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Dr. Álvaro Cuadra R. La obra de arte en la época
de su hiperreproductibilidad digital
1.
La iluminación profana
2.
Reproducibilidad y modos de significación
3.
Shock, tiempo y flujos
4.
Estetización, politización, personalización
5.
Modernidad, patrimonio e hiperreproducibilidad
6.
Hiperreproducibilidad: Identidad y Redes
7.
Fiat ars, pereat mundus
8.
Epílogo
7.- Fiat ars, pereat mundus
El ensayo de Benjamin se cierra con un talante
pesimista y categórico. Su condena se dirige a los postulados
futuristas: “Todos los esfuerzos por un esteticismo político culminan en
un solo punto. Dicho punto es la guerra. La guerra, y sólo ella, hace
posible dar una meta a movimientos de masas de gran escala, conservando
a la vez las condiciones heredadas de la propiedad. Así es como se
formula el estado de la cuestión desde la política. Desde la técnica se
formula del modo siguiente: sólo la guerra hace posible movilizar todos
los medios técnicos del tiempo presente, conservando a la vez las
condiciones de la propiedad” (81). El contexto histórico de 1936 está signado
por la aventura fascista en Etiopía y por la Guerra Civil Española, sin
embargo, los fundamentos estéticos y políticos son anteriores a la
Primera Guerra Mundial.
No podemos olvidar que ya en junio de 1909, F. T.
Marinetti publica su Manifiesto futurista que seducirá a muchos poetas y
artistas con su llamado a la modernolatría y el nuevo y agresivo estilo
fascista que glorifica la guerra: “Noi vogliamo glorificare la guerra
–sola igiene del mondo– il militarismo, il patriotismo, il gesto
distruttore dei libertari, le belle idee per cui si muore e il disprezzo
della donna” (82). El futurismo será uno de los pilares del naciente
movimiento revolucionario fascista en Italia; pues junto al nacionalismo
radical y al sindicalismo revolucionario en lo político, será el
futurismo el que aportará un apoyo entusiasta del vanguardismo cultural
de la época (83). Se puede sostener que el texto benjaminiano está
estructurado sobre un doble movimiento, tanto de aperturas a nuevos
conceptos, pero al mismo tiempo de clausuras, puertas expresamente
cerradas a cualquier utilización política en pro del fascismo: en este
sentido, estamos frente a un escrito lúcidamente antifascista
(84).
El advenimiento de la reproducibilidad técnica
aniquila lo irrepetible, masificando los objetos, transformando la
experiencia humana, tal y como pensó Benjamin, haciendo posible la
irrupción totalitaria: “La humanidad que antaño en Homero, era un objeto
de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha convertido ahora en
espectáculo de sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le
permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer
orden” (85).
Es muy interesante advertir cómo Walter Benjamin
desnuda la relación entre el advenimiento del totalitarismo y la técnica
como nueva forma de condicionamiento de masas: “A la reproducción masiva
corresponde en efecto la reproducción de masas. La masa se mira a la
cara en los grandes desfiles festivos, en las asambleas monstruos, en
las enormes celebraciones deportivas y en la guerra, fenómenos todos que
pasan ante la cámara. Este proceso, cuyo alcance no necesita ser
subrayado, está en relación estricta con el desarrollo de la técnica
reproductiva y de rodaje. Los movimientos de masas se exponen más
claramente ante los aparatos que ante el ojo humano” (86). Esto es,
precisamente, lo que había logrado Leni Riefenstahl en su documental de
propaganda “Triumph des Willens” (El triunfo de la voluntad) que
registró el Congreso del Partido Nazi en 1934, verdadera mise en scène
para cautivar a las masas alemanas en una época pretelevisiva. Esto que
es válido para las masas, lo es también para los dictadores y estrellas
de cine. Como escribe Benjamin: “La radio y el cine no sólo modifican la
función del actor profesional, sino que cambian también la de quienes
como los gobernantes, se presentan ante sus mecanismos. Sin perjuicio de
los diversos cometidos específicos de ambos, la dirección de dicho
cambio es la misma en lo que respecta al actor de cine y al gobernante.
Aspira, bajo determinadas condiciones sociales, a exhibir sus actuaciones
de manera más comprobable e incluso más asumible. De lo cual resulta una
nueva selección, una selección ante esos aparatos, y de ella salen
vencedores el dictador y la estrella de cine” (87).
En la época de la hiperreproducibilidad digital, la
política y la guerra posee alcances y dimensiones impensadas hace pocos
años. No podemos dejar de evocar la caída de las Torres en el World Trade Center o la invasión televisada en tiempo real de países enteros,
como es el caso de Irak o Afganistán (88). En la visión de Benjamin, las
guerras imperialistas constituían una contradicción estructural del
capitalismo: “La guerra imperialista está determinada en sus rasgos
atroces por la discrepancia entre los poderosos medios de producción y
su aprovechamiento insuficiente en el proceso productivo (con otras
palabras: por el paro laboral y la falta de mercados de consumo). La
guerra imperialista es un levantamiento de la técnica, que se cobra en
el material humano las exigencias a las que la sociedad ha sustraído su
material natural. En lugar de canalizar ríos, dirige la corriente humana
al lecho de sus trincheras; en lugar de esparcir grano desde sus
aeroplanos, esparce bombas incendiarias sobre las ciudades; y la guerra
de gases ha encontrado un medio nuevo para acabar con el aura” (89).
La humanidad contemporánea vive su propia destrucción
–y la del planeta que la acoge– ya no como un goce meramente estético,
como pensó Benjamin, sino como un tecno–espectáculo, en que el
virtuosismo de la tecnología se funde a la pasión irracional y
nihilista. El despliegue del tardocapitalismo hipermoderno desplaza la
cultura más allá del Bien y del Mal, y en una lectura heterodoxa y
extrema, habría que consentir con Baudrillard cuando escribe: “No hay
principio de realidad ni de placer. Sólo hay un principio final de
reconciliación y un principio infinito del Mal y de la seducción” (90). La
figura prototípica que nos propone este pensador hipermoderno es Ubu, el
célebre personaje patafísico (91) de Alfred Jarry: “Cualquier tensión
metafísica se ha disipado, siendo sustituida por un ambiente patafísico,
es decir, por la perfección tautológica y grotesca de los procesos de
verdad. Ubú: el intestino delgado y el esplendor de lo vacío. Ubú, forma
plena y obesa, de una inmanencia grotesca, de una verdad deslumbrante,
figura genial, repleta, de lo que ha absorbido todo, transgredido todo,
y brilla en el vacío como una solución imaginaria” (92). Si bien, a primera
vista, se trata de una filosofía “cínica”, habría que considerar lo que
aclara el mismo Baudrillard: “...no es un punto de vista filosófico
cínico, es un punto de vista objetivo de las sociedades, y acaso de
todos los sistemas. La propia energía del pensamiento es cínica e
inmoral: ningún pensador que sólo obedezca a la lógica de sus conceptos
jamás ha llegado a ver más lejos de sus narices. Hay que ser cínico si
no se quiere perecer, y esto, si se me permite decirlo, no es inmoral:
es el cinismo del orden secreto de las cosas” (93).
Jarry, un outsider, dio un paso decisivo hacia la
nueva conciencia poética que cristalizará años más tarde con Apollinaire
y Tristan Tzara. Sin embargo, la “pataphysique” (94) también nos prefigura
una de las miradas actuales en torno a lo social, sea que la llamemos
postmoderna o hipermoderna (95), aquella, precisamente, que proclama el
festín sígnico de la cultura contemporánea: “No es nunca el Bien ni lo
Bueno, sea éste el ideal y platónico de la moral, o el pragmático y
objetivo de la ciencia y de la técnica, quienes dirigen el cambio o la
vitalidad de una sociedad; la impulsión motora procede del libertinaje,
sea éste el de las imágenes, de las ideas o de los signos” (96).
Más allá de las ingenuas desideratas y de algunas
visiones cínicas o apocalípticas, resulta claro que asistimos a la
emergencia de un nuevo diseño sociocultural, cuyos ejes son la
hipermediatización y la virtualización. Para gran parte de la población
actual, sus patrones culturales, sus claves identitarias y sus
experiencias cotidianas con la realidad ha sido configurada y se nutre
de la hiperindustria cultural. Este es el ámbito en que se construye la
historia y el sentido de la vida para la gran mayoría, plasma digital
donde se escenifican los abismos y horrores de la hipermodernidad.
La violencia y lo hórrido tratados con una ascesis
hiperobjetivista nos ofrece el vértigo y la seducción de la guerra
sentados en primera fila. Nada parece suficiente para conmover a las
audiencias hipermasivas. Estamos lejos de aquel reclamo benjaminiano que
suponía unas masas anhelantes de suprimir las condiciones de propiedad
(97),
ni regresión a ideologías duras ni militancias revolucionarias. En
cambio, constatamos la consagración plena del consumo y las imágenes, en
la materialidad de los significantes, desprovistos de su connotación
histórica y política, que nos muestran día a día la obscenidad brutal de
la destrucción y la muerte.
Todo reclamo humanista es observado con indiferencia
y, en el mejor de los casos, con distancia y escepticismo. En la época
hipermoderna se impone la búsqueda del efecto. En un universo
performativo, todo discurso ha sido degradado a la condición de
coartada. Cuando las instancias de legitimidad se desdibujan, sólo la
acción performativa es capaz de generar su “ersatz”: un atentado, un
magnicidio, un genocidio, una guerra.
Ante el sentimiento de catástrofe con que se inaugura
el presente siglo, ya nadie espera el advenimiento de alguna utopía
religiosa o laica: “La teoría crítica de comienzos del siglo XX, y los
movimientos sociales de signo socialista y anarquista, veían en la
acumulación creciente de fenómenos negativos de nuestra civilización,
desde el empobrecimiento económico de la sociedad civil hasta la
degradación estética de las formas de vida, el signo de un límite a la
vez espiritual e histórico de la sociedad industrial. Un límite
histórico o una crisis llamados a revelar un nuevo orden a partir de lo
viejo. Semejante perspectiva revolucionaria ha sido eliminada
enteramente de nuestra visión del futuro a comienzos del siglo XXI”
(98). El ethos hipermoderno ha asimilado su “condición histórica negativa”
(99) y se
ha enclaustrado en la pura performatividad, alcanzando así una cierta
inmunidad frente a las profecías del fin de los tiempos, sean éstas de
inspiración apocalíptica o dialéctica.
A más de medio siglo de distancia, la crítica
contemporánea a Benjamin, se divide, según algunos en “comentaristas” y
“partidarios”: “Hoy, las lecturas de Benjamin se dividen en dos grandes
grupos, cuyos nombres pongo entre comillas: los ‘comentaristas’ y los
‘partidarios’. Para decirlo de modo menos enigmático: quienes piensan a
Benjamin fundamentalmente en relación con una tradición filosófica o
crítica; y quienes lo piensan como filósofo de ruptura... Las cosas no
son sencillas, pero debería agregar que los ‘comentaristas’ no pasan por
alto la ruptura introducida por Benjamin en el marco de la tradición: y
los ‘partidarios’, a su vez, reconocen la tradición pero establecen con
Benjamin un dialogo fundado en el presente” (100).
Más allá de la tipología propuesta, habría que
subrayar que el interés actual por Walter Benjamin sólo prueba la
fecundidad de su pensamiento, convertido en referencia obligada en
cualquier reflexión consistente sobre la cultura contemporánea. Así,
Bernard Stiegler va a criticar a los frankfurtianos en los siguientes
términos: “Su fracaso consiste en no haber comprendido que si es cierto
que la composición de las retenciones primarias y secundarias, que
constituye el verdadero fenómeno del objeto temporal y que explica que
el mismo objeto repetido dos veces pueda dar dos fenómenos diferentes,
si, por lo tanto, es cierto que esta composición está sobredeterminada
por las retenciones terciarias en sus características técnicas y
epokhales, el centro de la cuestión de las industrias culturales es
entonces que éstas constituyen una realización industrial y, por lo
tanto, sistemática de nuevas tecnologías de las retenciones terciarias
y, a través de ellas, de criterios de selección de un nuevo tipo
–y, en
este caso, sometido totalmente a la lógica de los mercados... (101)” .
Sin embargo, para poner la reflexión en cierta
perspectiva histórica, habría que señalar que ninguno de los pensadores
frankfurtianos pudo siquiera imaginar una producción tecnocientífica
total de la realidad como acontece con los flujos hiperindustriales, por
lo mismo, esto marca uno de sus límites, como muy bien nos advierte
Subirats: “La limitación histórica verdaderamente relevante del análisis
de los medios de reproducción y comunicación de Horkheimer y Adorno, así
como de Benjamin, reside más bien en el hecho de omitir lo que hoy
podemos contemplar como la última consecuencia de su desarrollo: la
transformación entera de la constitución subjetiva del humano allí donde
sus tareas de apercepción, experiencia e interpretación de la realidad
le son arrebatadas y suplantadas enteramente por la producción técnica
masiva de la realidad misma” (102).
__________
NOTAS
(81) Benjamin. Op. Cit. 56.
(82) Marinetti et al. Manifesto del futurismo. Firenze. Edizione Lacerba.
1914 : 6 Citado por Yurkievich. Saul. Modernidad de Apollinaire. Buenos
Aires. Losada. 1968:33.
(83) Sternhell, Z. El nacimiento de la ideología fascista. Madrid. Siglo XXI. 1994: 38 y ss.
(84) No olvidemos que el mismo Benjamin escribe: “Los conceptos que
seguidamente introducimos por vez primera en la teoría del arte se
distinguen de los usuales en que resultan inútiles para los fines del
fascismo. Por el contrario, son utilizables para la formación de
exigencias revolucionarias en la política artística”. Benjamin. Op. Cit.-18.
(85) Op. Cit. 57.
(86) Op. Cit. 55.
(87) Op. Cit. 38.
(88) El desastre del World Trade Center es el resultado de un atentado
terrorista de nuevo cuño, pues muestra las posibilidades inéditas de
escenificar la violencia para millones de personas en el mundo. Más allá
de las claras connotaciones políticas, económicas, éticas y religiosas;
lo primero que salta a la vista es que la tragedia de Nueva York, y en
menor escala, el ataque al Pentágono, constituye el debut del
posterrorismo: un atentado mediático en red... La televisión
norteamericana es, por cierto, una de las más desarrolladas y ricas del
mundo. Con los recursos tecnológicos, financieros y humanos para
desplegar su mirada sobre cualquier lugar del globo, es el agente ideal
para poner en relato una acción de esta magnitud. Todavía permanecen
frescas e inmarcesibles en la memoria las imágenes de personas
lanzándose al vacío desde cientos de metros, enormes construcciones
derrumbándose envueltas en llamas y cientos de personas corriendo
desesperadas por las calles. La televisión administra la visibilidad,
pues junto a aquello que se nos muestra, se nos oculta: tras los
primeros momentos de estupefacción, la mirada televisiva comienza a ser
regulada. La construcción del relato televisivo depende estrictamente de
la administración de su flujo de imágenes. El continuum televisivo
construye así un transcontexto virtual mediático en que la historia con
su carga de infamias y violencia es sustituida por un espacio acrónico
metahistórico que se resuelve en un presente perpetuo de héroes y
villanos. Véase: Cuadra, A. ‘Paisajes virtuales’
(e-book) Pp.68 y ss.
http://www.campus-oei.org/publicaciones
(89) Benjamin, Discursos. 57
(90) Baudrillard, Jean. Las estrategias fatales. Barcelona. Editorial
Anagrama. 6º Edición. 2000: 76.
(91) La patafísica es una parodia de la metafísica aristotélica, acaso
un primer intento postmetafísico ; se trata de una forma peculiar de
razonamiento basado en soluciones imaginarias que disuelve las
categorías lógicas al uso, cuya proposición es una reconstrucción en un
ars combinatoria en que prima lo insólito. Thomas Scheerer resume en
siete tesis fundamentales el pensamiento patafísico; tomadas del libro
de Roger Shattuch, Au seuil de la pataphysique (1950), texto doctrinal
del Collège de pataphysique:
Véase: Scheerer, T. Introducción a la patafísica in
Revista Chilena de
Literatura Santiago.
Nº 29. 1987: 81 - 96.
(92) Baudrillard. Op. Cit. 76.
(93) Op. Cit 76.
(94) La “pataphysique” contiene el germen de lo que será una nueva
estética, la estética de la obra abierta, del texto plural presidido por
el juego, el humor y lo absurdo: pensemos en el desarrollo de todo el
repertorio verbo icónico de los comics y, hoy en día, toda una nueva
generación de cartoons y series como los Simpsons o los gags de MTV,
para no mencionar los muchos spots publicitarios que nos asedian día a
día por televisión. Esto ha sido captado con maestría por el escultor
colombiano Ospine, quien es capaz de recrear los iconos de la cultura de
masas a partir de los estilemas de culturas prehispánicas.
(95) Para un diagnóstico próximo a nuestra línea de pensamiento en
cuanto a una modernización de la modernidad, véase: Lipovetsky, G.
Les temps hypermodernes. Paris. B. Grasset. 2004.
(96) Baudrillard. Op. Cit. 77.
(97) Escribe Benjamin: “El fascismo intenta organizar las masas
recientemente proletarizadas sin tocar las condiciones de la propiedad
que dichas masas urgen por suprimir” .
Bemjamin. Discursos. 55.
(98) Subirats. Op. Cit. 15.
(99) Op. Cit. 16.
(100) Sarlo. Op. Cit 72.
(101) Stiegler. Op. Cit. 61.
(102) Subirats, E. Culturas virtuales. Madrid. Biblioteca Nueva. 2001:
14. |