Dr. Álvaro Cuadra R. Los modelos comunicacionales en la era digital
Resumen
Este artículo se propone discutir la pertinencia de algunos modelos vigentes en
los estudios comunicacionales frente a un mundo en que los acelerados cambios
tecnocientíficos han transformado el sistema mnemotécnico a escala planetaria.
Palabras Clave: logocentrismo, modelo, memoria.
1.-Los modelos comunicacionales
2.- Comunicación y memoria: el usuario
3.- Referencialidad: contextos y transcontextos
4.- Complejidad, convergencia e
interdisciplinariedad
Una de las paradojas teóricas de nuestro tiempo, radica en el hecho de que junto
a las grandes mutaciones tecnocientíficas que redefinen el fenómeno de la
comunicación, los modelos que pretenden explicarlo son de inspiración
logocéntrico y literaria. Este déficit teórico ha sido advertido por autores
como Jameson(1), por ejemplo. Es claro que este desajuste es un peso a la hora de
pensar lo comunicacional, pues como muy bien nos lo recuerda Vilches: “El nuevo
orden social y cultural que ha comenzado a instalarse en el siglo XXI obligará a
revisar las teorías de la recepción y de la mediación que ponen el acento en
conceptos como identidad cultural, resistencia de los espectadores, hibridación
cultural, etc. La nueva realidad de migraciones de las empresas de
telecomunicaciones hacen cada vez más difícil sostener los discursos de
integración de las audiencias con su realidad nacional y cultural(2).
El fenómeno comunicacional ya no resulta aprehensible desde los modelos al uso,
pues éstos, como todo constructo teórico es un producto histórico. De hecho, la
noción misma de “modelo”(3) es histórica en cuanto ha sido definida en diversos
momentos del desarrollo epistemológico de las ciencias sociales. Hoy se entiende
por modelo, toda estructura funcionalmente semejante e isomorfa respecto del
fenómeno estudiado: habría que decir entonces que los modelos actuales ya no son
funcionalmente semejantes ni isomorfos respecto del fenómeno comunicacional tal
como se verifica hoy.
De un modo u otro, hoy se anuncia el advenimiento de una nueva civilización
cuyas vigas maestras no son sino la comunicación y el consumo(4). Lo comunicacional
emerge así como uno de los ejes en cualquier consideración en torno a la
sociedad y la cultura, lo que se ha traducido en las ciencias humanas en el
llamado “giro lingüístico”. Así, la lingüística se convirtió en ciencia pionera
de la antropología primero y de todas las ciencias sociales, más tarde(5). Sin
embargo, tal preeminencia de lo comunicacional ha sido, en rigor, una
preeminencia logocéntrica. Este diagnóstico se hace evidente en la tradición
francesa, donde se verifica una estrecha relación de los aportes
estructuralistas y la lingüística de Ferdinand de Saussure. Lo mismo, empero,
puede detectarse en los desarrollos de Austin(6) en la llamada filosofía del
lenguaje, y los aportes ulteriores, pone de manifiesto su raigambre pragmática
lingüística en la taxonomía de los speech acts(7). La langue y la
parole han sido
las categorías fundamentales de cualquier reflexión en torno a la comunicación
humana.
Tomaremos como modelos de referencia dos aportes teórico comunicacionales
relativamente recientes, a saber: el llamado modelo lingüístico de Roman
Jakobson(8) y la Teoría de la Acción Comunicativa de Jürgen Habermas(9). Ambos modelos
señalan lo que a nuestro entender han sido los vectores para pensar la
comunicación: Los modelos psicogenéticos y las teorías comunicativas
sociogenéticas.
Nuestra hipótesis de trabajo se instala en un nuevo vector para pensar el
fenómeno comunicacional: una teoría comunicacional en red de índole
tecnogenética. Con ello queremos subrayar el papel constitutivo de la tekhné en
la fenomenología comunicacional. Sostenemos que la actual convergencia
tecnocientífica, tanto logística como de transmisión, ha transformado no sólo
los códigos y lenguajes de la comunicación sino el fenómeno mismo de la
comunicación, en su dimensión psíquica y social.
Se impone una advertencia: no nos anima ninguna tentación “mediológica”(10), ni
mucho menos un paradigma sistémico performativo. Desde un punto de vista
teórico, nuestro horizonte es menos ambicioso, queremos describir el papel cada
vez más preponderante de las tecnologías en el ámbito comunicacional, al punto
de transformar las dimensiones propiamente psicogenéticas del fenómeno así como
las prácticas e interacciones sociales asociadas a él.
En el modelo comunicacional de Jakobson, la noción de “memoria” aparece de modo
tácito asociado al código lingüístico(11). Se trata, por cierto de una memoria
inmanente al hablante, es decir, al psiquismo humano. Tanto es así que la
“langue” se define en la lingüística descriptiva como de naturaleza psíquica,
mientras que el habla se entiende como de naturaleza psicofísica. La memoria a
la que remite Jakobson es, en última instancia, una memoria psíquica.
Hagamos notar que la oposición entre “paradigma” y “sintagma” remite a una
concepción mecánica en cuanto un “archivo” o “kardex” clasificatorio permitiría
la selección y elaboración de secuencias lineales o cadenas que se despliegan
temporalmente. Ha sido esta concepción la que de un modo u otro ha inspirado los
desarrollos posteriores en las nuevas teorías o gramáticas textuales hasta el
presente. Si bien constituyó un invaluable punto de partida, en la actualidad
resulta más que problemático pensar los “hipermedios” desde esta matriz.
En el modelo comunicacional de Habermas, hay por lo menos tres condiciones de
posibilidad para la comunicación, estas son: el lebenswelt o mundo de la vida,
la cultura toda y el lenguaje. De algún modo, se extiende la noción básica de
código, ya no basta el saber de diccionario, es decir el conjunto de
competencias lingüísticas sino que es imprescindible considerar el saber
enciclopédico, esto es, las competencias histórico culturales que hacen posible
la interacción. El portador de este saber es, desde luego, un “actor social”
capaz de ejecutar actos comunicativos. Este actor social es pues el portador de
una memoria lingüística y cultural, una memoria psíquica que se expresa
socialmente mediante un tramado de acciones comunicativas cuyo fundamento se
encuentra en el habla. La memoria psíquica se actualiza como habla, es decir
como realidad psicofísica que redunda en actos de habla. Estos actos bien pueden
ser de carácter dramatúrgico, normativo o conversacional, según sea el nivel de
referencialidad al que remitan. Así, las acciones dramatúrgicas remiten al mundo
subjetivo, las acciones normativas al mundo social y las conversaciones al mundo
objetivo.
La memoria en el modelo comunicacional de Habermas posee dos dimensiones: por
una parte, es memoria psíquica inmanente al lenguaje y por otra, es cultura, es
decir “registro”: psíquica y social al mismo tiempo. La comunicación en este
modelo se concibe como un juego constante de actos de habla. Así entonces, lo
social queda definido como todo acto mediado por el lenguaje. El lenguaje, a su
vez, es memoria psíquica y condición de cualquier forma de memoria social.
Sea que concibamos al “emisor” como origen y fuente de carácter humano o como
“actor” en un tramado de juegos de lenguaje, la memoria aparece como una
facultad humana inmanente al psiquismo. Tal concepción aparece problemática a la
hora de pensar la comunicación en red.
Lo primero que llama la atención es la mutación que sufre el supuesto sujeto de
la comunicación que ha devenido, hoy por hoy, “usuario”. Esta noción sólo es
concebible como una función de sistema red, es decir, parte constitutiva de una
red de flujos interactivos y multidireccionales(12). Usuario quiere decir “ser parte
activa de” la red, sea como emisor, sea como receptor, sea como actor o como
mero espectador. Como nuevos Ulises del siglo XXI, los “internautas” navegan por
este océano virtual, siendo red, un modo oblicuo de decir: siendo, “nadie”.
Cualquier modelo comunicacional en red debe hacerse cargo del usuario-nodo,
portador no sólo de una memoria psíquica y social sino que de una tecno–memoria propia de su entorno. Esta nueva
mnemotecnología existe hace más de
medio siglo y se llama, en concreto, disco duro y ha modificado radicalmente la
logística de las comunicaciones, es decir su capacidad de almacenamiento,
mediante los así llamados ”sistemas retencionales terciarios”. Cada disco de una
PC es el reservorio tecnológico de una memoria potencial extendida al conjunto
de usuarios a nivel planetario. Es evidente que no todas las memorias son de
libre acceso, no obstante, el conjunto de datos almacenados en cada disco es, en
rigor, una memoria red que puede actualizarse en algún momento. Existe, no
obstante, una red especializada en la función logística, son aquellos nodos que
ofrecen diversas Bases de Datos, sea bajo la forma de bibliotecas virtuales u
otras.
El usuario, en cuanto dispositivo funcional del sistema red no sólo lo es en
cuanto nodo interactivo en una red de telecomunicaciones sino también en cuanto
reserva de datos. Esta realidad se ha tornado más evidente con la irrupción de
los llamados blogs. Así, la noción de usuario es el eje de cualquier examen
informático o telecomunicacional (véase figura 1)

La “memoria local” (A’), contenida en un equipo-usuario (A) resulta ser un
sistema retencional terciario de dos dimensiones: un código base (código
binario) y un repertorio de lenguajes que incluye escritura alfanumérica,
imágenes fijas, imágenes en movimiento y sonido. Las posibilidades de lenguaje
están condicionadas por la “inteligencia” del equipo, mientras que las
posibilidades de comunicación están condicionadas por la calidad de la conexión
a la red de telecomunicaciones. Hagamos notar que si bien la “inteligencia” del
equipo es propia del PC, ésta es patrimonio de la red en cuanto ella hace
posible los “lenguajes de equivalencia”, es decir la transmisibilidad
(emisión/recepción) y traducibilidad de los mensajes. En pocas palabras, la
“memoria local” no es sino una manifestación de la memoria red, desde todo punto
de vista ésta ha sido concebida como un “caso” de la memoria red. Por ello, un
Modelo Comunicacional en Red, sólo es concebible como una totalidad multipolar
de nodos integrados entre los cuales se verifican los flujos mensaje, como
paquetes de información, según los códigos y lenguajes patrimonio de la red.
En el modelo lingüístico de Jakobson, se entiende el contexto comunicacional
como el asunto, tema del que trata un mensaje dado(13). Se asocia a la
función
referencial en cuanto uso denotativo y cognitivo del lenguaje. Todo mensaje
porta, por tanto su referencia. El referente es el objeto extralingüístico que
se quiere designar. Es claro que la asociación entre significado y referencia es
bastante opaca, al punto de que algunos autores redefinen la referencia como un
“contenido cultural”(14).
El modelo de la acción comunicativa, discrimina con mayor sutileza los diversos
niveles de referencia posibles. En este punto el modelo apela a las tesis de
Kart Popper y Jarvie, proponiendo tres mundos de referencia: el mundo subjetivo,
el mundo social y el mundo objetivo. De manera tal que los distintos actos de
habla van a actualizar, estatuyendo su validez. Por ejemplo, los “actos de habla
representativos”, aquellos susceptibles de ser verdaderos o falsos, adquieren
legitimidad en el mundo objetivo, estatuyendo su pretensión de validez en la
“verdad”, es decir en la conformidad o disconformidad de un enunciado respecto a
la referencia.
Las nuevas condiciones creadas por un nuevo sistema mnemotécnico en red ponen en
cuestión la noción misma de referencialidad. Basta pensar en entidades virtuales
metafísicamente substantivadas, sea que los llamemos simulacros o realidades
virtuales(15). En el contexto histórico y cultural de la hiperreproducibilidad
digital y, por ende, de una hiperindustrialización de la cultura, la
videomorfización ha hecho posible la irrupción de imágenes anopticas y
arreferenciales que, no obstante, constituyen contenidos culturales hipermasivos.
La noción de referencialidad o contexto es desplazada por la noción de
“transcontextos virtuales”, esto es: constructos digitales que operan como
dispositivos en el espacio comunicacional. Al igual que el arte de las
vanguardias, la virtualidad emancipa al signo del lastre referencial, sin
embargo, tal emancipación no constituye la abolición de los contenidos
culturales.
La cultura en red que adviene con el presente siglo ya no establece una relación
entre una serie sígnica y una serie fáctica admitida como real. Estaríamos más
bien ante una serie sígnica relativamente autónoma respecto de cualquier
realidad. Los transcontextos virtuales se instalan más allá del devenir,
entendido como calendariedad y cardinalidad: estamos ante un espacio ahistórico
y desterritorializado. El actual estadio de nuestro desarrollo cultural escinde
la serie sígnica, es decir el universo de los discursos, de la serie fáctica,
entendida como devenir.
La desestabilización de los sistemas retencionales tiene como consecuencia una
mutación en nuestra relación con los signos, una alteración de nuestra
concepción básica del espacio y del tiempo y una crisis profunda de nuestra
noción de representación. En suma, asistimos a la más radical revolución de
nuestro régimen de significación, tanto en su dimensión económico-cultural como
en los modos de significación(16).
Este fenómeno tiene impensadas consecuencias en el mundo contemporáneo.
Pensemos, por ejemplo, en los verosímiles hipermediáticos que construyen héroes
y villanos alrededor del mundo, justificando o condenando guerras por doquier.
Pareciera que habitamos, ineluctablemente, realidades transcontextuales, sin
poder inteligir jamás contextos. Esta desrealización de lo real opera a
diferentes niveles y escalas, desde la intimidad de la vida cotidiana,
programada por la publicidad, hasta nuestros comportamientos y concepciones
frente a fenómenos planetarios, programado por una hiperindustria cultural. Esta
suerte de neocolonialismo mediático representa una regresión política y moral de
la humanidad, cuyo amenazante horizonte no podría ser sino la desestabilización
de lo que hemos llamado cultura, acaso la antesala a la barbarie.
Al considerar el protagonismo de las comunicaciones, tanto en el campo teórico
de las ciencias sociales como en el decurso histórico de la llamada “sociedad de
la información”, tanto mayor parece el desafío por revisar algunos modelos y
conceptos cristalizados por la tradición académica hasta hoy.
Los modelos vigentes hoy en los estudios comunicacionales muestran sus
deficiencias al ser contrastados con una serie de fenómenos inéditos que
irrumpen gracias a un acelerado sistema mnemotecnológico de base tecnocientífica
inherente al tardocapitalismo mundializado.
En la era de una hiperindustrialización de la cultura, en que la
hiperreproducibilidad digital se ha tornado en una práctica social generalizada,
los fenómenos comunicacionales adquieren un nivel de complejidad y alcance
inimaginable hace algunas décadas.
Las nociones básicas como “usuario” o “hipermedia”, son apenas los primeros
términos de un léxico que se incorpora día a día al uso cotidiano. La cuestión
central es, pues, hacer de dicha terminología un reticulado categorial que nos
permita pensar el fenómeno comunicacional en el presente siglo.
Durante el siglo XX, algunos pensadores heterodoxos ya abrieron caminos. En
efecto, se ha producido una aproximación entre ciertos estudios teóricos del
signo y los creadores de la tecnología digital. Como muy certeramente nos
advierte Landow: “Cuando los diseñadores de programas informáticos examinan las
páginas de Glas o de Of Grammatology (De la gramatología), se encuentran con un
Derrida digitalizado e hipertextual; y, cuando los teóricos literarios hojean
Literary Machines, se encuentran con un Nelson posestructuralista o
desconstruccionista. Estos encuentros chocantes pueden darse porque durante las
últimas décadas han ido convergiendo dos campos del saber, aparentemente sin
conexión alguna: la teoría de la literatura y el hipertexto informático. Las
declaraciones de los teóricos en literatura y del hipertexto han ido
convergiendo en un grado notable. Trabajando a menudo, aunque no siempre, en
completo desconocimiento unos de otros, los pensadores de ambos campos nos dan
indicaciones que nos guían, en medio de los importantes cambios que están
ocurriendo, hasta el episteme contemporáneo. Me atrevería a decir que se está
produciendo un cambio de paradigma en los escritos de Jacques Derrida y de
Theodor Nelson, y los de Roland Barthes y de Andries van Dam. Supongo que al
menos un nombre de cada pareja le resultará desconocido al lector. Los que
trabajan en el campo de los ordenadores conocerán bien las ideas de Nelson y de
van Dam; y los que se dedican a la teoría cultural estarán familiarizados con
las ideas de Derrida y de Barthes Los cuatro, como otros muchos especialistas en
hipertexto y teoría cultural, postulan que deben abandonarse los actuales
sistemas conceptuales basados en nociones como centro, margen, jerarquía y
linealidad y sustituirlos por otras de multilinealidad, nodos, nexos y redes”(17).
La convergencia entre los enfoques psicogenéticos, sociogenéticos y
tecnogenéticos da cuenta del papel constitutivo de la tekhné, ya no como una
mera reificación sino como sustrato de la conciencia contemporánea. De este
modo, el espacio fenoménico de la comunicación se abre a la complejidad
antropológica que trae consigo la era digital.
Los nuevos horizontes de comprensión de lo comunicacional no sólo se abren a la
multiplicidad de culturas sino a las inteligencias no humanas. Estos horizontes
plantean nuevas exigencias a la imaginación teórica, acaso una nueva episteme.
Las teorías y modelos comunicacionales en la era digital no podrían ser sino
teorías y modelos convergentes e interdisciplinarios, otra manera de nombrar la
complejidad.
Santiago de Chile, septiembre de 2007
__________
NOTAS
(1) En el momento histórico en que se produce la
irrupción de lo mediático, es justamente el momento en que lo literario,
el logocentrismo, se convierte en el paradigma teórico e
ideológico dominante en los estudios socio – comunicacionales.
Enfrentamos, pues, un déficit teórico – conceptual para dar cuenta de
esta nueva cultura que emerge. En este contexto, adquieren inusitada
relevancia las categorías, todavía precarias y generales, como por
ejemplo: videósfera, flujos, virtualización entre
muchas otras, que desde su opacidad remiten a un proceso de construcción
metalingüística que recién comienza.
Cuadra, A. De la ciudad letrada a la ciudad
virtual. Santiago. LOM. 2004: 76
Véase, F. Jameson. “El surrealismo si
inconsciente”. Teoría de la postmodernidad. Madrid. Ed.
Trotta. 1996: p.97 y ss.
(2) Vilches, L. La migración
digital. Barcelona. Gedisa. 2001: 29
(3) Tanto la noción de modelo que propone Julia
Kristeva como tarea a realizar por la semiótica, como la de simulacro de
la que habla Roland Barthes, nos lleva a plantearnos esta ciencia desde
el punto de vista de su formalización. Según estos semiólogos, esta
nueva ciencia se encargaría de elaborar constructos, sistemas formales
cuya estructura mantendría un isomorfismo con el sistema que se está
estudiando. Este simulacro o modelo representaría un nivel de
axiomatización de los diversos sistemas significativos. Así, el nivel de
formalización sería un nivel semiótico. Dos advertencias: en primer
lugar, se trata de una definición estructuralista, una de las posibles,
no la única. En segundo lugar, el concepto mismo de modelos escinde la
realidad y su representación; podríamos resumir este punto de vista con
el aforismo: el mapa nunca es el territorio. Todo modelo es una
representación de fenómenos. Para una discusión más amplia del concepto
de “modelo” en semiología, véase especialmente:
D. Apresián. 1975. La lingüística estructural
soviética. Akal, Madrid.
Kristeva, Julia. 1985. Semiótica
(tomo I), Ed. Fundamentos, Madrid.
Eco, Umberto. 1981. Tratado de semiótica
general. Ed. Lumen, Barcelona.
Barthes, Roland. 1971. Elementos de semiología.
A. Corazón, Madrid.
(4) Vattimo, G. Postmoderno:
¿una sociedad transparente?. La sociedad transparente.
Barcelona. Paidós. 1990.
(5) Para un análisis muy interesante de la relación
entre ciencias sociales y la importancia de la lingüística como ciencia
pionera, véase a Claude Lévi-Strauss. 1958.
Langage et parenté en Anthropologie Structurale, Ed. Plon,
Paris.
(6) Las ideas de J. Austin aparecen expuestas en el
libro póstumo, compilado en 1962 por J.O. Urmson.
How to Do Things with Words. O.U.P., Oxford. Hay una
excelente traducción al español de Carrió y Rabossi. 1971.
Palabras y Acciones. Cómo hacer cosas con
palabras. Paidos Editorial, Buenos Aires.
(7) Searle, John. 1969. Speech
Acts. An Essay in the Philosophy of Language. C.U.P., New
York.
(8) Jakobson, Roman. 1975.
Ensayos de Lingüística General. Seix Barral, Barcelona.
(9) Habermas, Jürgen. 1989.
Teoría de la Acción Comunicativa. Ed. Taurus, Buenos Aires.
Para los efectos de nuestra exposición utilizamos fundamentalmente los
interludios I y II. Interludio Primero: acción social actividad
teleológica y comunicación, Tomo I, pp. 351-419. Interludio Segundo:
sistema y mundo de la vida, Tomo II, pp. 161-261.
(10) Hacemos referencia, desde luego, a la “mediología”,
expuesta en la conocida obra:
Debray, Régis. Introducción a la mediología.
Barcelona. Paidós. 2001.
(11) De hecho. Para Ferdinand de Saussure, la lengua
funcionaría sobre dos ejes: Un eje de selección y un eje de combinación.
El eje de selección pone a disposición del hablante un repertorio de
unidades combinables; por esto también se le llama reserva,
memoria o paradigma. El paradigma es una memoria asociativa
en que se articulan oposiciones de modo contrastivo. Se trata,
ciertamente, de relaciones in absentia. Un hablante elige los términos
que utiliza contrastando unos con otros; así, construye un sintagma.
El sintagma es la combinación concreta de signos; es la actualización
que establezca relaciones de contigüidad in praesentia.
(12) Pensarnos una “función del sistema” como la
extensión de la noción de hiperindustrialización de la cultura a todos y
cada uno de los individuos-nodos que la alimentamos
cotidianamente en cuanto modo de vida, consumo y deseo, en suma, como
modo de ser.
(13) El lingüista estadounidense Dell Hymes, ha
introducido una modificación al modelo de Jakobson. El punto de Hymes es
que la noción de contexto se refiere tanto al tema o asunto tratado por
un mensaje como a la situación o circunstancia concreta en que se da el
mensaje. Así, Hymes propone una séptima función del lenguaje que él
llama función situacional, y que se refiere al cuándo y dónde se
efectúa la comunicación. El mismo Hymes sugiere una serie de preguntas
para esclarecer un proceso de comunicación. De esta manera, el modelo de
Jakobson se torna mucho más operacional.
(14) Estamos pensando, ciertamente, en Eco cuando
señala: “Por tanto, si bien el referente puede ser el objeto nombrado o
designado por una expresión, cuando se usa el lenguaje para mencionar
estados del mundo, hay que suponer, por otra parte, que en principio,
una expresión no designa un objeto, sino que transmite un CONTENIDO
CULTURAL”
Eco, Umberto. Tratado de semiótica general.
Barcelona.1977: 121.
(15) Jean Baudrillard. Cultura
y simulacro. Barcelona. Editorial Kairós, 2001 (6ºEdición).
(16) Para una discusión más detallada de este punto,
véase:
Cuadra, A. Hiperindusria Cultura..
Santiago. Arcis. 2007 (en imprenta)
Versión resumida e-book:
www.labrechadigital.org
(17) Landow, G. Hipertexto.
Buenos Aires. Paidós. 1995: 13-49. |