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Dr. Álvaro Cuadra R. La obra de arte en la época
de su hiperreproductibilidad digital
1.
La iluminación profana
2.
Reproducibilidad y modos de significación
3.
Shock, tiempo y flujos
4.
Estetización, politización, personalización
5.
Modernidad, patrimonio e hiperreproducibilidad
6.
Hiperreproducibilidad: Identidad y Redes
7.
Fiat ars, pereat mundus
8.
Epílogo
4.- Estetización, politización, personalización
Las actuales tecnologías digitales han permitido
emancipar la imagen de cualquier referente, la nueva antropología de lo
visual se funda en la autonomía de las imágenes. Esto es así porque
estamos frente a constructos anópticos, no obstante reproducibles y que,
de suyo, representan una fractura histórica respecto del problema de la
reproducción. Se ha llegado a sostener que, en rigor, no estamos ante
una tecnología de la reproducción sino más bien ante una de la
producción: “La gran novedad cultural de la imagen digital radica en
que no es una tecnología de la reproducción, sino de la producción, y
mientras la imagen fotoquímica postulaba ‘esto fue así’, la imagen anóptica de la infografía afirma ‘esto es así’. Su fractura histórica
revolucionaria reside en que combina y hace compatibles la imaginación
ilimitada del pintor, su libérrima invención subjetiva, con la
perfección preformativa y autentificadora propia de la máquina. La
infografía, por lo tanto, automatiza el imaginario del artista con un
gran poder de autentificación” (47).
Si la fotografía, al decir de Benjamin, tecnología
verdaderamente revolucionaria de la reproducción, despunta con el
ideario socialista, la imagen digital irrumpe tras el ocaso de los
socialismos reales. Es interesante notar cómo por la vía de la imagen
digital se conjugan libertad imaginaria y autentificación formal, esta
restitución de la autenticidad ya no reclama el mimetismo del cine o la
fotografía sino que se erige como pura imaginación. La situación actual
consistiría en que la obra de arte ya no reproduce nada (mimesis), en la
actualidad la obra significa, mas solo existe en cuanto es susceptible
de su hiperreproducibilidad , lo que se traduce en que las tecnologías
digitales hacen posible la proximidad al mismo tiempo que la
autenticidad (48).
El videoclip, y por extensión la imagen digital , se
ha covertido en un fascinante objeto de estudio “postmoderno” en la
medida que nos permite el análisis microscópico del flujo total,
característica central de la hiperindustrialización de la cultura. Como
escribe Steven Connor: “Resulta sorprendente que los teóricos de la
postmodernidad se hayan ocupado de la televisión y el vídeo. Al igual
que el cine (con el que la televisión coincide cada día más), la
televisión y el vídeo son medios de comunicación cultural que emplean
técnicas de reproducción tecnológicas. En un aspecto estructural superan
a la narración moderna del artista individual que luchaba por
transformar un medio físico determinado. La unicidad, permanencia y
trascendencia (el medio trasformado por la subjetividad del artista) en
las artes reproductibles del cine y el vídeo parece haber dado lugar a
una multiplicidad irrevocable, a cierta transitoriedad y
anonimato... Otra forma de decirlo sería que el vídeo ejemplifica con
particular intensidad la dicotomía postmoderna entre las estrategias
interrumpidas de vanguardia y los procesos de absorción y neutralización
de este tipo de estrategias” (49). Se ha llegado a sostener, incluso, la
hipótesis de una cierta periodización del capitalismo en relación a los
saltos tecnológicos, cuyo objeto prototípico sería en la actualidad el
vídeo, como explica Fredric Jameson: “Si aceptamos la hipótesis de que
se puede periodizar el capitalismo atendiendo a los saltos cuánticos o
mutaciones tecnológicas con los que responde a sus más profundas crisis
sistémicas, quizás quede un poco más claro por qué el vídeo, tan
relacionado con la tecnología dominante del ordenador y de la
información de la etapa tardía, o tercera, del capitalismo, tiene tantas
probabilidades de erigirse en la forma artística por excelencia del
capitalismo tardío” (50).
El shock devenido con Eisenstein montaje-choque, es
hoy una característica de los objetos audiovisuales más comunes y
triviales, y alcanza su culmen en los llamados spots publicitarios y
videoclips. Este fenómeno ha sido ejemplificado en el llamado “postcine”.
Como hace notar Beatriz Sarlo: “El postcine es un discurso de alto
impacto, fundado en la velocidad con que una imagen reemplaza a la
anterior. Cada nueva imagen a la que la precedió. Por eso las mejores
obras del postcine son los cortos publicitarios y los videoclips” (51). Los videoclips nacen, de hecho, como dispositivos publicitarios de la
hiperindustria cultural, apoyando y promoviendo la producción
discográfica. En pocos años, el espíritu experimentalista de los jóvenes
realizadores formados en los hallazgos de las vanguardias estéticas
(surrealismo, dadaísmo), dio origen a una serie de collages
audiovisuales que destacan por su virtuosismo, conjugando libertad
imaginativa y autentificación formal. Gubern escribe: “Los videoclips
musicales depredaron y se apropiaron de los estilemas del cine de
vanguardia clásico, de los experimentos soviéticos de montaje, de las
transgresiones de los raccords de espacio y de tiempo, etc., por la
buena razón de que no estaban sometidos a las rígidas reglas del relato
novelesco y se limitaban a ilustrar una canción, que con frecuencia no
relataba propiamente una historia, sino que exponía una sensaciones, más
cercanas del impresionismo estético que de la prosa narrativa. Este
descargo de obligaciones narrativas, liberados del imperativo del
cronologismo y de la causalidad, permitió al videoclip musical
adentrarse por las divagaciones experimentalista de carácter virtuoso”
(52).
Una de las acusaciones que se ha cursado contra la
televisión radica, justamente, en su condición de flujo acelerado,
incesante y urgente de imágenes. Este flujo total sería un obstáculo
para el pensamiento: “Je disais en commençant que la televisión n’est
pas trés favorable à l’expression de la pensée. J’établissais un lien,
négatif, entre l’urgence et la pensée… Et un des problèmes majeurs que
pose la télévision, cést la question des rapports entre la pensée et la
vitesse. Est-ce qu’on peut penser dans la vitesse?” (53). Si bien no es del
caso discutir aquí este tópico de índole filosófica, tengamos presente
esta relación entre velocidad y pensamiento en lo que respecta al shock
de imágenes y sonidos que supone el flujo televisivo, pues esta cuestión
está estrechamente ligada a la posibilidad misma de concebir un
distanciamiento crítico.
Para Benjamin era claro que la reproductibilidad
técnica de la obra de arte modificaba radicalmente la relación de la
masa respecto del arte. Así, según escribe: “...cuanto más disminuye la
importancia social de un arte, tanto más se disocian en el público la
actitud crítica y la fruitiva” (54). De allí, entonces, que lo convencional se
disfrute acríticamente mientras que lo innovador se crítique con
aspereza. Crítica y fruición coincidirían, según nuestro autor, en el
cine. De manera análoga, se puede sostener que la hiperreproducibilidad
digital modifica la relación de la obra artística con sus públicos (55). Los archiflujos de programación televisiva anulan la posibilidad de una
distancia crítica, privilegiando en sus públicos una actitud puramente
fruitiva. Como sostiene Fredric Jameson: “Parece posible que, en una
situación de flujo total donde los contenidos de la pantalla manan sin
cesar ante nosotros... lo que solía llamarse ‘distancia crítica’ se haya
quedado obsoleto” (56).
La hiperindustrialización de la cultura es el flujo
total de imágenes y sonidos cuya característica es la búsqueda de
umbrales de excitación cada vez mayores. No estamos ante la exhibición
solemne de una gran obra, ni siquiera de una gran película capaz de
dejar impresiones e imágenes en nuestra memoria equilibrando fruicion y
crítica, más bien se trata de un flujo que aniquila las postimágenes con
lo siempre nuevo, como en un videoclip. En este punto, se podría
argumentar con Jameson, que hay una exclusión estructural de la memoria
y la distancia crítica (57).
El advenimiento de la hiperreproducibilidad digital
no propugna ya ni una estetización de la política ni una politización
del arte sino una ‘personalización’ del arte: “Si en los albores del
siglo XX el fascismo respondió con un esteticismo de la vida política,
el marxismo contestó con una politización del arte; hoy, en este momento
inaugural del siglo XXI, el momento postmoderno pareciera apelar a una
radical subjetivización/personalización del arte y la política,
naturalizados como mercancías en una sociedad de consumo tardocapitalista. Ya el mismo Benjamin reconoció que el cine desplazaba
el aura hacia la construcción artificial de una personality, el culto a
la estrella; que, sin embargo, no alcanzaba a ocultar su naturaleza
mercantil La virtualización de las imágenes logra refinar al extremo
esta impostura aureática, pues personaliza la generación de imágenes sin
que por ello pierda su condición potencial de mercancía” (58). Con todo, la hiperreproducibilidad digital no está exenta de los mismos riesgos
políticos de largo plazo, pues como escribe Vilches: “...la información
que normalmente viene exigida como un valor irrenunciable de la
democracia y de los derechos humanos de los pueblos, representa también
una forma de fascismo cotidiano. El mito de la información total puede
convertirla en totalitaria” (59).
La obra de arte en la epoca de su
hiperreproductibilidad digital se ha tornado en un mero significante,
arte de superficie, que vaga por el laberinto del flujo total: Parodia
inane y vacía a la que Jameson ha llamado “pastiche” (60).
Los videoclips evidencian, a primera vista, su
parentesco estético y formal con algunas obras de las vanguardias. Sin
embargo, resulta evidente que a diferencia de un Buñuel, por ejemplo,
todo videoclip se inscribe en la lógica de la seducción inmanente a los
bienes simbólicos que buscan posicionarse en el mercado más que en
cualquier pretensión contestataria. Las vanguardias y el mercado
resultan del todo congruentes en cuanto al experimentalismo y a la
búsqueda constante de lo nuevo, aún cuando sus vectores de dirección son
opuestos. Así, entonces, podemos afirmar que la lógica del mercado ha
invertido el signo que inspiró a las vanguardias, pero ha
instrumentalizado sus estilemas hasta la saciedad.
Estos principios se han extendido a la hiperindustria
televisiva y cinematográfica en su conjunto, de manera tal que
producciones recientes tan diversas como “Kill Bill”, de Quentin
Tarantino o “High School Musical” de Disney Channel se inscriben en la
lógica del videoclip. En ambas producciones encontramos rasgos híbridos
de distintos géneros audiovisuales, cuyo horizonte no puede ser otro que
su éxito en términos comerciales, garantizada por una estructura
narrativa elemental que rememora algunas tiras cómicas, pero plagada de
efectos auditivos y visuales que llevan al “éxtasis sensual” a las
nuevas generaciones de públicos hipermasivos formados en los cánones de
una cultura internacional popular (61). El perfil del “target” de la mayoría
de estas producciones no podría ser otro que el “teenager” o el adulto
teenager para quien la dosis precisa de violencia, melodrama, sexo y
efectos especiales colma su fantasía imaginal.
Si bien el videoclip constituye uno de los formatos
de la televisión comercial (62), y en algunos casos como MTV , el grueso de
sus contenidos, debemos tener en cuenta que más allá de los soportes lo
que las empresas comercializan es el concepto “música” o más ampliamente
“entertainment”. Por lo demás, un mismo producto asume diversos formatos
para su comercialización, así la empresa Disney ofrece High School
Musical como filme para televisión, DVD, CD, álbum de láminas, presencia
en la Web y una serie de programas paralelos a propósito de la
producción. Los productos de “entertainment” adquieren la condición de
“eventos multimediales” que asegura una mayor presencia en el mercado,
tanto desde el punto de vista de su distribución mundial como de
duración en el tiempo. El despliegue de estos productos en un mercado
global débilmente regulado genera, no obstante, utilidades impensadas
hace dos décadas. La modernidad, devenida hipermodernidad de flujos
convierte el capital en imagen e información, esto es, en lenguaje.
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NOTAS
(47) Gubern, Román. Del bisonte a la realidad virtual. Barcelona.
Anagrama.2006:147.
(48) En una economía posindustrial en la que la información está
reemplazando a la motricidad y a las energías tradicionales y las
representaciones están sustituyendo a las cosas, la virtualidad de la
imagen infográfica, autónoma, desmaterializada, fantasmagórica y
arrepresentativa, supone su culminación congruente. Gubern Op. Cit. 149.
(49) Connor, Steven. Cultura postmoderna. Madrid. Akal. 1996: 115.
(50) Jameson, Fredric. Teoría de la postmodernidad. Madrid. Editorial
Trotta. 1996: 106.
(51) Sarlo. Op. Cit. 61.
(52) Gubern, Román. El Eros electrónico. Madrid. Taurus. 2000:55.
(53) Bourdieu, Pierre. Sur la télévision. Paris. Liber. 1996 : 30.
(54) Benjamin. Discursos 44.
(55) Resulta cada vez más claro que los nuevos dispositivos tecnológicos
y los procesos de virtualización que expanden y aceleran la semiósfera,
desplazan la problemática de la imagen desde el ámbito de la
reproducción al de la producción; así, más que la atrofia del modo aureático de existencia de lo auténtico , debe ocuparnos su presunta
recuperación por la vía de la tecnogénesis y la videomorfización de
imágenes digitales. Este punto resulta decisivo pues, siguiendo a
Benjamin, habría que preguntarse si esta era inédita de producción
digital de imágenes representa una nueva fundamentación en la función
del arte y de la imagen misma; ya no derivada de un ritual secularizado
como en la obra artística ni de la praxis política como en la era de la
reproducción técnica. Cuadra, A. Op. Cit 130.
(56) Jameson. Op. Cit 101.
(57) Los flujos hiperindustriales son “objetos temporales” en el sentido
husserliano, es decir se comportan más como la música que como la
pintura. En este sentido, habría que replantear el razonamiento que
Benjamin atribuye a Leonardo en cuanto a que: “ La pintura es superior a
la música, porque no tiene que morir apenas se la llama a la vida, como
el es caso infortunado de la música. Esta, que se volatiliza en cuanto
surge, va a la zaga de la pintura, que con el uso del barniz se ha hecho
eterna” Benjamin. Discursos. 45.
(58) Cuadra, A. Op. Cit. 13.
(59) Vilches, L. La migración digital. Barcelona. Gedisa. 2001: 108.
(60) Jameson, propone el concepto de pastiche como praxis estética
postmoderna. El pastiche se apropia del espacio que ha dejado la noción
de estilo. Dichos estilos de la modernidad “se transforman en códigos
posmodernistas”. El pastiche es imitación, pero a diferencia de la
parodia, se trata de una: “repetición neutral… desligada del impulso
satírico, desprovista de hilaridad y ajena a la convicción de que, junto
a la lengua anormal que se toma prestada provisionalmente, subsiste aun
una saludable normalidad lingüística.” El pastiche es una parodia vacía.
El pastiche, en tanto dispositivo de una cultura aniquila la referencialidad histórica; la serie sígnica organiza la realidad
prescindiendo de la serie fáctica; los signos significan, pero no
designan. Todos los estilos se dan cita en un aquí y ahora; de tal modo
que, la historia deviene, en palabras de Jameson, historicismo o
historia pop; una serie de estilos, ideas y estereotipos reunidos al
azar suscitando la nostalgia propia de la mode rétro. Este nuevo
lenguaje del pastiche representa “…la pérdida de nuestra posibilidad
vital de experimentar la historia de un modo activo”. Cuadra Op. Cit. 50.
(61) Cfr. Ortiz, R. Cultura internacional popular in
Mundialización y
cultura. Buenos Aires. Alianza Editorial. 1997 : 145-198.
(62) En relación a los flujos de la televisión comercial, se imponen
algunos límites dignos de ser considerados. Como señala Tablante: “Si
bien es cierto que la televisión es un flujo de contenidos
programáticos, también es cierto que éstos tienen unos límites relativos
a su intención, a su duración y a su estética. En este sentido, la
televisión funcionaría como un atomizador de programas particulares que
tienen un ‘espacio’ específico dentro de la programación del canal”.
Véase:
Tablante, Leopoldo. La televisión frente al receptor: intimidades de una
realidad representada in Televisión, pan nuestro de cada día. (Bisbal, coord.). Caracas. Alfadil
Ediciones.2005: 120.
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