CARTAGO, su cultura y religión (geografía)
CARTAGO
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Cartago. Literatura, lengua y religión. Artes.
La esterilidad literaria de los pueblos fenicios es una de las mayores singularidades de la
historia. Haber alcanzado una prosperidad material increíble y dominado sobre casi todas las razas del mundo antiguo; haberse apoderado en expediciones aventureras
o en las comodidades de una vida tranquila y regalada de todos los elementos para crear una gran literatura, y pasar por el mundo sin dejar vestigios de cultura literaria, es verdaderamente extraordinario. Tal es, sin embargo, el caso de Cartago. Apenas conocemos, y eso sólo de nombre, dos
o tres escritores cartagineses, entre ellos el ya citado Magon. Los hombres de raza púnica parecieron destinados
a no mezclarse ni confundirse con los de otras razas, y esta especie de aislamiento ha motivado sin duda esa carencia completa de todo resto de arte
o literatura que el historiador observa en ellos. Su lengua, su religión y su raza jamás se fundieron con las de
los pueblos con quienes comerciaban. No puede admitirse que la vida intelectual fuera completamente nula en naciones que tan gran papel han desempeñado. Debe más bien creerse que los romanos destruyeron todas aquéllas de sus manifestaciones que hubieran podido llegar hasta nosotros. Plinio, al hablar de Cartago, refiérese
a sus bibliotecas; y es indudable que debía haberlas, siquiera no contuviesen sino documentos
y libros relativos
a los países visitados por los navegantes de la República, noticias de sus productos y de su comercio, etc. Tanto, sobre poco más
o menos, como la literatura, conocemos la lengua cartaginesa. Hasta nosotros sólo han llegado inscripciones casi indescifrables, y unos cuantos nombres más
o menos desfigurados
por los escritores antiguos. Plauto en su Penulas consigna gran número de voces cartaginesas: pero desfiguradas primero al ser trasladadas
al latín por la necesidad de amoldarlas al nueve alfabeto, y desfiguradas por segunda vez al pasar
de copista a copista; es necesario desistir de tener por ellas una idea aproximada de lo que era el cartaginés. Bochart
intentó dar una explicación de ellas
que resulta a todas luces absurda. Bellermonn, que también acometió la misma empresa, no alcanzó mejor éxito.
Únicamente sabemos que el cartaginés tenía gran semejanza con el hebreo, si bien no dejaron de entrar en él algunos elementos pertenecientes
a lenguas líbicas.
La religión de los cartagineses era la misma de los fenicios y pertenecía al grupo de religiones de la gran familia semita, aunque ligeramente influida por la vecindad de las divinidades líbicas. En el pasaje de Plauto
a que hemos hecho alusión, encontramos algunos nombres de divinidades fenicias y en ellos una confirmación de próximo parentesco entre el hebreo y el cartaginés. En dicho pasaje los dioses se llaman
alonim y las diosas alonuth, voces que inmediatamente traen
a la memoria el elyon (altísimo) de los hebreos, y el plural elyonim para el masculino, y
elyonoth para el femenino. En fenicio elionu tenía igual significación. El nombre de
Baal, dios de los fenicios, se encuentra en muchos nombres fenicios (Aníbal, Asdrúbal, Adherbal) así como también el de Melkart (Amílkar, Bomílkar, etc). El
Baal samin (señor del cielo) es
a todas luces el Baal-Schamain de los hebreos. Baal y Melkart son las divinidades principales. En las inscripciones greco-fenicias de Malta encuéntrase
a Melkart identificado con el Hércules griego. Según Plinio, se le sacrificaban víctimas humanas. No menos importante en la mitología púnica es la diosa femenina Astarté, tal vez la Itaré
e Histaré de los persas. De la misma suerte que Baal y Melkart entra este nombre en la composición de muchos otros (Bostartus, Deliastartus, Metuastartus).
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El culto de Moloch predominó siempre en Cartago, sin que ni Darío Histaspes ni Gelon de Siracusa lograran hacerlas abolir. Lejos de eso, persistió hasta los días mismos de la caída de Cartago. No se contentaba Moloch
con que se le ofrecieran como víctimas becerros y toros
magníficos; las mismas madres debían a veces sacrificarles sus
hijos sin verter una lágrima ni exhalar un suspiro. Cuando Agatocles llegó
a las puertas de Cartago, los vencidos atribuyeron sus desgracias a la cólera de Moloch,
que creían haber provocado por no tener bastante cuidado su
culto. |
El descuido consistía, según Diodoro de Sicilia, en que, en vez de ofrecerle en sacrificio niños de familias nobles, se compraban
a los extranjeros con ese objeto. Para aplacar al dios se le sacrificaron 200 niños pertenecientes
a las familias mas distinguidas. Además 300 hembras que se consideraron culpables de la sustitución pecaminosa se ofrecieron como víctimas expiatorias. Según el mismo Diodoro, la estatua de Moloch (al cual, en su afán de helenizarlo todo, llama Saturno) era de bronce. Sus brazos abiertos llegaban hasta el suelo y los niños que en ellos se depositaban caían en un horno ardiendo. Gesenio, que tan buenos trabajos
nos ha dejado acerca del particular, cree que puede considerarse
a los cartagineses como un pueblo profundamente religioso. La religión presidía todos sus actos. Al nacer
un niño se le colocaba bajo la protección de una divinidad, imponiéndole su nombre; jamás se comenzaba empresa alguna sin invocar antes la protección de los dioses, y todo acontecimiento feliz
o adverso traía aparejada su acción de gracias o su sacrificio expiatorio. Si emprendían un viaje llevaban consigo sus dioses
penates, sus santos que diríamos hoy, y lo mismo hacían al partir para la
guerra. En campaña siempre se veía en el centro del campamento el santuario, rasgo que completa su semejanza con los hebreos,
a quienes vemos siempre acompañados del tabernáculo al marchar contra el enemigo. Al fundar una nueva colonia el primer edilicio que se levantaba era el templo.
Tenían también el culto de los muertos y respetaban los túmulos. A pesar de esto jamás hicieron la guerra por espíritu de proselitismo, ni se
preocupaban poco ni mucho de llevar su religión
a los pueblos que se les sometían. Las funciones sacerdotales no eran hereditarias entre los cartagineses. Desempeñábanlas por lo general los nobles, y eran signos de distinción que solían ir anejos
a otros cargos importantes.
No fueron los cartagineses dados a las artes, ni despuntaron en la práctica de ellas, pues
su espíritu mercantil y positivo mal pudo avenirse con las aficiones estéticas. Su arte procedía del de los fenicios, y aun puede considerarse como una rama de éste. La característica del arte fenicio es la falta de fisonomía distintiva, de estilo
marcado, de proceso estético, como resultante que era de una amalgama de elementos procedentes del Egipto, de Asiria, del Asia Menor, de Grecia, en una palabra, de los diversos pueblos con que los fenicios mantenían su comercio. Por igual modo los cartagineses hicieron sus primeras obras de arte siguiendo la tradición fenicia, reproduciendo los caracteres distintivos de ésta de un modo grosero. Más tarde las relaciones de los cartagineses con los griegos introdujeron entre los primeros las artes griegas, practicadas las más de las veces no por imitadores, sino por artistas
griegos. De Sicilia fueron llevadas a Cartago como botín de guerra las estatuas griegas
que adornaban sus templos y sus plazas públicas. Artistas griegos acuñaron las monedas cartaginesas desde el siglo
V. Los célebres santuarios de Baal-Hamon y de Tanith no debieron tener, según Perrot y Chipiez, el carácter de los
antiguos santuarios fenicios, pues desde mucho tiempo antes de ser incendiados habían sido reconstruidos según el estilo griego del tiempo de Alejandro y de sus sucesores. Sin embargo, la
mayor parte de los símbolos que adornan las estelas votivas de dichos santuarios, esculpidas por obreros bárbaros sin pretensiones de artistas, están tomados de la fauna y de la flora africana, por lo cual ofrecen un carácter indígena que las distingue de lo griego. Entre esos
símbolos el más frecuente es una mano abierta levantada hacia el cielo y por lo común puesta en el frontón de la estela. Los demás símbolos consisten en el
uroeus
egipcio y el disco solar con la media luna, que se refiere a Tanith,
el cordero referente a Baal-Hamon, el caduceo, el elefante, el toro, el conejo, los peces, la palmera, el timón, el áncora, el hacha, la flor del loto, vasos de diversas formas, naves y frutos. Abundan las imágenes de la diosa madre con su hijo en los brazos; nuestro Museo Arqueológico Nacional posee una de estas imágenes, pequeña, esculpida en piedra de un modo grosero, con restos de pintura roja. Los arqueólogos han hallado también las imágenes simbólicas de un niño en
pie
o sentado con una manzana en la mano,
la Venus cogiéndose las mamas con las manos, la pira y los atributos de la tríada púnica. El Museo de Turín conserva una estela en que se ve
a la diosa Tanith, con velo, llevando un cesto de frutos, bajo un pórtico con columnas dóricas, cuyo frontón está ocupado por una pantera. También se han hallado algunos restos de figuritas de barro cocido que, con las monedas, son los únicos monumentos conocidos del arte púnico. El acueducto, que aún se conserva en gran
parte, destinado
a llevar a Cartago las aguas desde el monte Zaguan, es romano de la época de Adriano. La puerta que existe en Tapsus (Dimas), no han decidido aún los arqueólogos si es romana
o cartaginesa. En cuanto a las tumbas púnicas de Malta, Sicilia, Cerdeña y Cartago, ofrecen la misma disposición que las de Siria
o Chipre. Constan de la cueva funeraria, a la cual se desciende por un pozo
o escalera, cámaras rectangulares más o menos numerosas, unidas por corredores, y en sus paredes nichos profundos para colocar los sarcófagos.
Todavía existen en la isla de Gozzo (antigua Gaulos) las ruinas del templo levantado en el siglo
IV
a la diosa Tanith, que se conoce con el nombre de Giganteya y consiste en dos santuarios de planta ovoide o elíptica. Por lo demás, en ninguno de los puntos indicados, ni en España, ni en
Marsella, ni en Córcega se han hallado restos de templos. En Cádiz (Gades) estaba el célebre templo de Melkart, del cual sólo nos quedan las noticias de Estrabón. En el mismo caso se hallan el de Astarté que había en Eryx
(Sicilia), y el de Baal-Hamon que estaba en Marsala (Lilibea). Las inscripciones nos hablan de los santuarios sardo-púnicos de Baal-Samin, de Escmun, de Baal-Hamon y de la citada Astarté. Algunos de esos templos fueron reedificados por los romanos. Hay una razón para que los monumentos cartagineses apenas
los conozcamos más que por noticias, y es que a la conquista de Escipión en 146 antes de
J.C. siguió una demolición sistemática y cruel. Las inscripciones de las estelas son votivas, y de los objetos que se conocen los más antiguos son del tiempo
de Aníbal.
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