CARTAGO, política y economía (geografía)
CARTAGO
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Cartago (historia)
Cartago. Instituciones políticas. Carácter del gobierno.
Aristóteles, que conoció a Cartago en la época de su mayor prosperidad, cincuenta años antes de la segunda guerra púnica, nos ha dejado un capítulo entero de
su Política consagrado
a las instituciones cartaginesas, capítulo que, dada la escasez de noticias que la raza púnica ha dejado en pos de sí, es un monumento inapreciable. Por desgracia la noticia de Aristóteles es demasiado sucinta
y no entra en detalles. Según el filósofo griego,
a quien forzosamente hemos de seguir en este trabajo, el gobierno cartaginés pasó de la forma
monárquica a la aristocrática. Lo cierto es que desde la época en que la
historia comienza
a suministrarnos luces bastantes, encontramos en Cartago un gobierno
republicano en el que la aristocracia predominó siempre. Los primeros magistrados eran dos, y se llamaban
sofetim o
jueces, voz a la cual corresponde la griega sufetas. Al principio estos
sufetas eran vitalicios, pero luego fueron anuales. Para elegirlos se tenía en cuenta sus bienes fortuna, su crédito
y su popularidad.
Los cartagineses nada estimaban tanto como las riquezas, y sobre ellas se fundaba su poderosa aristocracia, hábil sobre todo en el manejo de ellas y dotada de una perspicacia económica sin igual entonces en el mundo. Así, pues, cuando una familia conseguía, merced
a las cualidades de sus individuos, un lugar sobresaliente por los grandes capitales de que podía disponer, solía encumbrarse al poder y conservarse en él mucho tiempo. Buena prueba de ello son los Magon y los Barca. Tenían los cartagineses su Senado, pero su organización
nos es desconocida. Según Heeren, era muy numeroso y se dividía en Asamblea (simkletos), y Consejo privado (Gerusia), compuesto de los notables de la Asamblea. Mommsen dice: «El gobierno había pertenecido primeramente al
Consejo de los Ancianos
o Senado, compuesto, como la Gerusia de Esparta, de dos reyes que el pueblo designaba y de veinticuatro
gerusiastas probablemente nombrados por él y anuales. Este Senado entendía en todos los asuntos importantes: los preparativos de guerra, el llamamiento
a las armas, el reclutamiento eran de su incumbencia; nombraba el general que debía mandar las tropas y unía
a él cierto número de gerusiastas, que venían a ser oficiales; además recibía todos los despachos dirigidos al gobierno. Se duda que además de este Consejo existiera otro más numeroso; de todos modos su autoridad
no parece haber sido muy grande. En el mismo caso se encontraban los reyes que se limitaban
a ejercer de jueces, ni más ni menos...» Vese que las opiniones de estos dos sabios son contradictorias. La crítica histórica no posee elementos en que basar una decisión. Sea de ello lo que fuere, es lo cierto que el Consejo de los Cien, creado, según algunos, hacia la mitad del siglo
V a. de J. C., consiguió preservar al Estado de trastornos importantes. La tentativa de Hanon para destruir el Senado, y la de
Bomílcar, que intentó erigirse en tirano, acabaron de un modo funesto para ambos conspiradores. Mommsen llama
a este Consejo verdadera ciudadela de la oligarquía cartaginesa, y la considera producto de la reacción aristocrática contra la monarquía, o, mejor, contra las tentativas de monarquismo de la poderosa familia Hanon. Para pertenecer
a este cuerpo era necesario haber ejercido antes la cuestura, y ser admitido en votación y luego aceptado por los
quinqueviros, los cuales se elegían entre los mismos individuos del Consejo. La importancia política de los jueces
fue siempre creciendo. Ante ellos rendían cuentas de sus actos los generales, los
sufetas y gerusiastas al abandonar sus funciones, y muchas veces pronunciaban contra ellos sentencias de muerte. Mientras los
sufetas habían pasado de vitalicios
a anuales, los jueces, siguiendo opuesta marcha, se convirtieron de anuales en vitalicios. La
Gerusia sometía
a su examen todos los despachos y asuntos de Estado antes de dar cuenta de ellos al pueblo.
La administración de las provincias estaba confiada a un gobernador y no a una comisión, según algunos han pretendido. El pueblo de Cartago ratificaba la paz
o la guerra, decidía de cualquier desacuerdo existente entre el Senado
y los sufetas, elegía los reyes y demás magistrados, etc., etc. Pero esta intervención del pueblo en el gobierno tenía más de aparente que de real.
En las elecciones de individuos de la gerusia reinaba la mayor corrupción, y para el nombramiento de un general
o de cualquier otro magistrado importante sólo se le consultaba cuando los
gerusiastas le habían ya elegido. No existían tribunales populares, y los banquetes públicos que celebraban eran debidos
a la iniciativa de asociaciones especiales. Parece también que una cosa eran los ciudadanos y otra los artesanos, siendo la situación social de éstos muy humilde. En realidad,
a pesar del capítulo de Aristóteles, reina acerca de todo esto bastante confusión, aumentada por la tendencia de los escritores romanos
a romanizar la constitución de los demás pueblos, dando nombres latinos a todas las magistraturas. Así, Tito Livio dice que Aníbal fue hecho
pretor en la segunda guerra púnica. La Constitución cartaginesa
concentraba todo el poder en manos de los ricos. Bajo la dirección de
éstos trabajaba un pueblo numeroso e incansable. La clase inedia no
existía, y quizás esto contribuyó en gran manera a la ruina de la
ciudad. Todo en ésta era para los grandes plantadores, los comerciantes
opulentos y los altos funcionarios. Si se arruinaba uno, nunca faltaba
alguna colonia lejana donde enviarle en busca de riquezas o un título de
oficial de impuestos con el cual arrancar a la plebe tributos y
prestaciones. A pesar de todo, las instituciones cartaginesas
preséntense a la historia con todas las apariencias de gran estabilidad.
Es que el pueblo carecía de jefes, y que la aristocracia inteligente y
previsora, que ocupaba los últimos pisos del edificio social, tuvo
siempre especial cuidado en atraer a su seno todo aquél que se
distinguía por un mérito excepcional. Existían, sin embargo, tendencias
democráticas, pero débiles, hasta la primera guerra púnica.
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Cuando llegó el momento de las grandes
luchas, las Asambleas populares intervinieron en todo y la
oligarquía empezó a perder terreno. Aníbal la dio un golpe
decisivo proponiendo, después de la segunda guerra púnica, que
ningún individuo del Consejo de los Ciento pudiera ejercer sus
funciones durante más de dos años. Desde entonces Cartago fue
una República democrática. Por desgracia el pueblo cartaginés no
se mostró a la altura de las circunstancias, y la gran ciudad
pereció en su lucha con Roma. |
Riqueza de Cartago.
La ciudad púnica fue la primera potencia comercial del mundo antiguo. Encerraba todos los gérmenes de la civilización pacífica, y quién sabe si
fue un gran mal que sucumbiera ante otra que llevaba en su seno la de la guerra. Los cartagineses fueron hábiles economistas, y en esto llevaban grandísima ventaja
a los romanos, que tenían en tal materia las ideas más erróneas. El estado cartaginés vivía de las rentas de su territorio africano, de los tributos de las colonias y de la explotación de las ricas minas de España, de Cerdeña y de otros países. No se crea que sólo el comercio prosperaba. La agricultura se hallaba en situación sumamente floreciente, y
a ella se dedicaban, sin la necia repugnancia de los nobles nuestros antepasados, los hombres más ilustres. Magon escribió un tratado que los griegos consideraban como el código de la agronomía racional. El Senado romano le hizo traducir al latín
y le dio cuanta publicidad pudo. Sus ideas económicas aplicadas
a la agricultura eran también muy superiores a las de todos los pueblos contemporáneos y
a las de muchos de los de nuestros días. Practicaban el cultivo intensivo. Lo mismo ocurría en el comercio. Los cartagineses conocían y empleaban como signo de cambio, además de la moneda de oro y plata y de las pastas de ambos metales, signos de convención sin valor material, pues consistían en pequeños trozos de cuero preparados de suerte que su falsificación era
punto menos que imposible. Además Cartago prestaba y recibía dinero a préstamo, exactamente como nuestros estados modernos. Nos faltan datos para calcular con exactitud la importancia de los capitales acumulados en ella, mas puede suponerse cuál sería su importancia considerando que,
a pesar de las enormes sumas que consumían sus ejércitos de mercenarios, y de su corrompida Administración, sus ingresos la permitían
cubrir todos los gastos sin exigir
a los ciudadanos contribución alguna. A pesar de los desastres de la segunda guerra púnica, no
fue necesario crear impuesto alguno para seguir cubriendo los gastos y pagar
a los romanos el enorme tributo anual que aquéllos exigían. A los catorce años de firmada la paz, Cartago quiso pagar de una sola vez los treinta y seis plazos que aún quedaban por vencer. De la extensión
e importancia del comercio cartaginés ha de juzgarse por la extensión e importancia del inmenso dominio colonial de aquel pueblo. Comprendía toda las islas y todas las costas del Mediterráneo, desde el Mar Negro hasta el Estrecho de Cádiz, y se extendía además por el Atlántico,
mar que sólo los pueblos de raza púnica, fenicios y cartagineses, osaban surcar.
Imposible de todo punto es fijar el límite de sus excursiones por este lado. Fieles
a su costumbre, o más bien a una tradición de raza, los cartagineses conservaron siempre envueltos en el mayor misterio estos viajes lejanos. Es seguro que conocieron las Canarias,
y muy probable que visitaron las Azores y Madera. Algunos autores llegan
a creer que el país remoto y desconocido a donde el Senado pensó trasladar la patria cartaginesa para salvarla de la furia romana era la América; mas cuanto acerca del particular se diga hoy, carece de toda precisión científica y debe relegarse al dominio de la fantasía. De las expediciones de Hanon y de Himilcon enviadas
a explorar las costas del Mar Occidental tenemos escasas noticias. Unos autores hacen avanzar al primero hasta el Senegal, algunos le llevan hasta Sierra Leona, mientras otros le hacen detenerse aquende el Atlas. Lo indudable es que las galeras de los comerciantes de Cartago llegaban por el
norte hasta el Báltico y por el sur hasta el Mar de Sargazo. El estaño de las Casitérides y el ámbar de las playas bálticas confundíanse en los mercados de la gran metrópoli comercial con los colmillos de elefante, el polvo de oro, las plumas de avestruz y demás productos del
África central y ecuatorial. Del extremo Oriente llegaban numerosas caravanas ricamente cargadas, y el mismo Sahara era teatro de una actividad comercial apenas conocida hoy. Los productos de la Nubia llegaban
a las playas del Mediterráneo a través de las arenas del desierto.
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