|
Dr. Álvaro Cuadra R. La obra de arte en la época
de su hiperreproductibilidad digital
1.
La iluminación profana
2.
Reproducibilidad y modos de significación
3.
Shock, tiempo y flujos
4.
Estetización, politización, personalización
5.
Modernidad, patrimonio e hiperreproducibilidad
6.
Hiperreproducibilidad: Identidad y Redes
7.
Fiat ars, pereat mundus
8.
Epílogo
2.- Reproducibilidad y modos de significación
Leer la obra de Benjamin plantea un sinnúmero de
dificultades, una de las cuales se encuentra en la novedad radical de su
planteamiento. Esto se relaciona con los niveles de análisis que propone
Benjamin frente a un régimen de significación naciente, como el que
anunciaba el cine, por ejemplo, en contraste con la visión de Adorno y Horkheimer. Mientras éstos estructuraron un discurso cuyo foco era la
dimensión económico cultural, en cuanto nuevos modos de producción y
redes de distribución, así como condiciones objetivas para la
recepción-consumo de bienes simbólicos en sociedades tardocapitalistas,
Benjamin inaugura una reflexión sobre los “modos de significación”
inherentes a la nueva economía cultural. Los modos de significación dan
cuenta, justamente, de la “experiencia” cuyo fundamento no podría ser
sino perceptual y cognitivo, esto es, la configuración del “sensorium”,
en una sociedad en que la tecnología y la industrialización son la
mediaciones de cualquier percepción posible. La lectura de Benjamin que
proponemos encuentra su asidero explícito en la hipótesis que anima todo
su escrito: “Dentro de grandes espacios históricos de tiempo se
modifican, junto con toda la existencia de las colectividades humanas,
el modo y manera de su percepción sensorial” (16). Por lo tanto la empresa
del investigador no puede ser otra que “poner de manifiesto las
transformaciones sociales que hallaron expresión en esos cambios de la
sensibilidad” (17).
Una mirada tal fue vista con desconfianza por sus
pares, tanto por su oscuro método como por su particular modo de
entender la cultura (18). Como refiere Martín–Barbero: “Adorno y Habermas lo
acusan de no dar cuenta de las mediaciones, de saltar de la economía a
la literatura y de ésta a la política fragmentariamente. Y acusan de
esto a Benjamin, que fue pionero en vislumbrar la mediación fundamental
que permite pensar históricamente la relación de la transformación en
las condiciones de producción con los cambios en el espacio de la
cultura, esto es, las transformaciones del sensorium, de los modos de
percepción, de la experiencia social” (19).
Uno de los grandes aportes del pensamiento
benjaminiano surge de un conjunto de categorías en torno a los nuevos
modos de significación que modifican sustancialmente las prácticas
sociales gracias a la irrupción de un potencial de reproducibilidad
desconocido hasta entonces, esto es, tecnologías revolucionarias
–la
fotografía y el cine– que transforman las condiciones de posibilidad de
la memoria y archivo. Como nos advierte Cadava: “...la fotografía
–que Benjamin entiende como el primer medio verdaderamente revolucionario de
reproducción– es un problema que no concierne sólo a la historiografía,
a la historia del concepto de memoria, sino también a la historia
general de la formación de los conceptos... Lo que se pone en juego aquí
son los problemas de la memoria artificial y de las formas modernas de
archivo, que hoy afectan todos los aspectos de nuestra relación con el
mundo, con una velocidad y en una dimensión inédita en épocas
anteriores” (20). Si entendemos el aporte de Benjamin como un primer avance
para esclarecer el vínculo entre reproducibilidad técnica y memoria, sea
en cuanto sistema retencional terciario (registro), sea como
memoria
psíquica, podemos ponderar la originalidad y alcance del pensamiento benjaminiano.
Para nuestro autor, en coincidencia con Adorno aunque
en una posición mucho más marginal de la Escuela de Frankfurt, la
reproducción técnica de la obra de arte significaba la destrucción del
modo aureático de existencia de la obra artística: “Como Adorno y Horkheimer, Benjamín pensaba al principio que el surgimiento de la
industria de la cultura era un proceso de destrucción de la obra de arte
autónoma en la medida en que los productos del trabajo artístico son
reproducibles técnicamente, pierden el aura cúltica que previamente lo
elevaba como una sagrada reliquia, por encima del profano mundo
cotidiano del espectador... Sin embargo, las diferencias de opinión en
el instituto no se desencadenaron por la identificación de estas
tendencias de la evolución cultural, sino por la valoración de la
conducta receptiva que engendran” (21). En efecto, mientras Adorno veía en la
reproducción técnica una “desestificación del arte”, Benjamin creía ver
la posibilidad de nuevas formas de percepción colectiva y con ello la
expectativa de una politización del arte.
En América Latina, quien lleva esta lectura a sus
últimas consecuencias es Martín-Barbero quien cree advertir en el
pensamiento benjaminiano una “historia de la recepción”, de tal modo
que: “De lo que habla la muerte del aura en la obra de arte no es tanto
de arte como de esa nueva percepción que, rompiendo la envoltura, el
halo, el brillo de las cosas, y no sólo las de arte, por cercanas que
estuvieran estaban siempre lejos, porque un modo de relación social les
hacía sentirlas lejos. Ahora las masas, con ayuda de las técnicas, hasta
las cosas más lejanas y más sagradas las sienten cerca. Y ese “sentir”,
esa experiencia, tiene un contenido de exigencias igualitarias que son
la energía presente en la masa” (22). Frente a una lectura como ésta, se
impone cierta prudencia. Podríamos aventurar que el optimismo teórico de
Martín-Barbero es una lectura datée característica de la década de los
ochenta del siglo pasado que pretende hacer de la cultura el espacio de
hegemonía y de lucha.
En principio, nada autoriza, de buenas a primeras,
colegir de esta proximidad psíquica y social reclamada por las
vanguardias y hecha experiencia cotidiana gracias a la irrupción
creciente de ciertas tecnologías, la instauración de un contenido
igualitario que, en una suprema expresión de optimismo teórico,
redundaría en un redescubrimiento de la cultura popular y una
reconfiguración de la cultura como espacio de hegemonía. No podemos
olvidar que el igualitarismo se encuentra en la raíz misma de la
mitología burguesa, cuya figura más contemporánea es el “consumidor” o
“usuario”, expresión última del “homo aequalis” como protagonista de
toda suerte de populismos políticos y mediáticos. Asistimos más bien al
fenómeno de la despolitización creciente de masas, en cuanto las
sociedades de consumo son capaces de abolir el carácter de clase en la
fantasía imaginal de las sociedades burguesas en el tardocapitalismo,
mediante aquello que Barthes llamó “ex-nominación” (23).
En América Latina, en la actualidad, está surgiendo
un interesante replanteamiento de fondo sobre la cuestión de la defensa
de lo popular, que durante décadas se mantuvo como un principio
incuestionable exento de matices, Rodriguez Breijo se pregunta: “¿Tiene
sentido defender algo que probablemente ya ni existe y que pierde su
sentido en una sociedad donde las culturas campesinas y tradicionales ya
no representan la parte mayoritaria de la cultura popular, y donde lo
popular ya no es vivido, ni siquiera por los sujetos populares con una
‘complacencia melancólica hacia las tradiciones’? ¿Aferrarse a eso no
será cegarse ante los cambios que han ido redefiniendo a estas
tradiciones en las sociedades industriales y urbanas? ”(24). Sea cual fuere la
respuesta que pudiéramos ofrecer a estas interrogantes, lo cierto es que
la hiperindustrialización de la cultura, rostro mediático de la
globalización, representa un riesgo creciente en lo político y en lo
cultural en nuestra región y reclama una nueva síntesis para nuevas
respuestas, como nunca antes, un acto genuino de imaginación teórica
(25).
En una primera aproximación, el ensayo de Benjamin
comienza por reconocer que la reproducción técnica es de antigua data,
nos recuerda que en el mundo griego, por ejemplo, tomó la modalidad de
la fundición de bronces y el acuñamiento de monedas, lo mismo luego con
la xilografía con respecto al dibujo y, desde luego, la imprenta como
reproductibilidad técnica de la escritura. Asimismo, nos trae a la
memoria el grabado en cobre, el aguafuerte y más tardíamente durante el
siglo XIX la litografía. Sin embargo, la reproducción técnica entraña de
manera ineluctable una carencia que no es otra que “la autenticidad”,
esto es, el “aquí y ahora” del original, una autenticidad en cuanto
autoridad plena frente a la reproducción, incapaz de reproducir,
precisamente, la autenticidad. Benjamin propone el término “aura” como
síntesis de aquellas carencias: falta de autenticidad, carencia de
testificación histórica: “Resumiendo todas estas carencias en el
concepto de aura, podremos decir: en la época de la reproducción técnica
de la obra de arte lo que se atrofia es el aura de ésta” (26).
Esta hipótesis de trabajo se extiende más allá del
arte para caracterizar una cultura entera en cuanto la reproducción
técnica desvincula los objetos reproducidos del ámbito de la tradición.
En la actualidad, la reproducibilidad ya no sería una mera posibilidad
empírica sino un cambio en el sentido de la reproducción misma: “La
reproducción técnica de la obra de arte”, señala Benjamin,” es algo
nuevo que se impone en la historia intermitentemente, a empellones, muy
distantes los unos de los otros, pero con intensidad creciente”. Ese
“algo nuevo” al que se refiere aquí Benjamin entonces, no es meramente
“la reproducción como una posibilidad empírica, un hecho que estuvo
siempre presente, en mayor o menor medida, ya que las obras de arte
siempre pudieron ser copiadas”, sino como sugiere Weber, “un cambio
estructural en el sentido de la reproducción misma... Lo que interesa a Benjamin y lo que considera históricamente ‘nuevo’ es el proceso por el
cual las técnicas de reproducción influencias de manera creciente y, de
hecho, determinan, la estructura misma de la obra de arte” (27).
La reproducción, efectivamente, no reconoce contexto
o situación alguna y representa como dirá Benjamin “una conmoción de la
tradición” (28). Esta descontextualización posibilitada por las técnicas de
reproducción desconstruye la unicidad de la obra de arte en cuanto
diluye el ensamblamiento de ésta con cualquier tradición. El objeto
fuera de contexto ya no es susceptible de una “función ritual”, sea éste
mágico, religioso o secularizado. Como afirma nuestro autor: “...por
primera vez en la historia universal, la reproductibilidad técnica
emancipa a la obra artística de su existencia parasitaria en un ritual”
(29).
Las consecuencias de este nuevo estatus del arte se
pueden sintetizar en dos aspectos. Primero, hay un cambio radical en la
función misma del arte: expurgado de su fundamentación ritual se impone
una praxis distinta, a saber: la praxis política. Segundo, en la obra
artística decrece el “valor cultual” y se acrecienta el “valor
exhibitivo” . En palabras del filósofo: “Con los diversos métodos de su
reproducción técnica han crecido en grado tan fuerte las posibilidades
de exhibición de la obra de arte, que el corrimiento cuantitativo entre
sus dos polos se torna, como en los tiempos primitivos, en una
modificación cualitativa de su naturaleza” (30).
__________
NOTAS
(16) Benjamin, Discursos. 24.
(17) Ibidem.
(18) Implícita en las obras de Benjamin está una detallada y consistente
teoría de la educación materialista que haría posible esa rearticulación
de la cultura, de ideología a arma revolucionaria. Esta teoría implicaba
la transformación de las “mercancías” culturales en lo que él llamaba
“imágenes dialécticas”. Véase:
Buck-Morss, Susan. Walter Benjamin, escritor revolucionario. 1º Ed.
Buenos Aires. Interzona Editora. 2005: 18.
(19) Martín-Barbero, Jesús. De los medios a las mediaciones. Barcelona.
Gustavo Gili. (2º edición). 1991: 56.
(20) Cadava, Eduardo. Trazos de luz. Tesis sobre la fotografía de la
historia. Santiago. Palinodia. 2006: 19.
(21) Honneth, Axel . Op. Cit. 467.
(22) Martín- Barbero. Op. Cit. 58.
(23) El proceso de ex-nominación ha abolido toda referencia al
concepto de clase y en su lugar se establece un énfasis en la forma de
vida el concepto omniabarcante de la clase se debilita y cede espacio
a otras formas de autodefinición, focalizados en rasgos culturales más
específicos. La pluralidad de microdiscursos, es una realidad de dos
caras; por una parte ha emancipado a las nuevas generaciones de una
visión holística y unidimensional, que diluye los problemas cotidianos e
inmediatos en la abstracción teórico-ideológica; pero, por otra parte,
los microdiscursos pueden convertirse con facilidad en pseudorreligiones
sectarias, ajenas a los problemas generales del ciudadano; más todavía,
se puede llegar a microdiscursos intraducibles, exclusivos y
excluyentes. Véase: Cuadra, A. De la ciudad letrada a la ciudad virtual.
Santiago. Lom. 2003: 24.
(24) Rodrigues Breijo, Vanessa. La televisión como un asunto de cultura
in Televisión, pan nuestro de cada día. (Bisbal, coord.). Caracas. Alfadil Ediciones.2005: 107
(25) Lorenzo Vilches, citando a Hills ha expuesto descarnadamente el
riesgo latinoamericano frente a la hiperindustrialización: “Es muy
posible que en Latinoamérica se vuelva al pasado y que se verifique la
afirmación de J. Hills de que ‘allí donde la empresa privada posee tanto
la infraestructura doméstica como los enlaces internacionales, los
países en vias de desarrollo vuelvan a su anterior condición de
colonias”.
Hills, J. Capitalism and the Information Age. Washington DC. Progress
and Freedom Foundation. 1994 in Vilches, L. La migración digital.
Barcelona. Gedisa. 2001: 28.
(26) Benjamin. Discursos. 22.
(27) Cadava. Op. Cit. 96.
(28) Benjamin. Op. Cit. 23.
(29) Op. Cit. 27.
(30) Op. Cit. 30.
|