de entrar al mercado, hasta devenir parte indispensable de su
funcionamiento, sin tener que negarse a sí mismos por entero. Si no
ingresan en cuanto poetas, lo harán en cuanto intelectuales. La ley de
la oferta y la demanda, que es el instrumento de manejo del mercado, se
aplicará también a ellos haciendo que en su mayoría devengan
periodistas. En efecto, la generación modernista fue también la
brillante generación de los periodistas, a veces llamados a la francesa
“chroniqueurs”, encargados de una gama intermedia entre la mera
información y el artículo doctrinario o editorial, a saber: notas
amenas, comentario de las actualidades, crónicas sociales, crítica de
espectáculos teatrales y circenses, eventualmente comentario de libros,
perfiles de personajes célebres o artistas, muchas descripciones de
viaje de conformidad con la recién descubierta pasión por el vasto
mundo. Cronistas específicamente fueron Gómez Carrillo y Vargas Vila,
pero también lo fueron Gutiérrez Nájera y Julián del Casal, y, sobre
todo, los dos mayores: Martí y Darío”(16).
La situación en la actualidad es muy otra: el intelectual no encuentra
un locus al cual pudiera desplazarse. Las categorías de “experto” o
“consultor”, así como la de “académico” requieren no sólo de una alta
especialización sino que exigen las más de las veces una mirada
pretendidamente “científica y objetiva”, esto es, “despolitizada”. Por
lo demás, el campo laboral de los “expertos” y “consultores” está
constituido por gobiernos, corporaciones u organismos multinacionales
cuyos intereses están predeterminados. Por otra parte, el espacio
universitario no sólo se ha profesionalizado sino que además se ha
privatizado, al punto de convertir los centros de estudios superiores en
verdaderos “Think Tanks” de gobiernos y empresas transnacionales. En las
actuales circunstancias, cualquier reivindicación de la tradición
crítica supone la exclusión de los circuitos legitimados. Así como el
poeta fue degradado hacia fines del siglo XIX a la condición de
anarquista y peligroso; hoy, el pensamiento crítico y con ello la figura
del intelectual es degradado a la condición de lo marginal y lo
excéntrico, cuando no, a cómplice de la violencia y el terrorismo. El
intelectual de tradición crítica carga con la marca de Caín y es, en el
mejor de los casos, un molesto diletante muy lejano de aquella
“conciencia moral” de otrora. La nueva “conciencia moral” está ahora
instalada en los medios hipermasivos que transmiten en tiempo real la
historia pasada, presente y futura de la humanidad.
La figura del intelectual ha quedado atrapada en un
doble movimiento, que como una telaraña se expande por el mundo entero.
Primero: El mismo desarrollo de la industria cultural que catapultó a
los intelectuales hasta los años setenta, hoy los sepulta al desplazar
su “lenguaje de equivalencia” desde la escritura al audiovisual
digitalizado en red. La hiperindustrialización de la cultura, forma
contemporánea de los flujos simbólicos hipermasivos, hipermediales y
anclados a la estética del “shock”, deja fuera el pensamiento
deliberativo – reflexivo - critico inherente al ejercicio escritural y
toda forma de actividad intelectual. Segundo: La caída del muro como
exteriorización de una crisis mayúscula de los metarrealatos de la
modernidad y de sus excesos, ha creado las condiciones de posibilidad
para un nuevo “ethos”, sea que le llamemos postmodernidad,
hipermodernidad o postcomunismo.
El nuevo “ethos” entraña, que duda cabe, serios riesgos políticos, pues
tal como ha señalado Eagleton: “El pensamiento postmoderno del fin – de
- la - historia no nos augura un futuro muy diferente del presente, una
imagen a la que ve, extrañamente, como motivo de celebración. Pero hay
en realidad un futuro posible entre otros, y su nombre es fascismo. La
gran prueba del postmodernismo o, por lo que importa, de toda otra
doctrina política, es cómo zafar de esto. Pero su relativismo cultural y
su convencionalismo moral, su escepticismo, pragmatismo y localismo, su
disgusto por las ideas de solidaridad y organización disciplinada, su
falta de una teoría adecuada de la participación política: todo eso pesa
fuertemente contra él”(17). Bastará tener en mente la llamada “Global War”,
o Guerra Global contra el terrorismo, que supone un estado de guerra
permanente, difusa y que compromete al planeta en su totalidad. Una
guerra, por cierto, que supera el “complejo militar industrial” de
mediados del siglo XX e inaugura el “complejo militar mediático”. Lo
mediático y lo militar son dos componentes fundamentales que nos traen a
la mente el concepto de “fascismo”. Como escribe Subirats: “Bajo esta
doble constelación el nuevo poder mediático y militar global ha creado
aquella misma condición objetiva elemental bajo la que Walter Benjamin o
Pier Paolo Pasolini definieron el fascismo moderno: el estado general de
impotencia de una humanidad disminuida a la función de espectador y
consumidor de su propia destrucción”(18).
Desde otra perspectiva, este nuevo “ethos” cultural excluye la figura
del intelectual como artífice de nuevas ideas. El nuevo estatuto del
saber y la imaginación teórica se ha tornado “perfomativo” e
interdisciplinario(19). Hoy son los equipos de “expertos” los que generan
“nuevas jugadas” en la pragmática del saber(20). Aclaremos que cuando
afirmamos el ocaso de la figura histórica del intelectual, nos referimos
a aquello que Walzer denomina “crítico social” cuando escribe: “Sin duda
las sociedades no se critican a sí mismas: los críticos sociales son
individuos, pero también son la mayor parte del tiempo, miembros que
hablan en público a otros miembros que se incorporan al habla y cuyo
discurso constituye una reflexión colectiva sobre las condiciones de la
vida colectiva”(21).
La extinción de los intelectuales ha generado un
vacío que es llenado a diario por los medios de comunicación. Son ellos
los encargados no sólo de regular el registro y el tono de los grandes
temas sino de proponer a su público hipermasivo el repertorio de tópicos
que merece nuestra atención. El lugar de la convicción que alguna vez
ocupó el docto intelectual ha sido barrido del imaginario contemporáneo
por el lugar de la seducción propio del comentarista u “opinólogo”(22).
El opinólogo, inédita “Physiologie” del siglo XXI, se distingue del
intelectual en cuanto se trata de un animal televisivo y telegénico,
espacio en que se legitima al emitir opinión. El opinólogo es el cúlmen
del “homo aequalis”, no hay distancia respecto de su público hipermasivo.
Esta nueva figura no apela a episteme alguno, su saber se instala en el
“sentido común” que no reconoce límites. Su discurso plebeyo contornea
el imaginario de las masas, desde lo sentimental y melodramático a la
opinión política promedio. Lejos de cualquier relación asimétrica, el
opinólogo encarna y expresa la “Vox Populi”, la dimensión cotidiana y
obvia de la existencia. En las antípodas del intelectual, el opinólogo
habita el mundo audiovisual, pariente lejano del comediante, el orador y
el “clown”.
Con todo, cuando algún intelectual entra al mundo mediático, lo hace al
precio de travestirse en una figura televisiva, sea como comentarista u
opinólogo. Es más, la figura del intelectual es caricaturizada por los
clichés de la farándula: un personaje excéntrico, gris, opaco y denso
que habla un lenguaje incomprensible. El pensamiento y el saber sólo son
valorados en cuanto productivos y utilitarios, basta revisar las
expectativas educacionales de los padres para sus retoños.
Al comenzar este siglo XXI vemos periclitar la figura centenaria del
intelectual como exteriorización de una mutación mucho más profunda.
Asistimos al ocaso de aquella “ciudad letrada” descrita por Ángel Rama
en su obra homónima y al advenimiento de la “ciudad virtual”. Los
áulicos espacios de nuestras bibliotecas van cediendo poco a poco a las
bases de datos que se multiplican en la red. Es ya un lugar común
denunciar cómo las seductoras pantallas digitales y sus derivados van
desplazando a los libros y a la lectura.
El siglo XXI es el siglo del bullicio, vivimos la saturación de imágenes
y sonidos, nuestras metrópolis están inundadas de mercancías, ruido,
luces y pancartas digitales. Pero, paradojalmente, éste es el tiempo en
que las ideas radicalmente nuevas y creativas se han tornado más escasas
que nunca. En ese sentido, este es también un tiempo de censuras y
silencios.
Santiago de Chile, octubre
2007.-
__________
NOTAS
(1) Rama, Ángel, “Los poetas modernistas en el
mercado económico” in Rubén Darío y el Modernismo, España, Alfadil
Ediciones, Colección Trópicos, 1995, pp. 35-79.
(2)
Op. Cit. 35
(3)Op. Cit. 37
(4)
En las últimas décadas del XIX y comienzos del XX, en ese período
propiamente modernista que se cierra en 1910, no sólo es evidente que no
hay sitio para el poeta en la sociedad utilitaria que se ha instaurado,
sino que ésta, al regirse por el criterio de economía y el uso racional
de todos sus elementos para los fines productivos que se traza, debe
destruir la antigua dignidad que le otorgara el patriciado al poeta y
vilipendiarlo como una excrecencia social peligrosa. Ser poeta pasó a
constituir una vergüenza. La imagen que de él se construyó en el uso
público fue la del vagabundo, la del insocial, la del hombre entregado
a borracheras y orgías, la del neurasténico y desequilibrado, la del
droguista, la del esteta delicado e incapaz, en una palabra —y es la más
fea del momento— la del improductivo. Quienes más contribuyeron a crear
esta imagen fueron, porque no pueden ser otros, intelectuales, en
especial los críticos tradicionalistas, verdaderos ideólogos de esta
lucha contra el poeta que orienta la burguesía hispanoamericana, porque
no distinguía mucho entre el peligro de un hombre dedicado a la poesía y
el de un anarquista con su bomba en la mano. Op. Cit 38
(5)
Véase el clásico estudio de Walter Benjamin:
Benjamin, W. El país del segundo Imperio en Baudelaire in
Poesía y
Capitalismo. Madrid. Taurus.1988
(6)
Véase Debray, R. Muerte de un centenario: el intelectual:
www.elpais.es/opinion
3 junio 2001.
(7)
Para una exposición detallada de este punto, véase:
Cuadra, A. La obra de arte en la época de su hiperreproducibilidad
digital in Walter Benjamín Research Syndicate. London.
2007 (En Torre de Babel Ediciones)
(8)
En el Chile actual, por cierto, la videósfera ha desplazado la figura
del intelectual por los rostros rutilantes de la estrellas. En las
producciones massmediáticas ya nadie se ocupa del autor (auctoritas)
sino de la superestrella; incluso el libro como difusor de ideas entra
en crisis, produciendo un doble efecto: se expanden los públicos para
las nuevas ideas, pero la vigencia de éstas es cada vez más efímera. La
nueva Ciudad Virtual es una sociedad más bien de flujos y no de
stocks:
el intelectual clásico ha sido una construcción histórica que sucumbe
ante el glamour digitalizado de los massmedia. La televisión instala un
nuevo sentido común, pues como afirma Beatriz Sarlo: Hoy, el sentido
común se teje con ideas que, literalmente, caen del cielo. La televisión
es una de las filosofías del sentido común contemporáneo. El gran
sacerdote electrónico habla frente a su pueblo y ambos, sacerdote y
pueblo, se influyen: la televisión escucha los deseos de su público y
responde a ellos; el público descubre que sus deseos son bastante
parecidos a los que le propone la televisión.
Véase:
Sarlo, Beatriz. Todo es televisión in Instantáneas. Buenos Aires. Ariel.
1995: 113-195
(9)
Subirats, Eduardo. Violencia y civilización. Madrid. Losada. 2006: 143
(10)
Op Cit. 139
(11) Op. Cit. 165
(12)
Op. Cit. 166
(13)
Ibid
(14)
Estamos pensando, por cierto, en el clásico de Eco:
Eco, U. Apocalípticos e integrados. Barcelona. Editorial Lumen. 1995. (Bompiani
1965).
(15)
Subirats.Op.Cit. 167
(16)
Rama. Op. Cit. 160
(17)
Eagleton,Terry. Las ilusiones del postmodernismo. Paidós. Buenos Aires.
1998:197
(18)
Subirats. Op. Cit 163
(19)
Seguimos en este punto las interesantes tesis de Lyotard.
Lyotard, J.F. La condición postmoderna. B.Aires. REI. 1987
(20)
En un mundo como el que hemos descrito, la figura del “maestro” o
“profesor” resulta problemática, cuando no agónica. Si los sistemas
nemotécnicos de producción de retenciones terciarias, y con ello del
imaginario contemporáneo, lograron abolir la figura del “intelectual” al
estilo de Zolá, el nuevo estatuto del saber pone en crisis al
“profesor”: “...la deslegitimación y el dominio de la performatividad
son el toque de agonía de la era del Profesor: éste no es más competente
que las redes de memoria para transmitir el saber establecido, y no es
más competente que los equipos interdisciplinarios para imaginar nuevas
jugadas o nuevos juegos”. Véase Lyotard. Op.Cit. 98
(21)
Walzer, Michael. Interpretación y crítica social. Bs. Aires. Ediciones
Nueva Vision. 1993: 39
(22)
Si otrora fueron los “publicistas” y luego los “comentaristas” y
“expertos”, los que se ocupaban de tópicos específicos: comentario
político, económico, artístico, entre muchos. Hoy, en una sociedad
hipermediatizada, la voz del opinólogo adquiere relevancia por dos
razones: primero, el opinólogo habita el mismo “sentido común “de la
tele audiencia, su relación es horizontal, creando una inmediatez
psíquica y social con su público. El buen opinólogo no es ni más
instruido ni más perspicaz que su público, es un igual: habla como la
mayoría, piensa como la mayoría, actúa como la mayoría. Segundo, la
mayoría de los auditores de medios en una hipercultura de masas se
aproxima, como hemos señalado, a una cierta cultura internacional
popular, pero, dirigida precisamente por las grandes coordenadas del
consumo mediático y suntuario. En este sentido, se trata de una masa
cuyos estereotipos vienen desde el universo hipermediático de manera
vertical y no desde las profundidades antropológicas y folklóricas de la
cultura popular clásica. La hipercultura de masas es más plebeya que
popular. El opinólogo es, pues, no sólo telegénico sino el “alter
televisivo” de una masa plebeya.
Cuadra, A. Hiperindustria cultural e-book in
www.labrechadigital.org |