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Dr. Álvaro Cuadra R. La obra de arte en la época
de su hiperreproductibilidad digital
1.
La iluminación profana
2.
Reproducibilidad y modos de significación
3.
Shock, tiempo y flujos
4.
Estetización, politización, personalización
5.
Modernidad, patrimonio e hiperreproducibilidad
6.
Hiperreproducibilidad: Identidad y Redes
7.
Fiat ars, pereat mundus
8.
Epílogo
3.- Shock, tiempo y flujos
Resulta interesante el alcance que hace Benjamín al
valor cultual inmanente a las fotografías de nuestros seres queridos,
pues el retrato hace vibrar el aura en el rostro humano (31). Atget, empero,
retiene hacia 1900 las calles vacías de París, hipertrofiando el valor
exhibitivo, anunciando lo que sería la revista ilustrada con sus notas
al pie. La época de la reproductibilidad técnica le quita al arte su
dimensión cultual y su autonomía. Como sostiene Berger: “Lo que han
hecho los modernos medios de reproducción ha sido destruir la autoridad
del arte y sacarlo –o mejor, sacar las imágenes que reproducen– de
cualquier coto. Por vez primera en la historia, las imágenes artísticas
son efímeras, ubicuas, carentes de corporeidad, accesibles, sin valor,
libres. Nos rodean del mismo modo que nos rodea el lenguaje. Han entrado
en la corriente principal de la vida sobre la que no tienen ningún poder
por sí mismas” (32).
Durante la primera mitad del siglo XX, la tecnología
audiovisual se desarrolló en torno al cine que, a su vez, es una
ampliación y perfeccionamiento de la fotografía analógica y la
fonografía, imponiendo la dimensión cinética mediante la secuencia de
fotogramas. Así, el cine permitió por vez primera la narración con
sonidos e imágenes en movimiento, mediante la proyección lumínica,
adquiriendo un total protagonismo en la industrialización de la cultura.
Benjamin pensaba que con el cine asistíamos a la mediación tecnológica
de la experiencia, o si se quiere a una industrialización de la
percepción. Como afirma Buck-Morss: “Benjamín sostenía que el siglo XIX
había presenciado una crisis en la percepción como resultado de la
industrialización. Esta crisis estaba caracterizada por la aceleración
del tiempo, un cambio desde la época de los pasajes, cuando los coches
de caballos todavía no toleran la competencia de los peatones, hasta la
de los automóviles, cuando la velocidad de los medios de
transporte... sobrepasa las necesidades... La industrialización de la
percepción era también evidente en la fragmentación del espacio. La
experiencia de la línea de montaje y de la multitud urbana era una
experiencia de bombardeo de imágenes desconectadas y estímulos similares
al shock” (33). Tratemos de examinar en qué consistiría ese shock y que
implicancias podría tener en la cultura actual.
El cine, al igual que una melodía, se constituye en
su duración. En este sentido, tales entidades ‘son’ en cuanto ‘siendo’.
En pocas palabras, estamos ante aquello que Husserl llamaba “objetos
temporales”: “Una película, como una melodía, es esencialmente un
flujo: se constituye en su unidad como un transcurso. Este objeto
temporal, en tanto que flujo, coincide con el flujo de la conciencia del
que es el objeto –la conciencia del espectador”
(34).
Siguiendo la argumentación de Stiegler, habría que
decir que el cine produce una doble coincidencia, por una parte conjuga
pasado y realidad de modo fotofonográfico, creando un “efecto de
realidad”, y al mismo tiempo, hace coincidir el flujo temporal del filme
con el flujo de la conciencia del espectador, produciendo una
sincronización o adopción completa del tiempo de la
película. En suma: “...la característica de los objetos temporales es
que el transcurso de su flujo coincide ‘punto por punto’ con el
transcurso del flujo de la conciencia del que son el objeto
–lo que quiere decir que la conciencia
del objeto adopta el tiempo de este objeto: su tiempo es el del objeto,
proceso de adopción,a partir del cual se hace posible el fenómeno de
identificación típica del cine” (35).
El protagonismo del cine será opacado por la
irrupción de la televisión durante la segunda mitad del siglo pasado. Si
el cine permitió la sincronización de los flujos de conciencia con los
flujos temporales inmanentes al filme, será la transmisión televisiva la
que llevará la sincronización a su plenitud, pues aporta la trasmisión
“en tiempo real” de “megaobjetos temporales”. Bastará pensar en la gran
final del Campeonato Mundial de Fútbol, Alemania 2006. Un público hipermasivo y disperso por todo el orbe, es capaz de captar el mismo
objeto temporal, devenido por lo mismo megaobjeto, de manera simultánea
e instantánea, es decir, “en directo”. Como sentencia Stiegler: “Estos
dos efectos propiamente televisivos transforman tanto la naturaleza del
propio acontecimiento como la vida más íntima de los habitantes del
territorio” (36).
En la hora presente, el potencial de reproducibilidad
ha sido elevado exponencialmente debido a la irrupción de las llamadas
nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Esta suerte de “hiperreproducibilidad”,
como la denomina Stiegler, encuentra su fundamento en la diseminación de
tecnologías masivas que instituyen nuevas prácticas sociales: “La
tecnología digital permite reproducir cualquier tipo de dato sin
degradación de señal con unos medios técnicos que se convierten ellos
mismos en bienes ordinarios de gran consumo: la reproducción digital se
convierte en una práctica social intensa que alimenta las redes
mundiales porque es simplemente la condición de la posibilidad del
sistema mnemotécnico mundial” (37). Si a esto sumamos las posibilidades casi
ilimitadas de simulaciones, manipulaciones y la interoperabilidad que
permiten los sistemas de transmisión, habría que concluir con Stiegler:
“La hiperreproducibilidad, que resulta de la generalización de las
tecnologías numéricas, constituye al mismo tiempo una
hiperindustrialización de la cultura, es decir, una integración
industrial de todas las formas de actividades humanas en torno a las
industrias de programas, encargadas de promover los “servicios” que
forman la realidad económica específica de esta época hiperindustrial,
en la que lo que antes era el hecho ya sea de servicios públicos, de
iniciativas económicas independientes o el hecho de actividades
domésticas es sistemáticamente invertido por ‘el mercado’” (38).
La reproducción técnica y la masificación de la
cultura fue advertida por Paul Valéry, cuya cita pareciera estar hecha
para caracterizar la televisión: “Igual que el agua, el gas y la
corriente eléctrica vienen a nuestras casas, para servirnos, desde lejos
y por medio de una manipulación casi imperceptible, así estamos también
provistos de imágenes y de series de sonidos que acuden a un pequeño
toque, casi a un signo, y que del mismo modo nos abandonan” (39). Benjamin
advierte que esta nueva forma de reproducción rompe con la presencia
irrepetible e instala la presencia masiva, poniendo así lo reproducido
fuera de su situación para ir al encuentro del destinatario. La
televisión ha llevado a efecto la formulación universal propuesta por
Benjamin en cuanto a que : “...la técnica reproductiva desvincula lo
reproducido del ámbito de la tradición” (40). No sólo eso, habría que repetir
con nuestro teórico lo mismo que pensó respecto del cine: “La
importancia social de éste no es imaginable incluso en su forma más
positiva, y precisamente en ella, sin este otro lado suyo destructivo,
catártico: la liquidación del valor de la tradición en la herencia
cultural” (41).
La sincronización de los flujos temporales nos
permite adoptar el tiempo del objeto, sin embargo, para que esto haya
llegado a ser posible hay una suerte de training sensorial de masas, una
apropiación de ciertos modos de significación que se encuentran
inscritos como exigencias para un narratario y que se exteriorizan como
principios formales de montaje. En este sentido, el shock es susceptible
de ser entendido como una nuevo modo de experimentar la calendariedad y
la cardinalidad. En una línea próxima, Cadava escribe: “El advenimiento
de la experiencia del shock como una fuerza elemental en la vida
cotidiana a mediados del siglo XIX –sugiere Benjamin–, transforma
toda la estructura de la existencia humana. En la medida en que Benjamin
identifica este proceso de transformación con las tecnologías que han
sometido “el sistema sensorial del hombre a un complejo training” y que
incluyen la invención de los fósforos y del teléfono, la trasmisión
técnica de información a través de periódicos y anuncios, y nuestro
bombardeo en el tráfico y las multitudes, individualiza a la fotografía
y al cine como medios que –en sus técnicas de corte rápido, múltiples
ángulos de cámara, instantáneos– elevan la experiencia del
shock, a un
principio formal...” (42).
En la era de la hiperreproducibilidad digital, la
hiperindustrialización de la cultura representa el régimen de
significación contemporáneo, cuya arista económico-cultural puede ser
entendida como una hipermediatización. Los hipermedia administrados por
grandes conglomerados de la industria de las comunicaciones son los
encargados de producir, distribuir y programar el consumo de toda suerte
de bienes simbólicos, desde casas editoriales multinacionales a canales
televisivos de cobertura planetaria, pasando por la hiperindustria del
entertainment y todos sus productos derivados. Ahora bien, como todo
régimen de significación, el actual posee modos de significación bien
definidos que podemos sintetizar bajo el concepto de “virtualización”.
Más allá de una presunta “alineación” de la vida y en un sentido más
radical, la virtualización puede ser definida por su potencial genésico,
por su capacidad de generar realidad, es decir: “La fundamental
dimensión de la reproducción mediática de la realidad no reside ni en su
carácter instrumental como extensión de los sentidos, ni en su capacidad
manipuladora como factor condicionador de la conciencia, sino en su
valor ontológico como principio generador de realidad. A sus estímulos
reaccionamos con mayor intensidad que frente a la realidad de la
experiencia inmediata” (43).
El shock es la imposibilidad de la memoria ante el
flujo total de un presente que se expande. Disuelta toda distancia en el
imperio del aquí y ahora, solo queda en la pantalla suspendido el
still
point, ya no como experiencia poética sino como sugirió Benjamin,
mediante una recepción en la dispersión de la cual la experiencia
cinematográfica fue pionera: “Comparemos el lienzo (pantalla) sobre el
que se desarrolla la película con el lienzo en el que se encuentra una
pintura. Este último invita a la contemplación; ante él podemos
abandonarnos al fluir de nuestras asociaciones de ideas. Y en cambio no
podremos hacerlo ante un plano cinematográfico. Apenas lo hemos
registrado con los ojos y ya ha cambiado. No es posible fijarlo. Duhamel,
que odia el cine y no ha entendido nada de su importancia, pero sí lo
bastante de su estructura, anota esta circunstancia del modo siguiente:
“Ya no puedo pensar lo que quiero. Las imágenes movedizas sustituyen a
mis pensamientos”. De hecho, el curso de las asociaciones en la mente de
quien contempla las imágenes queda enseguida interrumpido por el cambio
de éstas. Y en ello consiste el efecto del choque del cine que, como
cualquier otro, pretende ser captado gracias a una presencia de espíritu
más intensa. Por virtud de su estructura técnica el cine ha liberado al
efecto físico de choque del embalaje por así decirlo moral en que lo
retuvo el dadaísmo” (44). La hiperindustrialización cultural es capaz,
precisamente, de fabricar el presente pleno mediante sus flujos
audiovisuales “en vivo”, que paradójicamente es también olvido. Como nos
aclara Stiegler: “Al instaurar un presente permanente en el seno de
flujos temporales donde se fabrica hora a hora y minuto a minuto un
‘recién pasado’ mundial, al ser todo ello elaborado por un dispositivo
de selección y de retención en directo y en tiempo real sometido
totalmente a los cálculos de la máquina informativa, el desarrollo de
las industrias de la memoria, de la imaginación y de la información
suscita el hecho y el sentimiento de un inmenso agujero de memoria, de
una pérdida de relación con el pasado y de una desherencia mundial
ahogada en un puré de informaciones de donde se borran los horizontes de
espera que constituye el deseo” (45). Las redes hiperindustriales han hecho
del shock, una experiencia cotidiana, trivial e hipermasiva,
convirtiendo en realidad aquella “intuición“ benjaminiana, un nuevo
sensorium de masas que redunda en nuevo modo de significación cuya
impronta, según hemos visto, no es otra que la experiencia generalizada
de la compresión espacio-temporal.
Hagamos notar que, en efecto, Benjamin ofrece más
intuiciones iluminadoras que un trabajo empírico consistente. Esto es
así porque, recordemos, su pensamiento no pudo hacerse cargo del enorme
potencial que suponía la nueva economía-cultural bajo la forma de una
industrialización de la cultura, especialmente, del otro lado del
Atlántico. Como apunta muy bien Renato Ortiz: “Cuando Benjamin escribe
en los años 30, los intelectuales alemanes, a pesar de los traumas de la
I Guerra Mundial y del advenimiento del nazismo, todavía son marcados
por la idea de kultur, esto es, de un espacio autónomo que escapa a las
imposiciones de la ‘civilización’ material y técnica. Al contrario de
Adorno y de Horkheimer, Benjamin no conoce la industria cultural ni el
autoritarismo del mercado; para los frankfurtianos, esa dimensión sólo
puede ser incluida en sus preocupaciones cuando migran a Estados Unidos.
Allí, la situación era enteramente otra: es el momento en que la
publicidad, el cinematógrafo, la radio, y luego, rápidamente, la
televisión, se vuelven medios potentes de legitimación y de difusión
cultural” (46). Este verdadero descubrimiento es el que realizará Adorno en
sus investigaciones junto a Lazarfeld en el proyecto del Radio Research,
encargado por la Rokefeller Foundation, en los años siguientes.
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NOTAS
(31) En la misma línea de pensamiento, Sontag escribe: “Las fotografías
afirman la inocencia, la vulnerabilidad de vidas que se dirigen hacia su
propia destrucción, y este lazo entre la fotografía y la muerte ronda
todas las fotografías de personas”. Véase: Sontag, Susan.
Sobre la fotografía. Barcelona. Edhasa. 4º reimp. 1996: 80.
(32) Berger, John et al. Modos de ver.
Barcelona. Gustavo Gili.. (3º Ed): 1980 : 41.
(33) Buck-Morss. Op. Cit. 69.
(34) Stiegler, B. La técnica y el tiempo.
Guipúzcoa. Editorial Hiru Hondarribia. 2004. T3 :14.
(35) Op. Cit. 47.
(36) Op. Cit. 48.
(37) Op. Cit .355.
(38) Op. Cit. 356.
(39) Valery, Paul. Pièces sur l’art, París, 1934 in Benjamin. Op.
Cit. 20.
(40) Benjamin. Op.Cit. 22.
(41) Benjamin. Op. Cit. 23.
(42) Cadava. Op. Cit. 178.
(43) Subirats, E. Culturas virtuales.
Madrid. Bibioteca Nueva. 2001:95.
(44) Benjamin. Op. Cit. 51.
(45) Stiegler. Op. Cit. 115.
(46) Ortiz, Renato. Modernidad y espacio.
Benjamin en París. Bogotá. Editorial Norma. 2000: 124.
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