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Dr. Álvaro Cuadra R. La obra de arte en la época
de su hiperreproductibilidad digital
1.
La iluminación profana
2.
Reproducibilidad y modos de significación
3.
Shock, tiempo y flujos
4.
Estetización, politización, personalización
5.
Modernidad, patrimonio e hiperreproducibilidad
6.
Hiperreproducibilidad: Identidad y Redes
7.
Fiat ars, pereat mundus
8.
Epílogo
5.- Modernidad, patrimonio e hiperreproducibilidad
Tal como sostenemos, la hiperindustrialización de la
cultura entraña la hiperreproducibilidad como práctica social
generalizada. Este fenómeno posee una arista política que va creciendo
en importancia y que se relaciona con la noción de “propiedad” o, como
suele decirse, el “copy right”. Si consideramos que la mayor parte de la
producción hiperindustrial proviene de zonas de alto desarrollo, sus
costes resultan muy elevados en las zonas pobres del planeta, surgiendo
así la copia “ilegal” o “piratería”: “Es una amenaza mayor a la del
terrorismo y está transformando aceleradamente el mundo". Así define
Moisés Naím, director de la prestigiosa revista estadounidense "Foreign
Policy", el mercado del tráfico ilícito, eje de su libro, llamado
justamente "Ilícito",... El mercado de las falsificaciones, que hace
unos 15 años era muy pequeño, hoy mueve entre US$ 400 mil y US$ 600 mil
millones. ‘Sólo en películas copiadas es de US$ 3 mil millones’, afirma
Naím. En cuanto al lavado de dinero, según el Fondo Monetario
Internacional (FMI), hoy representa más del 10% del tamaño de la
economía mundial....’ Lo que ocurre en Chile, sucede en Washington,
Milán y Nueva York. Lo normal en una ciudad del mundo es que al caminar
por las calles te encuentres con vendedores ambulantes que comercian
productos falsificados’, afirma Naím. Y el efecto de esto es que las
ideas tradicionales de protección de propiedad intelectual están siendo
socavadas. ‘El mundo ha funcionado bajo la premisa de que hay que
proteger la propiedad intelectual y que esa garantía la da el gobierno.
Esa idea ya no es válida’. Naím señala que quienes tienen una creación
ya no pueden contar con los gobiernos para que les protejan su
propiedad: ‘Ya no hay que llamar a un abogado para que dé una patente,
eso es una ilusión. Es mejor llamar a un ingeniero o científico que
busque la manera de hacer más difícil el copiado’” (63).
El control tecnocientífico de la
hiperreproducibilidad redunda en una verdadera expropiación o
depredación de todo patrimonio cultural y genético de aquellos más
débiles. De allí que la copia no autorizada impugna el orden de la
“nueva economía” y, en este sentido, es tenido como acto de legítima
defensa de los sectores marginados de la corriente principal del
capitalismo global. La cuestión del “derecho a la reproducibilidad” está
en el centro del debate contemporáneo y determinará, sin duda, la
rapidez de la expansión y penetración de la hiperindustrialización de la
cultura, así como las modalidades de resistencia de las diversas
comunidades y naciones. Como escribe Bernard Stiegler: “La toma de
control sistemático de los patrimonios significa que a partir de ahora
/la hiperreproducibilidad digital/ se aplica a todos los dominios de la
vida humana, que constituyen otros tantos nuevos mercados para continuar
con el desarrollo tecno-industrial, lo que se denomina a veces ‘la nueva
economía’, donde la cuestión se convierte evidentemente en la de saber
quién detenta el derecho de reproducir, y con él, de definir los modelos
de los procesos de reproducción como los modelos que hay que reproducir.
La cuestión es: ¿Quién selecciona y con qué criterios?” (64).
Uno de los centros de producción de la hiperindustria
cultural se encuentra, qué duda cabe, en Hollywood, lo que constituye un
hecho político de primer orden: “El poder estadounidense, mucho antes
que su moneda o su ejército, es la forja de imágenes holliwoodienses, es
la capacidad de producir unos símbolos nuevos, unos modelos de vida y
unos programas de conducta por medio del dominio de las industrias de
programas a nivel mundial” (65). Si es cierto que la modernidad se
materializa en la técnica, habría que agregar que dicha materialización
ha tenido lugar en Norteamérica, lo cual muestra dos rostros, promesa y
amenaza: “Estados Unidos sigue pareciendo hoy el país donde se realiza
el devenir. Incluso sí, ahora, este devenir le parece a veces infernal y
monstruoso al resto de mundo sin devenir. Tal es también quizá, la
novedad. En el contexto de la globalización convertida en efectiva,
teniendo en cuenta en particular la integración digital de las
tecnologías de información y de comunicación, Estados Unidos parece
constituir la única potencia verdaderamente mundial
–pero también, y
cada vez más, una potencia intrínsecamente imperial, dominadora y
amenazante” (66).
En este siglo que comienza, asistimos a la
apropiación de las mnenmotecnologías y de los sistemas retencionales por
la vía de la alta tecnología digital, esto es: la apropiación de la
memoria y del imaginario a escala mundial. En el ámbito latinoamericano,
la hiperindustrialización de la cultura representaría un “décalage” y
una clara amenaza a todo aquello que ha constituido su propia cultura y
sus identidades profundas (67). Su defensa, no obstante, ha estado plagada
de una serie de malentendidos e ingenuidades.
Las políticas culturales de los gobiernos de la
región, más ocupadas de preservar el patrimonio monumental y el
folcklorismo con propósitos turísticos, no advierten los riesgos
implícitos en sus políticas de adopción de nuevas tecnologías cuya
última frontera es, hoy por hoy, la televisión digital de alta
definición. Un buen ejemplo respecto a ciertas paradojas políticas en
“defensa de lo propio” nos la ofrece Nestor García Canclini a propósito
de Tijuana, cuyo Ayuntamiento registró el “buen nombre de la ciudad”
para protegerlo de su uso mediático publicitario: “La pretensión de
controlar el uso del patrimonio simbólico de una ciudad fronteriza,
apenas a dos horas de Hollywood, se ha vuelto aún más extravagante en
esta época globalizada, en que gran parte del patrimonio se forma y
difunde más allá del territorio local, en las redes invisibles de los
medios. Es una consecuencia paródica de plantear la interculturalidad
como oposición identitaria en vez de analizarla de acuerdo con la
estructura de las interacciones culturales” (68).
No olvidemos que paralela a una “americanización” de
América Latina se hace manifiesta una “latinización” de la cultura
norteamericana. Esto que constatamos en nuestro continente habría que
extenderlo a diversas culturas del planeta, fundiéndose en aquello que
nombramos como cultura internacional popular o cultura global. Dos
consideraciones: primera, destaquemos el papel central que le cabe a las
nuevas tecnologías respecto de los fenómenos interculturales y la escasa
atención que se le ha prestado a esta cuestión, tanto en el ámbito
académico como político. Segunda consideración: notemos que lejos de
marchar hacia la uniformización cultural a través de los mass media,
como predijo Adorno, ocurre exactamente lo contrario, estamos sumidos en
una cultura cuya impronta es la pluralidad.
Esta pluralidad no garantiza, necesariamente, una
sociedad más democrática. Es más, se podría afirmar que la mentada multiculturalidad, construida desde los márgenes y fragmentos, es el
correlato cultural del tradocapitalismo en la era de la “glocalización”,
desterritorializada, hipermasiva y personalizada al mismo tiempo. En
pocas palabras, es la forma cultural “hipermoderna” cuya mejor garantía
de sostener la adopción a nivel mundial de los flujos simbólicos,
materiales y tecnológicos es, precisamente, atender a la diferencia.
Como arguye Stiegler: “La modernidad, que empieza antes de la revolución
industrial, pero de la que ésta es la realización histórica efectiva y
masiva, designa la adopción de una nueva relación con el tiempo, el
abandono del privilegio de la tradición, la definición de nuevos ritmos
de vida y hoy, una inmensa conmoción de las condiciones de la vida
misma, tanto en su substrato biológico como en el conjunto de sus
dispositivos retencionales, lo que finalmente desemboca en una
revolución industrial de la trasmisión y de las condiciones mismas de la
adopción” (69).
La hiperindustrialización de la cultura sólo es
concebible en sociedades permeables a la adopción y a la innovación
permanente, esto es, sociedades sincronizadas al ritmo de la
hiperproducción tecnológica y simbólica. Los vectores que materializan
la adopción, y con ella la tecnología y la modernidad, son los medios de
comunicación, determinados a su vez por estrategias definidas de
“marketing”. Ellos serán los encargados de reconfigurar la vida
cotidiana a través del consumo simbólico y material, tal reconfiguración
es, ahora, de suyo plural y diversa, pues: “La hegemonía cultural es
innecesaria. Una vez que la elección del consumidor queda establecida
como el lubricado eje del mercado en torno al cual giran la reproducción
del sistema, la integración social y los mundos de la vida individuales,
‘la variedad cultural, la heterogeneidad de estilos y la diferenciación
de los sistemas de creencias se convierten en las condiciones de su
éxito’” (70).
En una cultura hipermoderna, cultura acelerada de
flujos, la condición misma de la obra de arte radica en su
hiperreproducibilidad, el arte deviene performativo. El arte se hace una
“realidad de flujos” y existe en cuanto fruición en su condición exhibitiva: objeto único y al mismo tiempo hipermasivo. La nueva
“aisthesis” está determinada por los modos de significación
y las
posibilidades expresivas del “arte virtual” en la Web, el vídeo, la
televisión y el postcine. Los nuevos sistemas retencionales han
transformado la experiencia y el “sensorium”, poniendo en flujo nuevos
significantes, develando la materialidad de los signos que la
determinan.
La obra de arte, en cuanto hiperindustrial, establece
la sincronía plena de sus flujos expresivos con los flujos de conciencia
de millones de seres. En este sentido, se puede sospechar que la noción
misma de “patrimonio cultural” ha sido llevada al límite, pues se trata
de un patrimonio en vías de su desterritorialización y, en el límite, de
su desrealización. Frente a una paisaje tal, las retóricas de museo y
las bien inspiradas políticas culturales de los Estados que insisten en
lo patrimonial, enmascaran las más de las veces “cartas postales” para
el turismo o la propaganda. Tal ha sido la estrategia de ciudades
emblemáticas devenidas iconos de la cultura, como Venecia o París (71). De
hecho, Francia fue la primera nación democrática en elevar la cultura a
rango ministerial en 1959, inaugurando con ello una tendencia que ha
sido replicada de manera entusiasta por muchos Estados latinoamericanos
como signo inequívoco de una “democracia progresista”.
__________
NOTAS
(63) Tráfico ilícito, el negocio más global y lucrativo del mundo.
Santiago. El Mercurio. 18 de febrero. 2007.
(64) Stiegler. Op. Cit 368.
(65) Op. Cit. 171.
(66) Op. Cit. 185.
(67) Martin-Barbero plantea una hipótesis afín cuando escribe: “Se trata
de la no contemporaneidad entre los productos culturales que se consumen
y el ‘lugar’, el espacio social y cultural, desde el que esos productos
son consumidos, mirados o leídos por las mayorías en América Latina”. En
toda su radicalidad, la tesis de Martin-Barbero adquiere el carácter de
una verdadera esquizofrenia: “…en América Latina la imposición acelerada
de esas tecnologías ahonda el proceso de esquizofrenia entre la máscara
de modernización, que la presión de las transnacionales realiza, y las
posibilidades reales de apropiación e identificación cultural”.
Examinemos de cerca esta hipótesis de trabajo. Podemos advertir que la
afirmación misma apunta a dos órdenes de cuestiones que se nos presentan
ligadas, por una parte la “imposición de tecnologías” y, por otra, las
“posibilidades reales de apropiación”. Desde nuestro punto de vista, la
primera se inscribe en una configuración económico-cultural en que las
nuevas tecnologías son el fruto de la expansión de la oferta a nuevos
mercados, así nos convertimos en terminales de consumo de una serie de
productos creados en los laboratorios de grandes corporaciones,
productos, por cierto, que no son sólo materiales (hardwares) sino muy
especialmente inmateriales (softwares). La segunda afirmación contenida
en la hipótesis dice relación con los modos de apropiación de dichas
tecnologías, es decir, remite a modos de significación. Podríamos
reformular la hipótesis de Martin-Barbero en los siguientes términos:
América Latina vive una clara asimetría en su régimen de significación,
por cuanto su economía cultural está fuertemente disociada de los modos
de significación. Advertimos en nuestro autor un énfasis importante en
torno a lo popular como principio identitario, clave de resistencia y
mestizaje. Surge, empero, la sospecha de que ya no resulta tan evidente
afirmar una cultura popular en medio de sociedades sometidas a
acelerados procesos de hiperindustrialización de la cultura.
Martín-Barbero, J. Oficio de cartógrafo. Santiago. F.C.E. 2002: 178
citado en Cuadra, A. ‘Paisajes virtuales’
(e-book) Pp.101 y ss.
http://www.campus-oei.org/publicaciones.
(68) Garcia Canclini, Nestor. La globalización imaginada. Buenos Aires. Paidos. 1999: 98.
(69) Stiegler. Op. Cit. 149.
(70) Bauman Z. Intimations of Postmodernity. New York/Londres. Routledge.
1992. Citado por Lyon, D. Postmodernidad. Madrid. Alianza Editorial.
1994: 120.
(71) A este respecto, puede resultar ilustrativa una crítica
conservadora a las políticas culturales del gobierno socialista francés
en la década de los ochenta planteada por Marc Fumaroli, que en su
momento resultó bastante polémica y no exenta de interés. Vease:
Fumaroli, Marc. L’Etat culturel. Essai sur una religion moderne. Paris.
Editions de Fallois. 1991. |