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Dr. Álvaro Cuadra R. La obra de arte en la época
de su hiperreproductibilidad digital
1.
La iluminación profana
2.
Reproducibilidad y modos de significación
3.
Shock, tiempo y flujos
4.
Estetización, politización, personalización
5.
Modernidad, patrimonio e hiperreproducibilidad
6.
Hiperreproducibilidad: Identidad y Redes
7.
Fiat ars, pereat mundus
8.
Epílogo
6.- Hiperreproducibilidad: Identidad y redes
De acuerdo a nuestra línea de pensamiento, el
problema de la “hiperreproducibilidad” ocupa un lugar protagónico en la
reflexión contemporánea sobre la cultura, tanto desde un punto de vista
teórico comunicacional como desde un punto de vista histórico político.
Como sostiene Lorenzo Vilches: “El nuevo orden social y cultural que ha
comenzado a instalarse en el siglo XXI obligará a revisar las teorías de
la recepción y de la mediación que ponen el acento en conceptos como
indentidad cultural, resistencia de los espectadores, hibridación
cultural, etc. La nueva realidad de migraciones de las empresas de
telecomunicaciones hacen cada vez más difícil sostener los discursos de
integración de las audiencias con su realidad nacional y cultural” (72).
La hiperindustria cultural entraña una “mutación
antropológica” en cuanto modifica las reglas constitutivas de lo que
hemos entendido por cultura. La desestabilización de los sistemas retencionales terciarios supone una transformación mayor en nuestra
relación con los signos, el espacio-tiempo y toda posibilidad de
representación y saber. Esto se traduce en una total reconfiguración de
los modos de significación. El alcance de la mutación en curso se hace
evidente si entendemos los modos de significación como correlato de la
nueva economía cultural desplegada a nivel mundial. Los modos de
significación aparecen, pues, sedimentados como el repertorio de los
posibles histórico-perceptuales (perceptos), esto es, como un
“sensorium” hipermasificado, piedra angular del imaginario social, la
identidad cultural y horizonte de lo concebible.
La importancia que adquiere hoy la
hiperreproducibilidad como condición de posibilidad de una
hiperindustrialización cultural, toma la forma de una lucha a nivel
mundial por el control del mercado simbólico y con ello de las
conciencias: “En esta nueva sociedad de la comunicación, el tiempo
íntegro de los individuos pasa a ser objeto de comercialización... Las
masas inertes, indiferentes y socialmente indefinidas del
postmodernismo, emigran hacia los nuevos territorios de una sociedad que
le ofrece junto con la comunicación y la información una experiencia
vital, una nueva mística de pertenencia identitaria que ni las culturas
locales, ni el nacionalismo ni la religión son ya capaces de ofrecer a
las nuevas generaciones” (73).
Es claro que la hiperindustrialización de la cultura
tiende a desestabilizar las claves identitarias tradicionales. Esta
tendencia debe ser, sin embargo, matizada en cuanto a que los procesos
de adopción de nuevas tecnologías y los modos de significación que le
son propios, no se verifican de inmediato, asemejándose más a una
“revolución larga”, es decir, están mediados por una suerte de
“training” o aprendizaje social (74). No obstante, debemos considerar que
entre las condicionantes de la identidad cultural, los medios ocupan
crecientemente un papel protagónico. Como explica Larraín:” El medio
técnico de transmisión de formas culturales no es neutral con respecto a
los contenidos. Contribuye a la fijación de significados y a su
reproductibilidad ampliada, facilitando así nuevas formas de poder
simbólico. Sin duda la televisión ha sido uno de los medios que más ha
influido en la masificación de la cultura por el reconocido poder de
penetración de las imágenes electrónicas como por la facilidad de acceso
a ellas” (75).
Si bien debemos reconocer el papel preponderante de
la televisión en la desestabilización de los anclajes identitarios
tradicionales, esta tecnología mantiene todavía una distancia respecto
del espectador, ofreciéndole una representación audiovisual del mundo.
La televisión, en tanto terminal relacional, no hace patente su
materialidad tecnológica. La red IP, por el contrario, sólo es
concebible como materialidad tecnológica: “Mientras la televisión lleva
a los sujetos a una comprensión cultural del mundo, como lo fue la
música y la literatura desde siempre, Internet y las teletecnologías
conducen al desarrollo de una comprensión técnica de la realidad. Se
trata de acciones técnicas que permiten la comprensión técnica de las
relaciones sociales, comerciales y científicas” (76).
La televisión no ha tenido un desarrollo lineal y
homogéneo, por el contrario, ha sido puesta alternativamente al servicio
de los Estados o del mercado o de ambos. En términos generales se habla
de paleotelevisión para caracterizar aquel proyecto de raigambre
ilustrada en que el medio es pensado como instrumento civilizador de las
masas, poniendo los canales al resguardo de universidades o del Estado
mismo. La neotelevisión correspondería a la liberalización del medio,
así la relación profesor/alumno es desplazada por aquella de oferentes/consumidores. Por último, en la actualidad, este medio estaría
transformándose en una suerte de postelevisión en la que se abandona
toda forma de dirigismo, invitando a los públicos a participar e
interactuar con el medio.
Este afán mediático por integrar a sus audiencias y
con ello una cierta “indistinción” entre autor y público, no es tan
nuevo como se pretende, ya Benjamin advertía esta tendencia en la
industria cultural pretelevisiva, concretamente en la prensa y el
naciente cine ruso: “Con la creciente expansión de la prensa, que
proporcionaba al público lector nuevos órganos políticos, religiosos,
científicos, profesionales y locales, una parte cada vez mayor de esos
lectores pasó, por de pronto ocasionalmente, del lado de los que
escriben. La cosa empezó al abrirles su buzón la prensa diaria; hoy
ocurre que apenas hay un europeo en curso de trabajo que no haya
encontrado alguna vez ocasión de publicar una experiencia laboral, una
queja, un reportaje o algo parecido. La distinción entre autores y
público está por tanto a punto de perder su carácter sistemático. Se
convierte en funcional y discurre de distinta manera en distintas
circunstancias. El lector está siempre dispuesto a pasar a ser un
escritor” (78). Esta “indistinción”, a la que alude Benjamin, aparece
objetivada en la actualidad en la noción de “usuario”, verdadero “nodo
funcional” de las redes digitales. La noción de “usuario” se hace
extensiva a todos los medios en la justa medida que éstos adoptan el
nuevo lenguaje de equivalencia digital (79).
Las imágenes audiovisuales, en particular la
televisión, permiten vivir cotidianamente una cierta identidad y una
legitimidad en cualquier parte, en cuanto son capaces de actualizar una
memoria en el espacio virtual. Así, en cualquier lugar del mundo, un
emigrante puede vivir cotidianamente una suerte de “burbuja mediática”:
radio, prensa y televisión, en tiempo real, en su propia lengua,
referida a su lugar de origen y a sus intereses particulares,
manteniendo una comunicación íntima con su grupo de pertenencia. En
suma, la experiencia de identidad ya no encuentra su arraigo
imprescindible en la territorialidad. Los procesos de
hiperindustrialización de la cultura implican, entre muchas otras cosas,
una diseminación de las culturas locales y nuevas formas comunitarias
virtuales. Sea que se trate de latinoamericanos en Nueva York, árabes en
Francia o turcos en Alemania, lo cierto es que los procesos de
“integración” tradicionales se encuentran con esta nueva realidad,
rostro inédito de la globalización.
Si la red sirve para preservar identidades culturales
fuera de la dimensión territorial, sirve al mismo tiempo para desplazar
dichas identidades en un juego ficcional subjetivo. El relativo
anonimato del usuario así como la sensación de ubicuidad, permiten que
los sujetos empíricos construyan identidades ficticias que trasgreden no
sólo el nombre propio o la identidad sexual sino cualquier otro rasgo
diferenciador.
Es interesante destacar el doble movimiento que se
produce en lo que podemos llamar “cultura global”: por una parte, se
estandariza una cultura internacional popular en un movimiento de
homogeneización, por otra, se tiende a la diferenciación extrema de los
consumidores. Homogeneización y diferenciación son fuerzas constitutivas
del actual despliegue del tardocapitalismo en que cualquier noción de
identidad ha entrado en la lógica mercantil. Las estrategias de
“marketing” construyen un imaginario variopinto que no necesita
hegemonía alguna sino, por el contrario, flexibilidad que asegure los
flujos de mercancías materiales y simbólicas (80).
__________
NOTAS
(72) Vilches. Op. Cit. 29.
(73) Op. Cit. 57.
(74) Benjamin, desde la dicotomía marxista clásica
infraestructura-superestructura, intuye algo similar cuando escribe: “La
transformación de la superestructura, que ocurre mucho más lentamente
que la de la infraestructura, ha necesitado más de medio siglo para
hacer vigente en todos los campos de la cultura el cambio de las
condiciones de producción”. Benjamin. Discursos. 18.
(75) Larraín, Jorge. Identidad chilena. Santiago. Lom Ediciones. 2001:
242.
(76) Vilches. Op. Cit. 183.
(77) A la catequesis estatal o académica, siguió el estruendo
publicitario de los noventa; ambos afincados en una emisión unipolar
dirigista. En la era de la personalización, la interactividad toma
distintas formas, pero principalmente el llamado talk–show... La
promesa de la postelevisión, es la interactividad total de la mano de
nuevas tecnologías. La presencia, cada vez más nítida, de lo popular
interactivo en la agenda televisiva, genera todo tipo de críticas; desde
la mirada aristocrática que ve en esta televisión la irrupción de lo
plebeyo, hasta una mirada populista que celebra esta presencia como una
verdadera democracia directa. Más allá de los prejuicios, sin embargo,
queda claro que la nueva televisión interactiva está transformando no el
imaginario político de los ciudadanos sino más bien el imaginario de
consumo: desde un consumidor pasivo hacia un nuevo perfil más activo.
Véase: Cuadra. Op. Cit. 143.
(78) Benjamin. Discursos. 40.
(79) En la actualidad se observa que la red de redes esta absorbiendo
los distintos medios, esto es así porque el nuevo lenguaje de
equivalencia digital hace posible almacenar y trasmitir sonidos,
imágenes fijas, vídeo, de tal manera que radio, prensa y televisión
encuentran su lugar en los formatos de la Web. En los años venideros se
puede esperar una convergencia mediática en los formatos digitales: una
pantalla de plasma que permita el acceso a la red, la que incluirá todos
los medios y nanomedios disponibles en tiempo real.
(80) Desde que T. Levitt acuñara el término globalización en 1983, se ha
acelerado un proceso de recomposición mundial, en que el protagonismo de
la industria manufacturera ha cedido su lugar a la industrias del
conocimiento. Si el complejo militar–industrial tuvo algún sentido
durante la llamada Guerra Fría, hoy es el complejo militar–mediático
el nuevo nudo en torno al cual se organizan las nuevas redes que
redistribuyen el poder. América Latina, en general, y Chile, en
particular, han conocido ya los nuevos diseños socio–culturales
neoliberales, bajo la tutela del FMI, desde hace ya más de dos décadas.
Una parte central de estos nuevos diseños radica en los dispositivos comunicacionales, especialmente en la máquina mediático–
publicitaria;
ella es la encargada de transgredir las fronteras nacionales,
violentando los espacios culturales locales. La economía global no sólo
disuelve los obstáculos políticos locales sino el orden político mismo.
Nace así una estrategia que quiere alcanzar su performatividad óptima,
conjugando lo global y lo local, la glocalización. En los inicios de un
nuevo milenio, asistimos a la emergencia de un imperio mundial de la
comunicación, que concentra, cada vez en menos manos, la propiedad de
las grandes cadenas televisivas, publicitarias y de distribución
cinematográfica. Véase Cuadra, A. Op. Cit. 127.
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