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DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO HISPANO-AMERICANO (1887-1910)

Índice


 

 

CARLOMAGNO, soberano francés (biografía)

CARLOMAGNO (1) (2)

No todas las campañas sostenidas en esta extremidad norte del Imperio fueron felices. Hubo, como en el sur, una pequeña sombra. Los daneses, que habían auxiliado a Witikind, no pudieron ser vencidos. El istmo que une el Jutland al continente fue fortificado con tal arte, que nunca pudieron transponerle las tropas del emperador. El rey Sigefredo ni siquiera se dignó aceptar las proposiciones de amistad que Carlos le hizo más de una vez. Los daneses llegaron a tomar la ofensiva en tiempo de Godofredo, hijo de Sigefredo, y expulsaron de sus tierras a los sajones sometidos al Imperio. Carlomagno llegó a dar tal importancia a esta guerra, que reunió todas sus fuerzas para terminarla. Godofredo aumentó las trincheras del istmo y esperó la acometida, mientras su armada destruía el puerto de Pierich en el océano. Carlos, hijo de Carlomagno, pudo forzar las trincheras por más que hizo, y aun tuvo que retirarse perdiendo gente. Tal fue el principio de la guerra con los hombres del norte, cuyas expediciones marítimas habían de amargar los últimos días del emperador.

A pesar de los presentimientos que ya sobre esto le asaltaban, su gloria y su grandeza eran indiscutibles y la transcendencia del acto de su coronación incalculable. Hasta los propios contemporáneos sintieron que frente a la vieja civilización oriental se alzaba un mundo fuerte y joven, demasiado joven todavía, mundo cuya cabeza era el Papa y el brazo el emperador. En apariencia, sin embargo, la tradición continuaba, y todo el funcionalismo de la decadencia del Imperio romano resucitó en Roma. Carlos creó jueces y prefectos imperiales, confirmó la elección del Papa y procedió en todo como soberano del Occidente. El peligro estaba aquí en las tendencias absorbentes de la Iglesia, manifestadas en la ceremonia misma de la coronación. Si no hay más poder que el de Dios, todo el de la tierra debe estar en manos de su representante. Sentado aquel principio, el papado tenía que llegar a esta consecuencia. Lo admirable en todo esto es la tentativa de organización hecha por Carlomagno. Examinemos a la ligera su máquina gubernamental. Las Asambleas nacionales perdieron el carácter tumultuoso de los Campos de Mayo y pasaron a ser una especie de Consejo supremo bajo la presidencia directa del emperador. Los obispos y señores acudían de todos los extremos del vasto Estado trayendo noticias, datos y consejos que escuchaba con atención. Los cronistas enumeran sólo treinta y cinco de estas Asambleas, mas, según parece, era costumbre convocarlas anualmente, no habiendo para esto punto alguno determinado. Los diputados acudían a donde quiera que se hallaba el emperador. Una vez oídos los pareceres de los nobles y de las personas de más importancia por su saber, publicaba alguna de aquellas famosas capitulares que poseemos en número de 65 con 1125 artículos. Como el Imperio era extensísimo, instituyó Asambleas parciales. La Aquitania y los reinos de Austrasia, Neustria, Borgoña e Italia fueron divididos con este objeto en legaciones; y cada una de éstas en condados. Las capitulares abarcaban todos los asuntos, desde los más importantes hasta los más triviales. V. CAPITULARES.

Los condes (missi dominici) eran representantes del soberano a la vez militares y civiles. Los de las fronteras (margraves) se distinguieron de los otros sólo en que tenían a sus órdenes fuerzas más considerables. El cargo de conde no era hereditario, ni siquiera vitalicio (V. CONDE). Esta institución, así como la mayor parte de las existentes en tiempo de Carlomagno, arrancaba de la época de los merovingios (Véase). En las ciudades y aldeas había vicarios, y en los campos centenarios y decanos. Sólo el conde podía dictar las sentencias que afectaban a la libertad y a la propiedad de los ciudadanos. Había derecho de apelación ante el rey y ante la Asamblea general. Hasta la institución de los agentes reales (missi regios) era merovingia. Por lo general, estos delegados iban siempre acompañados de un obispo. Su misión era vigilar a los demás funcionarios y hacer justicia, y por esto recorrían su provincia cuatro veces al año. El servicio militar era gratuito, y todo el que poseía cierta extensión de terreno debía prestarle. Impuestos públicos, en el sentido que hoy se da a esta palabra, no los había.


 

 El rey no tenía otras rentas que las de sus dominios particulares, los servicios personales y fiscales de los condes, los beneficios reales, los dones gratuitos de los grandes y los tributos de los países conquistados. Es verdad que se imponían muchas multas y se cobraban infinidad de pontazgos, portazgos, peajes, etc.; pero la mayor parte de estas sumas quedaban en manos de los perceptores. Hubo necesidad de multiplicarlos extraordinariamente, y, como sucede siempre en estos casos, el comercio fue la primera víctima.

Las relaciones de Carlomagno con la Iglesia tienen suma importancia. La respetó, supo convertirla en instrumento de sus planes civilizadores, y no se dejó dominar por ella. Lo contrario de esto precisamente hicieron sus sucesores, comenzando por su hijo Luis. Concedió muchos bienes al clero. A los monjes de San Martín de Tours donó de una sola vez cuarenta y ocho alquerías. Robusteció la jurisdicción canónica, reformó la disciplina eclesiástica y las costumbres, que andaban muy relajadas, y en todo esto procedió cómo soberano y en calidad de delegado del Papa, llegando a tomar asiento entre los obispos. Llegó hasta querer reformar la liturgia. Tanta atención consagraba al elemento eclesiástico, al que consideraba como consolidador de sus conquistas.

Imagínese los beneficios que a la humanidad produjo esta organización sabia y fuerte. A los trastornos, a las luchas, a los desasosiegos de muchos siglos, sucedió una calma profunda, y con ella días de prosperidad y de ventura. Carlomagno hizo desecar pantanos, talar bosques, construir aldeas, plantar viñas, fundar fortalezas y obispados, conservar en buen estado los caminos, y hasta intentó poner en comunicación el Rhin y el Danubio. La humanidad no había visto nada semejante desde los buenos tiempos del Imperio romano.

La fama de Carlomagno se extendió a todos los pueblos. El emperador de Oriente, su colega, le odiaba en secreto como bárbaro, y le temía y respetaba al propio tiempo. Los escritores contemporáneos describen asombrados las cosas raras que los embajadores de Nicéforo trajeron a Carlomagno, acampado a orillas del Saal, pero sin olvidarse de exagerar los esplendores del palacio que éste improvisó para recibirles. Entre todos los regalos recibidos, el que más llamó la atención fue un órgano, admirable instrumento, dice un contemporáneo, que iguala por su estruendo el ruido de la tempestad, y por su dulzura los ligeros sonidos de la lira y del címbalo.

Así como el emperador cristiano de Oriente odiaba al emperador cristiano de Occidente, así también el califa musulmán de Bagdad detestaba al califa musulmán de Córdoba. De este odio mutuo nacieron sin duda ciertas aproximaciones, de las cuales es síntoma indudable la embajada de Harúm-ar-Raschid a Carlomagno. Muchos otros soberanos enviaron embajadores a Carlomagno y entre ellos Alfonso I de Asturias.

En aquellos tiempos de barbarie, el esfuerzo de Carlomagno produjo un movimiento literario notable, y de seguro no es ésta la menor de sus glorias. Bajo una forma ruda ocultaba un espíritu delicado y amante del estudio. Escribía con gran dificultad, pero sabía casi todo lo que en su tiempo debía saberse. Hizo escribir la legislación de los pueblos que formaban su imperio, las canciones de los poetas que ensalzaban el valor de los guerreros, y hasta hizo redactar una gramática nacional y revisar los Evangelios por una comisión de sabios sirios y griegos. Además escribió un tratado sobre los eclipses y las auroras boreales, amén de varias poesías latinas.

Su colaborador principal fue Alcuino (Véase), monje sajón, a quien en 796 regaló tres abadías, entre ellas la de San Martín de Tours, que poseía más de 20.000 siervos. Alcuino escribió sobre teología y comentarios de la Biblia, tratados de liturgia y además algunas obras literarias. La más importante de sus obras, la Vida de Carlomagno, se ha perdido por desgracia. Su estilo era duro y su forma descuidada, por más que alguna vez acumulaba imágenes, por lo general de mal gusto, pero era indudablemente hombre de inteligencia poco vulgar y una enciclopedia de la ciencia de su tiempo.

Alcuino y otros daban en el palacio de Carlomagno verdaderas conferencias, a las que asistían muchos nobles, ávidos de saber. Constituyóse una verdadera Academia literaria y científica, cuyos individuos usaban nombres simbólicos. Allí Carlos era David, Alcuino Flaco, Wala Jeremías, Angilberto Homero, Fridigiso Nataniel, y así los demás. Estos sobrenombres, que para nosotros y en nuestro tiempo podrán parecer puerilidades, prueban la infantil afición a la ciencia y a la literatura de aquella corte apenas salida de la barbarie.

Además de los mencionados, conviene citar a Leydrades, obispo. de Lyon; Teodulfo, obispo de Orleans; Eginhardo, secretario del emperador, etcétera, etc.

Mucho antes de morir Carlomagno presentía que no tendría continuadores. Las excursiones de los normandos le preocupaban vivamente, y es seguro que en ellas y en el carácter débil de su hijo veía las causas principales que habían de contribuir a la destrucción de su obra. A éstas hay que añadir en primer término otras muchas, tales como la fragilidad de los lazos que unían a pueblos tan diferentes y los progresos ya inevitables del feudalismo. El año 806, ante la Dieta de Thionville, formuló una especie de testamento político, repartiendo su reino entre sus tres hijos, Carlos, Pepino y Luis; pero como los dos primeros murieron antes que él, en 813, hizo un nuevo reparto en virtud del cual Bernardo, hijo de Pepino, fue rey de Italia, y Luis, con el título de emperador, heredaba el resto. Murió el 28 de enero del año siguiente.
 

CARLOMAGNO (1) (2)





 

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Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (vol. 4, págs. 698-701 - editado: 17-12-2007)  CARLOMAGNO, soberano francés (biografía)

 

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