CARTAGO, historia de la civilización
cartaginense
CARTAGO
Cartago (geografía) -
Cartago (política) -
Cartago (religión y artes)
Cartago. Historia.
La fecha de la fundación de Cartago no es conocida sino aproximadamente. Eusebio y Procopio
la fijan en el año 1259 a. de J. C. Según ellos, cuando Josué invadió la tierra de Canaán,
a mediados del siglo XVI a. de J. C., muchos de los cananeos fugitivos se refugiaron en la costa
norte de
África y fundaron la ciudad de Utica. Procopio y Suidas hablan de un monumento hallado en Numidia con esta inscripción:
Somos cananeos expulsados de nuestra patria, por el ladrón Josué hijo de
Nevé. Según estos autores, los cananeos de Utica fundaron la ciudad de Cartago en la fecha indicada. Un antiguo historiador, llamado Nomus, atribuye la fundación de Cartago al fenicio Cadmo y
a su mujer Harmonia, y asegura que pusieron a la ciudad el nombre de
Cadmea. Según Filisto de Siracusa, los tirios Sor y Carchedon ensancharon la ciudad. A la reedificación
o nueva fundación de la ciudad, a mediados del siglo IX antes de J. C., se refiere la fábula de Dido
o Elisa, la hermana de Pigmalión, rey de Tiro. Elisa y Dido son palabras fenicias desfiguradas, que vienen
a significar esta mujer fugitiva. Parece, sin embargo, cosa averiguada que
a mediados del siglo IX muchos fenicios se establecieron en el Norte de
África.
Atribúyese la fundación de Cartago a algunos de esos emigrantes, los cuales obtuvieron permiso de los indígenas para construir una ciudad mediante la satisfacción de un tributo anual. Conocida es la fábula, aneja
a la fundación de una porción de ciudades, del cuero de buey partido en tiras empleadas en trazar el límite de la nueva ciudad. En cuanto
a Cartago, parece que esta fábula no ha tenido sino una razón de ser. Los cartagineses llamaron Bosra
a la ciudadela, y de esta palabra hicieron los griegos Birsa, que significa cuero. Sin otros elementos se forjó la leyenda. Nada más vago que lo que acerca de
estos primitivos tiempos de Cartago sabernos. Hasta el mismo nombre de la ciudad es un problema filológico. En griego Cartago se llama
Karquedon y sus habitantes karquedonisi; en latín Cartago. Esta última forma parece mas aproximada
a la verdadera raíz púnica. Karth o kereth es un término semítico que significa en el lenguaje poético
ciudad. Le encontrarnos más
o menos transformado en una porción de nombres del Asia Menor y del África septentrional, como
Kirla y Tigranokerta (Cirta y Tigranocerta). Muchas monedas púnicas
halladas en Sicilia nos han permitido conocer a ciencia cierta el nombre
de la ciudad púnica. En las inscripciones de esas monedas encontramos la
palabra Karethhadeshat o Karth-hadtha, según la pronunciación. Ambas palabras significan la ciudad nueva. Tal parece haber sido el nombre verdadero de la rival de Roma. Su historia puede dividirse en tres partes. La primera comprende la época de la formación del Imperio cartaginés y las dos primeras guerras
púnicas; la segunda abraza el período de agonía de la ciudad hasta su total destrucción por los romanos, y la tercera desde la resurrección de Cartago como colonia romana hasta su definitiva destrucción por los árabes.
Primer período. Cartago desde su fundación hasta la batalla
de Zama. Todo son tinieblas en este primer período de la historia cartaginesa. Herodoto y Tucídides, que conocieron a Cartago en la época de su mayor prosperidad, apenas le consagran algunas líneas. Justino nos ha dejado noticias algo más extensas, pero no suficientes, y la mayor parte de las veces de una exactitud dudosa. Además Justino refiere sólo lo que ha tomado de Trogo Pompeyo, de Teopompo y de
Timco. Parece que los cartagineses conservaban con cuidado sus anales, pero los romanos los entregaron al ley de los
númidas, Masinisa, y se han perdido por completo para la posteridad. Los datos concretos acerca de la historia de Cartago remontan al siglo
XI, fecha del tratado con los griegos de Cirene, contra los cuales tanto habían peleado los cartagineses. En aquella época el enemigo temible de Cartago era Grecia, que empezaba
a desbordarse hacia Occidente con una energía relativamente igual a la que desde el Renacimiento hasta la fecha han empleado, siempre en la misma dirección, los pueblos modernos. De los primeros tiempos de esta lucha ha quedado la noticia de la más antigua batalla naval de que
habla la historia. Los focios, que huían ante la invasión de Ciro, se dirigían
a Córcega con objeto de establecerse en la isla. Los etruscos, que aún eran por entonces la potencia dominante en el Mar Tirreno, uniéronse
a los cartagineses para impedir la fundación de la colonia. Treinta buques etruscos unidos
a otros 30 cartagineses atacaron a los focios que disponían de 60 buques. Lograron la victoria los griegos, pero su flota quedó muy maltratada. Llamóse
esta batalla de Alalia, del nombre de la colonia que los focios iban a fundar. Los etruscos continuaron dueños de Córcega y hasta la primera guerra púnica no se apoderaron
de ella los cartagineses. Maleo o Malcho, primer sufeta de que habla la
historia después de haber conquistado casi toda la Sicilia, llevó la guerra
a Cerdeña, donde
fue derrotado. El Senado le declaró desterrado a él y a su ejército, por cuya razón Malcho, al frente de sus soldados, vino
a poner sitio
a Cartago, apoderándose de ella. Los diez senadores que habían votado su destierro fueron condenados
a muerte. Después se consagró el reformar la constitución de la República, pero queriendo establecer una suerte de dictadura,
fue muerto en una sedición. Le sucedió Magon el Grande, cuya familia se encargó durante mucho tiempo de la dirección de los negocios, influyendo en ellos de modo muy favorable para la prosperidad de la República. Al decir de Justino, Magon introdujo la disciplina y la táctica militar entre los cartagineses, lo cual en rigor quiere decir que introdujo grandes reformas en el ejército. En su tiempo intentó Cambises la conquista de Cartago, pero los fenicios se negaron
a suministrarle buques. Ya por entonces había sido conquistada del todo la Cerdeña, isla de la mayor importancia estratégica, agrícola y comercial. Según Aristóteles, los cartagineses destruyeron en la isla todos los árboles y prohibieron
a sus habitantes dedicarse a la labranza; pero si se tiene en cuenta la importancia agrícola de la isla, se comprenderá lo inverosímil de semejante afirmación. En el año 509 Cartago concluyó un tratado con Roma en el que estipulaba para la Cerdeña en los mismos términos que para la Libia. Este tratado, cuyas cláusulas conocemos por Polibio, no era nada favorable
a los romanos. Prohibíase en él a éstos navegar más allá del Cabo Bon.
En caso de que una tempestad les hiciera traspasar ese límite, debían
hacerse a la vela a los cinco días y no hacer más compras que las
necesarias para la manutención de los tripulantes.
|
|
En cambio los cartagineses podían ocupar
las ciudades del Lacio no sometidas a los romanos. Éstos no
podían comerciar en Libia ni en Cerdeña sino bajo la vigilancia
de un inspector. Este tratado prueba que toda la superioridad
estaba entonces de parte de los cartagineses, los cuales no sólo
se atribuían el monopolio casi absoluto del comercio en el
Mediterráneo occidental, sino que tenían ya un pie en Italia
cuando apenas habían emprendido la conquista de Sicilia.
|
Durante todo el largo período que separa la fecha de las primeras noticias positivas que
tenemos de la historia de Cartago y la primera guerra púnica
fue creciendo la República hasta alcanzar todo su esplendor. Por entonces colonizaron los cartagineses las costas meridionales y occidentales de la península, las pequeñas islas del Mediterráneo, próximas
a la Libia, a Sicilia y a Cerdeña, las Baleares y otras. Por el momento, y una vez limitadas las ambiciones de la República de Cirene
a que ya nos hemos referido, no encontraron los cartagineses otro obstáculo
a su ambición que los griegos de Massalia y los romanos, harto débiles aún según puede deducirse del tratado de 509 para hacer otra cosa que defender sus dominios del Lacio. También corresponden
a esta época las
tentativas de colonización en el Atlántico. Hanon, con una flota de sesenta embarcaciones, condujo
a la costa occidental de África 30.000 colonos libio-fenicios por orden del Senado, fundando una serie de colonias en la región comprendida entre el Estrecho de Gibraltar y la isla de Cerné, que algunos han supuesto ser la actual península de Río de Oro. Hanon, con algunos buques, adelantóse hacia el
sur, emprendiendo un verdadero viaje de exploración y llegando probablemente hasta
el Senegal. Al mismo tiempo que Hanon navegaba en esta dirección, tomaba opuesto rumbo otro general,
a quien se supone hermano suyo, llamado Himilcon. El objeto de la expedición de Himilcon era fundar colonias en las islas Casitérides (probablemente las Sorlingas) de donde se extraía casi todo el estaño por aquella época. Duró el viaje cuatro meses y hay quien pretende que Himilcon llegó
a Irlanda. Dueños así del comercio de todo el mundo conocido, imponíase
a los cartagineses la necesidad de ensanchar las bases de su Imperio conquistando la Sicilia, gran isla situada enfrente de la Libia, en el centro del Mar Interior, y dotada de excelentes puertos. Desde tiempo inmemorial poseyeron en ellas factorías los fenicios y luego las heredaron los cartagineses. Los colonos griegos, que poco después empezaron
a llegar en masa, les obligaron a circunscribirse a Motimar, Solois y Panormo, esto es, las poblaciones
más importantes y más próximas a Cartago. Cartagineses y griegos se odiaban. Los primeros se aliaron con los persas contra los segundos. Gelon de Siracusa era el más poderoso de los príncipes greco-sicilianos. Los cartagineses le declararon la guerra como auxiliares de Terilo, tirano de Himera. Un ejército libio-fenicio mandado por Amílcar
fue completamente deshecho por Gelon el mismo día en que la escuadra persa quedaba destrozada en Salamina. Según Diodoro, el vencedor exigió en concepto de indemnización por los gastos de la guerra un tributo de 2.000 talentos. Durante setenta años no hicieron ninguna otra tentativa los cartagineses. Hacía 410 volvieron a sus planes de conquista, poniéndose de parte de los griegos de Segesto contra los de Selinonte. Aníbal, hijo de Giscon, apareció en Sicilia al frente de cien mil hombres. Himera, Gelo, Selinonte, Agrigento, fueron cayendo sucesivamente en poder de Aníbal. En Siracusa reinaba entre tanto la anarquía, y merced
a ella se encontró elevado al poder Dionisio, llamado el Tirano (404). Durante treinta y seis años Dionisio supo sostenerse contra todo el poder de Cartago, pero murió sin haber logrado vencer
a los invasores. El griego Timoleón les derrotó por completo en las márgenes del Cramisa, y les obligó
a levantar el sitio de Siracusa (340). No sólo con las armas combatían los cartagineses, sino que también manejaban hábilmente la intriga en todas las ciudades griegas. De acuerdo con los tiranos Mamerco
e Icetas y con algunos auxiliares griegos, desembarcaron en la isla, pero fueron vencidos cerca de Catana y concluyeron con las ciudades griegas una paz sumamente favorable para éstas. A pesar de ello, la lucha recomenzó
a poco tiempo con más encarnizamiento que nunca. Agatocles, tirano de
Siracusa a quien los cartagineses habían vencido y obligado a encerrarse en la capital de sus Estados, dejó confiada
a sus lugartenientes la defensa de la ciudad, y transportó el teatro de
la guerra a África. Vencedor al principio, vencido después y obligado a volver
a Sicilia a causa de la insurrección de Agrigento y de otras ciudades, concluyó por último un tratado favorable para los cartagineses (311-307). La anarquía que se apoderó de Sicilia
fue el mejor auxiliar de la política de Cartago. Hasta entonces la isla había estado dividida entre cartagineses y griegos. Ahora un tercer elemento, procedente de la vecina península italiana, vino
a complicar las cosas. Mesina, ciudad importantísima de la costa oriental, había caído en poder de ciertos aventureros campanios que anteriormente habían estado al servicio de Agatocles. Los mamertinos
o hijos de Marte, que así se llamaban, sometieron en poco tiempo toda la parte
nordeste de la isla, pero al propio tiempo en la abatida Siracusa surgía un hombre de dotes poco vulgares que se propuso devolver
a la raza greco-siciliota la hegemonía de la isla. Hieron, que así se llamaba, hizo
a los mamertinos una guerra terrible, acabando por encerrarlos en su ciudad de Mesina. Mientras
duraban estas luchas, el poder de Cartago en Sicilia aumentaba rápidamente. Siracusa, que había
llamado a Pirro para que la defendiera contra los cartagineses, tuvo, sin embargo, que unirse
a éstos para combatir a los romanos unidos a los mamertinos. En el momento en que parecía inevitable el triunfo de Cartago en Sicilia, la intervención de Roma vino
a impedirlo. Bien conocido es el origen de la guerra entre ambas Repúblicas. Ambas ambicionaban la posesión de Sicilia, y bien pronto los mamertinos y siracusanos se eclipsaron ante los verdaderos actores del sangriento drama en que iban
a decidirse los destinos del mundo antiguo. Desde el tratado de 509
las dos naciones habían vuelto a encontrarse siempre en el terreno diplomático. En 348 celebraron
un segundo pacto en el que los cartagineses estipularon
a la vez para ellos y para los habitantes de Utica y para sus aliados. En 276 nuevo tratado que no
fue sino una confirmación de los anteriores.
Al estallar la primera guerra púnica Cartago parecía el más fuerte de los contendientes. Dícese que uno de sus embajadores había dicho en Roma:
Pronto no podrán los romanos bajar el mar ni aun para lavarse las manos. En efecto, los cartagineses dominaban en absoluto el Mediterráneo. No porque los latinos carecieran de marina,
no; carecían sólo de buques de combate. Eran mucho más ricos que los romanos, pero, en cambio, sus ejércitos de mercenarios les costaban muchísimo más caro. Había en Cartago más riqueza, una organización económica más perfecta, un estado social más brillante, pero en cambio no había pueblo, porque el pobre nada poseía. En Roma la gran masa de la población, dedicada al cultivo, era propietaria. Los romanos eran un pueblo de agricultores y los cartagineses un pueblo de comerciantes. Si aquéllos vencieron, no
fue porque les aventajaran en elementos de combate, sino porque formaban una masa compacta y sólida, si menos rica en oro, más abundante en virtudes y patriotismo (V. PÚNiCAS [Guerras]). Duró la guerra desde 264 hasta 241 antes de J. C. Sus principios fueron muy felices para Roma. Hieron II de Siracusa se declaró su aliado, y los cartagineses perdieron en pocos días setenta y tres poblaciones, entre otras Agrigento. Comprendiendo que la guerra había de ser esencialmente marítima, el Senado decidió la creación de una flota. Los cartagineses fueron vencidos en dos grandes batallas navales por los cónsules Duilio y Régulo.
Éste, imitando
a Agatocles, llevó la guerra a África; pero, vencido como él, volvió a
entablarse la guerra de Sicilia, donde, gracias al genio de Amílcar
Barca, la victoria no se decidió por los romanos: Amílcar tuvo que resignarse
a aceptar una paz que el Senado cartaginés le impuso, no por haber sido vencido, sino porque
a los senadores cartagineses les pareció que su comercio sufría demasiado con aquella guerra tan larga y tan difícil. Mas sobrevino otra guerra mucho más terrible, la de los mercenarios, que duró tres años (240-237). Al regresar éstos
a África se sublevaron en demanda de sus atrasos, y hubieran destruido la República sin el genio de Amílcar, quien salvó,
a costa de grandes esfuerzos, la vida de una patria que desconocía sus servicios y los dejaba sin recompensa. Después estallaron graves disidencias entre Almílcar Barca y Hanon el Grande, jefe del partido senatorial. Amílcar se puso entonces al frente del partido popular. Entre tanto los romanos se habían apoderado de la Cerdeña sin respetar la fe de los tratados. Para reparar esta pérdida y la de Sicilia, pensó sin duda Amílcar en la conquista de España. Quizás concibió el plan que Aníbal realizó más tarde. La influencia de Roma en las Galias y en mucha parte de España, hasta Sagunto,
era ya muy grande, de suerte que no tardaron los dos pueblos rivales en
encontrarse frente a frente en nuestra península, como antes se habían encontrado en Sicilia. Amílcar murió antes de realizar sus proyectos (228), pero Asdrúbal, su yerno, no dejó de la mano su ejecución, pues conquistó gran parte de España hasta el Ebro.
Aníbal, general de facultades excepcionales a quién sólo faltó un pueblo pronto
a prestarle su apoyo para haber realizado las empresas más asombrosas, provocó con la toma y destrucción de Sagunto la segunda guerra púnica (219). Con 90.000 hombres cruzó el Ebro, los Pirineos, el Ródano y los Alpes; penetró en Italia con la cuarta parte de estas tropas, y derrotó
a los romanos en las batallas de Trebbia, Tessino, Trasimeno y Canas; se sostuvo durante dieciséis años en Italia, y sólo regresó
a África cuando Escipión, a imitación de Agatocles, llegó con un ejército
a las puertas de Cartago. Mas que cartaginesa, esta guerra fue de la familia de
los
Barcas. Además de Aníbal distinguiéronse en ella casi todos sus
parientes, y en especial Magon y Asdrúbal. La batalla de Zama puso fin a la lucha, obligando
a Cartago a firmar una paz onerosísima, después de la cual ya no pudo aspirar
a la hegemonía del Mediterráneo. En virtud de ella perdió todas sus posesiones de fuera de
África, 500 buques de guerra que los romanos quemaron, y tuvo además que pagar
un fuerte tributo anual.
Segundo período. Desde la batalla de Zama hasta la
destrucción de Cartago. Aníbal, aunque vencido en Zama, no sólo era el mejor general de su tiempo, sino que aventajaba
mucho a
todos los de la antigüedad. Pero no se mostró menos digno de admiración como político y patriota que como soldado. Apenas firmada paz,
concibió el proyecto de regenerar a su patria. Elegido Magistrado Supremo, intentó
reformar la Constitución, acabando con la oligarquía; convirtió las funciones de los ciento vitalicios en anuales, llevó
a la gestión de la Hacienda una severidad grandísima, persiguió a los concusionarios, etc. Sin necesidad de acudir impuesto alguno, consiguió, gracias
a su poderosa acción moralizadora, poner a su patria en estado de satisfacer de una vez el tributo establecido por Roma. Al mismo tiempo se consagró
a organizar el ejército, obligando a los soldados a trabajar continuamente con objeto de endurecerlos contra la fatigas. El partido democrático detuvo
a Aníbal en su obra. Denunciado a los romanos, éstos enviaron una embajada pidiendo que les fuera entregado el insigne patricio, el cual sólo consiguió escapar merced a una rápida fuga. Fue
a refugiarse entonces en la corte de Antíoco el Grande, rey de Siria, el cual le animaba para hacer guerra
a los romanos (195), y allí mismo le persiguió el rencor de Roma, obligándole
a suicidarse.
En virtud del tratado que puso fin a la segunda guerra púnica,
Masinissa, el rey númida, enemigo de Cartago, era un centinela constante que Roma había establecido
a las puertas mismas de la ciudad vencida. Apoyado por los romanos, Masinissa adquirió parte del territorio cartaginés; la provincia de Emporia en 193, otra provincia el año 182, y por último la de Tisca
con sus 50 poblaciones importantes en 174. No por eso daba Cartago
pruebas de energía y de patriotismo, ni de sensatez siquiera. La inminencia del peligro no
fue suficiente para unir en un haz de aspiraciones todas las voluntades de la República. Como los bizantinos ante los otomanos y los polacos ante los rusos, como todos los pueblos en decadencia, para decirlo de una vez, terribles discordias intestinas agitaban los últimos momentos de su existencia. Había en Cartago un partido nacional, un partido númida, y –aunque parezca imposible– un partido romano. El partido
númida fue proscrito, y cuarenta senadores,
vendidos a Masinissa, abandonaron la ciudad. Éste marchó en apoyo de los suyos, y en la batalla de Oroscopo derrotó
a los cartagineses (152). De tal suerte carecía de genio político la raza libio-fenicia, que Utica misma se declaró contra Cartago haciendo alianza con Roma. De aquí la tercera guerra púnica, hija en parte de la fatalidad que había colocado una frente
a otra las dos grandes ciudades del Mar Interior, y en parte también de las brutalidades de la política romana exacerbadas por los discursos incendiarios de Catón.
Comenzó la tercera guerra púnica el año 150. Preparáronla los romanos con un lujo de perfidia que indigna aún al que no sienta simpatía alguna por el pueblo de comerciantes sin entrañas que iba
a perecer. Un ejército numeroso pasó a África al propio tiempo que una embajada cartaginesa llegaba
a Roma y declaraba que el pueblo cartaginés se sometía incondicionalmente
a la voluntad del Senado. Recibieron por toda respuesta vagas palabras que alarmaron
a los cartagineses. Los magistrados de éstos se presentaron a Manlio Censorino, jefe del ejército consular acampado delante de Utica, y le pidieron que formulara las condiciones de paz. Manlio pidió el desarme completo de Cartago, y esta condición humillante
fue aceptada y cumplida.
Cuando ya no creyó encontrar sino un enemigo completamente imposibilitado de hacer resistencia alguna, el cónsul formuló de este modo
su última exigencia: «Me alegro, dijo a los embajadores, de que os hayáis mostrado tan solícitos en obedecer las órdenes del Senado. He aquí ahora sus postreras voluntades: os manda que salgáis todos de Cartago, porque ha resuelto destruirla, y que os establezcáis en cualquiera otra
parte, con tal que diste 8O estadios del mar.» Por primera vez dieron los cartagineses pruebas de
energía. Semejante orden, tan inesperada como humillante, les comunicó un entusiasmo patriótico
que, puesto años antes a disposición de Aníbal, seguramente les hubiera
dado la victoria. Reconciliáronse las fracciones, fabricáronse armas como por encanto, y no sólo los hombres, sino hasta las mujeres y los niños se convirtieron en soldados. La ciudad inerme y moribunda luchó con los solos recursos encerrados en sus muros contra todo el poder de Roma durante
tres años enteros, y sólo sucumbió cuando casi todos sus habitantes hubieron perecido, después de una resistencia heroica en la que cada calle y cada casa tuvo que ser objeto de un ataque especial. Los últimos cartagineses encerrados en el
templo de Esculapio murieron todos, excepto la mujer y los hijos de Asdrúbal, su jefe, que se lanzaron
a las llamas mientras el caudillo vencido se arrojaba a los pies del vencedor, acosado por las maldiciones de los que en aquellos
momentos supremos preferían una muerte honrosa
a la piedad del odioso romano (146). Así acabó Cartago.
Tercer período. Cartago hasta su definitiva destrucción por los árabes. A pesar de Catón y de cuantos creían indispensable la desaparición de la gran ciudad púnica, quince años después renacía
ésta de entre sus ruinas. De nada sirvieron para impedirlo las imprecaciones pronunciadas por Escipión en nombre del Senado y del pueblo romano contra los que habitaran los lugares en que
había sido Cartago. En 132 el tribuno del pueblo C. Graco condujo a aquellos parajes 6.000 hombres con los que fundó una ciudad
a la que llamó Junonia. Antes de ella los romanos no habían fundado colonia alguna fuera de Italia.
No debió prosperar mucho la Junonia de C. Graco, porque cuarenta
y tres años después (89) todavía pudo el proscrito Mario buscar un refugio en
las ruinas de Cartago. Sin embargo, poco tiempo después la encontramos convertida en una ciudad próspera y rica. Julio César, vencedor en Tapso de los partidarios de
Pompeyo, dejó en Cartago una colonia de 3.000 hombres
a los cuales se unieron muchos habitantes de las ciudades vecinas. Durante el Imperio la importancia de Cartago
fue aumentando. Su comercio era muy considerable, y las fértiles tierras de la comarca,
a que por tanto tiempo había servido de capital, eran el granero del Imperio. No tardó mucho en convertirse en la primera ciudad de Occidente después de Roma, y la llamaban la Roma de
África. Augusto la incluyó entre las provincias cuya administración y gobierno corría
a cargo del Senado. Después fue comprendida en el departamento del prefecto del pretorio de Italia y su gobierno corría
a caigo de un procónsul. En el siglo IV fue capital de la diócesis de África, que comprendía las siguientes provincias:
África, Bizancio, Numidia, Mauritania Sitifensis, Mauritania Caesariana y Trípolis. En Cartago residía un comandante militar con el título de conde de
África. Poseía una manufactura imperial de telas preciosas, y estaba administrada por un
procurador. Era entonces una ciudad notablemente hermosa y opulenta, cuyos edificios se distinguían por su suntuosidad y simetría. El puerto era vasto y seguro; además había recuperado parte de su antiguo esplendor. Las
ciencias y las artes, abandonadas mientras Cartago
fue una República comerciante, adquirieron esplendor grandísimo cuando pasó
a ser ciudad romana. Encerraba escuelas y gimnasios en donde se cultivaban todos los ramos del saber humano conocidos entonces, y especialmente la
gramática, la retórica y la filosofía. Apuleyo, Arnobio,
Tertuliano, Cipriano, Agustín y otros varones insignes nacieron o florecieron en Cartago. Esta ciudad
fue uno de los focos más importantes de propaganda cristiana, y en ella escribió Tertuliano su apología de la
nueva religión. Del siglo III al siglo VI de nuestra era celebráronse en Cartago más de cuarenta concilios (V. CARTAGO [CONCILIOS DE)). La
herejía de los donatistas, nacida de la oposición del obispo Donato contra Ceciliano, obispo de Cartago, dividió el
África en dos parcialidades enemigas. Condenada la tesis de Donato en el concilio de Arlés, el cristianismo, que de
resignado perseguido se había convertido en perseguidor implacable, se sirvió del emperador Constantino para perseguir
a los herejes. Duró el cisma, a pesar de esto, o mejor, por esto mismo, mucho tiempo. El año 411 se verificó bajo la dirección de San Agustín la famosa conferencia de Cartago,
que condenó nuevamente a los donatistas. Dejando
a un lado estas discordias religiosas, acerca de las cuales se encontraran noticias en los artículos correspondientes, lancemos una rápida ojeada
a la historia de Cartago bajo los últimos emperadores romanos.
El año 237 fue proclamado emperador el viejo procónsul de Cartago Gordiano, y con él su
hijo Gordiano II. Era entonces emperador de Roma Maximino, hombre brutal que sólo había alcanzado tan alto puesto merced
a sus fuerzas hercúleas, su estatura colosal y su glotonería insaciable. Gordiano II fue derrotado y muerto delante de Cartago. Después, en tiempo
de Galieno, tuvo también esta ciudad su emperador. Lo
fue el legionario Cornelio Celio, derrotado, muerto y devorado por los perros poco después. Diocleciano dotó
a Cartago de magníficos monumentos, mas era ya por entonces tan acentuada la debilidad del
Imperio, que las tribus del Atlas y del desierto invadían sin cesar los territorios fronterizos. El año 308 el viceprefecto del pretorio, Alejandro, se hizo proclamar emperador en Cartago y reinó tres años. Cara pagó la ciudad la pequeña satisfacción de haber sido cabeza de un Imperio efímero, porque las tropas del emperador Máximo la destruyeron casi por completo. En tiempo de Constantino
Cartago volvió a ser la metrópoli de África rica y floreciente. En tiempo de Valentiniano
I, un ambicioso llamado Firmo se hizo proclamar rey de África, pero fue vencido por el conde Teodosio. Gildon, hermano de Firmo,
consiguió hacerse dueño de Cartago y dominar en la ciudad durante doce años (382-394). Firmo y Gildon eran de origen bereber, y en sus tentativas debe verse un esfuerzo del elemento indígena para sobreponerse al romano, cuya impotencia era ya notoria. La invasión de los vándalos, provocada en parte por los donatistas, que se veían perseguidos sin descanso por los ortodoxos, impidió que se formara más
o menos pronto en África un estado libio-latino, sucesor del estado
libio-fenicio, muerto a manos de Escipión, y del que Cartago hubiera
sido necesariamente la capital. Hasta el año 439 no cayó esta ciudad en
poder de los vándalos. Convertida en metrópoli de la nueva nación,
pronto fue su puerto el más concurrido del Mediterráneo. Como su admirable situación le
obligase siempre a adquirir grandísima importancia marítima, los vándalos se convirtieron en marinos, se apoderaron de todas las islas del Mediterráneo, pasearon por todas
partes sus flotas victoriosas, y el año 455, seis siglos después de la destrucción de Cartago por Roma, una escuadra cartaginesa remontaba el Tíber
y lanzaba en tierra un ejército que saqueó durante quince días consecutivos la Ciudad Eterna, transportando
a la gran metrópoli africana 60.000 cautivos, y dejando en sus más preciados monumentos huellas imperecederas de su paso. Las discordias religiosas, que fueron siempre compañeras inseparables del cristianismo, no cesaron en
África con la invasión. Todo se redujo
a que los perseguidores se convirtiesen en perseguidos, porque los vándalos eran arrianos. Los donatistas tuvieron entonces ocasión de devolver
a los ortodoxos el daño recibido, y no la desperdiciaron. Los vándalos no lograron fundar en
África una nación como los godos en España. El país por ellos ocupado estaba sumido en la anarquía, arrumado por la guerra y habitado por razas enemigas. Además, eran muy pocos en número para contribuir de un modo bastante eficaz
a la formación de un pueblo nuevo por medio de la asimilación de aquellos elementos heterogéneos; y como si esto fuera poco sus reyes, excepción hecha de Genserico, no tuvieron capacidad bastante para comprender su misión. Por eso cuando Belisario destruyó en
África el reino vándalo (534), casi no existía ya pueblo que mereciera tal nombre. Durante la dominación bizantina casi no hicieron otra cosa los cartagineses que disputar inútilmente sobre ridículos temas religiosos. Cartago, convertida en
cabeza del mercado de África, dio al Imperio un soberano, enviando a Constantinopla al joven Heraclio, que sustituyó en el trono al usurpador Focas. Una numerosa flota cartaginesa condujo al nuevo emperador
hasta el Bósforo. Levantábase ya entonces poderoso el Imperio árabe. El año 698, siendo jalifa Abd-el-Melick, un ejército mahometano se apoderó de Cartago y la destruyó por completo, no dejando piedra sobre piedra y dispersando
sus habitantes. Hacía 830 años que la colonia de C. Graco resucitara en parte
a la antigua capital de la civilización semita. Desde dicho año de 698 Cartago no existe en realidad, porque no puede decirse que hubiera nada de ella en la fortaleza que sobre sus ruinas levantaron años después los árabes. En el
XI León IX creó un arzobispado de Cartago, pero la vieja ciudad no por
eso resucitó de entre los escombros, y en nuestros días sólo quedan de
ella algunas ruinas.
Cartago (geografía) -
Cartago (política) -
Cartago (religión y artes)
|