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DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO HISPANO-AMERICANO (1887-1910)

Índice


 

 

CARTAGO, ciudad antigua: historia, religión, política, artes; la civilización cartaginense (geografía)

CARTAGO

- CARTAGO: Geografía. Cabo o punta en el interior del Golfo de Túnez, extremo del terreno que ocupó la antigua Cartago.
 

– CARTAGO: Geografía. Ciudad célebre en la antigüedad, que disputó a Roma la hegemonía del Mediterráneo y que resumió en sí todos los elementos civilizadores de la raza fenicia.

Cartago. Situación.

Cartago existió muy cerca del sitio en que más tarde fue edificada Túnez, en el interior de un vasto golfo formado por el Cabo Rom al Este, y el Cabo Zibib al Oeste. Una rápida ojeada al mapa basta para comprender las ventajas de esta posición. De Cartago a Sicilia la distancia es corta: unos 150 kilómetros aproximadamente. En este reducido espacio encuéntranse las aguas de las dos grandes regiones mediterráneas; la de Oriente, foco de la civilización, del comercio y de la industria, y la de Occidente, virgen aún de toda explotación, aunque abundantísima en toda suerte de riquezas. De un lado el mundo antiguo en la juventud de su vida; de otro lado el mundo nuevo en su infancia; el progreso, siguiendo su camino de Oriente a Occidente, debía necesariamente pasar de uno a otro haciendo escala en Cartago.

En el fondo del golfo a que nos hemos referido, golfo que hoy se llama de Túnez, existe una pequeña península como de 60 kms. de circunferencia, unida al continente por un istmo de cuatro kms. de ancho. En esta península estaba la ciudad de Cartago, y desde sus murallas se veía a Utica, su antigua metrópoli, a doce kms. de distancia tan sólo. El puerto estaba dividido en dos partes por una estrecha lengua de tierra que avanzaba mar adentro hacia el Oeste. El puerto interior llamábase Cothon, y ofrecía un asilo seguro a las embarcaciones, pudiendo contener hasta 220 buques de guerra. El exterior era más pequeño y estaba reservado a la marina mercante. Por el lado del mar la defendía un simple muro, pero en la lengua de tierra mencionada se hallaba una triple muralla de veintiséis metros de alto por diez de espesor. El resto de ella estaba ocupado por el barrio llamado de Megara, especie de arrabal lleno de jardines. El terreno comprendido dentro de la ciudad medía unas 250 hectáreas. Desde el punto de vista militar hallábase muy bien situada. La extremidad E. de la península estaba erizada de rocas que la hacían casi inaccesible, a pesar de lo cual había sido fortificada con cuidado. Al O., en la parte más elevada, estaba situada la fortaleza de Birsa que cubría aquel lado, y, por último, en lo más alto de la fortaleza, dominando toda la ciudad, erguíase el templo de Esculapio, que era a la vez un fuerte casi inexpugnable.

Al S. de Birsa el acceso a la ciudad era fácil, y para protegerla habían construido los cartagineses murallas colosales que se extendían desde la ciudad hasta el lago de Túnez. Tenían estas murallas doce metros de altura, hallábanse flanqueadas por muchas torres de cuatro pisos, y sus paredes alcanzaban un espesor de diez metros. Del lado del Golfo de Túnez era también la costa muy escarpada, como ya hemos dicho.

Cartago. Extensión de la República.

En ninguna época de la historia fue Cartago una nacionalidad compacta, de límites perfectamente definidos. Sus dominios llegaron a extenderse por toda la costa del norte de África, desde las fronteras de Trípoli hasta el Atlántico, y además por todas las tierras del Mediterráneo occidental, pero ni en África misma ocupaba, sino a medias, la estrecha zona de tierras litorales. Únicamente se establecían los cartagineses con solidez en aquellos puntos que, por su situación, podían ofrecer ventajas comerciales. Del lado del mundo griego, esto es, por Oriente, los límites de la República con la Cirenaica fueron determinados después de sangrientas guerras. Turris Euprantus, en la parte oriental de la Gran Sirte, era, al decir de Estrabón, la última ciudad cartaginesa. Los confines de Cartago por Occidente es imposible fijarlos. La historia de la geografía no ha determinado aún hasta dónde llegaron los audaces navegantes cartagineses en sus expediciones por el Atlántico. Ni siquiera se sabe a ciencia cierta qué colonias fundaron en la costa occidental de África. Puede, pues, tan sólo decirse vagamente que por esta parte la soberanía de la gran República se extendía hasta la costa occidental de Marruecos, aquende el Atlas. Añádase a esto la parte europea del Mediterráneo occidental con sus grandes y fértiles islas (Córcega, Cerdeña, Sicilia, Malta, Lipari), y más tarde, perdidas algunas de éstas, después de la primera guerra púnica, la península ibérica en parte. El núcleo de estos vastos dominios hallábase situado a espaldas de la gran ciudad que los había fundado. Correspondían en parte al actual territorio tunecino, y no respondían en su exterior a lo que debía esperarse de tal metrópoli.
     Si bien Cartago no poseía el suelo que ocupaba, sino satisfaciendo a los indígenas cierta suma a título de alquiler, poco a poco fue haciéndose conquistadora y extendiendo hacia el interior y por todos los países vecinos su dominio efectivo. Sin embargo, hasta el año 450 a. de J. C. continuó pagando dicho tributo a los indígenas. Los libios fueron sometidos y reducidos a una condición inferior. Cartago fue llevando sus fronteras hasta las montañas y los límites del desierto. En la imposibilidad de someter a las tribus berberiscas que le recorrían pastoreando sus ganados, las fronteras fueron custodiadas por una línea de puntos fortificados que cubrían el territorio sometido. Al estallar la primera guerra púnica, Theveste (Tebessa), la ciudad más importante de los indígenas, situada hacia las fuentes del Bagradas, había sido conquistada por los cartagineses. En toda la región citada se hallaba establecido el grueso de la raza libio-fenicia. En una sola expedición habían venido 3.000 emigrantes. Muchas grandes ciudades obedecían a Cartago, tales como Hippona, Hadrumeta, la pequeña Leptis, la gran Leptis, Tapso, Tanapé, etc., etc. Saliendo de este vasto territorio no era necesario ir muy lejos para hallar en los dominios cartagineses soluciones de continuidad importantes. A 280 kms. al 0. del Cabo Bon se hallaba la capital de los númidas, siempre independientes. Después Cartago sólo poseía, como ya dejamos indicado, aquellas partes de la costa que a su comercio convenía ocupar. El territorio cartaginés así limitado alcanzaba, por término medio, una anchura de 240 kilómetros.

Las colonias formaban un Imperio inmenso. Cádiz era la más rica, y desde ella extendíase por la costa de España de O. a E. una cadena de importantes establecimientos comerciales. También fundaron los cartagineses colonias más allá de Cádiz, pero han dejado escasos vestigios en la historia. Las Baleares fueron ocupadas desde muy antiguo por ellos y les sirvieron de base de operaciones contra sus enemigos los griegos de Massalia. Ya en el siglo VI encontramos a los cartagineses establecidos en Cerdeña, donde fundaron a Cagliari. En Sicilia, cuya posesión les disputaron algunas veces con fortuna, los griegos poseían toda la costa O. y N., en las cuales existían ciudades tan florecientes como Lilibea (Marsala), Panormo (Palermo) y Solocis. Muchas de las pequeñas islas vecinas les pertenecían. Citaremos las Egadas, Melita (Malta), Gaulos (Gozzo) y Cosira (Pantellaria). Malta hacía un comercio considerable. En Cerdeña, en Sicilia, y en las demás islas, como en África, los indígenas habían tenido que optar entre buscar refugio en las montañas o someterse en absoluto a los invasores. Cartago tenía de su ministerio civilizador un criterio mucho menos elevado que Roma. Las mismas ciudades fenicias y libio-fenicias del territorio cartaginés se hallaban sometidas acondiciones muy duras, como veremos más adelante. Sólo Utica, madre de Cartago, gozaba de ciertos privilegios.

Cartago. Instituciones políticas. Carácter del gobierno.

Aristóteles, que conoció a Cartago en la época de su mayor prosperidad, cincuenta años antes de la segunda guerra púnica, nos ha dejado un capítulo entero de su Política consagrado a las instituciones cartaginesas, capítulo que, dada la escasez de noticias que la raza púnica ha dejado en pos de sí, es un monumento inapreciable. Por desgracia la noticia de Aristóteles es demasiado sucinta y no entra en detalles. Según el filósofo griego, a quien forzosamente hemos de seguir en este trabajo, el gobierno cartaginés pasó de la forma monárquica a la aristocrática. Lo cierto es que desde la época en que la historia comienza a suministrarnos luces bastantes, encontramos en Cartago un gobierno republicano en el que la aristocracia predominó siempre. Los primeros magistrados eran dos, y se llamaban sofetim o jueces, voz a la cual corresponde la griega sufetas. Al principio estos sufetas eran vitalicios, pero luego fueron anuales. Para elegirlos se tenía en cuenta sus bienes fortuna, su crédito y su popularidad.
      Los cartagineses nada estimaban tanto como las riquezas, y sobre ellas se fundaba su poderosa aristocracia, hábil sobre todo en el manejo de ellas y dotada de una perspicacia económica sin igual entonces en el mundo. Así, pues, cuando una familia conseguía, merced a las cualidades de sus individuos, un lugar sobresaliente por los grandes capitales de que podía disponer, solía encumbrarse al poder y conservarse en él mucho tiempo. Buena prueba de ello son los Magon y los Barca. Tenían los cartagineses su Senado, pero su organización nos es desconocida. Según Heeren, era muy numeroso y se dividía en Asamblea (simkletos), y Consejo privado (Gerusia), compuesto de los notables de la Asamblea. Mommsen dice: «El gobierno había pertenecido primeramente al Consejo de los Ancianos o Senado, compuesto, como la Gerusia de Esparta, de dos reyes que el pueblo designaba y de veinticuatro gerusiastas probablemente nombrados por él y anuales. Este Senado entendía en todos los asuntos importantes: los preparativos de guerra, el llamamiento a las armas, el reclutamiento eran de su incumbencia; nombraba el general que debía mandar las tropas y unía a él cierto número de gerusiastas, que venían a ser oficiales; además recibía todos los despachos dirigidos al gobierno. Se duda que además de este Consejo existiera otro más numeroso; de todos modos su autoridad no parece haber sido muy grande. En el mismo caso se encontraban los reyes que se limitaban a ejercer de jueces, ni más ni menos...» Vese que las opiniones de estos dos sabios son contradictorias. La crítica histórica no posee elementos en que basar una decisión. Sea de ello lo que fuere, es lo cierto que el Consejo de los Cien, creado, según algunos, hacia la mitad del siglo V a. de J. C., consiguió preservar al Estado de trastornos importantes. La tentativa de Hanon para destruir el Senado, y la de Bomílcar, que intentó erigirse en tirano, acabaron de un modo funesto para ambos conspiradores. Mommsen llama a este Consejo verdadera ciudadela de la oligarquía cartaginesa, y la considera producto de la reacción aristocrática contra la monarquía, o, mejor, contra las tentativas de monarquismo de la poderosa familia Hanon. Para pertenecer a este cuerpo era necesario haber ejercido antes la cuestura, y ser admitido en votación y luego aceptado por los quinqueviros, los cuales se elegían entre los mismos individuos del Consejo. La importancia política de los jueces fue siempre creciendo. Ante ellos rendían cuentas de sus actos los generales, los sufetas y gerusiastas al abandonar sus funciones, y muchas veces pronunciaban contra ellos sentencias de muerte. Mientras los sufetas habían pasado de vitalicios a anuales, los jueces, siguiendo opuesta marcha, se convirtieron de anuales en vitalicios. La Gerusia sometía a su examen todos los despachos y asuntos de Estado antes de dar cuenta de ellos al pueblo.

La administración de las provincias estaba confiada a un gobernador y no a una comisión, según algunos han pretendido. El pueblo de Cartago ratificaba la paz o la guerra, decidía de cualquier desacuerdo existente entre el Senado y los sufetas, elegía los reyes y demás magistrados, etc., etc. Pero esta intervención del pueblo en el gobierno tenía más de aparente que de real. En las elecciones de individuos de la gerusia reinaba la mayor corrupción, y para el nombramiento de un general o de cualquier otro magistrado importante sólo se le consultaba cuando los gerusiastas le habían ya elegido. No existían tribunales populares, y los banquetes públicos que celebraban eran debidos a la iniciativa de asociaciones especiales. Parece también que una cosa eran los ciudadanos y otra los artesanos, siendo la situación social de éstos muy humilde. En realidad, a pesar del capítulo de Aristóteles, reina acerca de todo esto bastante confusión, aumentada por la tendencia de los escritores romanos a romanizar la constitución de los demás pueblos, dando nombres latinos a todas las magistraturas. Así, Tito Livio dice que Aníbal fue hecho pretor en la segunda guerra púnica. La Constitución cartaginesa concentraba todo el poder en manos de los ricos. Bajo la dirección de éstos trabajaba un pueblo numeroso e incansable. La clase inedia no existía, y quizás esto contribuyó en gran manera a la ruina de la ciudad. Todo en ésta era para los grandes plantadores, los comerciantes opulentos y los altos funcionarios. Si se arruinaba uno, nunca faltaba alguna colonia lejana donde enviarle en busca de riquezas o un título de oficial de impuestos con el cual arrancar a la plebe tributos y prestaciones. A pesar de todo, las instituciones cartaginesas preséntense a la historia con todas las apariencias de gran estabilidad. Es que el pueblo carecía de jefes, y que la aristocracia inteligente y previsora, que ocupaba los últimos pisos del edificio social, tuvo siempre especial cuidado en atraer a su seno todo aquél que se distinguía por un mérito excepcional. Existían, sin embargo, tendencias democráticas, pero débiles, hasta la primera guerra púnica.


 


     Cuando llegó el momento de las grandes luchas, las Asambleas populares intervinieron en todo y la oligarquía empezó a perder terreno. Aníbal la dio un golpe decisivo proponiendo, después de la segunda guerra púnica, que ningún individuo del Consejo de los Ciento pudiera ejercer sus funciones durante más de dos años. Desde entonces Cartago fue una República democrática. Por desgracia el pueblo cartaginés no se mostró a la altura de las circunstancias, y la gran ciudad pereció en su lucha con Roma.

Riqueza de Cartago.

La ciudad púnica fue la primera potencia comercial del mundo antiguo. Encerraba todos los gérmenes de la civilización pacífica, y quién sabe si fue un gran mal que sucumbiera ante otra que llevaba en su seno la de la guerra. Los cartagineses fueron hábiles economistas, y en esto llevaban grandísima ventaja a los romanos, que tenían en tal materia las ideas más erróneas. El estado cartaginés vivía de las rentas de su territorio africano, de los tributos de las colonias y de la explotación de las ricas minas de España, de Cerdeña y de otros países. No se crea que sólo el comercio prosperaba. La agricultura se hallaba en situación sumamente floreciente, y a ella se dedicaban, sin la necia repugnancia de los nobles nuestros antepasados, los hombres más ilustres. Magon escribió un tratado que los griegos consideraban como el código de la agronomía racional. El Senado romano le hizo traducir al latín y le dio cuanta publicidad pudo. Sus ideas económicas aplicadas a la agricultura eran también muy superiores a las de todos los pueblos contemporáneos y a las de muchos de los de nuestros días. Practicaban el cultivo intensivo. Lo mismo ocurría en el comercio. Los cartagineses conocían y empleaban como signo de cambio, además de la moneda de oro y plata y de las pastas de ambos metales, signos de convención sin valor material, pues consistían en pequeños trozos de cuero preparados de suerte que su falsificación era punto menos que imposible. Además Cartago prestaba y recibía dinero a préstamo, exactamente como nuestros estados modernos. Nos faltan datos para calcular con exactitud la importancia de los capitales acumulados en ella, mas puede suponerse cuál sería su importancia considerando que, a pesar de las enormes sumas que consumían sus ejércitos de mercenarios, y de su corrompida Administración, sus ingresos la permitían cubrir todos los gastos sin exigir a los ciudadanos contribución alguna. A pesar de los desastres de la segunda guerra púnica, no fue necesario crear impuesto alguno para seguir cubriendo los gastos y pagar a los romanos el enorme tributo anual que aquéllos exigían. A los catorce años de firmada la paz, Cartago quiso pagar de una sola vez los treinta y seis plazos que aún quedaban por vencer. De la extensión e importancia del comercio cartaginés ha de juzgarse por la extensión e importancia del inmenso dominio colonial de aquel pueblo. Comprendía toda las islas y todas las costas del Mediterráneo, desde el Mar Negro hasta el Estrecho de Cádiz, y se extendía además por el Atlántico, mar que sólo los pueblos de raza púnica, fenicios y cartagineses, osaban surcar.

Imposible de todo punto es fijar el límite de sus excursiones por este lado. Fieles a su costumbre, o más bien a una tradición de raza, los cartagineses conservaron siempre envueltos en el mayor misterio estos viajes lejanos. Es seguro que conocieron las Canarias, y muy probable que visitaron las Azores y Madera. Algunos autores llegan a creer que el país remoto y desconocido a donde el Senado pensó trasladar la patria cartaginesa para salvarla de la furia romana era la América; mas cuanto acerca del particular se diga hoy, carece de toda precisión científica y debe relegarse al dominio de la fantasía. De las expediciones de Hanon y de Himilcon enviadas a explorar las costas del Mar Occidental tenemos escasas noticias. Unos autores hacen avanzar al primero hasta el Senegal, algunos le llevan hasta Sierra Leona, mientras otros le hacen detenerse aquende el Atlas. Lo indudable es que las galeras de los comerciantes de Cartago llegaban por el norte hasta el Báltico y por el sur hasta el Mar de Sargazo. El estaño de las Casitérides y el ámbar de las playas bálticas confundíanse en los mercados de la gran metrópoli comercial con los colmillos de elefante, el polvo de oro, las plumas de avestruz y demás productos del África central y ecuatorial. Del extremo Oriente llegaban numerosas caravanas ricamente cargadas, y el mismo Sahara era teatro de una actividad comercial apenas conocida hoy. Los productos de la Nubia llegaban a las playas del Mediterráneo a través de las arenas del desierto.

Cartago. Literatura, lengua y religión. Artes.

La esterilidad literaria de los pueblos fenicios es una de las mayores singularidades de la historia. Haber alcanzado una prosperidad material increíble y dominado sobre casi todas las razas del mundo antiguo; haberse apoderado en expediciones aventureras o en las comodidades de una vida tranquila y regalada de todos los elementos para crear una gran literatura, y pasar por el mundo sin dejar vestigios de cultura literaria, es verdaderamente extraordinario. Tal es, sin embargo, el caso de Cartago. Apenas conocemos, y eso sólo de nombre, dos o tres escritores cartagineses, entre ellos el ya citado Magon. Los hombres de raza púnica parecieron destinados a no mezclarse ni confundirse con los de otras razas, y esta especie de aislamiento ha motivado sin duda esa carencia completa de todo resto de arte o literatura que el historiador observa en ellos. Su lengua, su religión y su raza jamás se fundieron con las de los pueblos con quienes comerciaban. No puede admitirse que la vida intelectual fuera completamente nula en naciones que tan gran papel han desempeñado. Debe más bien creerse que los romanos destruyeron todas aquéllas de sus manifestaciones que hubieran podido llegar hasta nosotros. Plinio, al hablar de Cartago, refiérese a sus bibliotecas; y es indudable que debía haberlas, siquiera no contuviesen sino documentos y libros relativos a los países visitados por los navegantes de la República, noticias de sus productos y de su comercio, etc. Tanto, sobre poco más o menos, como la literatura, conocemos la lengua cartaginesa. Hasta nosotros sólo han llegado inscripciones casi indescifrables, y unos cuantos nombres más o menos desfigurados por los escritores antiguos. Plauto en su Penulas consigna gran número de voces cartaginesas: pero desfiguradas primero al ser trasladadas al latín por la necesidad de amoldarlas al nueve alfabeto, y desfiguradas por segunda vez al pasar de copista a copista; es necesario desistir de tener por ellas una idea aproximada de lo que era el cartaginés. Bochart intentó dar una explicación de ellas que resulta a todas luces absurda. Bellermonn, que también acometió la misma empresa, no alcanzó mejor éxito. Únicamente sabemos que el cartaginés tenía gran semejanza con el hebreo, si bien no dejaron de entrar en él algunos elementos pertenecientes a lenguas líbicas.

La religión de los cartagineses era la misma de los fenicios y pertenecía al grupo de religiones de la gran familia semita, aunque ligeramente influida por la vecindad de las divinidades líbicas. En el pasaje de Plauto a que hemos hecho alusión, encontramos algunos nombres de divinidades fenicias y en ellos una confirmación de próximo parentesco entre el hebreo y el cartaginés. En dicho pasaje los dioses se llaman alonim y las diosas alonuth, voces que inmediatamente traen a la memoria el elyon (altísimo) de los hebreos, y el plural elyonim para el masculino, y elyonoth para el femenino. En fenicio elionu tenía igual significación. El nombre de Baal, dios de los fenicios, se encuentra en muchos nombres fenicios (Aníbal, Asdrúbal, Adherbal) así como también el de Melkart (Amílkar, Bomílkar, etc). El Baal samin (señor del cielo) es a todas luces el Baal-Schamain de los hebreos. Baal y Melkart son las divinidades principales. En las inscripciones greco-fenicias de Malta encuéntrase a Melkart identificado con el Hércules griego. Según Plinio, se le sacrificaban víctimas humanas. No menos importante en la mitología púnica es la diosa femenina Astarté, tal vez la Itaré e Histaré de los persas. De la misma suerte que Baal y Melkart entra este nombre en la composición de muchos otros (Bostartus, Deliastartus, Metuastartus).

El culto de Moloch predominó siempre en Cartago, sin que ni Darío Histaspes ni Gelon de Siracusa lograran hacerlas abolir. Lejos de eso, persistió hasta los días mismos de la caída de Cartago. No se contentaba Moloch con que se le ofrecieran como víctimas becerros y toros magníficos; las mismas madres debían a veces sacrificarles sus hijos sin verter una lágrima ni exhalar un suspiro. Cuando Agatocles llegó a las puertas de Cartago, los vencidos atribuyeron sus desgracias a la cólera de Moloch, que creían haber provocado por no tener bastante cuidado su culto.

El descuido consistía, según Diodoro de Sicilia, en que, en vez de ofrecerle en sacrificio niños de familias nobles, se compraban a los extranjeros con ese objeto. Para aplacar al dios se le sacrificaron 200 niños pertenecientes a las familias mas distinguidas. Además 300 hembras que se consideraron culpables de la sustitución pecaminosa se ofrecieron como víctimas expiatorias. Según el mismo Diodoro, la estatua de Moloch (al cual, en su afán de helenizarlo todo, llama Saturno) era de bronce. Sus brazos abiertos llegaban hasta el suelo y los niños que en ellos se depositaban caían en un horno ardiendo. Gesenio, que tan buenos trabajos nos ha dejado acerca del particular, cree que puede considerarse a los cartagineses como un pueblo profundamente religioso. La religión presidía todos sus actos. Al nacer un niño se le colocaba bajo la protección de una divinidad, imponiéndole su nombre; jamás se comenzaba empresa alguna sin invocar antes la protección de los dioses, y todo acontecimiento feliz o adverso traía aparejada su acción de gracias o su sacrificio expiatorio. Si emprendían un viaje llevaban consigo sus dioses penates, sus santos que diríamos hoy, y lo mismo hacían al partir para la guerra. En campaña siempre se veía en el centro del campamento el santuario, rasgo que completa su semejanza con los hebreos, a quienes vemos siempre acompañados del tabernáculo al marchar contra el enemigo. Al fundar una nueva colonia el primer edilicio que se levantaba era el templo. Tenían también el culto de los muertos y respetaban los túmulos. A pesar de esto jamás hicieron la guerra por espíritu de proselitismo, ni se preocupaban poco ni mucho de llevar su religión a los pueblos que se les sometían. Las funciones sacerdotales no eran hereditarias entre los cartagineses. Desempeñábanlas por lo general los nobles, y eran signos de distinción que solían ir anejos a otros cargos importantes.

No fueron los cartagineses dados a las artes, ni despuntaron en la práctica de ellas, pues su espíritu mercantil y positivo mal pudo avenirse con las aficiones estéticas. Su arte procedía del de los fenicios, y aun puede considerarse como una rama de éste. La característica del arte fenicio es la falta de fisonomía distintiva, de estilo marcado, de proceso estético, como resultante que era de una amalgama de elementos procedentes del Egipto, de Asiria, del Asia Menor, de Grecia, en una palabra, de los diversos pueblos con que los fenicios mantenían su comercio. Por igual modo los cartagineses hicieron sus primeras obras de arte siguiendo la tradición fenicia, reproduciendo los caracteres distintivos de ésta de un modo grosero. Más tarde las relaciones de los cartagineses con los griegos introdujeron entre los primeros las artes griegas, practicadas las más de las veces no por imitadores, sino por artistas griegos. De Sicilia fueron llevadas a Cartago como botín de guerra las estatuas griegas que adornaban sus templos y sus plazas públicas. Artistas griegos acuñaron las monedas cartaginesas desde el siglo V. Los célebres santuarios de Baal-Hamon y de Tanith no debieron tener, según Perrot y Chipiez, el carácter de los antiguos santuarios fenicios, pues desde mucho tiempo antes de ser incendiados habían sido reconstruidos según el estilo griego del tiempo de Alejandro y de sus sucesores. Sin embargo, la mayor parte de los símbolos que adornan las estelas votivas de dichos santuarios, esculpidas por obreros bárbaros sin pretensiones de artistas, están tomados de la fauna y de la flora africana, por lo cual ofrecen un carácter indígena que las distingue de lo griego. Entre esos símbolos el más frecuente es una mano abierta levantada hacia el cielo y por lo común puesta en el frontón de la estela. Los demás símbolos consisten en el uroeus egipcio y el disco solar con la media luna, que se refiere a Tanith, el cordero referente a Baal-Hamon, el caduceo, el elefante, el toro, el conejo, los peces, la palmera, el timón, el áncora, el hacha, la flor del loto, vasos de diversas formas, naves y frutos. Abundan las imágenes de la diosa madre con su hijo en los brazos; nuestro Museo Arqueológico Nacional posee una de estas imágenes, pequeña, esculpida en piedra de un modo grosero, con restos de pintura roja. Los arqueólogos han hallado también las imágenes simbólicas de un niño en pie o sentado con una manzana en la mano, la Venus cogiéndose las mamas con las manos, la pira y los atributos de la tríada púnica. El Museo de Turín conserva una estela en que se ve a la diosa Tanith, con velo, llevando un cesto de frutos, bajo un pórtico con columnas dóricas, cuyo frontón está ocupado por una pantera. También se han hallado algunos restos de figuritas de barro cocido que, con las monedas, son los únicos monumentos conocidos del arte púnico. El acueducto, que aún se conserva en gran parte, destinado a llevar a Cartago las aguas desde el monte Zaguan, es romano de la época de Adriano. La puerta que existe en Tapsus (Dimas), no han decidido aún los arqueólogos si es romana o cartaginesa. En cuanto a las tumbas púnicas de Malta, Sicilia, Cerdeña y Cartago, ofrecen la misma disposición que las de Siria o Chipre. Constan de la cueva funeraria, a la cual se desciende por un pozo o escalera, cámaras rectangulares más o menos numerosas, unidas por corredores, y en sus paredes nichos profundos para colocar los sarcófagos.

Todavía existen en la isla de Gozzo (antigua Gaulos) las ruinas del templo levantado en el siglo IV a la diosa Tanith, que se conoce con el nombre de Giganteya y consiste en dos santuarios de planta ovoide o elíptica. Por lo demás, en ninguno de los puntos indicados, ni en España, ni en Marsella, ni en Córcega se han hallado restos de templos. En Cádiz (Gades) estaba el célebre templo de Melkart, del cual sólo nos quedan las noticias de Estrabón. En el mismo caso se hallan el de Astarté que había en Eryx (Sicilia), y el de Baal-Hamon que estaba en Marsala (Lilibea). Las inscripciones nos hablan de los santuarios sardo-púnicos de Baal-Samin, de Escmun, de Baal-Hamon y de la citada Astarté. Algunos de esos templos fueron reedificados por los romanos. Hay una razón para que los monumentos cartagineses apenas los conozcamos más que por noticias, y es que a la conquista de Escipión en 146 antes de J.C. siguió una demolición sistemática y cruel. Las inscripciones de las estelas son votivas, y de los objetos que se conocen los más antiguos son del tiempo de Aníbal.

Cartago. Historia.

La fecha de la fundación de Cartago no es conocida sino aproximadamente. Eusebio y Procopio la fijan en el año 1259 a. de J. C. Según ellos, cuando Josué invadió la tierra de Canaán, a mediados del siglo XVI a. de J. C., muchos de los cananeos fugitivos se refugiaron en la costa norte de África y fundaron la ciudad de Utica. Procopio y Suidas hablan de un monumento hallado en Numidia con esta inscripción: Somos cananeos expulsados de nuestra patria, por el ladrón Josué hijo de Nevé. Según estos autores, los cananeos de Utica fundaron la ciudad de Cartago en la fecha indicada. Un antiguo historiador, llamado Nomus, atribuye la fundación de Cartago al fenicio Cadmo y a su mujer Harmonia, y asegura que pusieron a la ciudad el nombre de Cadmea. Según Filisto de Siracusa, los tirios Sor y Carchedon ensancharon la ciudad. A la reedificación o nueva fundación de la ciudad, a mediados del siglo IX antes de J. C., se refiere la fábula de Dido o Elisa, la hermana de Pigmalión, rey de Tiro. Elisa y Dido son palabras fenicias desfiguradas, que vienen a significar esta mujer fugitiva. Parece, sin embargo, cosa averiguada que a mediados del siglo IX muchos fenicios se establecieron en el Norte de África. Atribúyese la fundación de Cartago a algunos de esos emigrantes, los cuales obtuvieron permiso de los indígenas para construir una ciudad mediante la satisfacción de un tributo anual. Conocida es la fábula, aneja a la fundación de una porción de ciudades, del cuero de buey partido en tiras empleadas en trazar el límite de la nueva ciudad. En cuanto a Cartago, parece que esta fábula no ha tenido sino una razón de ser. Los cartagineses llamaron Bosra a la ciudadela, y de esta palabra hicieron los griegos Birsa, que significa cuero. Sin otros elementos se forjó la leyenda. Nada más vago que lo que acerca de estos primitivos tiempos de Cartago sabemos. Hasta el mismo nombre de la ciudad es un problema filológico. En griego Cartago se llama Karquedon y sus habitantes karquedonisi; en latín Cartago. Esta última forma parece mas aproximada a la verdadera raíz púnica. Karth o kereth es un término semítico que significa en el lenguaje poético ciudad. Le encontrarnos más o menos transformado en una porción de nombres del Asia Menor y del África septentrional, como Kirla y Tigranokerta (Cirta y Tigranocerta). Muchas monedas púnicas halladas en Sicilia nos han permitido conocer a ciencia cierta el nombre de la ciudad púnica. En las inscripciones de esas monedas encontramos la palabra Karethhadeshat o Karth-hadtha, según la pronunciación. Ambas palabras significan la ciudad nueva. Tal parece haber sido el nombre verdadero de la rival de Roma. Su historia puede dividirse en tres partes. La primera comprende la época de la formación del Imperio cartaginés y las dos primeras guerras púnicas; la segunda abraza el período de agonía de la ciudad hasta su total destrucción por los romanos, y la tercera desde la resurrección de Cartago como colonia romana hasta su definitiva destrucción por los árabes.

Primer período. Cartago desde su fundación hasta la batalla de Zama. Todo son tinieblas en este primer período de la historia cartaginesa. Herodoto y Tucídides, que conocieron a Cartago en la época de su mayor prosperidad, apenas le consagran algunas líneas. Justino nos ha dejado noticias algo más extensas, pero no suficientes, y la mayor parte de las veces de una exactitud dudosa. Además Justino refiere sólo lo que ha tomado de Trogo Pompeyo, de Teopompo y de Timco. Parece que los cartagineses conservaban con cuidado sus anales, pero los romanos los entregaron al ley de los númidas, Masinisa, y se han perdido por completo para la posteridad. Los datos concretos acerca de la historia de Cartago remontan al siglo XI, fecha del tratado con los griegos de Cirene, contra los cuales tanto habían peleado los cartagineses. En aquella época el enemigo temible de Cartago era Grecia, que empezaba a desbordarse hacia Occidente con una energía relativamente igual a la que desde el Renacimiento hasta la fecha han empleado, siempre en la misma dirección, los pueblos modernos. De los primeros tiempos de esta lucha ha quedado la noticia de la más antigua batalla naval de que habla la historia. Los focios, que huían ante la invasión de Ciro, se dirigían a Córcega con objeto de establecerse en la isla. Los etruscos, que aún eran por entonces la potencia dominante en el Mar Tirreno, uniéronse a los cartagineses para impedir la fundación de la colonia. Treinta buques etruscos unidos a otros 30 cartagineses atacaron a los focios que disponían de 60 buques. Lograron la victoria los griegos, pero su flota quedó muy maltratada. Llamóse esta batalla de Alalia, del nombre de la colonia que los focios iban a fundar. Los etruscos continuaron dueños de Córcega y hasta la primera guerra púnica no se apoderaron de ella los cartagineses. Maleo o Malcho, primer sufeta de que habla la historia después de haber conquistado casi toda la Sicilia, llevó la guerra a Cerdeña, donde fue derrotado. El Senado le declaró desterrado a él y a su ejército, por cuya razón Malcho, al frente de sus soldados, vino a poner sitio a Cartago, apoderándose de ella. Los diez senadores que habían votado su destierro fueron condenados a muerte. Después se consagró el reformar la constitución de la República, pero queriendo establecer una suerte de dictadura, fue muerto en una sedición. Le sucedió Magon el Grande, cuya familia se encargó durante mucho tiempo de la dirección de los negocios, influyendo en ellos de modo muy favorable para la prosperidad de la República. Al decir de Justino, Magon introdujo la disciplina y la táctica militar entre los cartagineses, lo cual en rigor quiere decir que introdujo grandes reformas en el ejército. En su tiempo intentó Cambises la conquista de Cartago, pero los fenicios se negaron a suministrarle buques. Ya por entonces había sido conquistada del todo la Cerdeña, isla de la mayor importancia estratégica, agrícola y comercial. Según Aristóteles, los cartagineses destruyeron en la isla todos los árboles y prohibieron a sus habitantes dedicarse a la labranza; pero si se tiene en cuenta la importancia agrícola de la isla, se comprenderá lo inverosímil de semejante afirmación. En el año 509 Cartago concluyó un tratado con Roma en el que estipulaba para la Cerdeña en los mismos términos que para la Libia. Este tratado, cuyas cláusulas conocemos por Polibio, no era nada favorable a los romanos. Prohibíase en él a éstos navegar más allá del Cabo Bon. En caso de que una tempestad les hiciera traspasar ese límite, debían hacerse a la vela a los cinco días y no hacer más compras que las necesarias para la manutención de los tripulantes.

 En cambio los cartagineses podían ocupar las ciudades del Lacio no sometidas a los romanos. Éstos no podían comerciar en Libia ni en Cerdeña sino bajo la vigilancia de un inspector. Este tratado prueba que toda la superioridad estaba entonces de parte de los cartagineses, los cuales no sólo se atribuían el monopolio casi absoluto del comercio en el Mediterráneo occidental, sino que tenían ya un pie en Italia cuando apenas habían emprendido la conquista de Sicilia.

Durante todo el largo período que separa la fecha de las primeras noticias positivas que tenemos de la historia de Cartago y la primera guerra púnica fue creciendo la República hasta alcanzar todo su esplendor. Por entonces colonizaron los cartagineses las costas meridionales y occidentales de la península, las pequeñas islas del Mediterráneo, próximas a la Libia, a Sicilia y a Cerdeña, las Baleares y otras. Por el momento, y una vez limitadas las ambiciones de la República de Cirene a que ya nos hemos referido, no encontraron los cartagineses otro obstáculo a su ambición que los griegos de Massalia y los romanos, harto débiles aún según puede deducirse del tratado de 509 para hacer otra cosa que defender sus dominios del Lacio. También corresponden a esta época las tentativas de colonización en el Atlántico. Hanon, con una flota de sesenta embarcaciones, condujo a la costa occidental de África 30.000 colonos libio-fenicios por orden del Senado, fundando una serie de colonias en la región comprendida entre el Estrecho de Gibraltar y la isla de Cerné, que algunos han supuesto ser la actual península de Río de Oro. Hanon, con algunos buques, adelantóse hacia el sur, emprendiendo un verdadero viaje de exploración y llegando probablemente hasta el Senegal. Al mismo tiempo que Hanon navegaba en esta dirección, tomaba opuesto rumbo otro general, a quien se supone hermano suyo, llamado Himilcon. El objeto de la expedición de Himilcon era fundar colonias en las islas Casitérides (probablemente las Sorlingas) de donde se extraía casi todo el estaño por aquella época. Duró el viaje cuatro meses y hay quien pretende que Himilcon llegó a Irlanda. Dueños así del comercio de todo el mundo conocido, imponíase a los cartagineses la necesidad de ensanchar las bases de su Imperio conquistando la Sicilia, gran isla situada enfrente de la Libia, en el centro del Mar Interior, y dotada de excelentes puertos. Desde tiempo inmemorial poseyeron en ellas factorías los fenicios y luego las heredaron los cartagineses. Los colonos griegos, que poco después empezaron a llegar en masa, les obligaron a circunscribirse a Motimar, Solois y Panormo, esto es, las poblaciones más importantes y más próximas a Cartago. Cartagineses y griegos se odiaban. Los primeros se aliaron con los persas contra los segundos. Gelon de Siracusa era el más poderoso de los príncipes greco-sicilianos. Los cartagineses le declararon la guerra como auxiliares de Terilo, tirano de Himera. Un ejército libio-fenicio mandado por Amílcar fue completamente deshecho por Gelon el mismo día en que la escuadra persa quedaba destrozada en Salamina. Según Diodoro, el vencedor exigió en concepto de indemnización por los gastos de la guerra un tributo de 2.000 talentos. Durante setenta años no hicieron ninguna otra tentativa los cartagineses. Hacía 410 volvieron a sus planes de conquista, poniéndose de parte de los griegos de Segesto contra los de Selinonte. Aníbal, hijo de Giscon, apareció en Sicilia al frente de cien mil hombres. Himera, Gelo, Selinonte, Agrigento, fueron cayendo sucesivamente en poder de Aníbal. En Siracusa reinaba entre tanto la anarquía, y merced a ella se encontró elevado al poder Dionisio, llamado el Tirano (404). Durante treinta y seis años Dionisio supo sostenerse contra todo el poder de Cartago, pero murió sin haber logrado vencer a los invasores. El griego Timoleón les derrotó por completo en las márgenes del Cramisa, y les obligó a levantar el sitio de Siracusa (340). No sólo con las armas combatían los cartagineses, sino que también manejaban hábilmente la intriga en todas las ciudades griegas. De acuerdo con los tiranos Mamerco e Icetas y con algunos auxiliares griegos, desembarcaron en la isla, pero fueron vencidos cerca de Catana y concluyeron con las ciudades griegas una paz sumamente favorable para éstas. A pesar de ello, la lucha recomenzó a poco tiempo con más encarnizamiento que nunca. Agatocles, tirano de Siracusa a quien los cartagineses habían vencido y obligado a encerrarse en la capital de sus Estados, dejó confiada a sus lugartenientes la defensa de la ciudad, y transportó el teatro de la guerra a África. Vencedor al principio, vencido después y obligado a volver a Sicilia a causa de la insurrección de Agrigento y de otras ciudades, concluyó por último un tratado favorable para los cartagineses (311-307). La anarquía que se apoderó de Sicilia fue el mejor auxiliar de la política de Cartago. Hasta entonces la isla había estado dividida entre cartagineses y griegos. Ahora un tercer elemento, procedente de la vecina península italiana, vino a complicar las cosas. Mesina, ciudad importantísima de la costa oriental, había caído en poder de ciertos aventureros campanios que anteriormente habían estado al servicio de Agatocles. Los mamertinos o hijos de Marte, que así se llamaban, sometieron en poco tiempo toda la parte nordeste de la isla, pero al propio tiempo en la abatida Siracusa surgía un hombre de dotes poco vulgares que se propuso devolver a la raza greco-siciliota la hegemonía de la isla. Hieron, que así se llamaba, hizo a los mamertinos una guerra terrible, acabando por encerrarlos en su ciudad de Mesina. Mientras duraban estas luchas, el poder de Cartago en Sicilia aumentaba rápidamente. Siracusa, que había llamado a Pirro para que la defendiera contra los cartagineses, tuvo, sin embargo, que unirse a éstos para combatir a los romanos unidos a los mamertinos. En el momento en que parecía inevitable el triunfo de Cartago en Sicilia, la intervención de Roma vino a impedirlo. Bien conocido es el origen de la guerra entre ambas Repúblicas. Ambas ambicionaban la posesión de Sicilia, y bien pronto los mamertinos y siracusanos se eclipsaron ante los verdaderos actores del sangriento drama en que iban a decidirse los destinos del mundo antiguo. Desde el tratado de 509 las dos naciones habían vuelto a encontrarse siempre en el terreno diplomático. En 348 celebraron un segundo pacto en el que los cartagineses estipularon a la vez para ellos y para los habitantes de Utica y para sus aliados. En 276 nuevo tratado que no fue sino una confirmación de los anteriores.

Al estallar la primera guerra púnica Cartago parecía el más fuerte de los contendientes. Dícese que uno de sus embajadores había dicho en Roma: Pronto no podrán los romanos bajar el mar ni aun para lavarse las manos. En efecto, los cartagineses dominaban en absoluto el Mediterráneo. No porque los latinos carecieran de marina, no; carecían sólo de buques de combate. Eran mucho más ricos que los romanos, pero, en cambio, sus ejércitos de mercenarios les costaban muchísimo más caro. Había en Cartago más riqueza, una organización económica más perfecta, un estado social más brillante, pero en cambio no había pueblo, porque el pobre nada poseía. En Roma la gran masa de la población, dedicada al cultivo, era propietaria. Los romanos eran un pueblo de agricultores y los cartagineses un pueblo de comerciantes. Si aquéllos vencieron, no fue porque les aventajaran en elementos de combate, sino porque formaban una masa compacta y sólida, si menos rica en oro, más abundante en virtudes y patriotismo (V. PÚNiCAS [Guerras]). Duró la guerra desde 264 hasta 241 antes de J. C. Sus principios fueron muy felices para Roma. Hieron II de Siracusa se declaró su aliado, y los cartagineses perdieron en pocos días setenta y tres poblaciones, entre otras Agrigento. Comprendiendo que la guerra había de ser esencialmente marítima, el Senado decidió la creación de una flota. Los cartagineses fueron vencidos en dos grandes batallas navales por los cónsules Duilio y Régulo. Éste, imitando a Agatocles, llevó la guerra a África; pero, vencido como él, volvió a entablarse la guerra de Sicilia, donde, gracias al genio de Amílcar Barca, la victoria no se decidió por los romanos: Amílcar tuvo que resignarse a aceptar una paz que el Senado cartaginés le impuso, no por haber sido vencido, sino porque a los senadores cartagineses les pareció que su comercio sufría demasiado con aquella guerra tan larga y tan difícil. Mas sobrevino otra guerra mucho más terrible, la de los mercenarios, que duró tres años (240-237). Al regresar éstos a África se sublevaron en demanda de sus atrasos, y hubieran destruido la República sin el genio de Amílcar, quien salvó, a costa de grandes esfuerzos, la vida de una patria que desconocía sus servicios y los dejaba sin recompensa. Después estallaron graves disidencias entre Almílcar Barca y Hanon el Grande, jefe del partido senatorial. Amílcar se puso entonces al frente del partido popular. Entre tanto los romanos se habían apoderado de la Cerdeña sin respetar la fe de los tratados. Para reparar esta pérdida y la de Sicilia, pensó sin duda Amílcar en la conquista de España. Quizás concibió el plan que Aníbal realizó más tarde. La influencia de Roma en las Galias y en mucha parte de España, hasta Sagunto, era ya muy grande, de suerte que no tardaron los dos pueblos rivales en encontrarse frente a frente en nuestra península, como antes se habían encontrado en Sicilia. Amílcar murió antes de realizar sus proyectos (228), pero Asdrúbal, su yerno, no dejó de la mano su ejecución, pues conquistó gran parte de España hasta el Ebro. Aníbal, general de facultades excepcionales a quién sólo faltó un pueblo pronto a prestarle su apoyo para haber realizado las empresas más asombrosas, provocó con la toma y destrucción de Sagunto la segunda guerra púnica (219). Con 90.000 hombres cruzó el Ebro, los Pirineos, el Ródano y los Alpes; penetró en Italia con la cuarta parte de estas tropas, y derrotó a los romanos en las batallas de Trebbia, Tessino, Trasimeno y Canas; se sostuvo durante dieciséis años en Italia, y sólo regresó a África cuando Escipión, a imitación de Agatocles, llegó con un ejército a las puertas de Cartago. Mas que cartaginesa, esta guerra fue de la familia de los Barcas. Además de Aníbal distinguiéronse en ella casi todos sus parientes, y en especial Magon y Asdrúbal. La batalla de Zama puso fin a la lucha, obligando a Cartago a firmar una paz onerosísima, después de la cual ya no pudo aspirar a la hegemonía del Mediterráneo. En virtud de ella perdió todas sus posesiones de fuera de África, 500 buques de guerra que los romanos quemaron, y tuvo además que pagar un fuerte tributo anual.

Segundo período. Desde la batalla de Zama hasta la destrucción de Cartago. Aníbal, aunque vencido en Zama, no sólo era el mejor general de su tiempo, sino que aventajaba mucho a todos los de la antigüedad. Pero no se mostró menos digno de admiración como político y patriota que como soldado. Apenas firmada paz, concibió el proyecto de regenerar a su patria. Elegido Magistrado Supremo, intentó reformar la Constitución, acabando con la oligarquía; convirtió las funciones de los ciento vitalicios en anuales, llevó a la gestión de la Hacienda una severidad grandísima, persiguió a los concusionarios, etc. Sin necesidad de acudir impuesto alguno, consiguió, gracias a su poderosa acción moralizadora, poner a su patria en estado de satisfacer de una vez el tributo establecido por Roma. Al mismo tiempo se consagró a organizar el ejército, obligando a los soldados a trabajar continuamente con objeto de endurecerlos contra la fatigas. El partido democrático detuvo a Aníbal en su obra. Denunciado a los romanos, éstos enviaron una embajada pidiendo que les fuera entregado el insigne patricio, el cual sólo consiguió escapar merced a una rápida fuga. Fue a refugiarse entonces en la corte de Antíoco el Grande, rey de Siria, el cual le animaba para hacer guerra a los romanos (195), y allí mismo le persiguió el rencor de Roma, obligándole a suicidarse.

En virtud del tratado que puso fin a la segunda guerra púnica, Masinissa, el rey númida, enemigo de Cartago, era un centinela constante que Roma había establecido a las puertas mismas de la ciudad vencida. Apoyado por los romanos, Masinissa adquirió parte del territorio cartaginés; la provincia de Emporia en 193, otra provincia el año 182, y por último la de Tisca con sus 50 poblaciones importantes en 174. No por eso daba Cartago pruebas de energía y de patriotismo, ni de sensatez siquiera. La inminencia del peligro no fue suficiente para unir en un haz de aspiraciones todas las voluntades de la República. Como los bizantinos ante los otomanos y los polacos ante los rusos, como todos los pueblos en decadencia, para decirlo de una vez, terribles discordias intestinas agitaban los últimos momentos de su existencia. Había en Cartago un partido nacional, un partido númida, y –aunque parezca imposible– un partido romano. El partido númida fue proscrito, y cuarenta senadores, vendidos a Masinissa, abandonaron la ciudad. Éste marchó en apoyo de los suyos, y en la batalla de Oroscopo derrotó a los cartagineses (152). De tal suerte carecía de genio político la raza libio-fenicia, que Utica misma se declaró contra Cartago haciendo alianza con Roma. De aquí la tercera guerra púnica, hija en parte de la fatalidad que había colocado una frente a otra las dos grandes ciudades del Mar Interior, y en parte también de las brutalidades de la política romana exacerbadas por los discursos incendiarios de Catón.

Comenzó la tercera guerra púnica el año 150. Preparáronla los romanos con un lujo de perfidia que indigna aún al que no sienta simpatía alguna por el pueblo de comerciantes sin entrañas que iba a perecer. Un ejército numeroso pasó a África al propio tiempo que una embajada cartaginesa llegaba a Roma y declaraba que el pueblo cartaginés se sometía incondicionalmente a la voluntad del Senado. Recibieron por toda respuesta vagas palabras que alarmaron a los cartagineses. Los magistrados de éstos se presentaron a Manlio Censorino, jefe del ejército consular acampado delante de Utica, y le pidieron que formulara las condiciones de paz. Manlio pidió el desarme completo de Cartago, y esta condición humillante fue aceptada y cumplida. Cuando ya no creyó encontrar sino un enemigo completamente imposibilitado de hacer resistencia alguna, el cónsul formuló de este modo su última exigencia: «Me alegro, dijo a los embajadores, de que os hayáis mostrado tan solícitos en obedecer las órdenes del Senado. He aquí ahora sus postreras voluntades: os manda que salgáis todos de Cartago, porque ha resuelto destruirla, y que os establezcáis en cualquiera otra parte, con tal que diste 8O estadios del mar.» Por primera vez dieron los cartagineses pruebas de energía. Semejante orden, tan inesperada como humillante, les comunicó un entusiasmo patriótico que, puesto años antes a disposición de Aníbal, seguramente les hubiera dado la victoria. Reconciliáronse las fracciones, fabricáronse armas como por encanto, y no sólo los hombres, sino hasta las mujeres y los niños se convirtieron en soldados. La ciudad inerme y moribunda luchó con los solos recursos encerrados en sus muros contra todo el poder de Roma durante tres años enteros, y sólo sucumbió cuando casi todos sus habitantes hubieron perecido, después de una resistencia heroica en la que cada calle y cada casa tuvo que ser objeto de un ataque especial. Los últimos cartagineses encerrados en el templo de Esculapio murieron todos, excepto la mujer y los hijos de Asdrúbal, su jefe, que se lanzaron a las llamas mientras el caudillo vencido se arrojaba a los pies del vencedor, acosado por las maldiciones de los que en aquellos momentos supremos preferían una muerte honrosa a la piedad del odioso romano (146). Así acabó Cartago.

Tercer período. Cartago hasta su definitiva destrucción por los árabes A pesar de Catón y de cuantos creían indispensable la desaparición de la gran ciudad púnica, quince años después renacía ésta de entre sus ruinas. De nada sirvieron para impedirlo las imprecaciones pronunciadas por Escipión en nombre del Senado y del pueblo romano contra los que habitaran los lugares en que había sido Cartago. En 132 el tribuno del pueblo C. Graco condujo a aquellos parajes 6.000 hombres con los que fundó una ciudad a la que llamó Junonia. Antes de ella los romanos no habían fundado colonia alguna fuera de Italia. No debió prosperar mucho la Junonia de C. Graco, porque cuarenta y tres años después (89) todavía pudo el proscrito Mario buscar un refugio en las ruinas de Cartago. Sin embargo, poco tiempo después la encontramos convertida en una ciudad próspera y rica. Julio César, vencedor en Tapso de los partidarios de Pompeyo, dejó en Cartago una colonia de 3.000 hombres a los cuales se unieron muchos habitantes de las ciudades vecinas. Durante el Imperio la importancia de Cartago fue aumentando. Su comercio era muy considerable, y las fértiles tierras de la comarca, a que por tanto tiempo había servido de capital, eran el granero del Imperio. No tardó mucho en convertirse en la primera ciudad de Occidente después de Roma, y la llamaban la Roma de África. Augusto la incluyó entre las provincias cuya administración y gobierno corría a cargo del Senado. Después fue comprendida en el departamento del prefecto del pretorio de Italia y su gobierno corría a caigo de un procónsul. En el siglo IV fue capital de la diócesis de África, que comprendía las siguientes provincias: África, Bizancio, Numidia, Mauritania Sitifensis, Mauritania Caesariana y Trípolis. En Cartago residía un comandante militar con el título de conde de África. Poseía una manufactura imperial de telas preciosas, y estaba administrada por un procurador. Era entonces una ciudad notablemente hermosa y opulenta, cuyos edificios se distinguían por su suntuosidad y simetría. El puerto era vasto y seguro; además había recuperado parte de su antiguo esplendor. Las ciencias y las artes, abandonadas mientras Cartago fue una República comerciante, adquirieron esplendor grandísimo cuando pasó a ser ciudad romana. Encerraba escuelas y gimnasios en donde se cultivaban todos los ramos del saber humano conocidos entonces, y especialmente la gramática, la retórica y la filosofía. Apuleyo, Arnobio, Tertuliano, Cipriano, Agustín y otros varones insignes nacieron o florecieron en Cartago. Esta ciudad fue uno de los focos más importantes de propaganda cristiana, y en ella escribió Tertuliano su apología de la nueva religión. Del siglo III al siglo VI de nuestra era celebráronse en Cartago más de cuarenta concilios (V. CARTAGO [CONCILIOS DE)). La herejía de los donatistas, nacida de la oposición del obispo Donato contra Ceciliano, obispo de Cartago, dividió el África en dos parcialidades enemigas. Condenada la tesis de Donato en el concilio de Arlés, el cristianismo, que de resignado perseguido se había convertido en perseguidor implacable, se sirvió del emperador Constantino para perseguir a los herejes. Duró el cisma, a pesar de esto, o mejor, por esto mismo, mucho tiempo. El año 411 se verificó bajo la dirección de San Agustín la famosa conferencia de Cartago, que condenó nuevamente a los donatistas. Dejando a un lado estas discordias religiosas, acerca de las cuales se encontraran noticias en los artículos correspondientes, lancemos una rápida ojeada a la historia de Cartago bajo los últimos emperadores romanos.

El año 237 fue proclamado emperador el viejo procónsul de Cartago Gordiano, y con él su hijo Gordiano II. Era entonces emperador de Roma Maximino, hombre brutal que sólo había alcanzado tan alto puesto merced a sus fuerzas hercúleas, su estatura colosal y su glotonería insaciable. Gordiano II fue derrotado y muerto delante de Cartago. Después, en tiempo de Galieno, tuvo también esta ciudad su emperador. Lo fue el legionario Cornelio Celio, derrotado, muerto y devorado por los perros poco después. Diocleciano dotó a Cartago de magníficos monumentos, mas era ya por entonces tan acentuada la debilidad del Imperio, que las tribus del Atlas y del desierto invadían sin cesar los territorios fronterizos. El año 308 el viceprefecto del pretorio, Alejandro, se hizo proclamar emperador en Cartago y reinó tres años. Cara pagó la ciudad la pequeña satisfacción de haber sido cabeza de un Imperio efímero, porque las tropas del emperador Máximo la destruyeron casi por completo. En tiempo de Constantino Cartago volvió a ser la metrópoli de África rica y floreciente. En tiempo de Valentiniano I, un ambicioso llamado Firmo se hizo proclamar rey de África, pero fue vencido por el conde Teodosio. Gildon, hermano de Firmo, consiguió hacerse dueño de Cartago y dominar en la ciudad durante doce años (382-394). Firmo y Gildon eran de origen bereber, y en sus tentativas debe verse un esfuerzo del elemento indígena para sobreponerse al romano, cuya impotencia era ya notoria. La invasión de los vándalos, provocada en parte por los donatistas, que se veían perseguidos sin descanso por los ortodoxos, impidió que se formara más o menos pronto en África un estado libio-latino, sucesor del estado libio-fenicio, muerto a manos de Escipión, y del que Cartago hubiera sido necesariamente la capital. Hasta el año 439 no cayó esta ciudad en poder de los vándalos. Convertida en metrópoli de la nueva nación, pronto fue su puerto el más concurrido del Mediterráneo. Como su admirable situación le obligase siempre a adquirir grandísima importancia marítima, los vándalos se convirtieron en marinos, se apoderaron de todas las islas del Mediterráneo, pasearon por todas partes sus flotas victoriosas, y el año 455, seis siglos después de la destrucción de Cartago por Roma, una escuadra cartaginesa remontaba el Tíber y lanzaba en tierra un ejército que saqueó durante quince días consecutivos la Ciudad Eterna, transportando a la gran metrópoli africana 60.000 cautivos, y dejando en sus más preciados monumentos huellas imperecederas de su paso. Las discordias religiosas, que fueron siempre compañeras inseparables del cristianismo, no cesaron en África con la invasión. Todo se redujo a que los perseguidores se convirtiesen en perseguidos, porque los vándalos eran arrianos. Los donatistas tuvieron entonces ocasión de devolver a los ortodoxos el daño recibido, y no la desperdiciaron. Los vándalos no lograron fundar en África una nación como los godos en España. El país por ellos ocupado estaba sumido en la anarquía, arrumado por la guerra y habitado por razas enemigas. Además, eran muy pocos en número para contribuir de un modo bastante eficaz a la formación de un pueblo nuevo por medio de la asimilación de aquellos elementos heterogéneos; y como si esto fuera poco sus reyes, excepción hecha de Genserico, no tuvieron capacidad bastante para comprender su misión. Por eso cuando Belisario destruyó en África el reino vándalo (534), casi no existía ya pueblo que mereciera tal nombre. Durante la dominación bizantina casi no hicieron otra cosa los cartagineses que disputar inútilmente sobre ridículos temas religiosos. Cartago, convertida en cabeza del mercado de África, dio al Imperio un soberano, enviando a Constantinopla al joven Heraclio, que sustituyó en el trono al usurpador Focas. Una numerosa flota cartaginesa condujo al nuevo emperador hasta el Bósforo. Levantábase ya entonces poderoso el Imperio árabe. El año 698, siendo jalifa Abd-el-Melick, un ejército mahometano se apoderó de Cartago y la destruyó por completo, no dejando piedra sobre piedra y dispersando sus habitantes. Hacía 830 años que la colonia de C. Graco resucitara en parte a la antigua capital de la civilización semita. Desde dicho año de 698 Cartago no existe en realidad, porque no puede decirse que hubiera nada de ella en la fortaleza que sobre sus ruinas levantaron años después los árabes. En el XI León IX creó un arzobispado de Cartago, pero la vieja ciudad no por eso resucitó de entre los escombros, y en nuestros días sólo quedan de ella algunas ruinas.





 

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Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (vol. 4, págs. 823-827)                          CARTAGO, geografía, historia, política, religión, arte

 

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