CATOLICISMO, concepto e historia de la
doctrina católica
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La doctrina llamada católica, es decir, la de la Iglesia latina, romana
o de Occidente, fue formulada por última vez, para que no pudiese ser confundida con ninguna de las llamadas reformadas, en el concilio de Trento celebrado en el siglo XVI.
La palabra catolicismo es de origen moderno, y es lo más probable que comenzara
a usarse en las controversias y discusiones por los enemigos de la Iglesia católica, que con esta palabra
quisieron designar una secta, un partido, negando que la Iglesia católica sea única y universal. Debió esta palabra comenzar
a usarse en sentido injurioso, tal y como por los adversarios de la Iglesia se han empleado las palabras
papado, ultramontano, clericalismo y otras; mas con el transcurso del tiempo ha perdido esta voz su primitiva acepción, y ha venido
a significar tanto como ciencia o doctrina de la religión católica romana.
Bossuet, a quien algunas veces se ha llamado Padre de la Iglesia, expuso la doctrina católica en una obra admirable por su claridad y método. Seguiremos
a tan insigne escritor para hacer la exposición del catolicismo, y después nos servirá de guía para el mismo fin nuestro admirable y admirado Balmes.
El catolicismo reconoce o admite dos especies de culto religioso: uno de adoración, que la Iglesia rinde sólo
a Dios, y un culto de honor, que
rinde a los Santos, pero que debe referirse siempre a Dios. Como el protestantismo ha suprimido este último culto, es de imprescindible necesidad determinar en qué consiste y en qué se diferencia y distingue del culto de adoración. La adoración que, según la enseñanza católica, se debe
a Dios, consiste principalmente en creer que es el Creador y Señor de todas las cosas, y en unirse
a él con todas las potencias del alma, por la Fe, por la Esperanza y por la Caridad, como
a Aquél que únicamente puede hacer nuestra felicidad,
por la comunicación del bien infinito que es Él mismo. Esta adoración interior tiene sus señales exteriores, de entre las cuales la principal es el sacrificio de la misa, que no puede ser ofrecido sino
a Dios, porque este sacrificio se estableció para hacer una confesión pública y
una protesta solemne de la soberanía de Dios y de la dependencia absoluta de los católicos. Dios no es solamente el objeto único del culto de adoración; es el fin necesario del culto de honor que
a los Santos se presta. «La Iglesia, dice Bossuet, al enseñarnos que es útil rogar
a los Santos, nos enseña también a rogarles con ese espíritu de caridad, y según ese orden de sociedad paternal que nos mueve
a pedir por nuestros prójimos vivos sobre la tierra; y el catecismo del concilio de Trento deduce de esta doctrina que, si la cualidad
de mediador que da la Escritura a Jesucristo recibía algún prejuicio por la intercesión de los Santos que reinan con Dios, no recibiría menos por la intercesión de los fieles que viven con nosotros. Los Santos no conocen por
sí mismos ni nuestras necesidades ni nuestros deseos, ni aun nuestras plegarias. La Iglesia nada ha dicho sobre los medios de que se vale Dios para hacérselos conocer; pero cualesquiera que sean estos medios, es justo reconocer que no concede
a la criatura humana ninguno de los atributos de la Divinidad, como hacían los idólatras, puesto que no permite reconocer en ninguno de los Santos ningún grado de excelencia que no les venga de Dios, ni ninguna consideración ante sus ojos más que por su virtud, ni ninguna virtud que no sea un don de su gracia, ni ningún conocimiento de las cosas humanas que las que
Él les comunique, ni ningún poder de asistirnos más que por sus oraciones, ni ninguna felicidad más que por una sumisión y una conformidad perfectas con la voluntad divina.
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Como se ve, pues, por lo dicho hasta aquí, el
culto de honor que se presta a los Santos no puede bajo ningún
concepto ser considerado como una corrupción politeísta de la
religión cristiana. El culto a las imágenes y a las reliquias de
los Santos no puede ser asimilado en manera alguna a la
idolatría. El concilio de Trento prohíbe expresamente: atribuir
a las imágenes ninguna divinidad o virtud por la cual deban ser
veneradas, ni pedirles ninguna gracia; quiere que todo honor se
refiera a los originales que representan. |
He aquí en qué términos justifica Bossuet contra los protestantes el culto de las imágenes y de las reliquias:
"Si los defensores de la religión que se pretende sea reformada, dice, quisieran comprender de qué manera la afección que sentimos por alguien se extiende, sin dividirse,
a sus hijos, a sus amigos, y en seguida, por diversos grados, a lo que le representa,
a lo que de él queda, a todo lo que lo renueva o trae a nuestra memoria; si concibiesen que el honor tiene un progreso semejante, puesto que el honor, en efecto, no es otra cosa que un amor mezclado de respeto y temor; en fin, si considerasen que todo el culto exterior de la Iglesia católica tiene su origen en Dios mismo y que
a Él vuelve, no creerían jamás que este culto que Él sólo anima pueda excitar sus celos; verían, por el contrario, que si Dios, deseoso del amor de los hombres, nos considera como si nos dividiéramos entre
Él y la criatura, cuando amamos a nuestro prójimo por amor a Él, este mismo Dios, aunque deseoso del respeto de sus fieles, no cree que dividan el culto que solamente
a Él se debe cuando se honra y venera a aquéllos que Él mismo ha honrado y venerado."
Antes de seguir adelante en la exposición de la doctrina católica que hace Bossuet, diremos lo que los teólogos entienden por catolicismo. El catolicismo es primeramente el completo y pleno reconocimiento de la autoridad fundada por Cristo en su Iglesia para todos los hombres y todos los tiempos, y la fe absoluta en todo lo que la Santa Madre Iglesia, fundada por Jesucristo, manda creer sin excepción y sin distinción, y sólo
porque así lo cree y enseña la Iglesia. El catolicismo es el cristianismo en su universalidad
y en su unidad; se aplica a todos los tiempos y lugares; enseña en todas partes y siempre la
misma doctrina; posee y distribuye siempre y en todas partes mismos medios de salud; tiene la misma organización en todas las latitudes y en todos los
siglos, mientras que las Iglesias separadas de la católica, aunque cristianas, enseñan, según sus distintas denominaciones y sus sistemas diferentes, ya tal error, ya tal otro, y se organizan
de cien maneras distintas. El catolicismo es inmutable, es esencialmente la religión del porvenir,
como de hecho es la del presente y ha sido del pasado. En esta inmutabilidad divina del Catolicismo descansan
a la vez su fecundidad, su maravillosa vitalidad interior y exterior para el porvenir como en el tiempo pasado. El catolicismo se
ha elevado como religión universal sobre todas las religiones particulares y nacionales, sobre el carácter
efímero de los siglos que pasan, del tiempo que cambia. Y,
a pesar, o más bien por esta universalidad viviente, poderosa e imperturbable, ha entrado en los detalles de
la vida, en las particularidades de la existencia de los individuos y de los pueblos, y, traspasando lo que las nacionalidades tienen de limitado, lo que el espíritu del tiempo tiene de restringido, ha determinado, favorecido
y cumplido el desenvolvimiento puro y normal de los individuos, de las tribus y de las naciones, ha penetrado
en la vida silenciosa y en la caverna solitaria del pastor para ennoblecerla
e iluminarla. Además de ser el catolicismo único y uno, es también consecuente consigo mismo. Una vez acordado
el principio de la autoridad infalible de la Iglesia, ninguna objeción puede sostenerse contra el
catolicismo, contra la doctrina, constitución y disciplina de la Iglesia: la unidad en el dogma, el culto de la lengua eclesiástica, el gobierno
y la disciplina vienen a ser una cosa natural. El catolicismo concilia precisamente en sí, por
su rigurosa consecuencia, lo que la religión
tiene de sobrenatural y de racional; legisla, sin oprimir el libre examen, por la autoridad infalible
y normal de la Iglesia; coordina en una admirable unidad la multiplicidad de la vida; une la claridad y la inocente serenidad de la vida y de la fe cristiana con la ciencia más profunda de las cosas divinas y con la santidad
más oculta en Dios. Si para el hombre no hay sentimiento más vivo y más feliz que el de su propio ser, ni pensamiento más fecundo que el que expresa la certidumbre de su existencia, la convicción mas enérgica, la certidumbre más consoladora que puede experimentar inmediatamente después
ésta es la del convencimiento de su catolicismo.
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