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Patricio de Azcárate (*) Argumento del Fedro
(leer
el diálogo)
Según una tradición, que no tenemos necesidad de discutir, el
Fedro es obra de la juventud de Platón.
En este diálogo hay, en efecto, todo el vigor impetuoso de un pensamiento que necesita salir fuera,
y un aire de juventud que nos revela la primera expansión del genio. Platón viste con colores mágicos
todas las ideas que afectan a su juvenil inteligencia, todas las teorías de sus maestros, todas las
concepciones del cerebro prodigioso que producirá un día la República y
Las Leyes. Tradiciones orientales,
ironía socrática, intuición pitagórica, especulaciones de Anaxágoras, protestas enérgicas contra la enseñanza
de los sofistas y de los rectores, que negaban la verdad inmortal y despojaban al hombre de la ciencia de lo
absoluto; todo esto se mezcla sin confusión en esta obra, donde el razonamiento y la fantasía aparecen reconciliados,
y donde encontramos en germen todos los principios de la filosofía platónica. Esta embriaguez del joven sabio,
este arrobamiento que da a conocer la verdad entrevista por primera vez, el autor del
Fedro la llama justamente
un delirio enviado por los dioses; pero estos dioses que invoca no son las divinidades de Atenas, buenas a lo
más para inspirar al artista o al poeta; es Pan, la vieja divinidad pelásgica; son las ninfas de los arroyos y
de las montañas; es el espíritu mismo de la naturaleza, revelando al alma atenta y recogida los secretos del universo.
¿Cuál es el objeto del diálogo? Nos parece imposible reducir a la unidad una obra tan compleja. Lo propio del
genio de Platón es abordar a la vez las cuestiones más diversas, y a la vez resolverlas; como lo propio del genio
de Aristóteles es distinguir todas las partes de la ciencia humana, que Platón había confundido. Un tratado de
Aristóteles presenta un orden riguroso, porque el objeto, por vasto que sea, es siempre único. Un diálogo de
Platón abraza, en su multiplicidad, la psicología y la ontología, la ciencia de lo bello y la ciencia del bien.
En el Fedro pueden distinguirse dos partes: en la primera, Sócrates inicia a su joven amigo en los misterios de
la eterna belleza; le invita a contemplar con él aquellas ciencias, cuya vista llena nuestras almas de una
celestial beatitud, cuando, aladas y puras de toda mancha terrestre, se lanzan castamente al cielo en pos de
Júpiter y de los demás dioses; le enseña a despreciar esos placeres groseros que le harían andar errante durante
mil años por tierras de proscripción; le enseña igualmente a alimentar su inteligencia con lo verdadero, lo
bello y lo bueno, para merecer un día tomar sus alas y volar de nuevo a la patria de las almas; le dice, en fin,
que si el amor de los sentidos nos rebaja al nivel de las bestias, la pura unión de las inteligencias, el amor
verdaderamente filosófico, por la contemplación de las bellezas imperfectas de este mundo, despierta en nosotros
el recuerdo de la esencia misma de la belleza, que irradiaba en otro tiempo a nuestros ojos en los espacios
infinitos, y que, purificándonos, abrevia el tiempo que debemos pasar en los lugares de prueba.
En la segunda parte intenta sentar los verdaderos principios del arte de la palabra, que los Tisias
y los Gorgias habían convertido en arte de embuste y en instrumento de codicia y
de dominación. A la retórica siciliana, que enseña a sus discípulos a
corromperse, a engañar a la multitud, a dar a la injusticia las apariencias del
derecho, y a preferir lo probable a lo verdadero, Platón opone la dialéctica, que, por medio de la definición y la
división, penetra desde luego en la naturaleza de las cosas, proponiéndose mirar como objeto de sus esfuerzos,
no la opinión con que se contenta el vulgo, sino la ciencia absoluta, en la que descansa el alma del filósofo.
Sin embargo, existe un lazo entre estas dos partes del diálogo. El discurso de Lisias contra el amor y los dos
discursos de Sócrates son como la materia del examen reflexivo sobre la falsa y la verdadera retórica, que llena
toda la secunda parte.
Nada hay que decir sobre el arte con que Platón hace hablar a sus personajes, sin que en el conjunto de su obra
se desmienta jamás, ni una sola vez, su carácter. Los tipos de los diálogos son tan vivos como los de las tragedias
de Sófocles y Eurípides. Nada hay más verdadero que el carácter de Fedro: de este joven, tan apasionado por los
discursos, tan amante de todos los bellos conocimientos, tan pronto a ofenderse de las burlas de Sócrates contra
su amigo Lisias, y, sin embargo, tan respetuoso para con la sabiduría de su venerado maestro. Nada más encantador
que la curiosidad inocente con que pregunta a Sócrates si cree en el robo de la ninfa Oritia; o la franqueza
generosa que le hace reconocer la vanidad de su curiosidad y confesar su ignorancia, sus preocupaciones y sus errores.
Esta conversación, en que Sócrates pasa alternativamente de las sutilezas de la dialéctica a los trasportes de la oda,
se prolonga durante todo un día de verano; los dos amigos reposan muellemente acostados en la espesura de la hierba,
a la sombra de un plátano, y sumergidos sus pies en las aguas del Illiso; el cielo puro del Ática irradia sobre sus
cabezas; las cigarras, amantes de las musas, los entretienen con sus cantos; y las ninfas, hijas de Aquelóo,
prestan su atención, embelesadas con las palabras de aquél que posee a la vez el amor de la ciencia y la ciencia del amor.
(*) En Obras filosóficas de Platón.
Volumen 2. Colección Biblioteca Filosófica. Traducción y notas de Patricio de Azcárate.
Medina y Navarro Editores (Madrid, 1871).
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