CARLOMAGNO, soberano francés (biografía)
CARLOMAGNO
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No todas las campañas sostenidas en esta extremidad
norte del Imperio fueron felices. Hubo, como en el sur, una pequeña
sombra. Los daneses, que habían auxiliado a Witikind, no pudieron ser
vencidos. El istmo que une el Jutland al continente fue fortificado con
tal arte, que nunca pudieron transponerle las tropas del emperador. El
rey Sigefredo ni siquiera se dignó aceptar las proposiciones de amistad
que Carlos le hizo más de una vez. Los daneses llegaron a tomar la
ofensiva en tiempo de Godofredo, hijo de Sigefredo, y expulsaron de sus
tierras a los sajones sometidos al Imperio. Carlomagno llegó a dar tal
importancia a esta guerra, que reunió todas sus fuerzas para terminarla.
Godofredo aumentó las trincheras del istmo y esperó la acometida,
mientras su armada destruía el puerto de Pierich en el océano. Carlos,
hijo de Carlomagno, pudo forzar las trincheras por más que hizo, y aun
tuvo que retirarse perdiendo gente. Tal fue el principio de la guerra
con los hombres del norte, cuyas expediciones marítimas habían de
amargar los últimos días del emperador.
A pesar de los presentimientos que ya sobre esto le
asaltaban, su gloria y su grandeza eran indiscutibles y la
transcendencia del acto de su coronación incalculable. Hasta los propios
contemporáneos sintieron que frente a la vieja civilización oriental se
alzaba un mundo fuerte y joven, demasiado joven todavía, mundo cuya
cabeza era el Papa y el brazo el emperador. En apariencia, sin embargo,
la tradición continuaba, y todo el funcionalismo de la decadencia del
Imperio romano resucitó en Roma. Carlos creó jueces y prefectos
imperiales, confirmó la elección del Papa y procedió en todo como
soberano del Occidente. El peligro estaba aquí en las tendencias
absorbentes de la Iglesia, manifestadas en la ceremonia misma de la
coronación. Si no hay más poder que el de Dios, todo el de la tierra
debe estar en manos de su representante. Sentado aquel principio, el
papado tenía que llegar a esta consecuencia. Lo admirable en todo esto
es la tentativa de organización hecha por Carlomagno. Examinemos a la
ligera su máquina gubernamental. Las Asambleas nacionales perdieron el
carácter tumultuoso de los Campos de Mayo y pasaron a ser una especie de
Consejo supremo bajo la presidencia directa del emperador. Los obispos y
señores acudían de todos los extremos del vasto Estado trayendo
noticias, datos y consejos que escuchaba con atención. Los cronistas
enumeran sólo treinta y cinco de estas Asambleas, mas, según parece, era
costumbre convocarlas anualmente, no habiendo para esto punto alguno
determinado. Los diputados acudían a donde quiera que se hallaba el
emperador. Una vez oídos los pareceres de los nobles y de las personas
de más importancia por su saber, publicaba alguna de aquellas famosas
capitulares que poseemos en número de 65 con 1125 artículos. Como el
Imperio era extensísimo, instituyó Asambleas parciales. La Aquitania y
los reinos de Austrasia, Neustria, Borgoña e Italia fueron divididos con
este objeto en legaciones; y cada una de éstas en condados. Las
capitulares abarcaban todos los asuntos, desde los más importantes hasta
los más triviales. V. CAPITULARES.
Los condes (missi dominici) eran
representantes del soberano a la vez militares y civiles. Los de las
fronteras (margraves) se distinguieron de los otros sólo en que
tenían a sus órdenes fuerzas más considerables. El cargo de conde no era
hereditario, ni siquiera vitalicio (V. CONDE). Esta institución, así
como la mayor parte de las existentes en tiempo de Carlomagno, arrancaba
de la época de los merovingios (Véase). En las ciudades y aldeas había
vicarios, y en los campos centenarios y decanos. Sólo el conde podía
dictar las sentencias que afectaban a la libertad y a la propiedad de
los ciudadanos. Había derecho de apelación ante el rey y ante la
Asamblea general. Hasta la institución de los agentes reales (missi
regios) era merovingia. Por lo general, estos delegados iban siempre
acompañados de un obispo. Su misión era vigilar a los demás funcionarios
y hacer justicia, y por esto recorrían su provincia cuatro veces al año.
El servicio militar era gratuito, y todo el que poseía cierta extensión
de terreno debía prestarle. Impuestos públicos, en el sentido que hoy se
da a esta palabra, no los había.
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El rey no tenía otras rentas que las de
sus dominios particulares, los servicios personales y fiscales
de los condes, los beneficios reales, los dones gratuitos de los
grandes y los tributos de los países conquistados. Es verdad que
se imponían muchas multas y se cobraban infinidad de pontazgos,
portazgos, peajes, etc.; pero la mayor parte de estas sumas
quedaban en manos de los perceptores. Hubo necesidad de
multiplicarlos extraordinariamente, y, como sucede siempre en
estos casos, el comercio fue la primera víctima. |
Las relaciones de Carlomagno con la Iglesia tienen
suma importancia. La respetó, supo convertirla en instrumento de sus
planes civilizadores, y no se dejó dominar por ella. Lo contrario de
esto precisamente hicieron sus sucesores, comenzando por su hijo Luis.
Concedió muchos bienes al clero. A los monjes de San Martín de Tours
donó de una sola vez cuarenta y ocho alquerías. Robusteció la
jurisdicción canónica, reformó la disciplina eclesiástica y las
costumbres, que andaban muy relajadas, y en todo esto procedió cómo
soberano y en calidad de delegado del Papa, llegando a tomar asiento
entre los obispos. Llegó hasta querer reformar la liturgia. Tanta
atención consagraba al elemento eclesiástico, al que consideraba como
consolidador de sus conquistas.
Imagínese los beneficios que a la humanidad produjo
esta organización sabia y fuerte. A los trastornos, a las luchas, a los
desasosiegos de muchos siglos, sucedió una calma profunda, y con ella
días de prosperidad y de ventura. Carlomagno hizo desecar pantanos,
talar bosques, construir aldeas, plantar viñas, fundar fortalezas y
obispados, conservar en buen estado los caminos, y hasta intentó poner
en comunicación el Rhin y el Danubio. La humanidad no había visto nada
semejante desde los buenos tiempos del Imperio romano.
La fama de Carlomagno se extendió a todos los
pueblos. El emperador de Oriente, su colega, le odiaba en secreto como
bárbaro, y le temía y respetaba al propio tiempo. Los escritores
contemporáneos describen asombrados las cosas raras que los embajadores
de Nicéforo trajeron a Carlomagno, acampado a orillas del Saal, pero sin
olvidarse de exagerar los esplendores del palacio que éste improvisó
para recibirles. Entre todos los regalos recibidos, el que más llamó la
atención fue un órgano, admirable instrumento, dice un
contemporáneo, que iguala por su estruendo el ruido de la tempestad,
y por su dulzura los ligeros sonidos de la lira y del címbalo.
Así como el emperador cristiano de Oriente odiaba al
emperador cristiano de Occidente, así también el califa musulmán de
Bagdad detestaba al califa musulmán de Córdoba. De este odio mutuo
nacieron sin duda ciertas aproximaciones, de las cuales es síntoma
indudable la embajada de Harúm-ar-Raschid a Carlomagno. Muchos otros
soberanos enviaron embajadores a Carlomagno y entre ellos Alfonso I de
Asturias.
En aquellos tiempos de barbarie, el esfuerzo de
Carlomagno produjo un movimiento literario notable, y de seguro no es
ésta la menor de sus glorias. Bajo una forma ruda ocultaba un espíritu
delicado y amante del estudio. Escribía con gran dificultad, pero sabía
casi todo lo que en su tiempo debía saberse. Hizo escribir la
legislación de los pueblos que formaban su imperio, las canciones de los
poetas que ensalzaban el valor de los guerreros, y hasta hizo redactar
una gramática nacional y revisar los Evangelios por una comisión de
sabios sirios y griegos. Además escribió un tratado sobre los eclipses y
las auroras boreales, amén de varias poesías latinas.
Su colaborador principal fue Alcuino (Véase), monje
sajón, a quien en 796 regaló tres abadías, entre ellas la de San Martín
de Tours, que poseía más de 20.000 siervos. Alcuino escribió sobre
teología y comentarios de la Biblia, tratados de liturgia y además
algunas obras literarias. La más importante de sus obras, la
Vida de Carlomagno, se ha perdido por desgracia. Su estilo era
duro y su forma descuidada, por más que alguna vez acumulaba imágenes,
por lo general de mal gusto, pero era indudablemente hombre de
inteligencia poco vulgar y una enciclopedia de la ciencia de su tiempo.
Alcuino y otros daban en el palacio de Carlomagno
verdaderas conferencias, a las que asistían muchos nobles, ávidos de
saber. Constituyóse una verdadera Academia literaria y científica, cuyos
individuos usaban nombres simbólicos. Allí Carlos era
David, Alcuino Flaco, Wala Jeremías, Angilberto
Homero, Fridigiso
Nataniel, y así los demás. Estos sobrenombres, que para nosotros
y en nuestro tiempo podrán parecer puerilidades, prueban la infantil
afición a la ciencia y a la literatura de aquella corte apenas salida de
la barbarie.
Además de los mencionados, conviene citar a Leydrades,
obispo. de Lyon; Teodulfo, obispo de Orleans; Eginhardo, secretario del
emperador, etcétera, etc.
Mucho antes de morir Carlomagno presentía que no
tendría continuadores. Las excursiones de los normandos le preocupaban
vivamente, y es seguro que en ellas y en el carácter débil de su hijo
veía las causas principales que habían de contribuir a la destrucción de
su obra. A éstas hay que añadir en primer término otras muchas, tales
como la fragilidad de los lazos que unían a pueblos tan diferentes y los
progresos ya inevitables del feudalismo. El año 806, ante la Dieta de
Thionville, formuló una especie de testamento político, repartiendo su
reino entre sus tres hijos, Carlos, Pepino y Luis; pero como los dos
primeros murieron antes que él, en 813, hizo un nuevo reparto en virtud
del cual Bernardo, hijo de Pepino, fue rey de Italia, y Luis, con el
título de emperador, heredaba el resto. Murió el 28 de enero del año
siguiente.
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